Que la revolución dure un orgasmo: Nara Mansur en Ediciones sinsentido

Portada de ‘Habla Charlotte Corday por segunda vez’, Ediciones sinsentido, La Habana, 2019

Tras dejarse apenas ver el pelo el 25 de julio en el bonaerense Bar de Kowalski, este 10 de octubre se presentó por fin en La Habana, en el Laboratorio Escénico de Experimentación Social (LEES), y durante la Residencia de Inservi “Las impuras. Unidad de contagio”, el ebook de Ediciones sinsentido Habla Charlotte Corday por segunda vez (2019), un volumen clave para asomarse a los procesos de la dramaturgia cubana contemporánea.

Se trata de una serie de textos interconectados que incluyen lecturas/escrituras críticas y apropiaciones actuantes de diversa autoría sobre Charlotte Corday. Poema dramático (2002). Es esta una de las piezas del libro de teatro Desdramatizándome (2009), publicado por Nara Mansur en Ediciones Alarcos, e incluida asimismo al final de su poemario Un ejercicio al aire libre (2004). Una “matriz” entintada, que engendra grabados disímiles; una almohadilla de olor para los desmemoriados, que explota el in between, no sólo por su hibridación genérica, sino por entremezclar los cronotopos de las revoluciones francesa y cubana, y las ansias de redención de la Charlotte “real”, con las de cualquier ciudadana contemporánea que interponga la imaginación al poder.

Editado y compilado, prologado y epilogado, como en valvas de relicario, por Nara Mansur Cao (La Habana, 1969) y Martha Luisa Hernández Cadenas (Guantánamo, 1991), el libro Habla Charlotte Corday por segunda vez incluye, junto al poema dramático del que dimana, (sub/di)versiones teatrales, reseñas, ensayos, fragmentos de tesis, confesiones de trabajo, emails, en boca de Habey Hechavarría, Karina Pino, Yohayna Hernández, Jaime Gómez Triana, Andrea Doimeadiós, Ana Arzoumanian, Marian Dames, Marcial Lorenzo, Carlos René Aguilera Tamayo, Broselianda Hernández, Marta María Borrás y Jamila M. Ríos. Al recorrer estas páginas, se puede perseguir la documentación de los montajes de Charlotte Corday… en fotografías de Jorge Luis Baños, Héctor Garrido, Abel Carmenate, Tony Alonso y Joanna Montero.

Su diseño estuvo también en manos de la poeta, performer y teatróloga Martika Minipunto, una de las cofundadoras de sinsentido, editorial que ha puesto sobre el tapete, desde 2016, textos donde se entreveran géneros (para)literarios e imágenes, rarezas que ella y Rogelio Orizondo han sabido pescar entre el corpus de Fabián Suárez, Marien Fernández Castillo, Alessandra Santiesteban y la propia Nara –con quien se iniciaron al publicar Chesterfield Sofá capitoné–. Cada libro de sinsentido, plantado en un lugar de enunciación que involucra gesto-poema-diario-drama-delirio-(en)sueño…, nos abre a paisajes, a odiseas que son también mentales, así las mareas de Tarará, la abortada Central Electronuclear de Cienfuegos o el existencialismo francés y el diseño de interiores cubano.

Como puede deducirse de la conversación que le han regalado a Rialta este par de amantes del teatro, la estela del profesorado y de la práctica de Nara Mansur del ayer Instituto Superior de Arte (ISA) ha calado para largo en las textualidades y en las formas de pensar la dramaturgia entre la oleada generacional de los Años Cero, que en este ámbito tiene su representación en muchos de los autores de Tubo de ensayo. En “Sobre la conservación y el deseo”, Martha Luisa planta una frase que pudiera ser emblemática para decirlo mejor: “Nara Mansur Cao ha influenciado clínicamente mi escritura. Diagnostico mi fanatismo como una elección de lectura para toda la vida”.

En efecto, esas “operaciones autorreferenciales y autotemáticas” que Nara inventó y sigue inventando en su literatura, de la calidez y la cualidad que sea, “afectaron de manera determinante la dramaturgia cubana contemporánea de las dos últimas décadas” –como sienten y no padecen Martha o Rogelio Orizondo, quien de una parte lleva también las bridas de Ediciones sinsentido y, de la otra, escribió una obra como Antigonón, un contingente épico, que prolonga y enriquece, a su manera, las lecciones y el idiolecto de la autora de Mañana es cuando estoy despierta (2000), su primer poemario–. El sociolecto de la Revolución cubana, reanimado (desautomatizado, actualizado) por Nara, se ha seguido colando en poemarios y obras de teatro como Mecanismo para (des)habilitar, de Alessandra Santiesteban, o Harry Potter, se acabó la magia, de Agnieska Hernández, en contextos donde su cruce con otros campos semánticos como el eros y lo femenino, la educación y la contemporaneidad cibernáutica le otorgan otro peso y otro sabor, lo resignifican.

“Habitar creativamente” este enunciado y el lugar de su (su)plantación, escribirlo al (re)montarlo, al actuarlo –dice Martha, quien  trabajó, por 2015, la representación de Venus y el albañil, otro de los textos de Desdramatizándome, que acaba de ser visto en escena por estos días, en el Festival de Teatro de La Habana, en manos de Casa Cruz de la Luna–. Charlotte Corday y el animal fue una de las versiones que resultó de la colisión creativa entre el cosmos Nara y la galaxia de los relatos personales (de los recuerdos rozados y no de los archivos desenterrados) de Martha Luisa-Andrea y Osvaldo Doimeadiós-Arístides Hernández (Ares).

