Macetas de Schoemehl a lo largo de Delmar Boulevard, Saint Louis (FOTO Whitney Curtis)

Hacía casi diez años que no veía a La Habana. Hubo un tiempo, en La Habana, en que él hubiera dado cualquier cosa con tal de no verla más. Que se jodiera, la muy puta. Adiós a la capital mierdera de todos y cada uno de los cubanos. Bye-bye a la Babilonia de los brutos y los brutales. La cuna del castrismo cultural, el burdel yanqui convertido en convento comunitario, la madrastra en ruinas de la Revolución.

Los cubanos son así, pensó, ajustándose la bufanda para que le tapara también la boca y la nariz, no sólo el cuello. Los cubanos somos así. Malagradecidos como carajo. Ni comen, ni dejan comer. Una plaga planetaria de ingratitud. Ni comemos, ni dejamos comer.

Era tarde. Hacía frío. Respirar le resultaba un suplicio. Temía enfermarse, siempre temía enfermarse y morir sin darse cuenta fuera de Cuba. Es decir, enfermarse y morir del cuerpo. Físicamente. Porque la cabeza de todas formas ya la tenía hecha talco. Su cabeza y las cabezas de casi todo el mundo en su generación.

Fue en el ochenta, como diría Santiaguito Feliú en una canción de barrio. Algunos amigos de aquella edad que ya no está. Como él. Ya no estará.

Morirse es de pinga, pensó y se quitó un guante, ayudándose con la otra mano. Consultó su iPhone X a ver qué temperatura lo estaba torturando ahora en la vida real. Le dolían hasta las uñas. Tendría que estar muy baja, supuso. La próxima glaciación empezaba hoy, en una esquina mediocre del exilio cubano.

En efecto, Google le devolvió 13 grados. Que en Fahrenheit no significan nada. Pero que traducidos a grados Celsius son un holocausto.

Esa noche, la ruta 59 se demoraba más de la cuenta. Hacía un cuarto de hora que la esperaba en las afueras del hospital Saint Mary. Quince minutos, contados meticulosamente con el tic-tac del time is money de los Estados Unidos de América, significaban una eternidad. Incluso para el transporte público de una ciudad tan anacrónica como Saint Louis.

Santa María, San Luis, Santa Missouri, Santos Estados Unidos de América. Santoral de la segregación. A falta de Revolución, racismo. Sonrió. Defenderemos este ghetto al precio que sea necesario. Y finalmente se carcajeó. Hacía un buen rato que no lo hacía con ganas. Carcajearse. Reírse solo es una cosa de locos. Y él lo estaba, al parecer. Por suerte. A estas alturas de la historia, esa era su única válvula de seguridad. De sobrevivencia. Se estaba convirtiendo en un chiste viviente, en un evangelio ejemplar de la comemierdad. El último de los mohicubanos.

Cuando la guagua por fin se apareció, cargada de negros tristes y con un olor a marihuana mal mezclado con el tufo de la calefacción, la chofer le pidió no sólo su pase magnético para el transporte público, sino también el carnet de la universidad. Per Veritatem Vis.

—Es la ley –la tipa de completo uniforme le dijo en inglés, y ella estaba allí para hacerla cumplir.

La ley es la ley es la ley. Despierta, que no estás en Cuba. The law is the law is the law. Tronco de taradita con un sueldo menos que mínimo, pagado de hora en hora por el ayuntamiento de la ciudad: $7.25 por viaje. Despierten, que no estamos en Cuba.

Pedirme el carnet de universitario era su pequeño poder de perdedora. Su pataleta de hembra étnica abandonada por sucesivos hombres y por las veintisiete enmiendas de la constitución americana. Y ella no iba a renunciar así como así a aquella reparación antiesclavista. Lo había cogido en falta, al blanquito cubano de La Habana. La venganza es un plato que se saborea mucho mejor en frío. Literalmente, en frío.

Orlando Luis buscó y buscó en su maleta y no lo encontró. Ni en ninguno de sus bolsillos. Tenía el pase magnético, pero no su carnet de identificación. Tampoco estaba en los forros y doble-forros de sus incontables capas de invierno. Y mucho menos, por supuesto, en su billetera. Ojalá el carnet se le hubiera quedado en casa. Porque la perspectiva de haberlo extraviado de nuevo se le hacía simplemente inconsolable. Con ganas de llorar y todo. De la euforia a la depresión. Del éxtasis de la libertad a la miseria del capitalismo. Maldito sea tu nombre, democracia.

