Frida Kahlo, ‘Sol y Vida’ (detalle), 1947

Una tarde, en la azotea de Reina, escuché a Juan Carlos Flores citarle de memoria a Julio Ortega, y con mucha admiración, unos versos de José Emilio Pacheco. Eran los primeros versos del poema “De algún tiempo a esta parte”, del libro Los elementos de la noche:

Aquí está el sol con su único ojo, la boca escupefuego…

No era la primera vez que escuchaba a Juan Carlos hablar de ese mismo poema y con esa misma admiración, por lo que, movido por la curiosidad, después de aquella tarde volví a ese libro de Pacheco para releer ese “sol con su único ojo” y su “boca escupefuego”, y más tarde al libro Distintos modos de cavar un túnel del propio Juan Carlos, quizás movido por una curiosidad que me diera respuestas, algunas huellas en la poesía del propio Juan Carlos que me aclararan ese éxtasis suyo. Y quería de paso, en esa incomprensible indagación, volver a la poesía de los dos, a sus lenguajes, a sus formas particulares de mirar y narrar ese “único ojo”, activada con la admiración de Juan Carlos.

Escuchar hablar a Juan Carlos de su admiración por esos versos de Pacheco, y luego descubrir “elementos” en uno y otro libro que los acercan y los alejan (porque la distancia también puede ser una huella), ¿sería dar en el clavo con un signo de uno en otro? ¿Está un poeta siempre con su “ojo” al “sol” de esos otros que dice amar? No hay garantías de nada. Solo si se quiere especular, y a través de esa especulación mostrar una posibilidad.

La poesía está llena de rastros de la tortura que significa el despertar a un nuevo día. Este abrir de los ojos ha sido sinónimo de dolor, de horror, del reinicio de un espanto, de lo cíclico (que Juan Carlos utiliza en su poesía hasta el agotamiento), del recomenzar a lo que tal vez ya no se quiera volver a soportar.

*   *   *

En Pacheco se está en la noche, nos alejamos del día. Se pueden leer alrededor de treinta usos de esa palabra en Los elementos de la noche, sin contar otras que la refieren, además, claro está, del propio título.

Juan Carlos muestra “los elementos” que le hacen construir túneles para escapar del horror. Y su mejor manera es a la luz del día, en el esplendor de la rabia del sol. Y eso que debe ser mostrado con todo detalle, exacto, preciso, está en el paisaje, y el paisaje es cuando está el día, necesita de la luz. El que le lee debe caminar entre el horror, verlo, tocarlo, usar el tacto de las manos para poder pasar por “sus túneles”.

En Distintos modos de cavar un túnel se puede leer solo un poema donde se transita la noche, “El diamante de Lourdes”: “Ha llovido/ luna arriba/ calles vacías/ árboles muévense/ levemente/ por vientos que desde el este soplan/ un sapo/ canta en las charcas.”

Pero lejos de estar presente en este poema la cercanía de Pacheco se descubre más el ritmo y “ojo” de los haikus, y quien se descubre al final del poema es más bien Kavafis: “Vuelven sensaciones perdidas/ tras un olor reconstruye/ miembro y miembro/ el cuerpo aquel poseído.”

Es en el poema “Aunque parezca que no” donde se acercan los dos en un paisaje similar. Caminan de noche, observan botes, una barca vieja, rota, están al borde del mar.

De cualquier modo, ¿qué significan algunas distancias y acercamientos entre dos poetas? ¿No estaré tomando por los pelos las palabras de admiración de Juan Carlos y busco a ciegas a raíz de una simple declaración?

Pacheco busca protección en la oscuridad de la noche, se protege del sol que deja ver todo y del cual se queja y oculta. Juan Carlos, por el contrario, y a pesar de “cavar un túnel”, necesita del sol. En el fondo, puede que los dos caven un túnel con diferente paisaje, pero tal vez sea en esa misma intención de “cavar un túnel” donde se hermanen. Poco importa el “modo”, cada uno construye un túnel propio para evitar ese “sol” diario que obliga a recomenzar, a volver a empezar la repetida historia.

