En una época, en un imperio (otomano quizás) jugábamos a borrar de los mapas el escurridizo pedazo de tierra que hoy llamamos Albania.

Desaparecía la estepa, los caldos de la arena. La nación dejaba de mapear. Como el cuerpo helado –y en espera– de Walt Disney, o como pescados salados (con cecina) que cuelgan de los almacenes portuarios.

Al habla con uno de los cartógrafos, me dijo: Borrar no es lo más difícil, pero sí lo más trabajoso.

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