Antonia Eiriz: ʻUna tribuna para la paz democráticaʼ (detalle), 1968
Antonia Eiriz: ʻUna tribuna para la paz democráticaʼ (detalle), 1968

JOSÉ ANTONIO PORTUONDO

Compañeros, durante varios días hubo conversaciones, rumores, etcétera, en torno a Heberto Padilla y a su situación. Él, por su parte, hizo una solicitud al Gobierno Revolucionario en el sentido de explicar personalmente su caso. El Gobierno Revolucionario accedió a que Heberto Padilla explicara a los compañeros escritores lo referente a su caso, y se estimó que el sitio mejor para que esto se realizara fuera en el seno de nuestra Unión de Escritores y Artistas de Cuba, que es en definitiva el organismo de los escritores y artistas de Cuba.

Por eso, hoy Padilla va a venir a exponernos a todos la realidad de su caso y, sin más dilación, él tiene la palabra. Quiero ante todo solamente excusar la ausencia del compañero Nicolás Guillén. Él era el que debiera estar aquí presidiendo este acto, pero todos ustedes saben que Nicolás ha estado seriamente enfermo y que se le ha prescrito un reposo absoluto; un reposo que tratándose de Nicolás nunca es absoluto, pero que nosotros hemos tratado de absolutizar lo más posible. Por esa razón él no está esta noche aquí, nosotros no hemos querido que él salga de su casa, y yo lo sustituyo. Pero el compañero Nicolás está enterado de todo lo que estamos haciendo aquí y de todo lo que aquí se va a decir.

HEBERTO PADILLA

Gracias, doctor.

Compañeros, desde anoche a las doce y media, más o menos, la dirección de la Revolución me puso en libertad, me ha dado la oportunidad de dirigirme a mis amigos y compañeros escritores sobre una serie de aspectos a los que seguidamente yo me voy a referir.

Yo quiero aclarar que esta reunión, que esta conversación, es una solicitud mía. Que esta reunión ustedes saben perfectamente que la Revolución no tiene que imponérsela a nadie. Yo hice un escrito y yo lo presenté a la dirección de nuestro Gobierno Revolucionario, yo planteé la necesidad de explicar una serie de puntos de vistas míos, de actividades y actitudes mías, delante de ustedes que son mis compañeros, porque creo que la experiencia mía puede tener algún valor, yo diría que un interesante, un ejemplar valor para muchos de mis amigos y de mis compañeros.

Ustedes saben perfectamente que desde el pasado 20 de marzo yo estaba detenido por la Seguridad del Estado de nuestro país. Estaba detenido por contrarrevolucionario. Por muy grave y por muy impresionante que pueda resultar esta acusación, esa acusación estaba fundamentada por una serie de actividades, por una serie de críticas… Crítica –que es una palabra a la que quise habituarme en contacto con los compañeros de Seguridad– no es la palabra que cuadra a mi actitud, sino por una serie de injurias y difamaciones a la Revolución que constituyen y constituirán siempre mi vergüenza frente a esta Revolución. Yo he tenido muchos días para reflexionar, en la Seguridad del Estado. Yo quiero decirles a ustedes algunas cosas sobre mi actitud que muchos de ustedes pueden sentirse sorprendidos de oírme no porque muchos de ustedes las ignorasen, sino porque muchos pueden creer que sea yo capaz de reconocerlas en público. Es decir, no es tanto el hecho de mis actitudes, de mis actividades, como mi disposición a hablar de ellas lo que puede constituir una sorpresa.

Yo he cometido muchísimos errores, errores realmente imperdonables, realmente censurables, realmente incalificables. Y yo me siento verdaderamente ligero, verdaderamente feliz después de toda esta experiencia que he tenido, de poder reiniciar mi vida con el espíritu con que quiero reiniciarla.

Yo pedí esta reunión, y yo no me cansaré nunca de aclarar que la pedí, porque yo sé que si alguien hay suspicaz es un artista y un escritor. Y no en Cuba solamente, sino en muchos sitios del mundo. Y si he venido a improvisarla y no a escribirla –y estas noticias no significan absolutamente nada, estas noticas son siempre la cobardía del que cree que va a olvidar un dato–, si he venido a improvisarla es precisamente por la confianza que la Revolución tiene, durante todas las conversaciones que hemos tenido durante estos días pasados, de que yo voy a decir la verdad. Una verdad que realmente me costó trabajo llegar a aceptar –debo decirlo–, porque yo siempre preferí mis justificaciones, mis evasivas, porque yo siempre encontraba una justificación a una serie de posiciones que realmente dañaban a la Revolución.

Yo, bajo el disfraz del escritor rebelde, lo único que hacía era ocultar mi desafecto a la Revolución. Yo decía: ¿era esto realmente un desafecto? Yo lo discutía en Seguridad. Y cuando yo vi el cúmulo de actividades, el cúmulo de opiniones, el cúmulo de juicios que yo vertía con cubanos y extranjeros, el número de injurias y difamaciones, yo me detuve y tuve que decir realmente: esta es mi verdad, este es mi tamaño, este es el hombre que realmente yo era; este es el hombre que cometía estos errores, este es el hombre que objetivamente trabajaba contra la Revolución y no en beneficio de ella; este era el hombre que cuando hacía una crítica no la hacía al organismo al que debía criticársele, sino que hacía la crítica al pasillo, que hacía la crítica al compañero con mala intención.

Se me dirá que eran críticas privadas, que eran críticas personales, que eran opiniones. Para mí eso no tiene importancia. Yo pienso que, si yo quería ser, como lo que yo quería ser, era un escritor revolucionario y un escritor crítico, mis opiniones privadas y las opiniones que yo pudiera tener con mis amigos tenían que tener el mismo peso moral que las opiniones que yo debía tener en público. Porque no podía ser posible que se mantuviera esa duplicidad, que en lo público yo me manifestase como un militante indiscutible de la Revolución, y en lo privado me manifestase objetivo. Porque el error de muchos escritores es creerse como un desafecto vulgar, como un contrarrevolucionario eso; no de todos, afortunadamente, porque hay excepciones honrosas que afortunadamente han llevado adelante la posición moral de nuestros escritores, pero sí de muchos, y yo diría que de la mayoría de nuestros escritores y de nuestros artistas.

Y no había ningún derecho a que esta fuese nuestra posición; no había ningún derecho a esta dicotomía, a que por un lado pensásemos de una forma en nuestra vida privada, a que fuésemos unos desafectos como era yo, verdaderamente venenoso y agresivo y acre contra la Revolución, y por el otro, en lo internacional, queriendo proyectar la imagen de un escritor inconforme y de un escritor inquieto.

A mí me gustaría encontrar un montón de palabras agresivas que pudieran definir perfectamente mi conducta. A mí me gustaría poder agradecer infinitamente las veces que muchísimos de mis amigos revolucionarios se me acercaron previniéndome de que mis actitudes eran actitudes muy negativas y actitudes que dañaban a la Revolución. Y yo realmente no perdonaré nunca el que los desoyese; yo nunca lo perdonaré. Pero esos fueron mis errores. Esos fueron los errores de que yo he hablado durante este mes en la Seguridad del Estado.

Yo he criticado cada una de las iniciativas de nuestra Revolución. Es más, yo he hecho una especie de estilo de la agresividad. Yo me siento avergonzado y tenía necesidad de hablar con mis amigos porque yo no creía que bastara el que yo escribiese una carta al Gobierno Revolucionario arrepintiéndome y que esa carta fue aceptada y que la Revolución tuviera la generosidad de permitirme hablar con ustedes. Eso no es suficiente. Para que una rectificación, para que un hombre realmente apoye su rectificación moral delante de su país y de sus compañeros, es necesario que ese hombre sea capaz de decirlo espontáneamente a esos compañeros: que está dispuesto a esa rectificación. Y decirlo justamente a un sector al que yo quiero referirme un poco más adelante, pero que tiene ciertas características y ciertas peculiaridades que son para la Revolución de suma importancia.

Yo, compañeros, como he dicho antes, he cometido errores imperdonables. Yo he difamado, he injuriado constantemente la Revolución, con cubanos y con extranjeros. Yo he llegado sumamente lejos en mis errores y en mis actividades contrarrevolucionarias –no se le puede andar con rodeos a las palabras–. Yo, cuando fui a Seguridad, sobre todo tenía la tendencia a tenerle miedo a esa palabra, como si esa palabra no tuviese una carga muy clara y un valor muy específico, ¿no? Es decir, contrarrevolucionario es el hombre que actúa contra la Revolución, que la daña. Y yo actuaba y yo dañaba a la Revolución. A mí me preocupaba más mi importancia intelectual y literaria que la importancia de la Revolución. Y debo decirlo así.

