Cubierta de ‘Rayuela’, de Julio Cortázar (edición conmemorativa de la Real Academia Española, 2019)

Ediciones Conmemorativas de la Real Academia Española acaba de sacar Rayuela, de Julio Cortázar, coordinada por José Luis Moure, presidente de la Academia Argentina de Letras, con cien prólogos, doscientos epílogos y mil notas al pie, y la verdad ese amordazamiento cae pesado para una novela así. Ya estaba la edición de 2003 de Cátedra, coordinada por Andrés Amorós, que emprendía una tarea pasmosa: traducir al español castizo cada término en lunfardo o glíglico y, peor aún, explicar los chistes. Para decirlo pronto, a Rayuela hay que entrarle de otro modo, si no, no habrá nunca comunión con un libro así de disparatado y complejo. Nunca.

Hace exactos diez años di un curso por fuera sobre novela del boom. Y fue como un reencuentro con el mundo de la adolescencia, el de las lecturas atentas y reposadas, el de los primeros hechizos con el glíglico y los gitanos invadiendo Macondo. A la fin, eran los mismos cuatro ejes de siempre, la variable estaba en que tenía unos años más y unas alumnas mucho más entusiastas y agudas, con quienes, después de los saludos y cafés de cortesía, establecí una primera regla dorada: antes de observar La muerte de Artemio Cruz, Rayuela, La ciudad y los perros y Cien años de soledad desde cualquier organización histórica o análisis abstracto, antepondremos nuestros temas y pasajes favoritos.

Susan Sontag decía que la teoría literaria le parecía bien, pero sólo como un caramelo en el sabroso menú de los Estudios Culturales: “Me entretengo un rato con ella, pero pronto pierde su sabor y la dejo.” Y la verdad, con la tesis doctoral que escribía en el 2009 y las clases regulares que daba en una universidad pública, prácticamente supuraba modelos de análisis y referencias históricas. El diplomado era, entonces, un claro en el Bosque de Abedules de Nimbrethil.

Hacía muchísimo tiempo que no volvía a Rayuela con la frescura del lector no-académico, y encontré que debajo de esa costra discursiva y retórica –la costra que repiten en sus jergas y escritos los peores imitadores de Cortázar, pensemos en la novela de la Onda–, latía un misterio insondable, casi tierno: el de escapar, sin moverse del despacho, de la plomiza cotidianidad. Una de las alumnas comentó que sus hijos le criticaban su nueva condición de “enrayuelada”, y me la imaginé sirviéndoles en la mañana tazones llenos de sellos postales o recibiendo al marido ya muy de noche, con una vela verde en cada mano. Fue como recuperar la óptica cronopial.

Yo también me “enrayuelé” la primera vez que la leí, a los 17 años. Alguna vez tuve una amiga en Viña del Mar con quien mantenía un intercambio epistolar extraño: me enviaba sus esquelas en sobres amarillos donde escribía, como en una espiral (el símbolo de la patafísica, por lo demás): “Ella sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora la noche, su puente el Pont des Arts.” Yo le respondía, en papeles alargados de cuadritos muy bien definidos, algo de lo que a los 17 años estaba absolutamente seguro: “El mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero, si uno se ordena como un cajón de la cómoda.”

Después algo se trizó, ella se lanzó al Sena más cercano (la Gran Costumbre) y yo regresé –porque mi ida a Europa nunca fue un viaje– a Barcelona, la ciudad de los prodigios. Comenzaron a llegarme otras misivas, mucho más estrechas, con otros carmines y otros sellos postales después de la firma. Escribí mi tesis de licenciatura sobre Cortázar y un día, cuando estaba todo muerto, le conté a esa amiga que me tocaba defender mi trabajo. Se limitó a decirme, como dejando caer una lápida musgosa: “Nadie puede defender a ese hijo de puta.”

Años después, en el suplemento Babelia de El País, Benjamín Prado comentaba la reciente edición de los sospechosísimos Papeles inesperados. Era para abrazarlo. Me hubiera gustado enviarle por correo la nota a esa Maga, pues decía: “[su lectura] te puede llegar a deprimir profundamente en algunas de sus páginas, al hacerte pensar que con lo que él dejó perdido en el cajón tú podrías haber parecido un genio”. Estoy seguro de que ella ya no escribe; yo sigo acumulando papelitos en los bolsillos, volviendo a creer que en cualquier país de esta región, la región del boom, ser grande es un asunto cojudo pues quienes te miden son los enanos más intelectualmente liliputienses del condado. “Entonces es mejor pactar como los gatos y los musgos, trabar amistad inmediata con las porteras de roncas voces, con las criaturas pálidas y sufrientes que acechan en las ventanas jugando con una rama seca.”

Lo recomendable, ahorita, sería poner la cafetera, hurgar el cajón en busca de chocolates a medio morder y leer el cuento de Cortázar que mejor refleja la vida misma, “Instrucciones para John Howell”. Y luego, retomar la edición de Rayuela más vieja que se tenga en la biblioteca.

Los libros-experiencia no tienen edición conmemorativa. Los libros-experiencia tienen lectores que casi nunca se creen los lineamientos de la academia.

FELIPE RÍOS BAEZA
Felipe Ríos Baeza nació en Santiago de Chile, en 1981. Es escritor, periodista y doctor en Literatura. Se ha desempeñado como profesor e investigador en varias instituciones de educación superior, en materias de literatura, cine, filosofía y estética y arte, y es colaborador habitual de Rialta Magazine, entre otras publicaciones. Es autor de la novela Clowns (2016), del volumen de ensayos El desvarío ilustrado. Ensayos de narrativa hispanoamericana contemporánea (2014) y de una decena de libros críticos dedicados a escritores recientes, como Roberto Bolaño, Enrique Vila-Matas, César Aira, Juan Villoro, entre otros.
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