Se lo dijo a la mujerona, usando su inglés más diplomático. A ratos minimizando y a ratos exagerando su acento caribe. Le dijo que el carnet lo había dejado en casa por error, que lo perdonase. Que, en tanto inmigrante o imbécil, él desconocía esa ley de ella que aquí era the law. Por favor, please. O, mejor, con gusto le hubiera dicho que el carnet se lo habían robado unos supremacistas blancos, a punta de antorchas y con capirotes del Ku Klux Klan.

Todo dicho siempre con su mejor lenguaje de víctima, con un argot de linchado. Y encima le prometió, con la misma jerga, que no volvería a ocurrirle un descuido así por el resto del siglo XXI, ni del III milenio. Todo pronunciado con su vocabulario de imitación, su Spanglish académico ridículamente sobreactuado, a falta de su labia original abandonada a su suerte en la Isla.

Además, él cogía esa guagua más o menos a la misma hora todos los días. Hoy se le había hecho un poco tarde, tal vez. Concedido. Pero se estaba congelando y, para colmo, sentía una soledad intraducible en el alma. ¿Ella no podría, por casualidad, por misericordia, por solidaridad de clase, hacer una excepción esa noche con él? ¡Allá afuera lo esperaban los trece grados de aquella cruel escala democrática de los grados Fahrenheit!

La chofer le dijo que no. Rotundamente que no. Un noup en argot ebónico, dialecto de la resistencia al establishment. La afronorteamericana lo caló hasta los tuétanos, clavándole los ojos al tiempo que hacía rebuznar la guagua, como amenazando con apagar el motor. Lo que significaba que en cualquier momento ella bien podría, sin previo aviso, llamar a la policía por su walkie-talkie y reportar un incidente de indisciplina o acoso con un pasajero.

Y el pasajero en cuestión a ras de aquella ruta 59 era él. Parado como un espantapájaros junto a la alcancía digital. Ni siquiera tenía monedas para echar. Y tampoco se aceptaban tarjetas de banco, sólo su pase magnético para el transporte público, siempre y cuando él también mostrase su carnet universitario, causa más que suficiente para su apartheid.

Se hizo un silencio gentrificado. Ni uno solo de los negros tristes se ofreció para ayudarlo. Era lógico. Orlando Luis los compadeció. Eran negros y estaban muy tristes. Para colmo, desde la esclavitud ellos vivían en una nación que les resultaba rabiosamente desconocida. Como risiblemente desconocida le resultaba ahora a él.

Orlando Luis se sobó la Glock calibre 9 milímetros que portaba bajo el sobaco izquierdo. Semiautomática, lo más apropiado para un estado open-carry como Missouri y medio Midwest. Tenía que bajarse y punto, pensó. A la pinga la ruta 59, al carajo la bruta de la chofer. Y por fin se bajó sin proferir ni un insulto racial, por suerte para él, no sin antes inhalar hondo una última bocanada de la calefacción pegajosa del bus, que hedía a ropa de pobres y marihuana barata, un cáñamo sagrado en otros parajes que todavía resulta ilegal aquí.

No alcanzó a decirle a la chofer del bus ni siquiera thanks. Mejor así. Tal vez ese silencio improvisado lo había salvado de la violencia que siempre está a punto de estallar en las postrimerías de este país. Cuando uno abre la boca en los Estados Unidos, las balas no se demoran en hacerse sentir.

La señorona, muy oronda dentro de su uniforme XXXL de MetroLink, le cerró la puerta en la cara y arrancó. Probablemente maldiciéndolo en inglés por haberla retrasado en su estrictísimo horario de 59s van y 59s vienen en un recodo de Saint Louis. Tal vez, por esos segundos de tardanza, en el paradero de Central West End ahora la esperaría un inspector del Primer Mundo, también uniformado, acaso uno de esos misóginos supremacistas blancos ya casi en extinción pero todavía no, para aplicarle a rajatabla una multa por incumplir su inflexible itinerario, la que sería descontada automáticamente de su salario mínimo.