En el año 1966, cuando yo regresé de Europa a Cuba, yo puedo calificar ese regreso como la marca de mi resentimiento. Lo primero que yo hice al regresar a Cuba, meses después, fue aprovechar la coyuntura que me ofreció el suplemento literario El Caimán Barbudo, con motivo de la publicación de la novela de Lisandro Otero Pasión de Urbino, para arremeter allí despiadada e injustamente contra un amigo de años, contra un amigo verdadero como era Lisandro Otero. Un amigo que a mi regreso de Europa me dio su casa de la playa para que viviera un mes en los dos meses de descanso que yo tenía por mi ministerio. Lo primero que yo hice fue atacar a Lisandro. Le dije horrores a Lisandro Otero. ¿Y a quién defendí yo? Yo defendí a Guillermo Cabrera Infante. ¿Y quién era Guillermo Cabrera Infante, que todos nosotros conocemos? ¿Quién era y quién había sido siempre Guillermo Cabrera Infante? Guillermo Cabrera Infante había sido siempre un resentido, no ya de la Revolución, un resentido social por excelencia, un hombre de extracción humildísima, un hombre pobre; un hombre que no sé por qué razones se amargó desde su adolescencia y un hombre que fue desde el principio un enemigo irreconciliable de la Revolución. Y yo no era ajeno a esas características de Guillermo Cabrera Infante. Y lo primero que hice fue defender a Guillermito, que es un agente declarado, un enemigo declarado de la Revolución, un agente de la CIA, defenderlo contra Lisandro Otero. Defenderlo por qué. Defenderlo en nombre de valores artísticos. ¿Y qué valores artísticos excelentes y extraordinario puede aportar la novela de Guillermo Cabrera Infante Tres tristes tigres? ¿Qué valores excepcionales, qué contribución excepcional a la literatura puede aportar ese libro que mereciese que yo aprovechase esa ocasión que me brindaba El Caimán Barbudo para atacar a un amigo entrañable? Yo, que no era un crítico profesional, porque no era mi obligación el establecer diferencias específicas entre lo político y lo literario; yo, que no era un crítico profesional, lo primero que hago es arremeter contra Lisandro Otero injustamente, porque Lisandro jamás me viró las espaldas. Lisandro quería llevarme a la revista Cuba. Ah, pero yo debo ser sincero con mis amigos, yo aproveché esa ocasión para molestar a Lisandro, porque estaba molesto con Lisandro. Pero es que la molestia con Lisandro se convertía en un problema político, y esta actitud tenía consecuencias políticas que iban a dañar directamente a la Revolución.

Porque en esa pequeña nota venenosa que yo escribí para El Caimán Barbudo, yo atacaba nada menos que a tres organismos de la Revolución. Yo atacaba, por ejemplo, a mi organización, a la Unión de Escritores y Artistas. Yo decía que la Unión de Escritores y Artistas era un cascarón de figurones. Yo atacaba al Ministerio de Relaciones Exteriores por haber prescindido de los servicios de un contrarrevolucionario como era Guillermo Cabrera Infante, que había estado tres años en Bruselas y que aquello le había permitido vincularse a los enemigos de la Revolución, como se ha demostrado claramente, como él mismo se ha esforzado en declararlo. Yo ataqué incluso despiadadamente al compañero de la Seguridad que informó contra las actividades de Guillermo Cabrera Infante, hablando del estilo literario, como si el estilo literario tuviera algo que ver con la verdad o como si la verdad no fuera más importante que el estilo literario.

Estas cosas que ustedes me oyen ahora, ustedes pensarán que debí pensarlas antes. Si, es cierto. Es cierto, yo debí pensarlas antes. Pero la vida es así, el hombre comete sus errores. Yo he cometido esos errores que son imperdonables. Yo sé, por ejemplo, que esta intervención de esta noche es una generosidad de la Revolución, que yo esta intervención no me la merecía, que yo no merecía el estar libre. Lo creo sinceramente; lo creo por encima de esa alharaca internacional que aprecio en el orden personal, porque creo que son compañeros que viven otras experiencias y otros mundos, que tienen una visión completamente diferente de la situación cubana, situación que yo he falseado en cierta forma o en todas las formas. Porque yo he querido identificar determinada situación cubana con determinada situación internacional de determinadas etapas del socialismo que ha sido superada en esos países socialistas, tratando de identificar situaciones históricas con esta situación histórica que nada tiene que ver con aquellas. Y estos compañeros que me han apoyado, que se han solidarizado conmigo internacionalmente, desconocen a fondo mi vida de los últimos años. Desconocen, muchos de ellos, el hecho de que yo hubiera tenido esas actividades, de que yo hubiese asumido esas actitudes, de que yo hubiese llevado a cabo tales posiciones.

Es una actitud natural de los escritores en el mundo capitalista y yo espero que estos compañeros, al darse cuenta de la generosidad de la Revolución, al verme aquí pudiendo hablar libremente con ustedes, porque si estas no fueran mis ideas lo primero que debería exigírseme a mí sería la valentía en este momento de decir cuáles deberían ser realmente mis ideas, aunque mañana tuviera que regresar a la cárcel. Y si quiere decir que no las digo quiere decir que no la siento, y si no las siento quiere decir que esos compañeros que se han solidarizado deberían rectificar, y deberían admitir que la Revolución cubana es superior al hombre con que se han solidarizado. Y que la Revolución cubana es justa y que la Revolución cubana ha tenido en cuenta todos los hechos, y que la Revolución cubana me ha dado la oportunidad a mí no de ir a los tribunales revolucionarios por una serie de circunstancias que yo voy a enumerar, sino de venir a hablar con ustedes y de vivir mi vida de siempre después de un mes de experiencia ejemplar. Yo decía que desde mi regreso de Europa toda mi vida estuvo marcada por el resentimiento. Yo decía que si esa notica que yo escribí al principio era venenosa, la que escribí después superaba en veneno a esa otra pequeñita. Me refiero a la respuesta que yo di a la que los compañeros de El Caimán Barbudo dieron a la pequeña que en el inicio hice. Es decir, una especie de alegato contra la política de la Revolución.

Aquel alegato era de una petulancia, aquel alegato expresaba unos alardes teóricos que yo he padecido siempre lamentablemente, de lo que yo realmente me siento sumamente avergonzado. Porque, además, ¿qué mérito revolucionario, compañeros, tenía yo en una Revolución sumamente joven en donde el mérito revolucionario debe primar, debe estar por encima de cualquier otro tipo de consideración? En una revolución hecha a noventa millas del imperialismo, este lugar común que a fuerza de reiteraciones nunca podrá perder su verosimilitud: ¿qué valor puede tener un hombre sino precisamente el haber tenido el sentido histórico de haber asumido una posición –y yo edad tenía para asumirla en el momento en que otros, valerosos, realmente revolucionarios, la asumieron frente a la tiranía de Batista? ¿Cuáles eran mis méritos para poder convertirme en ese “fiscal increíble”, como me había calificado acertadamente la revista Verde Olivo? ¿Cuáles eran mis méritos revolucionarios para convertirme precisamente en el hombre que debía ser el crítico de la Revolución, el único escritor con mentalidad política que podía oponerse al proceso revolucionario e imponer sus ideas? Ninguno; yo no tenía esos méritos revolucionarios. Tampoco tenía la verdad, que podría ser un mérito en sí mismo, porque como ya se ha visto era injusto, y prefería un enemigo a un amigo, prefería el resentimiento a una valoración inteligente y sensata de los hechos. No tenía ninguna razón y, sin embargo, lo hice.

Yo, que debía haber estado agradecido de una Revolución que me permitió viajar, que me permitió dirigir una de sus empresas, que me permitió representar a uno de sus ministerios en distintos países europeos; yo, defendiendo a un contrarrevolucionario, a un enemigo declarado de la Revolución como era Guillermo Cabrera Infante, contra un compañero leal, contra un compañero que siempre me había dado muestras de cariño, de afecto, con quien siempre tuve mucha identificación, largas correspondencias, como era Lisandro Otero.

Pero es que yo quería sobresalir –hay que juzgar las cosas como son–. Yo hice muy mal mi papel, tengo que empezar por decir eso. Yo quería sobresalir. Yo quería demostrar que el único escritor agredido entre comillas era Heberto Padilla, y el escritor agredido entre comillas revolucionario era Guillermo Cabrera Infante. Y que el resto era una serie de remisos y un montón de funcionarios acobardados. Y que la Unión de Escritores no valía para nada porque esa Unión de Escritores no asumía mi misma posición.

Ese fue mi inicio, esa fue mi más clara actividad enemiga, mi más específica actividad para dañar a la Revolución: asumir los alardes teóricos de un hombre que no tenía mérito revolucionario alguno para asumirlo. Defender a un traidor frente a un compañero que ha dado pruebas cabales de su lealtad, de su inteligencia creadora al servicio de la Revolución.

A mí me gustaría que Guillermo Cabrera Infante no fuera un contrarrevolucionario, y me gustaría que su talento estuviera al servicio de la Revolución. Pero, como decía Martí, la inteligencia no es lo mejor del hombre. Y si algo yo he aprendido entre los compañeros de la Seguridad del Estado, que me han pedido que no hable de ellos porque no es el tema el hablar de ellos sino el hablar de mí, yo he aprendido en la humildad de estos compañeros, en la sencillez, en la sensibilidad, el calor con que realizan su tarea humana y revolucionaria, la diferencia que hay entre un hombre que quiere servir a la Revolución y un hombre preso por los defectos de su carácter y de sus vanidades.