El Museo Napoleónico y el Bertolt Brecht, donde Jaime Gómez Triana eligió ejercer su opinión crítica en escena, y montar fielmente la totalidad del poema dramático, encarnado en el cuerpo de la actriz Liset Benítez Dávalos, también pusieron su parte en el afacetado (des)dibujo de la obra, en mucho más que (des)dobles. La dislocación espacial, tanto como las adaptaciones, han puesto el acento sobre la pregunta de Martha: “¿puede un libro ser muchos libros y muchas formas de museografía?” Más cuanto esos no fueron los únicos espacios donde el texto se desplegó. Pasó en Argentina, con Nara –otra y la misma todavía– como directora de orquesta, actuándolo a intervalos como concierto jazzeado, con Marien Dames al piano y Guillermo Esborraz en la batería. Pasó por Santiago de Cuba, con los lienzos de Carlos René Aguilera Tamayo como parte de una escenografía posmoderna, y con las actuaciones de Karina Portelles y Juvencio Borja, de La guerrilla del Golem, dirigida por Marcial Lorenzo Escudero –quien, entre las de Nara, montó también, en 2008, la pieza Ignacio & María–. Aconteció en la 11na Bienal de La Habana, con la performance de Broselianda Hernández agitando/guillotinando/machacando tostones a viva voz, contra cualquier aplatanamiento gubernamental o ciudadano, en su Charlotte y yo (2015). Y llegó en 2017, con su oralidad rampante, al encuentro FICDER2, en voz de Ana Arzoumanian y en el Salón Verde de dicha Facultad, cerca de la Sala de Actos, cuyo diseño remite al de la Asamblea Constituyente francesa de 1789.

El deseo de revolucionarnos, junto al dolor del cambio, atraviesan la obra y cada amago por corporeizarla. El sacrificio que se está dispuesto a hacer (ese dejar atrás objetos, personas, aguas territoriales, charcos de sangre, fronteras o –por el contrario– ese volver con ansias, esa osada repatriación), signan las respuestas a las cuestiones lanzadas por Martha Luisa en su prólogo: “¿Cuánto más seremos capaces de sacrificar?, ¿cuánto abandonaríamos por un cambio?, ¿qué repercusiones tiene este cambio?, ¿puede el teatro cambiar algo?, ¿los objetos?, ¿el recuerdo?”

Construir desde la exposición de las memorias personales distintos museos vivientes; enhebrar los relatos del deseo, de Corday, de Nara, de nosotras… los revolucionarias, los revoltosas, los reviradas.

Junto a su amor por las preguntas y las incertidumbres que nos empujan a explorar lo ancho y lo ajeno, tanto como a conocernos más, Nara y Martika son dos apasionadas de los procesos. Por eso, este libro es como el acompañamiento musical de una historia mucho más entreverada y jugosa que los avatares de un texto en busca de sus actores. La recursividad de Charlotte tomando la palabra, amén de subrayar la conciencia de su lugar en el universo, nos pone sobre aviso del juego de otredades que se establece: ya que se habla y no sólo se habla, sino que se contesta, se interpela… en un segundo round, en una segunda parte, que haciendo caso omiso del refrán se precia de ser más sabrosa, más fructífera que la primera. Este volumen es así un repaso, un remedial, que va de lo púbico a lo público –como me gusta decir–; que deja contemplar la huella de relecturas y rescrituras ensayísticas, dramatúrgicas, actorales, de reconsideraciones y habladurías cautiva(da)s o en fuga. Un dar cuentas de un trabajo acompañado, no únicamente de los públicos, sino de los creadores de sentido de esto que es “texto con otros…: textos con memoria, que portan referentes y también qu[ieren] posicionar[se] como otra cosa siempre”: el estribillo de un “cántico roto, mortífero”, una receta de cocina, un “comunicado” pioneril, una “donación de sangre voluntaria”.

Charlotte… puede ser visto también como un manifiesto del teatro del futuro que Nara quería improvisar cuando lo escribió, deseando que hablaran “nuestras parateatralidades” y nuestros actos cotidianos, buscando estudiar los “mitos ciudadanos” de la Isla. Como investigación permanente, esta obra se ha abierto a múltiples diseminaciones, cuerpos y voces. De ahí que de su cadáver exquisito salgan reverberando, como fuegos fatuos de galeones escondidos, los restos de la Historia desmitificada y las exhumaciones de fantasmas nacionales y ajenos (franceses, pero también soviéticos). Un texto que con el paso del tiempo está mucho más vivo que muerto, suelta su lengua, y sigue improvisando sus “verdades” en melodías o ritmos de tableteo diverso, de la tonada campesina al reguetón, pasando por el rap, la canción patriótica y el repicar de una ametralladora –por suerte, de palo–, que evade lo bélico llamando a la reconciliación.

En el cierre de Habla Charlotte Corday por segunda vez, que podríamos asumir con Nara como material para el “círculo de estudio”, ella a/enuncia su práctica del arte teatral como “criatura y objeto para imaginar, conversación inacabada, infinitud, malentendido, roca, esponja y espora, variaciones, informe, masa informe, recuerdo, pequeña fiestecilla interior que da miedo que se asome al portal, rasponazo, elaboración continua, estudio, trabajo, discurso”. Sus categorías combinan la gastada lengua revolucionaria, que se refresca dentro del entramado (informe, estudio, trabajo), con las ganas de jugar, de leer con una mueca, de leer mal para seguir imaginando. Ni la formalidad (más bien lo informe, lo en elaboración continua), ni lo impenetrable de la roca (mejor esponja y espora). Tampoco el espe(ctá)culo de la muerte o la patria, la bolsa o la vida; por el contrario, el rasponazo, la pequeña fiestecilla interior de quien todavía ensaya/estrena nuevas palabras, nuevos caminos, nuevos (tras)pies.

JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la Siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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