El primer diálogo que tuve con Octavio Armand fue en el año 2011, cuando le pedí una colaboración para Separata, una pequeña revista literaria que durante ocho años editamos en Querétaro. Octavio fue gentil y generoso: me envió poemas y ensayos. Después de dos años de silencio, volví a comunicarme con él pidiéndole un libro de poesía para Calygramma, proyecto editorial fundado por Miguel Aguilar Carrillo y Rafael Blengio, y al que Diana y yo nos sumamos. Sin titubeos, el poeta cubano me mandó Clinamen. Pasó otro año de silencio y le escribí para proponerle algo más ambicioso: reunir sus ensayos. Quizás Octavio pensó que el ofrecimiento era un juego en el que nosotros llevaríamos la mano, pero aceptó: espía profesional, ahora pienso que desde el principio nosotros éramos las piezas de ajedrez. Tal vez el juego cambió de manos cuando finalmente tuvo los ejemplares de Contra la página. Ensayos reunidos (1980-2013), y me llamó por teléfono: “dice mi hermano Luis que es mi primer libro. Quiero que vengas a Caracas, para conocernos”.

Así comenzó nuestro largo viaje a Venezuela en busca de la voz que ya era nuestra, pero que ahora tenía piel y brazos para poder expresar nuestra admiración. Este fue el inicio de una amistad profunda y cariñosa. En su departamento continuamos el canto dentro del caracol: Lezama, Paz, Zaid, Pacheco, Vázquez Amaral, Schneider, el México precolombino y la arqueología peruana para hablarle a los siglos. Así fue creciendo el follaje de un hombre solitario, habitante de Kamchatka, quien nos cubrió con su sombra al lado de Violeta, Julia Cecilia, Luis, Johan y Judith. Frente a los mexicanos se erigía la pirámide del saber, aquella que evoca los primeros sueños de sor Juana. El relato de la conquista nos había llevado a pisar aquellas tierras conocidas por Colón y que ahora daban forma a los peldaños que Octavio construía frente a nosotros, con tentacular expansividad, mediante la palabra, la palabra del poeta: “cayendo de labio a labio. Frases que existen para abrir la boca, para abrir la mano.”

El poeta Octavio Armand en 2015, con sus editores mexicanos Diana Rodríguez y Federico de la Vega, en Caracas, con motivo de la presentación del libro Contra la página. Ensayos reunidos 1980-2013 (Calygramma, 2015).
Octavio Armand en 2015, junto a sus editores mexicanos Diana Rodríguez y Federico de la Vega, en Caracas, con motivo de la presentación del libro Contra la página. Ensayos reunidos 1980-2013 (Calygramma, 2015).

Geometría de límites abruptos que paría en grito, Octavio Armand nació en Guantánamo, Cuba, el 10 de mayo de 1946. El 23 de junio de 1961 sus padres cerraron por última vez las puertas de su casa en la Isla para emigrar a Nueva York, Estados Unidos, donde radicaron durante décadas. Aquí el poeta supo enarbolar el verbo, comenzó a ordenar los fragmentos que articularían la insuficiencia de sus huellas: “Dejé mis manos menos en el mar/ cuando cruzaba/ de una lengua a otra/ (Me llamo Traducido/ hablo en lengua hervida/ para que me comprendan todos)”. A finales de los ochenta, Venezuela fue la tierra fecunda donde el cubano echó raíz. Así, Armand ha cumplido un exilio de más de cincuenta años en el horizonte de Nuestra América, buscando “una lengua suelta, capaz de merecer el cielo, aunque sólo fuera el cielo de la boca. Eso fue mi horizonte. Mi estética del horizonte… Saber ser la comisura. La línea del horizonte entre los labios. Entre los párpados”.

