Cartulina del políptico ‘Cliché’, José Miguel Costa, 2019

¿Cuánta gente apuesta a diario por el caballo? ¿Los números terminados en qué deben jugar las personas nacidas en diciembre? ¿Cuántos días de buena suerte puede tener alguien que juega todos los días a lo largo de cuatro años? ¿Cuántos de mala suerte? ¿Qué números suelen “combatir” juntos? ¿Qué tal si en el mural de los CDR se mostraran cada día los números ganadores? ¿Cuántos policías jugaron anoche en tu barrio?

Una conversación infinita, muestra personal de José Miguel Costa, parece dar respuesta a algunas de estas interrogantes, pero sobre todo plantea otras, más incisivas, más profundas.

Exposición ‘Una conversación infinita’, de José Miguel Costa, Galería Servando, La Habana, 2019

En diciembre de 1958, sólo en La Habana, había más de una docena de casinos. Durante los cincuenta esta ciudad fue “the nightclub capital of the world”, paraíso de la vida nocturna, a escalas de ensueño. Pero en octubre de 1960 acabó por completo la diversión y hoy, de esa grandeza pasada, de ese esplendor de antaño, apenas queda un soplo, que es mental. No obstante, la noche sigue siendo refugio de actividades recreativas bien intensas, ya sin glamour. Se juega póquer, se juega blackjack, se consume drogas, se consume prostitución (en Guanabo hay una ¿discoteca? dentro de la cual no está permitido tomar fotos ni videos, ni siquiera sacar el celular; os podéis imaginar lo heavy que se pone eso allá dentro). Sin embargo, nada como La Bolita[1] ha logrado sobrevivir y calar tan profundamente en el espíritu de la nación. Pero La Bolita no es exclusiva de la capital, ni de la noche. Qué va. La Bolita se juega hasta en la aldea más recóndita de la Sierra Maestra, dos veces al día.

Y sobre La Bolita está hablando la muestra que nos concierne, una exhibición sobria, con una museografía refinada, en la cual cada cosa está justo donde tiene que estar. El ahorro de recursos y la ausencia casi total de colores dan una estética en general muy contenida, casi severa, que viene a fungir como correlato del contexto sobre el que habla. En su visualidad, las piezas, por momentos, recuerdan incluso los mal llamados “murales” que se ven en las escuelas, los hospitales, los CDR, con sus infografías precarias y sus anti-diseños; aquí en una versión depurada, y tan cercana a eso como al espíritu de Art & Language (el grupo y la revista).

La pieza que da título a la exposición es un tríptico, tres cartulinas de mediano formato donde se ven, en columnas, los números 1, 25, 50, 75, y 100 junto a sus denominaciones más populares que son caballo, piedra fina, policía, cine, e inodoro, respectivamente (visualicen esta yuxtaposición de elementos, no la pierdan de vista). En cada caso la palabra junto al número ha sido escrita por una persona diferente, y este hecho, el de la participación multitudinaria, me hace cuestionarme sobre todo un asunto: la unanimidad. Veo estas cartulinas y se me presentan como ejercicios de penitencia,[2] o pases de lista, o recogidas de firmas. O como cuando una expresión pierde el sentido al repetirse, se vuelve ridícula, se vacía (hagan el ejercicio, repitan cien veces en alta voz “caballo”, que ya cuando vayan por veinte repeticiones ni sabrán lo que están diciendo; es una sensación rara, confusa). O como cuando ocurre lo contrario, y las mentiras se repiten tanto que acaban transformadas en verdad.

Cliché, otra obra del conjunto, es un políptico de 24 cartulinas enmarcadas, donde cada una mide 24×24 centímetros (aquí este número no implica nada en específico, pero si lo desean pueden recordar que 24 son las horas del día, los caprichos de Paganini, los fotogramas por segundo de una película, etcétera). En cada una se muestra una pareja de números que suelen “combatir” juntos, esto es, parejas de números que con cierta frecuencia salen en una misma tirada. Junto a cada número se ha escrito su denominación más popular. Algunos de los pares que pueden verse, por ejemplo, son estos: 2 y 93, mariposa y revolución; 7 y 91, caracol y tranvía; 31 y 83, venado y tragedia; 12 y 44, mujer alegre y año del cuero. ¿Imaginan que el 93 y el 83 combatieran juntos? ¿O el 12 y el 31? Eso sería demasiado obvio, un verdadero cliché. Por otro lado, nótese el vocablo adoptado por el argot popular para referirse al asunto: “combatir”. Término militar, típico de una retórica específica. Este es un deslizamiento lingüístico muy simpático. ¡Al combate corred bayameses! Combatir es sinónimo de luchar, y luchar, en Cuba, todos sabemos de qué es sinónimo… Y es que La Bolita forma parte intrínseca del imaginario popular cubano, no sólo a nivel de lenguaje, sino también a nivel de método, de actitud ante la vida, incluso.

