Con su más reciente libro, As de triunfo, presentado a los lectores por un prólogo de Antonio José Ponte, Alessandra Molina (La Habana, 1968) enriquece la poesía cubana de una manera diferente, manera muy suya de mirar y de relacionar los elementos obsesivos de la realidad, los recuerdos y las vivencias de la infancia. El paisaje tiene en estas páginas una presencia boscosa y una extraña temperatura húmeda, como de un otoño que sin embargo no llega a serlo del todo, disueltas como están finalmente las sensaciones en otros signos. Una singular vivencia llegamos a experimentar a medida que avanzamos en la lectura, cuando el libro se va adensando y ganando en calidades en la medida en que es más honda la penetración de la autora en sus conflictos. Sentimos entonces que la desmesura es mayor, el diálogo con la memoria más hondo y más sombrías las desarmonías de la experiencia con la historia familiar. Ahí están, como ejemplos, los poemas “La cosecha de mayo”, “As de triunfo” y “Herencia”, de cerradas visiones en las que nada se transforma, de una dureza gravitante, historias que se han constituido en castigos insoportables que no pueden dejar de padecerse.

Cubierta poemario As de triunfo (2001), de Alessandra Molina
Cubierta poemario “As de triunfo” (2001), de Alessandra Molina

Ciertamente, cuando comenzamos a leer, sin previa advertencia, As de triunfo, experimentamos cierto desasosiego que nos viene de su estilo, de su adjetivación, de las rupturas de “sentido” que pueden resultar incluso, en un primer momento, estímulo para la relectura. Y es que estamos ante un cuaderno distinto de los que están escribiendo los coetáneos de la autora. Esa confusión inicial se transforma de inmediato en una certidumbre, en una intimidad que nos permitirá ir viendo los paisajes y recuerdos, las vivencias que van construyendo los poemas y los poemas mismos como signos medulares de una poética, de una cosmovisión, superadas ya las dudas y los tanteos de toda escritura que no ha encontrado aún sus definiciones y sus caminos. Diríase que en estos poemas hay una plenitud que no está precisamente en las calidades formales, sino en lo que podríamos llamar la conciencia de sí, de su identidad, de la suficiencia y la autenticidad de un diálogo con la realidad. Alessandra Molina edifica de un modo singular lo anecdótico y este deja de serlo para convertirse en una ontología, en un cuerpo de hechos atravesado de sucesos que a ella misma la dejan absorta mirándolos. Veamos un fragmento del poema “Desmemoria”, este del inicio:

A tu llegada nos sentamos juntos,
vi al perro acercarse
y me pregunté con voz y con palabras de otros:
por qué a mi mano sobre su grupa la llamarían
olas de piel hacia el collar ceñido,
por qué mi mano se pierde donde comienza la sangre del animal.
Se tendió entre nosotros lo que no tiene verdadera alegría, ni fin, ni comprensión
ese instante animado de la desmemoria.

El simple acontecer se torna instante absoluto, ausencia de tiempo, metáfora, lenguaje para entender las visiones. La imagen que el texto nos trae es de una reveladora sobreabundancia, como sucede en los restantes poemas del conjunto. No es esta una poesía experimental, de intentos o aventura lingüística, sino de adentramiento en ciertas espacialidades y de contemplación de detalles, cualidad que el autor de estas líneas agradece más que cualquier búsqueda de sonoridades verbales o de adjetivaciones que pretendan una injustificada suficiencia. Alessandra Molina quiere otra cosa, una plenitud que ninguna experimentación puede alcanzar a no ser que, equivocadamente, cifremos toda la importancia de la poesía en su lenguaje, en el acto mismo de la ruptura del idioma. En su prólogo ha observado Antonio José Ponte que los conflictos de la autora son otros, mucho más significativos. “A otros poetas [nos dice Ponte] los persiguen y obsesionan imposibilidades diferentes, la de Alessandra Molina se centra en esta”, y antes ha dicho, definiendo lo que considera la imposibilidad de la autora: “misterio parece equivaler entonces a dificultad para ser naturaleza. Dificultad para ser, de nuevo, naturaleza”. Alude el prologuista al misterio porque en el comienzo de su presentación había dicho: “De todos los poetas cubanos nacidos en los sesenta del pasado siglo, creo que es Alessandra Molina quien más en confianza se encuentra con el misterio. Otros cuentan con distinta virtud primordial, la de ella es esa”. Es cierto: cuando leemos As de triunfo percibimos una oscura necesidad de intelección en esta autora, de intelección de un afuera que ella no acaba de sentir del todo distante y separado de ella en un sentido espiritual, como si solo pudiera explicarse su propio yo por el indescifrable cuerpo del mundo natural y la memoria de su infancia y de su vida familiar presentes en varios momentos de estos poemas. Para sustentar lo que decimos puede leerse “Naturaleza íntima”, donde vemos la pérdida de un cuerpo natural y del cuerpo propio en estos momentos:

Los hombres hunden su ángulo de bosque:
lo que una vez fue follaje
–o espiga y alimento del joven–
es ya el follaje perdido en los aliviaderos.
Lo que una vez fui
en la proximidad del árbol, en su exterior rigidez
–oculto el líquido del llanto oculto,
las horas, la estación. Naturaleza íntima–
es hoy astilla y será estancia del oro.

Y en el primer verso nos había dicho: “Privada de tu cuerpo”, la pérdida total que más adelante comprenderemos a la luz de todo el texto. Hay un hermetismo en Alessandra Molina que se deriva del diálogo del sujeto lírico, matizado por sus intuiciones y cuestionamientos, con su pasado, pero especialmente se deriva de la oscuridad esencial de sus percepciones, ensombrecidas por vivencias reales –ahora recordadas por la autora a lo largo del libro– y por esa conciencia de un imposible a la que se refería Ponte, un imposible del que no hay escape. La angustia está asimismo en el centro de esta obra, pero en una dimensión diríamos que subyacente, como matizada por un sosiego que traen los giros del lenguaje, esas frases inusitadas que tanto nos complacen, como estas del final de “Heráldica”:

Más quebrado que una flor ósea,
hediendo. Transpirando en la ropa de segunda mano,
alquiler,
modelaje o viejo disfraz
de algo más moribundo
a nuestro duelo.

Alessandra Molina nos entrega en As de triunfo una visión de los fragmentos, de las dispersiones, de las pérdidas, textos que al mismo tiempo nos anuncian un posible destino hecho de ausencias, en el que nosotros también podríamos perdernos. Por ello Ponte, al caracterizar estas páginas, nos advierte: “Decide, lector, si tomarlas como vestigios o como premoniciones”.