Ilustración de Pilar Fernández Melo

Me enteré por WhatsApp. Me saltó en el estado de un amigo, el martes 3. “Again?” –le dije. “Mshhhhh” –le dije. “Juicio sumario” –me dijo. “Cómo” –le dije. Y me pasó un post suyo en Facebook. “Hay que hacer algo” –le dije. “Seguro”. Y lo próximo fue Rialta Magazine expandiéndose a/desde nuestras listas de contactos, queriendo avivar un autógrafo, un álbum: el retrato de un artista.

Si algo marcó estos días fue el zumbido como de abejas en panal. Fotos, posteos, instagrams, dosieres, historias, tweets… Goteando hasta llegar al chaparrón, hasta exasperar a los que buscan en las redes un remanso de pulgares y corazones, un desternillar(se) de memes, un “yo me canto y me celebro a mí mismE”. “Textos, textos, textos, / tejeduras, lanzaderas…” Llegando, juntándose, irguiéndose. Colgados en muros, compartidos en el “verde que te quiero ver…” del WhatsApp, caminando en las redes. ADN Cuba, Árbol Invertido, Berliner Zeitung, 14ymedio, Cibercuba, CNN, El Colombiano, Cubanet, CubitaNow, Diario de Cuba, El Estornudo, Havana Times, Hyperallergic, Hypermedia Magazine, Incubadora, Kyma, El Nuevo Día, El Nuevo Herald, El País, Puente a la Vista, Radio Televisión Martí, La Razón, Te Amo Cuba, El Toque, Tremenda Nota, The Whashington Post

Demasiados zunzuneos o chirriar de grillos. Demasiada presión. Demasiado viral la rabia, el no.

Más que el sumarse de más de tres mil firmas (con su fiebre de mercurio en rosa, que llegué a vigilar cada una hora). Más que el acostumbrado tiroteo de(sde) los “medios internacionales” y la no muy usual oposición de varios intelectuales “de peso” al encarcelamiento. Más que las continuas chácharas a cualquier hora con Madrid, Bilbao, Buenos Aires, Santiago de Cuba, Saint-Étienne, Ciudad de México, Querétaro, los Mayamis, New York…, para actualizarnos en el desierto de las horas. Más que el escalofrío de las conspiraciones y el sabor dulceamargo de nuestros propios alegatos (falocéntricos y maternales, jerarquizantes y cívicos, antirracistas y totalitarios, apologéticos y arqueológicos, embanderados y nacionalistas, testimoniales o ficcionales, envalentonados o súbitamente francos…). Más que los vítores del viernes 13 en el Coppelia, que presentí sonreída en mi ventana, sin decidirme a bajar, por no pecar de intrusa entre el coro de quienes llevan rato confraternizando desde el #Sin349… Más que ese caleidoscopio me atraviesa el vértigo al rojo vivo de otros son/les.

Es paradójico. Ganamos casi que “por no-presentación”. Apenas tuvimos la visión del contendiente. Un tweet o un post aquí y allá mal grafiteados, protestas de usuarios en las redes: con sed de “paz” y de “normalidad”, asfixiados por el sinfín de hashtags libertarios, y por las banderas ll/movidas desde el arte o la cotidianidad, y por el envío insomne de “cadenas” que aflojaran y abrieran las tenazas. El parloteo de la multitud que veló el sueño de Luis, imaginando su cabeza rapada allá por Valle Grande, no se elevó en una plaza, no se subió a tribunas, no marchó. Hubo algún que otro arresto por 23 y 12. Y discusiones en Espacio Aglutinador –el siempre fiel a sus “malditos”–. Hubo un encuentro en el parque de 21 y H, que llevó a más de una docena a pedir cita con la dirección del MINCULT, que a esa hora se hallaría escuchando en Bellas Artes la denuncia de una nueva “campaña de descrédito” contra la Revolución.