‘Cliché’, José Miguel Costa, expo ‘Una conversación infinita’, Galería Servando, La Habana, 2019

Frente a este Cliché me pregunto hasta qué punto el estudio estadístico es aquí certero, qué tan poco azarosas serán estas combinaciones. Pienso en la poesía dadaísta y aquello de construir el poema a partir de palabras recortadas de un periódico, que luego se introducían en una bolsa, se agitaban, y después se sacaban y, según el orden en que salían, así mismo eran compuestas las líneas.

En el juego de azar hay siempre mucho de superstición, y cuando se convierte en vicio, a menudo se tiene conciencia del absurdo, pero aun así la fe es más fuerte. La vida, entonces, gira alrededor del chance mínimo. El individuo sabe que lleva las de perder pero prefiere aferrarse a la probabilidad ínfima. Como tantas personas de la generación de mis padres y mis abuelos, y hasta de la mía: ¿Qué tal si…? ¿Qué tal si el proceso en algún momento trae la prosperidad prometida? ¿Qué tal si pronto se resuelven nuestros problemas? Me resulta triste sobremanera este tipo de esperanza.

¿Han escuchado Shape of my Heart, de Sting? Es la historia de un jugador de cartas que juega no por ganar dinero, sino ya buscando un significado más profundo (casi místico) en la suerte… como los estudiosos de la cábala. Con La Bolita ocurre algo curioso: por una parte, se racionaliza el azar, se buscan regularidades, se analizan las estadísticas; y por otra, se apela a los sueños, a las visiones, a las “señales” del universo (usted sueña con serpientes, pues apuéstele al 74, al 39 y al 21). Hay aquí una aparente dicotomía, pero he conocido jugadores viciosos patológicos, que apuestan a ambas variantes. No sé, creo que algunas cosas simplemente no se pueden aprehender… Igual, siempre me han parecido muy extraños esos casos de gente que apuesta a un número por algo que soñó y ganan un parlé escandaloso.

En ciertos momentos arcaicos de la existencia humana, el juego tenía un papel trascendente y creador, las competiciones eran una forma sagrada de conexión religiosa. La guerra es acaso la apoteosis de esto, el juego en su forma más extrema, y acaso también la reminiscencia que más intacta nos ha llegado. Se sabe que el juego no es sólo emoción sino también aprendizaje, y que lo lúdico es intrínseco a cualquier cultura (ya bien lo analizó Huizinga).

En esta expo el proceso de realización de las piezas se me antoja también un juego. El dibujo, que es más bien escritura, acontece con cierta ritualidad. Me vienen a la cabeza las caligrafías asiáticas y el misticismo, que aquí está ausente. Costa pasa horas copiando, reproduciendo, pero no como ejercicio de meditación ni nada parecido. De hecho, se agota en un punto del proceso; volvemos a la repetición a modo de penitencia (pero esto es un poco la antítesis del juego, ¿no?). Así, ensaya diferentes formas hasta hallar la imagen definitiva. Costa, el calígrafo, el escriba, el monje copista a la inversa (procede al revés, copia para sacar a la luz y no para guardar el conocimiento).

Ocurre asimismo que ve el fenómeno desde afuera, no juega. Es más un arqueólogo, un científico diseccionando. Examina, pero no se involucra, no se pone en el lugar del otro. Esta muestra es resultado de más o menos dos años de investigación: bonito el contraste con Dostoievski, por ejemplo, que escribió El jugador en 26 días y él mismo era un vicioso empedernido. Pero esto es sólo un dato curioso, no relevante.

Hay un díptico, 4 años de mala suerte, 4 años de buena suerte, compuesto por dos enormes cartulinas donde, en cada caso, se han representado 4 tablas con los números ganadores de cada día (o cada noche) durante los años 2014, 2015, 2016 y 2017; cada conjunto pertenece a una persona diferente. A los casos donde la persona acertó el número, se le ha hecho una diferenciación visual, y aquí se hace obvio que, incluso en los años de buena suerte, fueron poquísimos los días afortunados. No puede ser de otra manera. Esas tablas son material de estudio, de análisis no sólo estadístico sino también económico. Son un asidero más dentro de la dinámica de La Bolita, una sublimación de la chiripa. Esta pieza, al igual que Una conversación infinita, me gusta imaginarla como una retrato colectivo –aunque corresponda sólo a dos individuos–, como una agenda del trabajo diario durante cuatro años, que no fueron precisamente cuatro años de mandato presidencial.

