Esperanza

“Mi esposa,” dijo Pinnegar, “espera que me vaya con los perros al dejarme.
Es su última esperanza.”
D. H. Lawrence, “Jimmy y la mujer desesperada”

Ella me dio un auto
y doscientos dólares. Dijo hasta luego, cariño.
Que te vaya bien, ¿ya? Bastante
para veinte años de matrimonio.
Ella sabía, o creía que sabía,
que me iría a la mierda
en un par de días
y que probablemente
arruinaría el auto –que estaba a mi nombre
y el cual de cualquier modo necesitaba un arreglo.
Al salir en el coche, ella y su novio
estaban cambiando el cerrojo de la puerta principal.
Agitaron sus manos en señal de despedida.
Les respondí el saludo
para hacerles saber que no pensaba mal de ellos.
Luego aceleré hacia la carretera estatal.
Era condenadamente chueco.
Ella tenía razón al pensar así.

Me fui con los perros
y nos hicimos buenos amigos.
Pero continué. Un largo trecho
sin detenerme.
Dejé atrás a los perros, mis amigos.
A pesar de ello, cuando asomé la nariz
por esa casa de nuevo,
meses o años después,
manejando un auto diferente
ella lloró cuando me vio a la puerta.
Sobrio. Vistiendo unas botas, camisa
y pantalones limpios.
Su última esperanza se había desvanecido.
y ya no tenía nada que esperar.

La casa de atrás

La tarde era ya extraña y oscura
cuando aquella vieja apareció en el campo,
en medio de la lluvia, llevando una rienda.
Venía por el camino hasta la casa.
La casa detrás de esta. De alguna manera
ella sabía que Antonio Ríos había entrado
en la hora de su última batalla.
De alguna manera, no preguntes cómo, ella lo sabía.

El doctor y algunas otras personas permanecían con él.
Pero nada ya se podía hacer. Y entonces
la vieja trajo aquella rienda a la habitación
y la puso a través de los pies de su cama.
La cama donde él se debatía agonizante.
Luego se fue sin una palabra.
Aquella mujer que alguna vez habría sido hermosa.
Cuando Antonio era joven y hermoso.

Asia

Es bueno vivir cerca del agua.
Los barcos pasan tan cerca de la tierra
que un hombre podría alcanzar
y quebrar un gancho de uno de los sauces
que crecen aquí. Los caballos corren salvajes
hacia el agua a lo largo de la playa.
Si los hombres a bordo lo quisieran podrían
fabricar un lazo, arrojarlo
y traer alguno de los caballos a cubierta.
Algo que les haga compañía
en su largo viaje al Oriente.

Desde mi balcón puedo ver los rostros
de los hombres con la mirada fija en los caballos,
los árboles y las casas de dos pisos.
Sé lo que ellos deben pensar
Al ver a un hombre saludando desde un balcón,
su auto rojo abajo en el camino.
Lo miran y se consideran afortunados.
Qué misteriosa buena suerte, piensan, que los ha llevado
derecho a la cubierta de un barco
rumbo a Asia. Aquellos años de realizar tareas desagradables,
de trabajar en almacenes o como estibadores,
o simplemente de vagar por los muelles,
han sido definitivamente olvidados. Aquellas cosas les pasaron
a otros, jóvenes, si es que realmente pasaron.

Los hombres de a bordo
levantan sus manos devolviendo el saludo.
Luego permanecen derechos, aferrando el riel
Mientras la nave pasa suavemente. Los caballos
se desplazan debajo de los árboles hasta quedar bajo el sol.
Se quedan como estatuas de caballos.
Mirando la nave que pasa.
Las olas rompiendo contra el barco.
Contra la playa. Y en la mente
de los caballos, donde
siempre es Asia.

