Luis Manuel Otero Alcántara

El domingo 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, una parte importante del mundo se volcaba a las calles para demandar equidad de género, el cese de la violencia contra mujeres y niñas, el fin del sistema patriarcal. En Cuba, sin embargo, desde temprano en la mañana las calles estaban igual de pasivas que siempre y así permanecerían durante toda la jornada. En La Habana habría varios eventos conmemorativos al interior de alguna residencia o institución, no más. Ninguno que a mí me convocara.

Yo no lograba imaginarme un 8 de marzo en un espacio cerrado, íntimo, casi escondido, no porque las feministas eligiéramos defender nuestra causa puertas adentro, sino porque esa fuerza poderosa que es el Estado cubano nos obligaba a ello: ejercer el derecho universal a protestar en lugares públicos en Cuba es cometer un delito. Si los mandamases del Partido Comunista –todos machos– no convocan a un desfile con un propósito específico, nadie puede salir con un cartel a una plaza a exigir nada por iniciativa propia.

El poder político en Cuba ha secuestrado el espacio público y ha confinado a la sociedad desobediente al espacio doméstico.

Para mí, hablar sobre feminismo entre cuatro paredes, este 8 de marzo, en un día en el que correspondía visibilizar en las calles las demandas de las mujeres, significaba aceptar con docilidad el hecho de que el poder político en Cuba ha secuestrado el espacio público y ha confinado a la sociedad desobediente al espacio doméstico, privado, que es también el espacio que el sistema patriarcal ha impuesto históricamente a las mujeres.

Por suerte, uno o dos días atrás, a mí me había llegado un mensaje que invitaba a artistas e intelectuales a participar, justo el domingo 8 de marzo, en un encuentro para discutir el caso del artivista Luis Manuel Otero Alcántara, quien entonces se encontraba detenido desde el 1o de marzo, y proyectar acciones para exigir su liberación. El encuentro iba a ser, desde luego, en un espacio cerrado, pero no se enfocaría en las luchas de las mujeres, ni pretendería reemplazar una protesta pública con una amena, casi privada, discusión bajo techo. Si había algo valioso en lo que invertir mi tiempo ese domingo, era en ese encuentro.

Y fue raro. Bueno, ¿qué no es raro en Cuba? Cada vez que alguien me dice que Cuba no es tan excepcional, como si decir que Cuba es excepcional fuera una pedantería, un motivo de orgullo, y no un hecho desafortunado pero rotundamente cierto, la sangre me hierve. ¿Hay alguien que se enorgullezca de la excepcionalidad de Cuba? ¿Que la disfrute? Nada quisiera yo más que un país donde la escasez dejara de configurar la vida cotidiana de millones de personas, como la ha configurado durante décadas, y que existieran garantías mínimas para el ejercicio de derechos civiles y políticos. Nada quisiera yo más que un país donde no tuviera que discutir sobre cómo demandar la liberación de un artista que ha sido encarcelado por usar la bandera nacional –en esencia, un pedazo de tela– para una performance, y por dañar, supuestamente, la patrulla en la cual le montaran tras haber sido detenido de manera arbitraria y violenta.

En el encuentro del 8 de marzo había momentos en que debía decirme que sí, que lo que estaba pasando era real, porque a pesar de haber vivido en Cuba toda mi vida, aún me cuesta asimilar que lo absurdo sea, tan a menudo, la norma. En el caso de Luis Manuel, cada argumento a su favor era un esfuerzo por aportar lógica, sentido común, algo de luces, a una realidad tremendamente oscura.

Luis Manuel, en su artivismo, ha otorgado al sistema político cubano el rol del personaje represor de derechos humanos básicos y el sistema político cubano lo ha interpretado impecablemente.

Pensé entonces que ese encuentro era también otra performance de Luis Manuel o una continuación de todas las anteriores. A mi juicio, lo más valioso de sus obras no han sido las obras per se, sino lo que han provocado. Sus obras han sido casi siempre eso: provocaciones. Luis Manuel, en su artivismo, ha otorgado al sistema político cubano el rol del personaje represor de derechos humanos básicos y el sistema político cubano lo ha interpretado impecablemente. Cada detención que ha sufrido el artista, debido a su arte, ha revelado la naturaleza antidemocrática, totalitaria e intolerante a la crítica de ese sistema. Podemos decir que su trabajo ha consistido en desenmascarar al poder. Y el poder, muy torpemente, ha caído y continúa cayendo en su trampa. Ahí donde Luis Manuel distingue un límite a la libertad es donde sus performances surgen, como si no pretendiera otra cosa que subvertir y expandir esos límites. Hoy nadie duda de que, por defender su idea de la libertad, sería capaz de cualquier cosa. Los únicos límites a los que Luis Manuel obedece son los de su conciencia.

Por eso también cuando anunció a sus amigos cercanos que entraría en huelga de hambre y sed si lo sentenciaban a prisión en los juicios que le programaron a raíz de esta última detención, nadie dudó que hablaba en serio. Una huelga de hambre y sed hubiera sido muy coherente con su actitud desafiante del poder, con su tendencia a transgredir los límites… y qué límite hay más sagrado que la propia vida. Luis Manuel tenía claro que si él moría en protesta por una injusticia cometida en su contra, ese antagonista permanente de su obra, que es el sistema político, iba a cargar con la muerte de un joven artista, negro, pobre y, sobre todo, inocente. Pero el mensaje más importante que Luis Manuel de manera implícita mandó desde su encierro no fue la afirmación de que estaba dispuesto a entrar en huelga de hambre y sed, en caso de que el sistema judicial le condenara, sino la pregunta de si nosotros –sus espectadores, la sociedad civil, la comunidad cubana de artistas e intelectuales– nos quedaríamos de brazos cruzados.