‘Una conversación infinita’, José Miguel Costa, expo ‘Una conversación infinita’, Galería Servando, La Habana, 2019

Las dos obras restantes son Atelier y Flores 54. La primera, hojas originales de varias “recogidas”, apuntes ininteligibles, códigos extraños, pero reales, documento “de archivo”. La segunda, paquetes de cartucho con supuesto dinero de recogida. Esta última es un caso único en el conjunto, pues se mueve en el plano de lo apócrifo: el espectador no puede comprobar si lo que contienen los sobres es en efecto dinero (me parece que todo el mundo asume que no lo es). En estas dos piezas se nota más el carácter de objeto arqueológico, el olor a museo.

‘Atelier’ (izq.) y ‘Flores 54’ (der.), José Miguel Costa, expo ‘Una conversación infinita’, Galería Servando, La Habana, 2019

Se percibe también la puesta en escena, que habla de la no declaración,[3] de lo solapado. Lo prohibido siempre levanta un morbo muy fuerte. En las religiones mistéricas, las ceremonias con frecuencia se realizaban en la oscuridad profunda en grutas y sitios similares, y tanto quien asistía a los misterios sin tener derecho a ello, como quien revelaba sus secretos, eran castigados con la muerte. En esta exhibición el desacato ha sido llevar a las paredes de una galería una cuestión que, más que underground, es ilegal. El artista ha “destapado el bicho”, como se diría en la charada china.

Costa, en el afán de ser fiel a la realidad, de mostrar el fenómeno sin ficcionarlo, deja entrever la idea de la sentencia, de lo que está escrito, del mandamiento, del cómo debe ser. De hecho, con las cinco obras de esta expo, y las demás que ha realizado sobre el mismo tema, usted puede conformarse un adecuadísimo manual de instrucciones sobre la charada cubana. Sin embargo, todo el tiempo subyace un ligero aroma a información manipulada. Si bien los datos que da son reales –usted puede ir y comprobarlo–, también tenemos la opción de no creer ni una palabra (o mejor, ni un número) de lo que dice. Y claro, estamos hablando de arte, no de una tesis de grado de sociología; por muy verdaderas que sean las informaciones dadas, aquí la ambigüedad siempre va a estar presente. En este punto me resulta muy gracioso cómo lo cotidiano, por sí solo, se hace subversivo. Costa no inventa, sólo recontextualiza algo que está ahí, que coexiste con nosotros. En Cuba se vive todo el tiempo al borde de la ley, el que no la incumple directamente, le compra la bolsa de leche al bodeguero “luchador” (volvemos a la noción de combate); es casi imposible no formar parte de ese círculo. Y esto es un hecho fijo, no corrido.

A pesar de que al sacar a la luz este cúmulo de información que circula soterradamente de alguna manera también legitima el fenómeno sobre el que habla, esta muestra no es la reivindicación de una causa ilícita. No. Esta muestra es un tropo sutil referido a la Cuba contemporánea, a las construcciones ideológicas, al absurdo diario, a la búsqueda de sentido, a la crisis económica, a las aspiraciones personales, a la utopía eterna. Lo que ahora mismo se ve en la Servando es Una conversación infinita entre el jugador y sus (malditas) circunstancias.


Notas:

[1] La Bolita (o charada cubana) es un juego actualmente ilegal en Cuba, pero extendido hasta la médula de la población, desde su surgimiento en el siglo XIX. Tres números del 1 al 100 se lanzan al azar dos veces al día. Gana quien acierte en la predicción de la combinación de números salientes. Cada jugador apuesta la cantidad que desee y en caso de resultar ganador, dicha cantidad se multiplica de acuerdo a las tarifas del “banco” correspondiente. Los números se determinan a partir de la lotería del Pick3 que se juega en la Florida. A cada número del 1 al 100 corresponden varias denominaciones populares.

[2] Recuerdo que, durante la primaria, tuve que escribir, ad infinitum, “no debo portarme mal” o “no debo hablar en clase” o algo así… Y eso que yo siempre fui bastante tranquilita…

[3] ¿De impuestos?

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