Pero la andanada de lazos se estrechó por WhatsApp; y la barricada volvió a ser Internet. De la carta para pedir su excarcelación (tecleada a prisa, con una retahíla de tildes, naturalmente, graves) a los ensayos para explicar del-pi-al-pa tantas razones, mientras las voces iban escu(l)piendo el boceto de ese que hasta ayer casi fuera –entre analfabetas como yo– como un demonio in(pre)visible. De los comunicados del Movimiento San Isidro (convocándonos al juicio del 11 o informándonos de su cancelación) al “maratón inclusivo” de La Chorrera a Prado, en que habríamos estado paseando o corriendo este domingo 15, “por la salud del arte”, en una “carrera de resistencia” por nuestros derechos a expresarnos y crear desde este espacio-tiempo, por devorar/regurgitar y (des)armar, sin tutoriales ni tutelas, esta Cuba de Rubik.

No sé qué aprendió Luis de esta –llamémosle– andanza. Dudo que el coronavirus lo retenga en El Cerro, estudiando la montaña de textos que generó su detención. Aunque me gustaría tocarlo por el hombro, poner cara de madre (la que me he negado justo porque no quiero ser autoridad para nadie, justo porque me niego a enseñarle a alguien cómo debe ver el mundo), y decirle con soberana ingenuidad: “Niño, cuídate. Cógete y danos un respiro bajo el nasobuco. Merezcámonos (el manojo de fotos, la tregüita, las posturas)”. Como si descansar fuera posible… Como si los dos no supiéramos que lo suyo no va de jugar al pangolín ni al avestruz.

Comprendí, no sin vergüenza, que me queda alma por desyerbar para sentir (para entender) que entre arte y artivismo no hay más fronteras que las de mi pensamiento (y el frufrú del lenguaje, su oropel); que esta también es “mi gente” y que bien podríamos ser –como lo fuimos aquí y ahora, sin diluirnos ni emborronarnos– unE para todEs y todEs para unE.

Por mi parte, aprendí de mis pánicos: miedo a exponer el cuerpo frente a “la ley y el orden”, miedo a ser una pelele, miedo a que mi presencia en rechazo público a un acto de injusticia fuera manipulada o sumara puntos oportunos en el currículum de cualquier deus ex machina. Y supe también de algunas de mis convicciones: negada a llenarme la boca de retóricas ni de fundamentalismos, ni los brazos de pancartas, a la par que reafirmada en la coherencia, el acompañamiento y el sostén a/de los que, un paso (o muchos) más allá, activan sin pausa las alertas del sistema con sus críticas, y nos obligan a mirar de frente las fracturas del ideal. Comprendí, no sin vergüenza, que me queda alma por desyerbar para sentir (para entender) que entre arte y artivismo no hay más fronteras que las de mi pensamiento (y el frufrú del lenguaje, su oropel); que esta también es “mi gente” y que bien podríamos ser –como lo fuimos aquí y ahora, sin diluirnos ni emborronarnos– unE para todEs y todEs para unE.

Pasado el vendaval de angustias y ansiedades de estas jornadas, empatándolo con la pandemia que pisó ya la Isla, me levanto a plantarle cara al sábado. Lavo la ropa de campaña, limpio y salto a mi lección de yoga, con Elena Malova. Riego las plantas y me digo que ya es hora de soltar el fetiche que me traje a casa a principios de febrero, pidiendo por la salud de mi madre. Mi padre cumple setenta y nueve años el 21 de marzo. Y esta es una de esas cosas que una compra de regalo para otros pero realmente es para sí. O viceversa: uno de esos regalos tan valiosos que podemos desprendernos de él con repentina largueza de espíritu, por alegrar la vida de quien sea…