Ese 8 de marzo había sido Luis Manuel quien nos había convocado. Quienes estábamos allí, quienes se sumarían a lo largo de los días a la intensa campaña por su liberación, no queríamos tener que lidiar con la vergüenza de que nuestros miedos nos convirtieran en cómplices de un abuso de poder tan evidente, ni que las generaciones futuras nos juzgaran de la manera en que por estos días han sido juzgadas las generaciones que, en su momento, participaron en mítines de repudio contra ciudadanos marginados por el mismo sistema político.

En ese encuentro nadie tenía certezas de qué era lo que tocaba hacer, pero lo incuestionable era que algo había que hacer. Recuerdo que, por primera vez en mucho tiempo, perdí el miedo a ir a prisión por defender las ideas en las que creo, porque sentí que no era la única que se desprendía de ese miedo. Alguien dijo: “si yo tengo que ir presa para salvar a Luis Manuel, voy presa”. Después de eso yo sentí que no podía atreverme a menos. Pero lo más especial de todo era que no estábamos intentando organizarnos para exigir únicamente la liberación de un artista sino también respeto al derecho de todas y todos a ser libres. Yo estaba ahí por solidaridad y porque sabía que mañana podía ser yo quien estuviera en el lugar de Luis Manuel; por tanto, al defenderle a él, me defendía a mí y defendía a las personas que quiero y a las hijas o hijos que no he tenido. Construía mi idea de país.

Seis días después de esa reunión, en la madrugada del 14 de marzo, Luis Manuel fue puesto en libertad. En la semana que había transcurrido entre el 8 y el 14 de marzo, yo no pensé en otra cosa, no hablé de otra cosa, no escribí sobre otra cosa que no fuera el caso de Luis Manuel. Y, al igual que yo, mucha gente. Si su liberación fue o no una consecuencia de la campaña ciudadana y mediática que involucró a miles de personas, dentro y fuera de Cuba, en distintas dimensiones, no importa. Quienes la hemos celebrado, a pesar de tener presente que las acusaciones en su contra siguen en pie, sentimos que es una victoria; no sólo la liberación en sí misma sino también el hecho de que nos hayamos conectado y movilizado en múltiples escenarios para exigirla. La autoestima política de quienes participamos en la campaña se elevó después del 14 de marzo. El sistema político, de alguna manera, tuvo que ceder. Pero lo que sea que haya empezado con la detención del 1o de marzo de Luis Manuel no ha concluido con su salida de la cárcel. Las estructuras represivas que favorecieron en primer lugar que el artista fuera detenido y encarcelado por las autoridades cubanas no han cambiado, porque las relaciones de poder en Cuba han cambiado muy poco, o muy superficialmente, en las últimas décadas.

Sin embargo, a pesar de que esas estructuras represivas perduran, yo sí pienso que Cuba está cambiando. Es un criterio que comparto con varias amistades. Pero no lo pienso porque el poder cediera de cierta forma en el caso de Luis Manuel Otero Alcántara, ante la presión nacional e internacional, sino porque la cultura política que prevalece entre quienes están intentando cambiar Cuba ha cambiado. Las personas con las que he tenido la suerte de conectarme desde el pasado 8 de marzo, todas bastante jóvenes, residentes en Cuba o en el extranjero, no quieren más mítines de repudio, ni odios, ni rencores, ni ajustes de cuenta, ni revanchas, ni imposiciones. Han pedido solidaridad, pero han entendido a quienes responden a ese pedido con silencio. No les interesa confrontar a nadie en particular sino los sentidos que excluyen, que discriminan, que laceran la dignidad de hombres y mujeres. No les interesa sustituir una opresión con otra. Aspiran a una república fundamentalmente martiana, inclusiva, en la que todas las personas, hasta quienes han sido parte de esas estructuras represivas, puedan encontrar su lugar y convivir de manera armoniosa. Ese es el cambio principal que siento que está ocurriendo en algunos sectores de la sociedad civil cubana en estos momentos y la campaña por la liberación de Luis Manuel ha sido un escenario en el que se ha proyectado claramente.

El Estado cubano y sus representantes deberían interpretar mejor ese cambio y abrirse a un diálogo con sus actores, especialmente porque lo que generó el caso de Luis Manuel ha sido apenas un punto de partida.

MÓNICA BARÓ
Mónica Baró (La Habana, 1988). Periodista y escritora. Trabajó para la revista estatal Bohemia entre 2013 y 2014 y luego en el Instituto de Filosofía de Cuba. En 2015 formó parte del equipo fundador de la revista medioambiental independiente Periodismo de Barrio, donde fungió como reportera y miembro de su consejo editorial, hasta 2018. Ha publicado en OnCuba, Univisón Noticias, El Toque, Cuba Posible, Hypermedia Magazine. Ha escrito principalmente sobre comunidades vulnerables a desastres naturales, envenenamiento por plomo, problemas de vivienda y violencia de género. En 2019 ganó el premio Gabriel García Márquez con el texto “La sangre nunca fue amarilla”. Actualmente trabaja como reportera de la revista El Estornudo y reside en La Habana.
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