Yo asumí esas posiciones. Y, además, lo que es peor, yo llevé esas posiciones a un terreno a donde yo nunca debí llevar esas posiciones. A un terreno en que esas posiciones no caben: al terreno de la poesía. Yo he pensado mucho en esto, he reflexionado mucho, seriamente, en lo que me llevó a llevar estas posiciones a la poesía. Estas posiciones no habían sido nunca asumidas; tomadas, expuestas en la poesía cubana. La poesía cubana del comienzo de la Revolución, la misma que yo hice en etapas breves que la propia Revolución me ha reconocido en mis conversaciones con la Seguridad, era una poesía de entusiasmo revolucionario, una poesía ejemplar, una poesía como corresponde al proceso joven de nuestra Revolución. Y yo inauguré –y esto es una triste prioridad–, yo inauguré el resentimiento, la amargura, el pesimismo, elementos todos que no son más que sinónimos de contrarrevolución en la literatura.

Ustedes saben que yo me estoy refiriendo a Fuera del juego, que ustedes me han oído defender mucho. Pero es que hay que pensar profundamente las cosas. Pensemos sinceramente en Fuera del juego. ¿Ustedes piensan, si ustedes leen ese libro, que es en realidad un libro revolucionario? ¿Es un libro que invita a la Revolución y a la transformación de una sociedad?

Yo he pensado, he repensado muchas veces, he tenido muchos días para pensar en eso, en esos poemas, desde el primero hasta el último. ¿Qué es lo que marca ese libro? ¿Qué es lo que le da la característica esencial a ese libro? Pues lo que le da la característica esencial a ese libro es, bajo la apariencia de un desgarramiento por los problemas de la historia, lo cual no es más que una forma del colonialismo ese de que ha hablado Fidel [Castro] en sus últimos discursos, una forma de importar estados de ánimos ajenos, experiencias históricas ajenas, a un momento de la Revolución que no tiene de la historia ese desencanto, sino todo lo contrario, un momento de la historia en que se puede tocar el ímpetu de todas las realizaciones y de todos los momentos de desarrollo y de entusiasmo que puede tener una Revolución.

Pero yo no, yo empecé mi libro como hubiera podido empezar un filósofo viejísimo y enfermo del hígado con un poema que se llama “En tiempos difíciles”. Y por ahí siguen una serie de poemas. Ese libro está lleno de amargura, está lleno de pesimismo. Ese libro está escrito con lecturas, ese libro no expresa una experiencia de la vida, no interioriza la experiencia cubana. Hay que reconocerlo. Ese libro expresa un desencanto, y el que lo aprecie lo único que hace es proyectar su propio desencanto.

Y  desencanto hay muy antiguo en muchos hombres. Porque la Revolución no es un fenómeno que transforme la alegría del hombre y que la reafirme y la haga extraordinaria en tres días. Para la tristeza hay millones de años de experiencia. No sé quién lo dijo, tal vez lo repitió Roberto alguna vez, o lo dijo por primera vez, pero para la alegría no hay mucha experiencia en la poesía. Es más fácil llorar que alegrarse, que escribir sobre la esperanza y sobre los sueños, y sobre la poesía de la vida.

Hay clichés del desencanto. Y esos clichés yo los he dominado siempre. Aquí hay muchos amigos míos que yo estoy mirando ahora, que lo saben. César Leante lo sabe, César sabe que yo he sido un tipo escéptico toda mi vida, que yo siempre me he inspirado en el desencanto, que mi desencanto ha sido el centro de todo mi entusiasmo –valga esa absurda forma de expresión–. Es decir, el motor de mi poesía ha sido el pesimismo, el escepticismo, el desencanto. Y ese libro, Fuera del juego, está marcado por ese escepticismo y por esa amargura. Ese escepticismo y esa amargura no entusiasman y no llevan a la Revolución. Esos poemas llevan al espíritu derrotista, y el espíritu derrotista es contrarrevolución.

Y  yo he tenido muchos días para discutir estos temas, y los compañeros de la Seguridad no son policías elementales; son gente muy inteligente. Mucho más inteligentes que yo, lo reconozco. Y más jóvenes que yo. Cuadros que yo no sé de dónde han sacado, todavía no sé de dónde… Porque muchas veces, me acuerdo que le pregunté a un compañero, no quiero ni mencionarlo, un oficial, le dije: “¿Pero de dónde han sacado ustedes estos cuadros?” Y yo estaba afuera, porque tuvieron la gentileza en muchas ocasiones de llevarme a tomar el sol, y había un grupo de niños, muy pobres, muy simples, muy sencillos, cubanos, y me dijo: “Mira, chico, de ahí.” Y me dio una respuesta simple, un adverbio de lugar: “ahí, chico; de ahí salí yo, y de ahí salimos todos”.

Yo me sentí muy avergonzado, y me sentía todos los días muy avergonzado de aquellas conversaciones sanas que tampoco se podían identificar con las conversaciones enfermizas que eran el tema central de mi vida en los últimos años. Y así yo fui asumiendo actitudes, así me fui envenenando, así me fui separando de mis amigos. Si mis amigos antes eran, por ejemplo, Roberto Fernández Retamar, Lisandro Otero, Edmundo Desnoes, Ambrosio Fornet, por citar sólo algunos, después ellos no fueron, no podían ser mis amigos. Ellos hicieron esfuerzos porque yo rectificara. Yo recuerdo mis conversaciones y mis discusiones con Roberto, pero es que mi verba era tremenda y entonces mi retórica lo ahogaba a él, o él, en fin, no tenía por qué llevar más lejos su capacidad de persuasión, porque bastante edad tenía yo para ello. Y lo cierto es que yo seguía en mis argumentaciones enfermizas y negativas, y él seguía una línea correcta. Y ellos, este grupo de compañeros, y muchos otros más seguían una línea correcta y yo incorrecta. ¡Y yo incorrecta! y yo completamente hostil, completamente venenosa. Y me alegra encontrar esas palabras rotundas y sonoras para calificarla, porque son palabras que, mientras más me denigran en lo semántico –si es que esto puede tener algún valor para la literatura–, más me alegran en lo espiritual.

Si antes ellos habían sido mis amigos, después ¿quiénes fueron mis amigos? ¡Ah!, los periodistas extranjeros que venían a Cuba. ¿Y qué buscaban esos periodistas extranjeros que venían a Cuba? ¿Ellos venían aquí a admirar la grandeza de la Revolución? Yo no diré que todos, porque los ha habido y los hay que realmente aman y apoyan nuestra Revolución. Pero los que se acercaban a mí, específicamente a mí, ¿verdaderamente buscaban la grandeza de la Revolución, el esfuerzo de nuestro pueblo, el tesón, la energía de nuestros dirigentes? No. Ellos buscaban al desafecto Heberto Padilla, al resentido marginal, al tipo que les podía hacer un análisis, sobre todo sonoro más que racional, de nuestra situación, el tipo que tenía la astucia necesaria para organizar cuatro o cinco lugares comunes sobre problemas que en realidad no conocía, sobre problemas de los que ignoraba casi todo, de los que sabía muy poco. Pero lo hacía; lo hacía. Y estos periodistas difundían mi nombre. Y en los artículos sobre Cuba en el extranjero se hablaba con mucho entusiasmo sobre mí y se me veía como un escritor rebelde, como un escritor “contestatario” –como dicen los franceses–, intransigente, se me veía como un tipo característico de los países socialistas, el tipo que en Cuba simbolizaba lo que en otros países han simbolizado otros. Es decir, una especie de traslación mecánica y completamente artificial de una situación a otra situación. Ellos sabían el juego en que estaban; ellos me halagaban, ellos me entrevistaban, ellos hacían de mí semblanzas adorables. Y ellos hacían ese juego y yo me beneficiaba con ese juego, mi nombre estaba en circulación, y yo era perfectamente consciente de todo esto que estaba ocurriendo. El problema era que yo he tenido debilidades muy grandes. Porque sin talento político alguno, mis lecturas y mis preocupaciones han sido sobre la política y sobre los problemas políticos. En realidad, no tengo valentía alguna para tomar un fusil e ir a una montaña como han hecho otros hombres. Ahora, para la montaña verbal, para el análisis de la esquina y del cuarto, para eso he tenido un talento inmedible; de eso no hay duda.

Por ejemplo, yo recuerdo el libro de Lee Lockwood, el periodista norteamericano, donde aparece mi foto con un tabaco y un periódico Granma, una foto muy hábilmente hecha y muy inteligentemente hecha –yo no quiero calificar en un sentido negativo esa foto de Lee Lockwood–, una foto que hizo él, pero que aparece con un pie de grabado que define perfectamente la pose que adopto yo en esa fotografía. Ese pie de grabado dice: “Heberto Padilla, poeta y enfant terrible político.”

