Para Federico de la Vega

Amanece en Guantánamo la tarde caraqueña.

Mi aquí es allá y mi ahora es ayer.

Lo fue Nueva York, lo es Caracas.

La madeja de avenidas y transversales, y los pulpos que distribuyen el tráfico de las autopistas hacia arriba o hacia abajo, hacia ocho o mil puntos cardinales que se extenúan en sus confines, son mi Vía Apia.

Todas las ciudades caben en el pequeño pueblo de calles cuadriculadas.

Todos los caminos conducen a El Uvero.

A la caída de la tarde se hace presente el pasado. Con el sol cae la hora, el ahora, y la historia fluye al revés, como si aspirara a arqueología. O a geología.

Comienza la paradoja del caracol.

Una de estas palabras, quizá la próxima, es el ápice de la concha. Allí, aquí, se retuerce el punto en una primera espiral, la columela saborea tiernos nácares y la sombra que acaba de nacer obedece ciegamente a la progresión logarítmica.

El cero es menos. El cero crece. Es infinito.

Quizá sea el sol rojizo, tibio, brisado, que por contraste me recuerda al que dejé atrás, y que se ha puesto para siempre en un paisaje ya tan distante en el tiempo y el espacio que se pierde, menudo, blanco, rosado, como un grano de arena entre otros granos de arena.

Son las seis y veinte de la tarde. Amanece en Guantánamo.

Es hora de olvidar el presente.

Tuve por lo menos tres paraísos: la infancia, el patio de Regino Boti y otro rincón oriental que muchos fines de semana y verano tras verano me permitía vivir la tierra como cielo: El Uvero.

Nunca sé si debo agradecer de rodillas la riqueza acaso inmerecida de estos tres paraísos o si más bien debo lamentar haberlos perdido todos, y no uno a uno sino los tres de golpe, de cuajo, triple pérdida irreparable que me ha hecho sentir la extrañeza de cualquier instante, eso que sin vacilación alguna la gente llama pasado, presente y futuro; y la no menor extrañeza del espacio, este que es mi propio cuerpo, o el que mi cuerpo ocupa en la ropa que siempre ha sentido incómoda, como si obstinadamente se negara a ser de mi talla, o los otros, todos los otros, paisajes, rincones, horizontes, este norte oeste sur de cuatro paredes, barrio, ciudad, tierra ajena que en vano trato de hacer mía.

En el trío de paraísos perdidos mi sed de aventuras era insaciable; sobre todo en El Uvero, donde trataba de saciarla en aguas que gracias a mi pericia náutica raras veces tuve que tragar y donde difícilmente me pudiera haber ahogado, pues me zambullía con careta y snorkel en profundidades que casi nunca excedían los dos metros, aunque yo las soñara para el trirreme de Temístocles o el Nautilus del capitán Nemo.

Durante horas seguidas, y desoyendo los reclamos de mi madre, siempre preocupada por el sol o la lluvia, por un hipotético tiburón o la creciente marea, yo buscaba tesoros en el fondo del mar, quizá con la esperanza de correr -nadar- con mejor suerte que mi padre, a quien ocasionalmente acompañaba en sus safaris por la costa de Puerto Escondido y Jatibonico, donde él soñaba hallar cofres de piratas rezagados.

Mi padre nunca perdió la ilusión de botijuelas repletas de peluconas, una daga de Drake, alguna espada mohosa o un arcabuz todavía cargado y apuntando al curioso que caminaba sobre la tumba del caído.

Nunca tuvo tal suerte, sin embargo.

Yo siempre la tuve.

Quizá porque mis peluconas, mis dagas y arcabuces eran pececitos, tamboriles, rayas, tapaculos, ariscas morenas, picúas, rabirrubias, langostas, pulpos, aguamalas, negros erizos de inquietas y largas púas, y erizos verdosos, chatos y tan mansos que sin peligro se podían agarrar con la mano, corales macizos y redondos y otros como penachos agujereados que abanicaban el fondo del mar para aliviar el sol a plomo que me acompañaba en las zambullidas.

Conocía palmo a palmo la herradura de El Uvero.

Se abría en el promontorio que llamaban la roca de Luis
Armand, que era su punta más visible, pasando
por la playita que también llevaba ese nombre
y apellido, frente a nuestro rancho, luego por
el muelle que parecía una flecha a punto
de ser disparada mar afuera por el
arco de la costa que empezaba a
tensarse, y seguía por el acantilado
que desde ahí bajaba hasta el rancho de
Pepe Guerra, donde nacía la playa principal,
que terminaba en agua llana y dienteperro allá
por el rancho de Tames, donde la curva se torcía en
escasa arena hasta culminar en la otra punta de la herradura.

