La posición, que es a la vez la tragedia del escritor en Cuba, puede resumirse en muy pocas palabras: el escritor no es un profesional, no tiene una manera de vivir de su trabajo, o como diría un publicitario, no ha creado su mercado. Este mecanismo, cuyo resultado es la posición nefasta de nuestros escritores, comienza en la redacción de los periódicos y revistas, donde la obra literaria, por muy sencilla que ésta sea, peca de poco periodística y de intelectual. Es evidente, dicen los redactores, que este artículo o este poema no tienen lectores, es decir, consumidores, puede funcionar si acaso como un extra en las últimas planas, pero es tan cierto como lo primero el hecho de que ese público no consume literatura porque su mente y su sensibilidad están embotadas de tantos titulares escandalosos, cintillos vendedores, dramones de segunda mano y comerciales estridentes, si se trata de la radio o la televisión.

Los escritores, de este modo, nos hemos vuelto nuestros propios lectores. Un artículo, por muy escandaloso que sea, en el terreno literario no trasciende más allá del grupo o del clan en el que ha sido escrito, porque aunque al cabo de muchas imploraciones se logre insertar en un periódico, la falta de interés literario, que se logra sólo con publicaciones asiduas de literatura, hace que pase a la vista de los lectores como una exquisitez más.

Afortunadamente, los periódicos de la Revolución han hecho un esfuerzo, encaminado en el sentido de mejorar esta situación. La publicación diaria o semanal de planas literarias está contribuyendo a crear en el pueblo la familiaridad, al menos, con la literatura. Pero la solución de este problema no es sólo la de hacer profesional al escritor, sino también, lo que es mucho más importante, la de alfabetizar al pueblo y comenzar a crearle el interés por la literatura y el teatro mediante la difusión de obras accesibles, sin complicaciones literarias o filosóficas, y la representación, en el teatro nacional o en las plazas, de las obras teatrales que sin perder su nivel de calidad puedan impresionar favorablemente al pueblo.

Los escritores en Cuba desde hace mucho tiempo, y con muy ligeras excepciones, han tenido que ir a dar al periodismo o la televisión. El escritor, si lo es de vocación íntegra, por otra parte, termina resultando muy intelectual en el periodismo y muy publicitario de la televisión. Las intenciones al principio siempre son las mismas: hacer una plana periodística que tenga a la vez calidad literaria o un programa de televisión que resulte de buen gusto. Pero el criterio de los patrocinadores termina siempre imponiéndose, y vemos cómo los escritores herméticos de un momento se convierten, por obra y gracia de la televisión, en libretistas de novelas por entregas o de cortos humorísticos.

Todo esto, como es natural, ha perjudicado en gran manera la literatura nacional, y los escritores y poetas de relieve con que hoy contamos han tenido que formarse literariamente fuera de Cuba, en Buenos Aires o en París, de modo que han estado más al tanto, digamos, del surrealismo o de las corrientes de la novela francesa, que del resto de la literatura escrita en Cuba, ya que si exceptuamos las dos revistas literarias más recientes, Orígenes y Ciclón, no hubo en nuestro país otro vehículo responsable donde publicar.

Esta situación del escritor, la de pertenecer a una especie distinta, lo lleva a no tener conciencia de clase. Como el médico o el publicitario hablan de la clase médica o publicitaria y pueden tomar una decisión en conjunto, con el peso de la unidad de la clase, el escritor se ve imposibilitado de apoyar o negar rotundamente cualquier actitud exterior porque, no estando unido, en una palabra, sindicalizado, como cualquier otro obrero, no tiene ni voz ni voto en la maquinaria social.

Como el escritor está desunido como clase, no puede exigir vehículos para expresarse. Pongamos un ejemplo: Bohemia, la revista más importante de Cuba, llena sus planas con material traducido, cuentos policiacos o detectivescos de autores extranjeros, publica muy poco, creo que ningún material de autores cubanos, en lo que a literatura de imaginación se refiere.

Yo creo, por el contrario a la opinión más generalizada, que los escritores pueden ser sumamente útiles a la sociedad. Útiles precisamente en un proceso como este que lleva la actual Revolución. Necesitamos, como es natural, manuales de trabajo: una imprenta nacional que publique la obra de los jóvenes y dé a conocer la Revolución que trasciende también al plano de la literatura. Puedo citar muchos de ellos, cuya obra publicada o puesta en escena haría pensar al pueblo en la responsabilidad de su porvenir y en el maravilloso destino que la Revolución pone en sus manos. Basta citar a Fernández Bonilla, Branly, Díaz Martínez, Rivera y Arrufat, entre otros muchos jóvenes escritores que siguen muy de cerca las pautas de la Revolución.

Cuando un escritor pueda vivir en Cuba como tal, sin recurrir a una cátedra en un Instituto, sin escribir para el radio o la televisión, sin hacer publicidad, la Revolución en ese plano, también habrá sido ganada.

SEVERO SARDUY
Severo Sarduy (Camagüey, 1937 - París, 1993). Escritor cubano. Escribió ensayo, crítica, poesía y narrativa. En 1959 se le concedió una beca en Madrid, de donde se trasladaría a París indefinidamente para no volver jamás a Cuba. Allí se involucra con el grupo nucleado alrededor de la revista Tel Quel, lo que marcará el resto de su obra literaria y pensamiento estético. Entre sus ensayos de carácter teórico destacan Escrito sobre un cuerpo (1967), Barroco (1974) y La simulación (1982). Su primera novela fue Gestos (1962) y le siguieron De donde son los cantantes (1967), Cobra (1972), Maitreya (1978), Colibrí (1984), Cocuyo (1990) y Pájaros de la playa (1993), publicada póstumamente. Como editor trabajó para Éditions du Seuil y Gallimard.