En fin, me enamoré de esa imagen. Pero esa imagen ¿a dónde me llevaba? ¿Y sobre qué nacía esa imagen? ¿Y de qué se beneficiaba esa imagen? ¿Qué cosa era un niño terrible –como dicen los franceses– político? ¿De qué se beneficiaba esa terribilidad sino de la enemistad con la Revolución? ¿De qué se beneficiaba sino de la contrarrevolución, del desafecto, del veneno? De eso.

Mi nombre circulaba, mi libro Fuera del juego tuvo un premio en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, mi libro Fuera del juego obtuvo el premio por unanimidad. La Unión de Escritores y Artistas de Cuba, el ejecutivo de la Unión de Escritores escribió un prólogo crítico contra ese libro. ¿Y a mí qué me importaba ese prólogo crítico, si al lado de ese prólogo crítico aparecía la defensa apasionada de los cinco miembros del jurado? Eso era lo importante.

Además, no sólo aparecía esto. Aparecía el voto del crítico británico Cohen que decía que este libro Fuera del juego habría ganado un premio en cualquier país del mundo occidental. Es precisamente en esta especificación geográfica y política, el mundo occidental, en donde radicaba la diferencia entre lo que hubiera debido ser un premio y otro; porque un premio de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba tenía que ser un premio revolucionario, precisamente el premio más revolucionario, porque es justamente el premio de la Unión de sus escritores revolucionarios.

Y  el libro obtuvo ese premio. Y ese libro inmediatamente fue publicado en Francia por la editorial Du Seuil, una editorial que tradujo los cincuentipico poemas en menos de un mes, a toda máquina, y que puso por fuera una banda insidiosa que decía: “¿Se puede ser poeta en Cuba?”, con lo cual quería decir que no se podía ser poeta en Cuba.

Yo me beneficiaba con la situación internacional, yo obtenía con todo este hecho una doble importancia: la importancia intelectual y la importancia política; intelectual, porque un grupo de escritores y de críticos de primera fila me otorgaba un premio nacional de literatura de un país en revolución; y política, porque este libro marcaba la culminación de lo que yo imaginaba que era mi triunfo frente a la Revolución, el triunfo de mis ideas. Yo pensé que Fuera del juego, este libro, marcaba el triunfo de mis posiciones.

Yo me consideraba un intocable típico, como el que existe en los países socialistas, esos escritores que –como ustedes saben– escriben sus libros, los publican clandestinamente fuera de sus países y se convierten en intocables, en hombres que ningún Estado puede tocar. Y yo quería, yo pretendía objetivamente ser un intocable, imponer mis ideas políticas, convertirme en el único escritor con mentalidad política de este país. Y en eso residía mi fatuidad, mi vanidad, mi petulancia literaria y, sobre todo, todo siempre vinculado al extranjero, ¡siempre vinculado al extranjero! Yo hablé con muchos extranjeros, además. Por ejemplo, con Karol, K. S. Karol, el escritor-periodista polaco-francés. Yo a Karol le hice pomposos análisis de la situación política cubana, le hablé siempre con un sentido derrotista, con un ánimo crítico amargo, contrarrevolucionario, de la Revolución cubana. Y Karol, que era un hombre que quería oír esas cosas, porque Karol es un hombre amargado, es un polaco, hombre exiliado de su país en París; Karol quería oír esas cosas, las oía y las recogió y en su libro. Heberto Padilla es el único personaje, uno de los pocos –no digamos que el único–, uno de los pocos personajes revolucionarios y simpáticos.

Y  lo mismo ocurrió con el viejo agrónomo francés contrarrevolucionario René Dumont, entusiasmado cuando me recibió, me citó, me llamó, me pidió mis opiniones. Yo arremetí contra la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, contra la revista Verde Olivo, yo dije que la revista Verde Olivo me había tratado injustamente, siempre con argumentos policiales; yo dije que el escritor en Cuba no significaba absolutamente nada, que no era respetado, que no valía nada, yo ataqué consuetudinariamente a la Revolución. Y no digamos las veces que he sido injusto e ingrato con Fidel, de lo cual realmente nunca me cansaré de arrepentirme. Y sólo el deseo, realmente la vehemencia con que quisiera rectificar esa ingratitud y esa injusticia podría, si no compensar, por lo menos aclarar en algo lo que no era más que una cobardía y una actitud contrarrevolucionaria.

Porque en el año 1969, cuando con motivo de mis posiciones yo estaba sin trabajo, le escribí una carta a Fidel. Casi de inmediato me contestó esa carta. En mi carta yo le planteaba que estaba sin trabajo y que quería trabajar. Casi de inmediato recibí una respuesta de Fidel a través del Rector de la Universidad de La Habana. Me dieron trabajo en la Universidad de La Habana, de acuerdo con mis aptitudes y con mis deseos me dieron trabajo en la Universidad de La Habana.

Pero es que yo no cesé en mis posiciones por ese trabajo. Por ejemplo, ustedes recuerdan mi recital, el título, cómo se llamaba ese recital. Se llamaba Provocaciones. Sí, el ardid era del texto de Arnold Hauser, pero es que ese texto de Arnold Hauser estaba muy mañosa y cobarde y miserablemente traído por los pelos por mí, porque justamente “Provocaciones” era el título del artículo que había usado Verde Olivo para calificar mis actitudes, y era el título que yo daba a mi nuevo libro.

La Unión de Escritores fue muy fina, muy gentil conmigo desde el principio. Me invitó desde el principio a venir aquí. Es decir, la Unión de Escritores calificó aquel libro de contrarrevolucionario, pero sus actitudes posteriores no tuvieron nada que ver con el libro mismo, que había sido editado, y que había sido calificado, que había sido criticado justamente por ellos. Yo vine aquí a todos sus actos…

Estoy bastante cansado porque es que anoche apenas he dormido. Pero yo quiero continuar porque esto, esto vale la pena, aunque no tenga siempre la coherencia que quisiera y la exactitud que deseara. Además, la garganta la tengo mala. He hablado con amigos, con mis hijos, con Belkis, en fin, perdónenme si no soy todo lo exacto que quisiera. Yo hablé horrores con Dumont y con Karol, que escribieron libelos contra la Revolución.

Con Hans Magnus Enzensberger, el poeta alemán, ensayista, tuve incontables conversaciones que pudieran ser un compendio de todas mis actitudes y todas mis posiciones acres, hostiles a la Revolución. Hans Magnus Enzensberger, que después publicó un ensayo contra nuestro Partido, me oía, me atendía mucho más de lo que debió atender a otros compañeros que fueron sus amigos. Y yo estoy seguro de que de esas conversaciones con Hans Magnus surgió su ensayo injusto, su ensayo que tiene que ser calificado de mal intencionado. Enzensberger oyó todas mis críticas, todos mis análisis, que siempre eran derrotistas. Y yo estoy seguro de que contribuí a deformar aún más su visión de nuestra Revolución, que no era muy entusiasta de todas formas.

En todas estas posiciones yo llegué sumamente lejos. Por ejemplo, tan lejos que yo recuerdo que llegué a cuidarme más de los organismos de la Seguridad del Estado que de los enemigos de la Revolución. Porque yo sabía que mis actividades estaban muy claras y eran muy específicas, muy netas para la Seguridad del Estado, cuya función es vigilar y defender a la Revolución.

Por ejemplo, se dio el caso de un sociólogo alemán que llegó a Cuba. Este sociólogo, Kisler, me dijo que era amigo del poeta Enzensberger, que él le había pedido que me visitara. Era raro, sin embargo, que no trajera ninguna carta de Enzensberger, pero de todas formas yo lo vi dos o tres veces antes de que proyectara su salida de Cuba. Me dijo que él estaba escribiendo, preparando una tesis para su universidad, sobre los países en desarrollo. Me preguntó sobre la estructura del poder en Cuba, sobre una serie de cuestiones más; y yo inmediatamente le daba mis opiniones, opiniones injustas, opiniones absurdas, opiniones que no tenían sentido, opiniones que en realidad yo no podía fundamentar con argumento alguno, porque yo no era un hombre que podía hacerlo. Pero yo le di mis opiniones a este joven sociólogo alemán que estaba haciendo notas para su tesis de grado.

Él me dijo que eran notas, en muchos casos, en muchísimos casos, eran notas críticas de nuestra Revolución. Me dijo que él pretendía regresar al año siguiente. Y desde luego, ¿que hice yo? Yo lo primero que hice fue decirle: “bueno, mira, si tú estás haciendo estas notas críticas, ten mucho cuidado no puedan caer en manos de la Seguridad del Estado, porque entonces no vas a poder regresar a Cuba”. Es decir, estaba alertando a un extranjero a quien no conocía, de quien no tenía referencia alguna, contra un organismo de la Revolución cuya función es velar por la Revolución, velar por la seguridad de la Revolución.