Un caracol de buen tamaño era hallazgo que valía la pena dejar en la orilla para luego mostrárselo con orgullo a mis padres. Si el trofeo tenía inquilino había que devolverlo inmediatamente a las olas. Si estaba desocupado podía llevarlo a casa, donde acrecentaría la colección de curiosidades que atesoraba en aquel último cuarto que para mí siempre fue el primero.

En mi pasado presente nunca faltan esos caracoles que me llevaba a Guantánamo.

De bóvedas y paredes enroscadas, eran túneles que se remontaban a donde yo quisiera, y que graciosamente concedían al vacío y las ausencias una particular aplicación de la ley de gravitación universal, pues adquirían peso de cosa útil, muy útil: peso de juguete.

Un caracol podía ser cualquier cosa, hasta el mar mismo. Y quiero decir: la totalidad del mar. Todos los océanos con sus océanos de profundidad.

Un caracol era un espejo. O podía serlo.

Un caracol era un calidoscopio. O podía serlo.

Giraban las espirales, provocando maravillas, geometrías en copos de nieve de infinitas formas y colores que de repente con un paisaje y otro, con una aventura y otra, otra, dibujaban la algarabía del niño.

Así aquel último cuarto se transformaba en playa, mar huracanado o batalla naval; como también de buenas a primeras, y gracias a los colmillos de elefante del abuelo, se convertía en las grandes praderas africanas; y por si fuera poco, con monedas griegas o romanas, podía convertirse en antiguos imperios; y con minerales y fósiles en una nada platónica cueva del paleolítico o en algún otro entonces muy anterior, absolutamente geológico, de veras remoto y difícil de imaginar, pues abarcaba épocas volcánicas, saurias, donde aún no existía el hombre.

Un entonces sin historia ni prehistoria. Uno de sucesos sin testigos, repleto pero vacío.

No existiría el hombre, pero el niño sí.

Yo, sí.

Y en la penumbra de Martí 918 podía acercarme a la mosca cada vez más enviscada al intentar zafarse desesperadamente de la gota de ámbar donde quedaría petrificada, o podía caminar entre helechos gigantes y dinosaurios tan enormes que no me hacían caso, o que por su descomunal altura ni siquiera me veían.

Y por supuesto, estando allí a cada rato me desplazaba hasta El Uvero.

Los caracoles fueron como teléfonos para mí. En su misterioso rumor sentía que me llamaban. No las sirenas, aquellas brújulas nefastas de los antiguos navegantes, sino estrellas de mar, pulpos, manjúas, un corsario que me había invitado a atracar galeones españoles, hasta la ballena que llegué a ver allá por la Punta de la Mula.

Aquel último cuarto es ahora mi penúltimo cuarto.

Lento, lentísimo girar del acróbata entre las barras asimétricas. Siglos, milenios, cada vuelta del trapecista en su caída. Acróbatas, gimnastas, trapecistas, calidoscopios, caracoles, manecillas de reloj que giran al revés.

Son exactamente las nueve y diecisiete de cuándo. De dónde. De quién. De por qué. Para qué.

La paradoja es uno de los juegos que me enseñaron los caracoles. Yo los encontraba en el fondo del mar y luego, al escuchar su rumor, sentía que en ellos se atornillaba el fondo del mar. Contenían el mar donde apenas habían sido duras gotas de agua.

Lección perdurable.

Antes de que me cautivara Zenón, antes de volar tras la flecha detenida mientras zumba y zumba en su curso de puntería inalterable, antes de correr hasta perder el aliento tras el lentísimo Aquiles y la veloz tortuga, mucho antes de soñar el inquietante paraíso de Cantor y perderme como una pobre cifra entre números transfinitos, antes, mucho antes supe lo que eran las paradojas y los misteriosos infinitos incrustados como vetas de oro en otros infinitos.

El tiempo todo es ahora.

El espacio todo está aquí.

Estoy en mi penúltimo cuarto.

Esta noche amanece en El Uvero.

Esta noche es la sombra rosada retorcida dentro de un caracol.

Esta noche soy una sombra retorcida.

Y un punto.

Un punto y seguido.

[Caracas, 5 de agosto 2014]

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OCTAVIO ARMAND
Octavio Armand (Guantánamo, Cuba, 1946). Escritor cubano. Vivió durante muchos años en Nueva York, donde fundó y dirigió la revista escandalar. Actualmente reside en Caracas, Venezuela. Piel menos mía (1976), Cómo escribir con erizo (1978), Origami (1987), Son de ausencia (1999) y Clinamen (2012) son algunos de sus cuadernos de poesía. Sus ensayos han sido recogidos en El pez volador (1997) y El aliento del dragón (2005). La editorial mexicana Calygramma ha compilado su obra poética (Canto rodado, 2017) y sus ensayos (Contra la página, 2015).