Las zapatillas

Estábamos sentados los cuatro esa tarde.
Carolina contando aquel sueño de cuando una noche
despertó ladrando. Y encontró a su perrito
Teddy al lado de la cama mirándola.
El hombre que por aquel tiempo era su marido
también la miraba mientras contaba el sueño.
Escuchándola atentamente. Sonriendo incluso. Pero
había algo en sus ojos. Una cierta manera de mirarla y
una expresión en su cara. Todos la hubiéramos tenido…
Él estaba ya enamorado de una mujer llamada Jane, pero
esto no es un juicio contra él, o Jane, o contra nadie.
Cada uno empezó a contar un sueño. Yo no tenía ninguno.
Miré tus pies, subidos en el sofá,
en zapatillas. Todo lo que se me ocurría decir,
pero no lo hice, era cómo aquellas zapatillas estaban todavía cálidas
una noche cuando las levanté
de donde las habías dejado. Las puse al lado de la cama.
Pero durante la noche un acolchado cayó sobre ellas
y las cubrió. La mañana siguiente las buscaste
por todas partes. Luego gritaste escaleras abajo
“Encontré mis zapatillas”. Es algo pequeño,
lo sé, entre nosotros. Sin embargo,
es un momento. Aquellas zapatillas perdidas. Y
aquel grito de gozo.
No importa que esto haya pasado
hace un año o más. Podría haber sido ayer
o anteayer. ¿Cuál es la diferencia?
El gozo, y un grito.

El regalo

Para Tess

La nieve comenzó a caer tarde anoche. Húmedos copos
cayendo tras las ventanas, la nieve cubriendo
la luz del cielo. Miramos por un rato, sorprendidos
y felices. Contentos de estar aquí y no en otra parte.
Cargué de leña la estufa. Ajusté el tiraje.
Nos fuimos a la cama, y cerré mis ojos de una vez.
Pero, por alguna razón, antes de quedarme dormido
recordé la escena en el aeropuerto
en Buenos Aires, la tarde en que nos vinimos.
¡Cuán yerto y desolado parecía aquel lugar!
Mortalmente quieto excepto por el rugido de las turbinas
mientras nos retirábamos de la puerta de acceso y
lentamente enfilábamos hacia la pista en medio de una ligera nieve.
Oscuras las ventanas del terminal.
Nadie se veía, ni siquiera el personal de tierra.
“Es como si todo el lugar estuviera de duelo”, dijiste.

Abrí los ojos. Tu respiración indicaba
que te habías dormido rápidamente. Te rodee con un brazo
y me fui de Argentina a recordar un lugar
donde viví una vez en Palo Alto. No había nieve en Palo Alto.
Pero tenía una habitación con dos ventanas
que daban a la autopista Bayshore.
Tenía el refrigerador cerca de la cama.
Cuando a medianoche me sentía deshidratado,
todo lo que tenía que hacer para apagar la sed
era alargar la mano y abrirlo. La luz interior me mostraba
una botella con agua fría. Tenía un anafe situado
en el baño cerca del lavatorio.
Cuando me afeitaba el agua de la bandeja borboteaba
cerca de los gránulos de la jarra de café.

Una mañana me senté en la cama, vestido, perfectamente afeitado,
bebiendo un café, posponiendo lo que había decidido hacer. Finalmente
marqué el número de Jim Houston en Santa Cruz.
Le pedí 75 dólares. Me dijo que no los tenía.
Su esposa se había ido a México por una semana.
Simplemente no los tenía. Se había quedado corto
este mes. “Está bien”, le dije, “lo entiendo.”
Y era verdad. Hablamos un poco más
y luego colgamos. No los tenía.
Terminé el café, más o menos justo cuando el avión
despegaba y se perdía en el atardecer.
Me volví en el asiento para ver por última vez
las luces de Buenos Aires. Luego cerré los ojos
para el largo viaje de regreso.

Esta mañana todo está cubierto de nieve. Lo destacamos.
Me dices que no dormiste bien. Te respondo que yo tampoco.
Tuviste una noche terrible. “Yo también”.
Estamos extraordinariamente deferentes y tiernos el uno con el otro
como si advirtiéramos la fragilidad de nuestros mutuos estados de alma.
Como si supiéramos lo que el otro sentía. No lo sabíamos por supuesto.
Nunca lo sabemos. No importa.
Es la ternura la que me importa. Es el regalo de esta mañana
que me mueve y me sostiene.
Igual que cada mañana.

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DAVID MIRALLES
David Miralles (Valdivia, Chile). Escritor, profesor e investigador. Doctor en Lenguas y Literaturas Románicas por la Universidad de Oregon, EE.UU., actualmente enseña Literatura Hispanoamericana y Teoría Literaria en la Universidad Autónoma de Querétaro en México. Su trabajo de investigación ha estado enfocado al estudio de las literaturas surgidas durante las dictaduras militares de los países del Cono Sur latinoamericano. Es autor, entre otros, de los libros Los malos pasos (poesía), La vida después de Neruda (poesía), Lord Banana y otros cuentos (narrativa), así como de la antología Poetas actuales del Sur de Chile (Paginadura, 1994).