Este joven alemán, que me hablaba con entusiasmo del Che, que andaba con una cinta magnetofónica de la entrevista de Ovando cuando la muerte del Che; este joven alemán que me decía que todas las ideas de Ernst Bloch en su libro El principio esperanza se encarnaban en la imagen del Comandante Ernesto Guevara; este personaje, compañeros, era nada menos que un agente enemigo –como pude yo saber después en la Seguridad del Estado–. Y yo alertaba a ese agente del enemigo contra un organismo de la Revolución; yo, el poeta crítico, alertando a un enemigo contra un organismo de la Revolución.

De estas actitudes, de estas posiciones, de estas cosas, nunca, nunca me cansaré de arrepentirme mientras viva; nunca podré arrepentirme en realidad. Cuando he visto la cantidad de enemigos que vienen a nuestro país disfrazados de poetas, disfrazados de teatristas, de sociólogos, de fotógrafos, de lo que son posible… ¿Para qué vienen? ¿A ver, a admirar la Revolución? ¡No! No vienen, no todos. Hay muchos que sí vienen, quiero siempre hacer esas excepciones –y toda regla es también la excepción–, pero que vienen a buscar informes contra el enemigo, y justamente lo buscan en las zonas de la cultura, en las zonas fáciles, en las zonas donde es tan fácil encontrar una opinión y un juicio acre, crítico contra la Revolución.

Yo con ese enemigo tuve esas conversaciones y esas actitudes. Pero a mí no me importaba eso: yo daba mis opiniones. A mí lo que me importaba era el extranjero, el libro en el extranjero. Por ejemplo, la editorial Du Seuil me escribió dos cartas y yo astutamente no le respondí. Pero el libro circulaba; el editor, inescrupuloso, colocaba esa banda: “¿Se puede ser poeta en Cuba?”, y lanzaba el libro a toda máquina.

Julio Cortázar intervino en lo que el periódico calificó de “la defensa” –el ataque era el prólogo de la Unión de Escritores–. Cortázar en cierto modo trató de impedir que la campaña contra Cuba se desarrollara, pero en esencia me defendió. “Ni traidor, ni mártir”, decía Julio. Y decía también, reconocía, que mis poemas tenían pesimismo, amargura, que eran el producto de un hombre montado entre dos épocas, etcétera. Pero me defendió. Y en realidad esa defensa a mí me beneficiaba en lo externo y en lo interno. En lo externo, porque mi nombre circulaba en las editoriales extranjeras; en lo interno, porque yo imaginaba que nuestros dirigentes se iban a preocupar por el rango intelectual mío, que me iban a dar la posición que yo quería a mi regreso de Europa.

Yo me sentí muy frustrado, muy despechado, cuando pasaron los meses y ese escándalo no tuvo ninguna consecuencia beneficiosa para mi persona. Fue cuando escribí la carta a Fidel, cuando me dieron el trabajo en la Universidad. Pero es que este trabajo en la Universidad lo que hizo fue reafirmarme en estas posiciones negativas mías. Yo imaginé que justamente me iban a respetar, que yo era un intelectual que tenía un gran rango, que yo era un espíritu de habilidad política, de gran perspicacia. Estas fueron mis torpezas, y en realidad esto es el centro de mis errores: el deslumbramiento por las grandes capitales, por la difusión internacional, por las culturas foráneas; este es el punto de partida de todos mis errores; errores de los que yo quiero hablar, de los que me gustaría hablar y hablar y hablar, como todo hombre que quiere liberarse de un pasado que le pesa.

Yo sé que hay muchos suspicaces –lo sé– que piensan, y piensan de un modo especial, singular, de un modo característico de ciertas zonas, de esta autocrítica hondamente sentida. Y yo me digo que peor para ellos si no comprenden el valor moral que puede tener mi conducta, que puede tener una autocrítica. Peor para ellos, para esos suspicaces, si no entienden, si no son capaces de comprender lo que significa que a un hombre que ha cometido errores se le permita la oportunidad de confesarlos, de explicarlos delante de sus compañeros y de sus amigos; peor para ellos, para esos suspicaces, si no creen en lo que yo estoy diciendo. Peor para ellos. Porque yo conozco, como muchos de ustedes, escritores revolucionarios que están aquí presente, y que han tenido que dar ese salto de fuego de las propias características tan negativas que constituyen ese ángulo enfermizo de la personalidad creadora. Si no comprenden, peor para ellos. Si no comprenden este valor de poderse liberar uno de esos errores. Porque yo conozco, como decía, lo que son las zonas de la cultura, zonas siempre descreídas en su mayoría.

Y yo que he cometido todos estos errores, yo que he realizado todas esas actividades con cubanos y extranjeros, contra la Revolución, que he dañado, yo tenía necesidad de hablar con mis compañeros, amigos, escritores que están aquí presentes. Yo agradezco sinceramente a la Revolución, no sólo de ningún modo que esté en libertad, sino que me permitan la oportunidad de decir esto.

Pero sinceramente yo quiero decir algo más. Yo no he venido aquí simplemente a argumentar mis errores, a hacer un recuento de todas mis actitudes bochornosas. Porque estas cosas podrían tener un relativo valor. Porque yo temo, sinceramente, que mi experiencia, que todas las cosas que yo he sufrido y toda la vergüenza y el bochorno que he sentido durante estos días, no sean suficiente para que cada uno de mis amigos escritores las sienta, las experimente como las he sentido yo. Porque yo temo que mañana o pasado mañana, o la semana que viene, o en algún momento determinado, se me acerque un amigo escritor y me diga que esta autocrítica no se corresponde con mi temperamento, que esta autocrítica no es sincera. Sin embargo, yo estoy convencido de que muchos de los que yo veo aquí delante de mí mientras yo he estado hablando durante todo este tiempo, se han sentido consternados de cuánto se parecen sus actitudes a mis actitudes, de cuánto se parece mi vida, la vida que he llevado, a la vida que ellos llevan, han venido llevando durante todo este tiempo, de cuánto se parecen mis defectos a los suyos, mis opiniones a las suyas, mis bochornos a los suyos. Yo estoy seguro de que ellos estarán muy preocupados, de que estuvieron muy preocupados, además, por mi destino durante todo este tiempo, de qué ocurriría conmigo. Y de que al oír estas palabras ahora dichas por mí pensarán que con igual razón la Revolución los hubiera podido detener a ellos. Porque la Revolución no podía seguir tolerando una situación de conspiración venenosa de todos los grupitos de desafectos de las zonas intelectuales y artísticas.

Y  yo eso lo he comprendido muy claramente en mis discusiones en la Seguridad. Porque la correlación de fuerzas de la América Latina no puede tolerar que un frente, como es el frente de la cultura, sea un frente débil; no podía seguir tolerando esto. Y si no ha habido más detenciones hasta ahora, si no las ha habido, es por la generosidad de nuestra Revolución. Y si yo estoy aquí libre ahora, si no he sido condenado, si no he sido puesto a disposición de los tribunales militares, es por esa misma generosidad de nuestra Revolución. Porque razones había, razones sobradas había para ponerme a disposición de la Revolución.

A mí no me importan, además, los leguleyismos de ningún tipo, porque para mí lo más importante es la ética de la Revolución. Y no se podía vivir una vida doble, una vida en la duplicidad en que yo la vivía. Y si lo que yo amo es ser un crítico de la Revolución, tengo que serlo en los momentos en que la Revolución quiere que yo sea un crítico que la beneficie, no un crítico que la traicione, no un crítico que la obstaculice, no un crítico que la denigre y la infame, como lo hacía yo, compañeros, tengo que decirlo claramente.

Y  si digo esto delante de ustedes es porque veo en muchos de los compañeros que están aquí, cuyas caras están aquí, errores muy similares a errores de los que ye cometí. Y si estos compañeros no llegaron al grado de deterioro moral, de deterioro moral a que yo llegué, eso no los exime de ningún modo de ninguna culpa. Quizás entre sus papeles, entre sus poemas, entre sus cuentecitos existen páginas tan bochornosas como muchas de las páginas que felizmente nunca se publicarán y que estaban entre mis papeles. Como esa novela –ni el nombre voy a decir ahora–, esa novela cuyos fragmentos he repensado en la Seguridad del Estado; esa novela cuyo personaje principal era un desafecto que apostrofaba continuamente contra la Revolución, continuamente contra la Revolución. Y era una novelita sutil, en que se manejaba una serie de elementos para que todo el mundo estuviera complacido; una novelita que afortunadamente no se publicará nunca. Además, porque yo he roto y romperé cada uno de los pedacitos que pueda encontrarme algún día, delante de mis zapatos, de esa novela, que es un bochorno. No sólo en lo político –se los digo con sinceridad–, no sólo en lo político, sino en lo moral.