Orlando Luis la compadeció. A ella y hasta la séptima generación de sus descendientes. No porque Orlando Luis fuera bueno, no. Ni tampoco porque no sintiera el goteo de un odio ancestral en su corazón. Para nada. La compadeció porque, desde que él estaba fuera de Cuba, le daba pánico convertirse en un asesino en serie. Y era tan fácil convertirse en cualquier cosa en esta nación. Puro devenir, esquizofrenia exquisita. Y lo aterraba terminar siendo ejecutado legalmente, a manos de un poder que no fuera el entrañable Estado totalitario de su infancia.

Hacía siglos que Orlando Luis no leía a Milan Kundera, un autor cuyos libros al parecer sólo circulaban al interior de la Isla. La cuestión es que la muerte le daba igual. La muerte era lo de menos. Era aquel halo de una inmortalidad ridícula lo que más lo asustaba. ¿Salir de Cuba para esta mierda? Ni muerto.

Él ya no podía concebir una violencia que no viniera exclusivamente desde y exclusivamente hacia el Estado cubano. Para eso había comprado la Glock. Para un magnicidio de sangre Castro: si no a los principales, al menos a los parientes. No se trataba de desquiciarse ante cualquier escenita de abuso y ponerse entonces a hacer terrorismo en la tierra del libre y el hogar de los bravos, esa moda de masacres masivas a la que él no le veía ni remotamente la menor gracia.

Vio la 59 alejarse, dejando tras de sí la estela de un humillo fantasma. Saboreó la estolidez sólida del silencio anglófono. Y volvió a su realidad de -11 grados Celsius, clavado sobre el mismo contén de inicio a un costado del hospital Saint Mary. Orlando Luis se reajustó la bufanda tras su fallido diálogo entre civilizaciones. Cuello, boca, nariz. Sin olvidar las orejas. Y en su mente perdonó en persona a todos y cada uno de los pasajeros cuyas vidas él recién había salvado, empezando por la consabida chofer.

Bendita seas tú entre todas las rutas 59. Y bendito sea tu vientre flatulento de una punta a otra punta del condado o la Unión.

Otra vez se quitó un guante, ayudándose con la mano libre. Y llamó a un taxi con la aplicación de Uber en su iPhone X. Sólo entonces notó que, por algún secreto motivo astral, la tarjeta de débito asociada a su cuenta de Uber había sido bloqueada.

Orlando Luis se rindió. Le dolía hasta el alma. Se hincó de rodillas y pensó sin desesperación en cómo mueren maravillosamente los personajes de Jack London, por ejemplo. Comenzó a rezar. Aunque él no sabía rezar. La temperatura tendría que seguir estando muy baja, supuso, pero a Orlando Luis de pronto le pareció más que tolerable. Las escalas térmicas convergen rebasado cierto punto de sublimación.

ORLANDO LUIS PARDO LAZO
Orlando Luis Pardo Lazo (La Habana, 1971). Escritor, fotógrafo y bloguero cubano. En Cuba publicó los libros de cuentos Collage Karaoke (2001), Empezar de cero (2001), Ipatrías (2005) y Mi nombre es William Saroyan (2006). Fue ganador del concurso de cuento de La Gaceta de Cuba (2005), con “Cuban American Beauty”. Su libro de relatos Boring Home, ganador de una mención en el Premio UNEAC 2007, fue retirado de la imprenta por la editorial Letras Cubanas a finales de 2008, como penalización por autopublicar provocaciones políticas en su blog Lunes de Post-Revolución. Desde 2013, imparte conferencias sobre política y literatura cubanas en universidades norteamericanas y europeas. Editó y prologó las antologías de nueva narrativa cubana Generation Year Zero (Sampsonia Way Magazine, Pittsburgh) y Cuba In Splinters (O/R Books, New York 2014). Fue Profesor Adjunto de Escritura Creativa en Brown University (2015). Y de 2015 a 2016 fue becario de ICORN en Reykjavík, Islandia. Desde 2016 realiza estudios de doctorado en Literatura Comparada en Washington University de Saint Louis, Missouri, EUA (sobre el tema de los peregrinos políticos a la Utopía revolucionaria cubana). Publicó sus libros de crónicas periodísticas Del clarín escuchad el silencio (Hypermedia, 2016) y Espantado de todo me refugio en Trump (Hypermedia, 2018). Su novela Otra patria, otro siglo, otros hombres permanece inédita.
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