Los túneles que hacen estos dos poetas son cavados en lugares y paisajes marcadamente diferentes, pero los dos son eso, túneles, habitáculos hechos para esconderse alejándose del horror.

Para entrar en contacto con el paisaje natural las palabras de Pacheco son limpias, claras, las frases perfectas, los versos transparentes. Hay un puente entre el paisaje y el uso de las palabras. Se puede respirar en ese campo, a orillas de aquel mar que extiende ante nuestra mirada, como en “Mar que amanece”:

Navegando en el alba
el gran mar solo
incendia lo que toca.

O más adelante:

(El otro mar,
nocturno,
bajo la sal
ha muerto.)

Uno se queda allí a escuchar el oleaje y a oler el salitre, del mismo modo en que permanece en las palabras. La melancolía que se siente no hace que escapemos de él. Nos damos una vuelta, miramos, permanecemos a la orilla de este mar, aunque sea doloroso.

Juan Carlos hace uso de otro dolor para llegar a su paisaje y es a través de las repeticiones que convierte en dolor lo que se ve y, al repetirlo, se hace insoportable. Uno no se quiere quedar allí porque esas palabras dichas una y otra vez hacen que el paisaje se convierta en un grito que no se detiene.

La mosca o la ladilla se hacen repulsión no por ellas mismas, sino por el uso del lenguaje y las imágenes que las encuentran. Así en “La mosca”: “extranjera ya, ha venido a convertir mi plato en su/ dominio./ ¿La aparto de un manotazo y continúo estibando?” O en “La ladilla”: “se aloja una en tu cuerpo/ pone huevos/ se multiplica en cientos/ de ejemplares.”

Uno no se puede quedar en esta imagen, que se aleja de un manotazo, como lo hace con una mosca incomoda. Se le reconoce y se siente cerca, pero, así como se aleja de la imagen de una ladilla, se huye de estas palabras. Miramos de reojo solo un instante, tal vez sonreímos, pero nos damos vuelta y olvidamos esa visión porque no podemos permanecer allí.

Si para Pacheco la noche, la vigilia, el sueño, la oscuridad, el paisaje natural de un bosque, un llano, una pradera, el desierto, el mar o el sol son los “elementos de la noche”, Juan Carlos encuentra la luz del día entre los escombros, charcos, mirando vagabundos, deportistas que son vestigios de lo que fueron, y deja todo un paisaje deteriorado en un golpe seco que se repite una y otra vez. Y si hay una vista a la naturaleza, esta se ve siempre afectada por los restos del hombre, que ha dejado sus ruinas, sus basuras (incluso el propio amor del poeta, como en el poema “El tesoro”, donde el amor es llevado por un asqueroso camión de basura luego de ser tirado en él por su amada). Todo es mirado como puro desecho, desperdicio. Lo que puede quedar en pie en el paisaje de Pacheco, con cierto romanticismo, es “echado en el cesto de la basura” por Juan Carlos, con un romanticismo árido. Si su propio amor es sepultado en el fondo de un camión de basura, nada más puede quedar en pie.

La agonía de los lugares y su miseria se toca con similar pupila. Los seres, los paisajes y los rincones son tocados por el lenguaje. Pacheco con su acercamiento a las cosas primarias, Juan Carlos con residuos, con ripios y trastos, y con él mismo.

El efecto que tienen “el sol con su único ojo, la boca escupefuego” sobre las cosas y los hombres, hace que los dos poetas se resguarden de él, hay huir, porque su peso aplasta. Entonces, uno muestra la noche, el otro el día. Los dos huyen de lo que les espanta. Solo de ese “modo” construyen sus propios túneles. Los dos no hacen más que abrir fosas y escapar, abrir huecos para formar sus espacios, aunque uno necesite la luz del día y el otro la noche. Las palabras dichas y recordadas con emoción por Juan Carlos pareciera que no nos dicen de “la verdad” del acto de la escritura, del poeta ante la soledad del papel, que no nos darán una pista clara que apuntale una teoría fija, una explicación, porque no valen nada, quizás, ante las escritas.

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