Porque esa novela expresaba mis defectos de carácter, mis máculas, expresaba mis problemas, incluso psicológicos, problemas gravísimos además que yo he descubierto en mi soledad en la Seguridad del Estado. Esa novela que escribí a saltos, como eran a saltos los momentos de mi desafecto y de mi tristeza y de mi escepticismo. Esa novela que pretendía yo publicar, incluso le escribí a Barral, el editor español, una carta con Julio Cortázar, donde le decía que no era conveniente que esa novela se publicase por el momento –en realidad, la novela no estaba terminada–. Y yo le anunciaba, siempre prometía libros a los editores extranjeros que no habían sido terminados, porque yo estaba tan mal, además, tan enfermo, tan feamente triste, tan corrosivamente contrarrevolucionario que no podía ni escribir. Se los digo con sinceridad. Y me comprometía con esos editores extranjeros porque mi importancia quería que se fundase en las editoriales extranjeras. Y le prometía a Barral, le explicaba la novela que no podía terminar. Le prometía esa novela, porque yo había hablado de esto con José Agustín Goytisolo y él inmediatamente se lo comunicó a Carlos, y Carlos me mandó muchas cartas. También se la propuse a un editor inglés, André Deutsch. Porque lo que me interesaba, sinceramente, era el extranjero. Era publicar fuera, si aquí no me reconocían, ganar la batalla afuera. Imponer mis ideas de cualquier manera.

Así me fui enfrentando a la Revolución; así fui acumulando todo ese montón de hostilidad que he tenido oportunidad en estos días de repasar, ¡uno por uno!

He oído esta mañana, cuando hablaba con un amigo con sinceridad sobre este tema, he oído decir: “no, pero esas eran tus opiniones personales”. ¡Qué me importan a mí las opiniones personales o públicas! Eran mis convicciones, ¡mis convicciones!, que es en lo que se está, como ha dicho un viejo filósofo, que era Ortega. En las convicciones se está, decía el viejo, y de las creencias se puede vivir y se puede respirar.

Y  aquellas eran mis convicciones. ¿Y qué me importa a mí que esas fueran mis opiniones privadas si eran mis opiniones, ¿y cómo esas opiniones no iban a expresar mi ética? ¿Y qué otro modo tiene de ser revolucionario un escritor sino haciendo que sus opiniones privadas coincidan con sus opiniones públicas?

Y   esa era mi vida de que yo me iba nutriendo. Esa era la novela, como me avergüenzo del libro de poemas. Ya yo escribí algunos poemas nuevos en la Seguridad del Estado; hasta sobre la primavera he escrito un poema. ¡Cosa increíble: sobre la primavera! Porque era linda, la sentía sonar afuera. Nunca había visto yo la primavera, porque era algo con que no contaba. Estaba ahí, inmediata, escribí sobre la primavera. Escribí cosas lindas en medio de mi angustia y de mi tristeza. Porque la angustia moral tiene características muy extrañas, y porque yo sentía que aquella cárcel, aquella cárcel que yo estaba sufriendo, era una cosa de las más singulares que yo he vivido en mi vida. Porque yo sentía que aquella cárcel no era un blasón que se podía ostentar como un sacrificio contra una tiranía, sino precisamente una cárcel moral, justa, porque sancionaba un mal contra la Revolución y contra la Patria. Y escribía esos poemas febrilmente. Escribía esos poemas; era una suerte de catarsis desesperada.

Esta experiencia ustedes tienen que vivirla, yo no quiero que ustedes la vivan, además por eso estoy aquí. Pero hay que vivirla, vivirla para sentirla, para poder valorarla, para poder entender lo que yo estoy diciendo. Y si hablo esta noche aquí delante de ustedes, como decía antes, es porque sé que en muchos de ustedes hay actitudes, sinceramente, como las que había en mí. Y porque sé que muchos de ustedes, en quienes, he pensado sinceramente en estos días, iban en camino de la propia destrucción moral, y física casi, a que yo iba. Y porque yo quiero impedir que esa destrucción se lleve a cabo. Y voy a lograrlo, porque quiero lograrlo, porque tengo que lograrlo. Porque si algún valor puede tener mi experiencia es esa, compañeros.

Porque ustedes no pueden venir aquí a oír la enumeración tristísima y conmovedora de un hombre que se arrepiente. Ustedes tienen que encontrar aquí la comprobación, la identificación de sus propios defectos. Ustedes saben que yo he dicho mi verdad, y yo podría decir las verdades de muchos de los que están aquí presentes. Yo estoy seguro de que si yo me levantara aquí ahora y yo señalara los nombres de muchos de los compañeros que iban camino de esa misma situación, esos compañeros serían incapaces de contradecirme, porque esos compañeros saben que estoy diciendo la verdad; porque no sería ni revolucionario de su parte –si es que no han sido detenidos ni lo serán, y porque lo mismo se deben sentir más revolucionarios que yo que lo fui– el desmentirse aquí.

Porque si yo mencionara, por ejemplo, ahora, a mi propia mujer, Belkis, que tanto ha sufrido con todo esto, y le dijese, como le podría decir, cuánto grado de amargura, de desafecto y de resentimiento ella ha acumulado inexplicablemente durante estos años, en que yo también por una serie de defectos de mi carácter la he hecho sufrir, ella sería incapaz de ponerse de pie y de desmentirme. Porque ella sabe que yo estoy diciendo la verdad.

Y   lo mismo podría decir de un amigo entrañable, de un amigo que tanto calor de hogar me ha prestado en los últimos tiempos, de un amigo que tantas cosas positivas ha hecho por nuestra Revolución en otros momentos, pero que últimamente se ha mostrado amargado, desafecto, enfermo y triste, y por lo mismo contrarrevolucionario, como es Pablo Armando Fernández. Y yo sé que Pablo Armando, que está aquí, sería incapaz de levantarse y desmentirme, porque Pablo sabe que muchas veces hemos hablado de estos temas y Pablo se ha mostrado muy triste en relación con la Revolución. Y yo no admitiría, no podría admitirlo, no comprendería que fuera honesto de su parte el que Pablo se parase aquí y me dijese que hay justificaciones para su actitud.

Y  lo mismo, compañeros, podría decir de otro querido amigo como es César López, a quien yo admiro y respeto, que escribió un hermosísimo libro, queridísimo y respetadísimo, que tuvo una mención en la Casa de las Américas, como es El primer libro de la ciudad. Pero es que César López ha hecho conmigo análisis derrotistas, análisis negativos de nuestra Revolución. Además, César López ha llevado a la poesía también esa épica de la derrota. Ha hecho en su último libro una épica de la derrota, de una serie de etapas que la Revolución en su madurez revolucionaria ha sido la primera en superar. César ha retenido los momentos desagradables y los ha puesto en su libro; libro que ha enviado a España antes de que se publicase en Cuba, como es lo correcto, como debe ser la moral de nuestros escritores revolucionarios: publicar antes en nuestra patria y después mandar afuera. Porque es que hay muchos intereses, y en esos intereses intervienen muchos matices no siempre positivos. Y César mandó su libro fuera. Yo mismo hice una nota a José Agustín Goytisolo sobre ese libro. Y yo sé que César, estoy convencido, convencidísimo, de que César López es un compañero honrado, honesto, que sabe que hay que rectificar esa conducta. Estoy convencido que César… ¡qué va a pararse César López a contradecirme! César López se pararía en este momento, se pondría de pie para decirme que tengo la razón. Lo mismo que digo de César lo puedo decir de muchos amigos en quienes pensaba, en quienes pensaba, compañeros, porque tuve muchos días, muchísimos, porque los días son largos en un mes. Muchos días para pensar, compañeros. Lo mismo pensaba no sólo en César, pensaba en los más jóvenes, en aquellos escritores que tenían doce o trece años cuando llega la Revolución; escritores jóvenes a quienes la Revolución se lo ha dado todo.

Por ejemplo, yo pensaba –y voy a decir aquí su nombre, porque le tengo un gran cariño y porque sé que sería incapaz tampoco de contradecirme–, yo pensaba en cuánto se diferencia la poesía de José Yanes, que nosotros conocemos, de hace dos años, del último José Yanes que todos hemos oído en los últimos poemas, de cuánto se diferencia. Porque Yanes, el poeta que escribió aquel poema a su madre porque se había ido de Cuba a los Estados Unidos, y era un poema lleno de desgarramiento, pues José Yanes reaparecía con una poesía indigna de su edad y de su época, una poesía derrotista, una poesía parecida a la de César también, parecida a la mía, por la misma línea enferma, por la misma línea en que quieren convertir en desgarramiento de lo histórico lo que no es más que un desafecto, compañeros, porque primero hay que hacer la historia y después escribir su comentario.

Yo pensaba en Yanes y yo sabía, yo estaba convencido… Porque yo decía: qué lástima no poder ir ahora, no poder hablar con Yanes, no poder decirle: “¿tú no te das cuenta, Yanes? ¿Tú no comprendes que la Revolución a ti te lo ha dado todo? ¿Tú no te das cuenta de que esa poesía no te corresponde, que esa poesía es de un viejo viejísimo?” Porque hay viejos con años juveniles, como decía Marinello hablando de Enrique González Martínez en sus ochenta años juveniles. No se daba cuenta, no se daba cuenta Yanes, ese muchacho formidable, inteligente, sensible, que estaba escribiendo una poesía que no se correspondía con él, el joven pobre que había vivido en el barrio de Pocitos, el joven que tiene un dignísimo empleo en La Gaceta de Cuba, a quien la Revolución le ha proporcionado los bienes materiales que tiene –que los tiene–, que tiene un empleo, que escribe, que hace su literatura, que tiene una esposa formidable, inteligente, una doctora en medicina que puede ayudarle a rectificar. Yo me preguntaba: “¿No se da cuenta?” Y yo decía: “¡Sí, sí! ¡Sí se va a dar cuenta!”