Fue bajo esta premisa que en 1970 Luis Mario Schneider publicó en México Horizonte no es siempre lejanía, y desde ese momento la poesía de Armand entró a la escena de la lírica latinoamericana, en correspondencia con los movimientos de vanguardia. Con una voz contundente, la obra de Octavio continuó su profundo diálogo con el lenguaje y la tradición: atraviesa el mundo clásico, el Siglo de Oro español, el simbolismo francés, hasta los movimientos de vanguardia que el siglo xx despertó en América.

Desde el 40-40 de la calle Hampton, en el Condado de Queens, Nueva York, el poeta mostró su vocación de editor al dirigir la revista escandalar, a finales de los setenta y principios de los ochenta. Las páginas de la revista muestran la mirada crítica de un editor preocupado por ampliar las fronteras del lenguaje mediante una estética del horizonte: tradujeron a autores como Said, Michaux, Cioran, Barthes, Steiner y Dore Ashton, que aparecieron publicados en lengua española al lado de Cabrera Infante, Salvador Elizondo, María Zambrano, Ida Vitale, José Eduardo Eielson, Álvaro Mutis y Blanca Varela, entre un amplio índice de colaboradores que en ese momento marcarían la brújula de la literatura contemporánea.

Los libros de Octavio Armand han visto la luz, con sigilo, en México, Venezuela y España. La presente edición de Canto rodado. Poesía reunida (1970-2015) contiene íntegros los libros publicados hasta ahora. Dividido en dos tomos, el primero va del año de 1970 a 1980, y contiene Horizonte no es siempre lejanía (1970), Entre testigos (1974), Piel menos mía (1976), Cosas pasan (1977), Cómo escribir con erizo (1979) y Biografía para feacios (1980); en el segundo tomo, que va de 1987 a 2015, se encuentran origami (1987), Son de ausencia (1999), Clinamen (2011), Quiromancia (2014) y Concierto para delinquir (2015). Aunque varios de los poemas han sido escritos en diferentes épocas, hemos considerado el año de publicación de los libros como criterio para ordenar esta edición. A sus setenta años, Octavio es un poeta sumamente productivo en su oficio y muy mesurado al momento de publicar; resulta evidente que quedan poemas guardados en el cajón de sastre que el poeta guarda para sí.

Octavio Armand: Canto rodado. Poesía reunida (1970-2015), 2 tomos, Calygramma, Querétaro, 2017.
Octavio Armand: Canto rodado. Poesía reunida (1970-2015), 2 tomos, Calygramma, Querétaro, 2017.

Dos textos del propio Armand abren este Canto rodado: “Lee con mis manos” y “Catorce versos que no son soneto”. El prólogo es de la pluma de Alejandro Sebastiani, joven escritor venezolano que ha leído con atención la obra poética y ensayística de Octavio Armand. A manera de epílogo, el segundo tomo cierra con algunas notas críticas de autores latinoamericanos que han dedicado páginas a la poesía de Armand: Severo Sarduy, Javier Sologuren, Lorenzo García Vega, Carlos Contramaestre, Juan José Ceselli, José Rafael Blengio Pinto y Adalber Salas Hernández. Además, el lector encontrará la bibliografía de las primeras ediciones, para ofrecer rutas de investigación a los espías que las siguen buscando entre las ruinas circulares.

Este cuerpo que lleva las viejas lenguas enrolladas en la mano tiene el rostro delineado por el artista Vicente Rojo, a quien deseamos agradecerle por su generosidad presente en las obras que le dan cielo a los dos tomos. Finalmente, al entrar en los interiores de esta conmemoración entre testigos, el poeta anuncia tener “Fe en el cuerpo no en el alma. Fe en el cuerpo inventado por el tacto”, y cuando la mano estalla en el corazón, vemos la mano como un erizo, abriéndose en todas las direcciones posibles, porque “en el centro del hombre está el cuerpo con un solo ojo de los dedos de las manos”. Vaya, pues, este Canto rodado lanzado al mar de la palabra, porque la noche comienza en el mar. Los escogidos lograrán leer la mano misma.