Manifestantes levantan una bandera de Chile durante una protesta (REUTERS)

Vine a Chile a pasar las fiestas de año nuevo porque me dijeron que este era mi lugar. A diferencia de lo que ocurre en Comala, el relato de Rulfo donde todos los personajes son fantasmas de ese otro muerto que es el narrador que viene a encontrarse con su padre, aquí, sin embargo, el pasado no existe. Fue una sorpresa mayúscula. En el Chile de hoy todo es presente, inmediatez, urgencia de respuesta, necesidad de existir y visibilizarse, acusación y alegato, funa y estridencia. A diferencia de Comala, en Chile todos caminan más despiertos que nunca, cuando no corren huyendo de las bombas lacrimógenas que inundan el aire de las grandes ciudades: dignidad dicen los muros, justicia para Catrillanca, muera Piñera, ACAB, lo quemaremos todo hasta vencer, pacos asesinos.

Las pintadas, consignas y trazos en los muros prefiguran una nueva fe: algo nació de pronto y ocupa las calles convertidas en el santuario de estos rezos indignados, febriles, ingeniosos y reiterativos, poseídos de una especie de iluminación tribal que habla una lengua propia, a medias secreta. Algunos dominan el habla de la revuelta a la perfección y otros se declaran orgullosamente analfabetos. Puertas adentro, en las reuniones sociales, todos se insultan o callan. Cada vez menos gente se atreve a decir en voz alta lo que piensa por miedo a ser apuntado con el dedo. Las familias discuten y lloran, los adultos se pliegan a la protesta o son acusados por sus hijos de ser unos ganapanes y mediocres. Nadie se da tregua: ni las bocas ni los muros, ni las escopetas antidisturbios. Cientos de personas han quedado mutiladas por efecto de los balines en los ojos. Médicos de urgencia, documentalistas y pintores adoptan el ojo como signo de los tiempos. Hay una devastación que es imposible de medir porque no tiene que ver sólo con el daño a las personas o a los bienes públicos o las propiedades materiales que han sido destruidas: es la confianza de unos con otros y de todos como comunidad imaginaria o real en torno a un equilibrio en la convivencia el que explotó irremisiblemente, y que no volverá a recomponerse ni podrá disfrazarse como se hizo hasta el estallido del 18 de octubre.

Por lo mismo, la sensación que prevalece es la de la desnudez de las formas: nada se sostiene ante las pruebas flagrantes de colusión del empresariado, corrupción de la clase política vía sueldos y beneficios, inmoralidad e impunidad de la Iglesia Católica en casos de pedofilia, desfalcos millonarios al fisco por parte de instituciones militares y policiales, bajos sueldos, humillantes atenciones en el sistema de salud pública y pensiones miserables para una mayoría empobrecida, junto al enriquecimiento obsceno de una élite financiera y especuladora que incluye al propio presidente del país. El rosario de males no es incidental sino que constituye una falla estructural y sistémica del modelo chileno. Que Chile sea lo más cercano que cabe imaginar del paraíso perdido del neoliberalismo explica buena parte de la irritación de las mayorías, así como la exasperación del debate político. Como predijo Žižek hace una década en Viviendo en el fin de los tiempos, el capitalismo salvaje es un orden que deconstruye el sentido y se niega a tener o suscribir uno cualquiera mientras trabaja en la acumulación desenfrenada de riquezas: no hay una “civilización capitalista” ni una “cosmovisión capitalista del mundo”, ya que en su núcleo existe esa capacidad única de acomodarse a cualquier civilización y circunstancia, por ajena que sea en apariencia, para producir ingentes cifras de ganancia y desigualdad, sea esta sociedad una cristiana de Europa, budista de la India, comunista de la China o puramente neoliberal de Chile. Del oeste al este, la dimensión global del capitalismo sólo puede ser formulada como el de una verdad-sin-sentido, que viene a ser lo único real de su ideario.

Que esta verdad vacía sólo puede ser contestada por una demanda social masiva y ejemplar como la que estalló en Chile ya es un dato de la causa. Que los sectores ultras hagan de esta demanda una insurrección en forma, la revolución que se prometieron a sí mismos con batallas en todos los frentes y enfrentamientos callejeros fijados de antemano para mantener la mecha encendida, no por ser un sueño revenido es menos violento hoy en día. Pero la barricada no se confunde con la funa, de la misma manera que la funa no se confunde con el saqueo, aunque todos cohabiten bajo la misma fe en el caos, que es la fe en la destrucción del orden neoliberal que inocula ese mismo caos en las vidas de cada uno. Por lo mismo resulta errático y hasta absurdo criminalizar las barricadas y los pañuelos al cuello, como si creer en el caos e incluirse en él constituyera un delito. Nadie, y menos que nadie los neoliberales chilenos, podría argumentar seriamente a favor de un orden que privatiza el agua, fomenta la destrucción de las comunidades y de los barrios, favorece la ruina de los servicios públicos, promueve la competencia ciega entre productores y la colusión abusiva entre corporaciones, como si ese orden pudiese asegurar una solución a los problemas que lo sostienen en pie y lo derrumban. Tener fe en el caos es, para quienes se involucran en él, la posibilidad de encontrar una salida que sea distinta a la entrada que los llevó a ese lugar para hacerse visibles ante los demás. Al tomarse las calles, no infringieron ninguna ley de comportamiento social que no haya sido transgredida antes por las élites; sólo encontraron su sitio para incluirse en la exclusión general del orden social.