¡Sí, yo quiero hablar! Yo pedía a la Revolución que me dejara hablar; yo necesitaba hablar, yo necesitaba que mi experiencia fuera más allá de mi persona, que esto fuese compartido por aquellos que iban camino de mi propio camino, que buscaban objetivos iguales a los míos, que querían beneficiarse de la Revolución para obtener notoriedad.

Y   pensaba en otro joven, en un joven de un talento excepcional, un joven al que quiero mucho y que siempre me ha profesado afecto, que me ha dicho que me tiene afecto y que me admira; en un joven que ha tenido las oportunidades que muy pocos jóvenes de su edad tuvieron; en un joven que conoció de cerca, que tocó de cerca uno de los momentos más serios y más profundos y más ejemplares de nuestra Revolución: la lucha contra bandidos. Yo pensaba en Norberto, en Norberto Fuentes, que acabo de ver hace un momento, no lo había podido ver antes; lo llamé a su casa, pero sonaba el timbre y no respondía nadie.

Y  yo pensaba en Norberto, pensaba mucho en Norberto. ¿Y saben por qué? Yo pensaba en Norberto porque Norberto tuvo una experiencia intelectual y política extraordinaria. Era muy joven en el año 1962 o 1961, sumamente joven. Porque Norberto había hablado conmigo de esa experiencia, con pasión de esa experiencia; y porque yo sentía, recordaba yo allí donde estaba, en la Seguridad, cuánta diferencia había entre los cuentos apasionados y llenos de cariño de Norberto por los combatientes revolucionarios, cuánta diferencia había con sus actitudes personales, con las opiniones que él y yo habíamos compartido tanto. Él, que había vivido tan estrechamente unido a la Seguridad del Estado; él, en quien la Seguridad del Estado había depositado una confianza absoluta, a quien el organismo de la Seguridad del Estado le había puesto archivos para que hiciese la épica de aquellos soldados que habían combatido las bandas de mercenarios que habían asesinado alfabetizadores y familias enteras de campesinos.

Y   decía: no es justo, por ejemplo, no es justo, no puede ser justo, que Norberto y yo coincidamos tan amargamente en la práctica diaria de la Revolución, cuando él tiene esta experiencia extraordinaria que yo no he tenido. Y       yo decía: si yo pudiera ir y ver ahora, en este momento, a Norberto; si yo pudiera hablarle. Y este era justamente el motor de mi interés, el interés máximo, la insistencia constante en que se me diera esta oportunidad de hablar con mis amigos escritores, de ver estos jóvenes, pensando en gente del valor extraordinario de Norberto, en un hombre que podía poner justamente su estilo conciso, breve, apto para una épica extraordinaria al servicio de nuestra Revolución; en un joven como este que pensaba, sin embargo, que no sé, la Revolución había construido una suerte de maquinaria especial contra él, contra nosotros, para devorarnos, que hablamos tantas veces de esto. Y yo recuerdo que justamente estuvimos un día antes de mi detención juntos, hablando siempre sobre temas en que la Seguridad aparecía como gente que nos iba a devorar.

Ah, yo sé perfectamente que Norberto Fuentes se para aquí y sería más feroz que yo en su crítica de esas posiciones, y que sería mucho más brillante en definir las mías, y que sería mucho más lúcido en compartir hoy conmigo la esperanza y el entusiasmo –como lo fuimos ayer en compartir el pesimismo, el derrotismo y el espíritu enemigo de la Revolución–. Y yo sé además que él puede darle a nuestra literatura páginas hermosísimas, y yo sé que él no me va a desmentir de ninguna manera; porque no podría hacerlo, no sería honrado, no sería revolucionario de su parte. Él no podría encontrar las justificaciones que muchas veces nos dimos mutuamente de que si no se discutía con nosotros. No, no, eso es injustificable. Nosotros no podemos de ningún modo justificarnos diciendo que el Comité Central nos tiene que llamar para discutir, a nosotros. Si somos revolucionarios y lo sentimos, tenemos que estar ahí, al pie de nuestras responsabilidades. Y él ha hecho muchos servicios utilísimos al periodismo nacional y ha dado páginas hermosísimas además a la literatura cubana, y le va a seguir dando esas páginas hermosas. Y si antes se inspiró en un escritor ruso como era Babel, yo sé que en el futuro se inspirará más en la vida; y en vez de vivir otra historia, como me decía –no me decía, pero yo sabía, sentía que me decía–, Norberto en algún momento, en vez de haber vivido otra historia, va a vivir su historia, en vez de vivir a Babel va a vivir su experiencia.

Porque hemos hablado de su última novela, que no prospera, novela en la cual siente inquietud él, novela en la que dice que todavía no acaba de encontrar su forma. Y yo me decía: “¿Y no será esto una exigencia moral, una forma o réplica profunda de su organismo que le dice que no sé, que de algún modo tiene que replantearse los problemas?” Y me decía: “¡Sí!”

Compañeros, la Revolución no podía, no podía tolerar esta situación; yo lo comprendo. Yo he discutido, he hablado días y días, he argumentado con todas las argucias de la palabrería, pero ese cúmulo de mis errores tiene que tener un valor, tiene que tenerlo, tiene que tener un valor ejemplarizante para cada uno de nosotros.

Yo, por ejemplo, pensaba, recordaba a Manuel Díaz Martínez, y yo decía: cuando muchos jóvenes eran políticamente indiferentes, Manuel Díaz Martínez era un militante convencido y radical. Yo decía: ¿cómo es posible que Manuel Díaz Martínez, a quien tanto admiro, a quien tanta amistad debo, a quien tantas muestras de solidaridad tengo que agradecer, cómo es posible que Díaz Martínez se dé a este tipo de actitud desafecta, triste, amargada? Yo sé que esta experiencia mía, compañeros, va a servir de ejemplo, tiene que servir de ejemplo a todos los demás. Yo sé, por ejemplo… No sé si está aquí, pero me atrevo aquí a mencionar su nombre con todo el respeto que merece su obra, con todo el respeto que merece su conducta en tantos planos, con todo el respeto que me merece su persona; yo sé que puedo mencionar a José Lezama Lima. Lo puedo mencionar por una simple razón: la Revolución cubana ha sido justa con Lezama, la Revolución cubana le ha editado a Lezama este año dos libros hermosísimamente impresos.

Pero los juicios de Lezama no han sido siempre justos con la Revolución cubana. Y todos estos juicios, compañeros, todas estas actitudes y estas actividades a que yo me refiero, son muy conocidas, y además muy conocidas en todos los sitios, y además muy conocidas en la Seguridad del Estado. Yo no estoy dando noticias aquí a nadie, y mucho menos a la Seguridad del Estado; esas actitudes las conoce la Seguridad del Estado, esas opiniones dichas entre cubanos y extranjeros, opiniones que van más allá de la opinión en sí, opiniones que constituyen todo un punto de vista que instrumenta análisis de libros que después difaman a la Revolución sobre la base de apoyarse en juicios de escritores connotados.

Y yo me decía: Lezama no es justo y no ha sido justo, en mis conversaciones con él, en conversaciones que ha tenido delante de mí con otros escritores extranjeros, no ha sido justo con la Revolución. Ahora, yo estoy convencido de que Lezama sería capaz de venir aquí a decirlo, a reconocerlo; estoy convencido, porque Lezama es un hombre de una honestidad extraordinaria, de una capacidad de rectificación sin medida. Y Lezama sería capaz de venir aquí y decirlo, y decir: “sí, chico, tú tienes razón”; y la única justificación posible es la rectificación de nuestra conducta.

Porque, cómo se puede explicar que una Revolución cuyos principios sean el marxismo-leninismo, cómo se puede explicar sino por la amplitud de criterios, por la comprensión extraordinaria que esa Revolución tiene, que publique justamente una obra como la de Lezama, que se apoya en otras concepciones políticas, filosóficas, en otros intereses.

Yo pensaba en todos estos compañeros. Y, además, pensaba mucho allí, mucho, en la Seguridad, en esa celda, en esa celda que no era una celda precisamente sombría donde los soldados apenas respondían lacónicamente a nuestras preocupaciones, a nuestras llamadas, como me había dicho el compañero Buzzi a quien no veo por aquí, no veo por aquí. ¿Está aquí? Ah, sí, allí está el compañero Buzzi. Y digo esto, y hablo de Buzzi, que si no me quiero referir a sus actitudes es porque Buzzi ha tenido su dolor, y yo no quiero ni agregar aquí ningún dolor al que ya tuvo, y porque sé que él estaba preocupado mientras yo hablaba de que fuese a mencionar su nombre; porque Buzzi es uno de los hombres que más me ha visitado en los últimos tiempos, y es uno de los hombres que cumplió su condena muy bien, es uno de los hombres que estuvo en la Seguridad del Estado. Y yo no vi aquella atmósfera que él me decía. Yo vi compañeros, yo vi soldados cubanos, de nuestro pueblo, cumpliendo cabalmente con su responsabilidad, con un afecto, con un sentido de humanidad, con una constancia en su preocupación por cada uno de nosotros, que era una sanción constante a mi callada previa, anterior y constante.