La voz de mi madre (que se alza al teléfono porque no entiende qué hago yo a esta hora y con este recado en un P6, caminando de 10 de Octubre a Goss, con mi matojo en un cubito azul) me acompaña en el viaje. Me bajo donde se puede, bastante después de cruzar Santa Catalina. Reculo una cuadra y me interno por una de las tantas calles de La Víbora, camino a las inmediaciones de la Iglesia de San Juan Bosco, cuya torre veo emerger entre el resol. Me preocupan la cantidad de hojas que ha perdido, pero me tranquilizan los retoños verdísimos que le brillan a uno y otro lado del cogollo. Son un montón de cuadras. Me hubiera encantado tenerla en mi puerta, mas temí que cualquiera se la quisiera llevar. No estoy cansada ni arrepentida, pero sólo cuando leo que estoy en Juan Delgado, y levanto la vista, entiendo los azares que me trajeron por aquí, trayendo en andas mi siguaraya, de San Lázaro a Santos Suárez. Los laberintos pueden ser caminos rectos.

He venido por la calle Carmen sin saberlo y ahora sí sé que tendré que garrapatear esta modesta glosa a su retrato. Estoy en la esquina, en la mismísima, donde el miércoles nos habíamos citado para antes de las 10, viniendo al juicio desde puntos distantes de LaVana: en gacela, en moto, en máquina, en la 174 o el P3… Quisiera detenerme a detallar el cuadro de los tres hombres anónimos que cuidan el portón: sus pulóveres, sus rostros, la aparente calma de esa conversación en que discurren un sábado en la tarde, ya pasado el fragor de la semana, en el Tribunal Municipal Popular de 10 de Octubre. En cambio, ya no me puedo detener.

Me sudan los dedos, se me tensan los codos y los hombros. La mata pasa de mi izquierda a mi derecha, de mi derecha a mi izquierda… No faltaba más. Había que pasearse por esta calle para limpiar el área, el aura. Había que cortar con estos lares, despojarse, despojarl/nos. Por eso desistí de la bici, desistí del taxi. La que se tumba sólo con permiso, y cuesta sudor y sangre el arrancar, pedía venir a/de pie y así la traje, aunque me quede grande el cometido.

Siempre me he preguntado por esa que abre y cierra los caminos, con la misma redoblada fuerza de sus “siete potencias” y sus “siete rayos” –según nos cantan al oído Celia Cruz, Benny Moré y Oscar de León, improvisando libérrimos la letra de Lino Frías–. Y también por la frase que la entrampa con Cuba, en un retrato estropeado, de estropicios.

La siguaraya

#PaísDeLaSiguaraya… No voy a internarme en un monte de metáforas. Sin embargo, ahora que se han enmarañado estos ovillos de marzo, cómo escaparme de considerar la trama en perspectiva. Hay un malestar de Cuba (como lo había en quien escribió las memorias de su vagancia, su choteo y su relajo, su fulanismo, su subdesarrollo…); hay un pesar de Cuba que no acaba. Y de eso va el sonsonete (la etiqueta), como mucho del corpus/del gesto de quien nos juntó en su último performance, en un feat repetido tierradentro y marafuera.

Todo vibra con lo que cierra de un portazo, removiendo refugios y troneras. Hay pasadizos que sólo abren la boca en ciertos sismos, fisuras que propician que expandamos raíces en cavidades (de)vasta(da)s, como esos verdes que cunden entre ruinas. Siguen siendo “tiempos difíciles”, pero se siente en el aire que “las manos”, “el corazón”, “la lengua”… nos pertenecen más que ayer. Y, por supuesto, “el bosque” que nos nutre ha dejado de darle “su árbol obediente” a las sierras melladas de la Historia.

Cuando llego a Santos Suárez de un tirón, mi padre me espera con el jardín de par en par. Y descubro la tierra removida donde piensa sembrar la siguaraya. ¡Qué rara cosa tanta ofrenda sobre sus frágiles ramas, tanta mirada puesta en esta postura (de país)! Como la vea crecer, injertaré en su tronco todos los nombres de pila que le nazcan. Y celebraré los cielos que aclaró en 2020 para cada uno de los míos. Mientras ella se prende en casa nueva, me ejercito respirando: el pie derecho en la raíz del muslo izquierdo, parada como un árbol en el suelo. Donde pusimos rabia, pongo vía y pongo savia. Árbol seré, pero un árbol caminero.

JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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