R. S. Thomas

Es bastante conocido el exabrupto proferido por Beckett cuando respondió preguntas sobre un supuesto simbolismo cristiano en Esperando a Godot: “El cristianismo es una mitología con la que estoy perfectamente familiarizado, de modo que la utilizo. ¡Pero no en este caso!” Sin embargo, incluso aceptando la premisa de Beckett, resulta evidente que se trata de una poderosa mitología, sumamente productiva en cuanto a su influencia sobre la literatura occidental. Así, incluso en la poesía de finales del siglo XX (esa época de corrosivo escepticismo), encontramos algunos textos extraordinarios informados por la antigua doctrina. En la tradición poética inglesa R. S. Thomas es, acaso, uno de los mejores ejemplos de este cristianismo finisecular: un tipo absolutamente angustiado, devastado por el silencio de Dios y las embestidas de la ciencia que, pese a todo, se aferra a los últimos jirones de su fe con una tenacidad digna de Tertuliano.

Caminando por el espacio

Tú, el constructor de puentes,
¿pondrás un sendero
entre nosotros a través del abismo
al que he llegado? ¿Qué profundidades pueden
compararse a las del alma, contigo siempre
en el extremo más lejano? He visto cómo
mis plegarias caen una tras otra en ese abismo,
y la fe era una tabla demasiado estrecha
para que yo cruzara. Al caminar
me he tambaleado como Pedro,
incapaz de creer que Tú
tenías brazos para sostenerme.
Y ahora las viejas historias
han terminado. No hay ningún salvador
que camine sobre las olas. La materia
se ha convertido en el mito de los físicos.
El vértigo no es sino el momentáneo
tambaleo de la mente ante
su propia vastedad. Ahora sólo permanece
tu voz convocando desde los intersticios
de la máquina, no a la carne sino al espíritu,
para que salte por encima de los abismos verbales.

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