Y  yo me decía: ¡qué cosa más increíble! Si yo le dijera esto a Buzzi, yo estoy seguro de que Buzzi sería el hombre que primero sacaría provecho, el que más urgentemente se pondría a rectificar con mi experiencia. Porque Buzzi, meses después de que cumpliera su sanción, obtuvo una mención en la Casa de las Américas –cosa que no impidió la Revolución–, y además de obtener la mención fue publicada su novela, con críticas muy positivas de escritores revolucionarios y de escritores extranjeros, en las Ediciones Unión. Y, además, la Revolución no impidió que Buzzi fuera Premio Nacional de Novela, y además no impidió tampoco la Seguridad del Estado que fuese a la Unión Soviética.

Y  yo sé que él, yo sé, yo estoy más que convencido de que la actitud de Buzzi en este momento es la de César, es la que vi que fue la de Norberto, es la que sé que es de Pablo Armando, es la de Belkis, es la de Lezama, es la de Manuel Díaz Martínez: es la convicción de que no podemos seguir por este camino y de que tenemos que rectificar esta conducta.

Porque, compañeros, yo tengo que ser sincero para terminar esto. Yo tengo que decirles que yo llegué a la conclusión, pensando en el sector de nuestra cultura, que si hay –salvo excepciones, como siempre– un sector políticamente a la zaga de la Revolución, políticamente a remolque de la Revolución, es el sector de la cultura y del arte. Nosotros no hemos estado a la altura de esta Revolución, a pesar de estos años, de estos trece o doce años tensos que hemos vivido.

Pensemos por un momento en las tareas que ha realizado nuestra Revolución, en las tareas que todos los sectores de nuestro país han venido realizando. Por ejemplo: las zafras del pueblo. ¿A cuántas zafras, a cuántas ha asistido un número significativo de escritores? ¿A cuántas? ¡A ninguna!

Se me dirá que el año pasado nos fuimos a la zafra de los diez millones. Y responderé que sí, que fuimos. ¿Muchos? ¡No! Un número reducidísimo de escritores. Además, ¿en qué condiciones fuimos? Fue un plan de la COR nacional y de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. ¿Qué se nos exigía? Convivir con nuestros campesinos y con nuestros trabajadores. No estábamos obligados ni a trabajar, ni a cortar caña, ni a escribir una línea; no estábamos obligados a nada, era un problema de conciencia personal. Tanto fue así, que regresaron muchos y nadie les ha pedido explicaciones de aquello.

Y yo diría que ese fue uno de los esfuerzos más generosos que la Revolución ha realizado para acercar a nuestros escritores a la realidad viva de nuestro pueblo. Y diré, sin embargo, que fue la respuesta más triste que nuestros escritores dieron a esa generosa iniciativa. ¿Cuántos escritores fueron? Poquísimos. ¿Cuántos resistieron, estuvieron hasta el final de una zafra en la que no tenían que cortar caña ni escribir? ¿Cuántos se preocuparon por vivir las experiencias de nuestro pueblo? Ninguno, muy pocos, ¡muy pocos! Los más regresaron a los quince días, ninguno estuvo hasta el final, ¡ninguno!

Esa es la experiencia que hemos dado.

Por ejemplo, aquí está la administración de la Unión de Escritores, el compañero secretario del sindicato. Saben cuántas dificultades supone movilizar a nuestros escritores para el trabajo voluntario. Y cuando asisten, es siempre el grupo más esforzado, el grupo reducidísimo, el grupo de siempre, el grupo más sacrificado, el grupo de esas excepciones que se pueden contar con los dedos de la mano, que sirven justamente para ilustrar las excepciones; porque no sirven, no pueden servir, por su cuantía, para darle una categoría especial de una brigada millonaria a ninguna de las tareas que realizamos.

Esa es la situación que confrontamos.

Sin embargo, para exigir, para chismear, para protestar, para criticar, los primeros somos la mayoría de los escritores. Y es que, si nosotros nos analizamos sinceramente, si nos analizamos profundamente, si nosotros nos vemos como somos, veremos que las características fundamentales que nos definen son las del egoísmo, las de la suficiencia, las de la petulancia, las de la fatuidad que me definían a mí, que definen a la mayoría de los escritores, y por eso nos hace coincidir ideológicamente siempre, y muy poco en el sentimiento de la unidad y del trabajo común, solidarios en el pesimismo, en el desencanto, en el derrotismo, es decir, en la contrarrevolución. ¿Y unidos en qué? En el escepticismo, en la desunión, en el desamor, en el desafecto.

Yo nunca me cansaré de agradecer a la Revolución cubana la oportunidad que me ha brindado de dividir mi vida en dos: el que fui y el que seré. La Revolución ha sido generosísima conmigo. La Revolución me ha señalado ya un trabajo, compañeros; un trabajo justamente adecuado a mis aptitudes, a mis deseos. No sólo me ha dado la libertad: me ha dado un trabajo.

Son increíbles los diálogos que yo he tenido con los compañeros con quienes he discutido ¡Qué discutido! Esa no es la palabra. Con quienes he conversado. Quienes ni siquiera me han interrogado, porque esa ha sido una larga e inteligente y brillante y fabulosa forma de persuasión inteligente, política, conmigo. Me han hecho ver claramente cada uno de mis errores. Y por eso yo he visto cómo la Seguridad no era el organismo férreo, el organismo cerrado que mi febril imaginación muchas veces, muchísimas veces imaginó, y muchísimas veces infamó; sino un grupo de compañeros esforzadísimos, que trabajan día y noche para asegurar momentos como este, para asegurar generosidades como esta, comprensiones injustificables casi como esta: que a un hombre que como yo ha combatido a la Revolución se le dé la oportunidad de que rectifique radicalmente su vida, como quiero rectificarla.

Y   si no me cree el que no me crea, peor para él. ¡Qué ni me vea mañana! Porque este hombre no será el de ayer. Porque, compañeros, vivimos y habitamos –perdónenme este tono– ¡vivimos y habitamos una trinchera en la América Latina! ¡Vivimos y habitamos una trinchera gloriosa en el mundo contemporáneo! ¡Vivimos, habitamos una trinchera contra la penetración imperialista de nuestros pueblos en la América Latina!

Y   yo quiero, necesito que, como yo, todo el mundo, todos aquellos que como yo no han estado a la altura del proceso revolucionario, rectifiquen y se sientan vivir a la altura de la responsabilidad de habitar y de vivir esa trinchera: una trinchera asediada de enemigos por todas partes, que quieren ir justamente a las zonas políticamente menos desarrolladas, como son las zonas intelectuales, las zonas de la inteligencia –como se dice generalmente, que yo veo muy imprecisa en su definición–, a las zonas precisamente de que se pueda nutrir, porque son zonas escépticas y descreídas, la contrarrevolución.

Vivimos una trinchera, y yo quiero que nadie más sienta la vergüenza que yo he sentido, la tristeza infinita que yo he sentido en todos estos días de reflexión constante de mis errores. No quiero que se repitan nunca más estos errores. No quiero que la Revolución tenga nunca más que llamarnos a capítulo. ¡No lo quiero! ¡No puede ser posible! No puede ser posible, sinceramente, que la Revolución tenga que ser constantemente generosa con gente cuya obligación, por sus conocimientos intelectuales, porque no somos simples ciudadanos, sino gente que sabemos hacer análisis muy claros por muy despolitizados que seamos… Que sea generosa otra vez, que se haga esto un vicio de generosidad intolerable en un proceso que ya lleva tantos años.

¡Seamos soldados! Esa frase que se dice tan comúnmente, ese lugar común que quisiéramos borrar cada vez que escribimos, ¿no? Que seamos soldados de la Revolución, porque los hay. Porque yo los he visto. Esos soldados esforzados, extraordinarios en su tarea, todos los días. ¡Que seamos soldados de nuestra Revolución, y que ocupemos el sitio que la Revolución nos pida!

Y pensemos, aprendamos la verdad de lo que significa habitar, vivir en una trinchera extraordinaria y ejemplar del mundo contemporáneo. Porque, compañeros, vivir y habitar una trinchera asediada de toda clase de enemigos arteros, no es fácil ni es cómodo, sino difícil. Pero ese es el precio de la libertad, ese es el precio de la soberanía, ese es el precio de la independencia, ¡ese es el precio de la Revolución!

¡Patria o muerte! ¡Venceremos!

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“Heberto Padilla quiso ser el Solzhenitsyn de Cuba (…) embarcó a mucha gente ‘aquella’ noche.” « Ítaca en mis sentidos