Una guerra medieval, por tramos de territorio, se desata entonces entre manifestantes y policías: algunos llevan hondas y otros escudos artesanales, casi todos usan máscaras para los gases, y nadie hace caso de la represión. La tarde del último viernes del año, el día 27 de diciembre, miles de personas se congregaron en los alrededores de la Plaza Italia, hoy rebautizada Plaza de la Dignidad, en lo que constituye la frontera física entre el sector alto y bajo de la ciudad. Planeaban ocuparla como todos los viernes, pero esa tarde encontraron la plaza ocupada por batallones de policías a caballo, cientos de escuadrones antidisturbios, decenas de carros lanzaguas y vehículos lanzagases conocidos como zorrillos. Estaban allí desde las cinco de la tarde en un plan preventivo, y permanecieron ocupando la plaza hasta la siete en una fallida demostración de fuerza y pésima estrategia de defensa territorial. Tras dos horas de enfrentamientos a pedradas, fuego, bombas lacrimógenas y corridas, la plaza fue retomada por los manifestantes que confluían organizadamente desde las cinco o seis vías de acceso a la rotonda en cuyo centro se yergue la estatua del general Baquedano que da nombre al lugar. Desesperada, hacia las siete y media de la tarde, la policía comenzó un repliegue total, disparando indiscriminadamente sobre personas y edificios, momento en que comenzó a arder el Cine Arte Alameda, un ícono de la actividad cultural de Santiago y centro de atención de urgencia durante las protestas. El establecimiento se sumó así a la larga lista de hospitales, supermercados, colegios, edificios patrimoniales, iglesias y hasta periódicos incendiados desde comienzos de la revuelta.

Nada de todo esto terminará pronto. La fe en el caos es tan ingobernable e irrebatible como el incendio chileno, hijos mellizos del modelo neoliberal que se reinventa con mercadería al uso: chapitas, poleras del “perro matapacos”, nuevos cortes de pelo, y hasta una visita guiada por los principales focos de protesta se ofrecen para el regateo del turista. Un mismo sentimiento religioso, de hermandad social y superioridad moral reúne en una selfie a un muchachito salido del Grange School con un encapuchado de La Pintana que ha traído su marginalidad al centro de la ciudad. Por eso allí donde unos ven catástrofes otros ven sueños; allí donde unos ven barricadas de fuego y humo que anuncian más destrucción, otros ven colores al viento y pañuelos abriéndose paso en la primera línea. Alguien me cuenta de su aprendizaje en la performance feminista de Lastesis, y otro del modo de organización solidaria que se dan los jóvenes en las barricadas, donde unos preparan sándwiches, otros cuidan a los heridos y los de más allá toman la posta de aquellos que deben ser evacuados. Son relatos honestos, no falsificados por el narcisismo romántico de la violencia, sino más bien alimentados por la novedad de una experiencia de reencuentro auténtico con un otro perdido: no nos soltemos, dice uno de los muros más elocuentes en medio del fuego, nos costó tanto encontrarnos.

El año termina con una fogata. Para darle llama al festejo, los más jóvenes construyen un mono de trapo con una banda cruzada donde se lee: “Constitución de 1980”. Por un instante estamos todos juntos y abrazados. Cantamos y brindamos por el 2020. Vemos el fuego levantarse y cubrir el mono de trapo. La Constitución de Pinochet se quema con la llegada del nuevo año. Parece mentira, pero esa ley gestada en dictadura ha dictado el orden de la casa durante las últimas cuatro décadas. Una vida entera, o casi. No es país para volver atrás.

ROBERTO BRODSKY
Roberto Brodsky (Santiago de Chile, 1957) es novelista, dramaturgo, autor de varios guiones cinematográficos, así como de un ensayo sobre Roberto Bolaño y de numerosos artículos de opinión. Entre sus novelas se cuentan El peor de los héroes (1999), El arte de callar (2004), Bosque quemado (2008), Veneno (2012), y Casa chilena (2015). Actualmente vive en Washington donde trabaja como profesor adjunto en la Universidad de Georgetown.
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Santiago de Chile, crónica-ensayo de viaje a la primera estación del caos

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