Michel Foucault (FOTO Medium)

El pensamiento de un intelectual suele ser transposición macabra de su vida. No se puede divorciar la biografía de la reflexión filosófica.

Hay filósofos como Michel Foucault que hacen más obvia esa tesis. En algún sentido, sus libros fueron fragmentos de una autobiografía. Textos que también fueron bitácoras en el mar de sus problemas personales con la locura, la prisión, la sexualidad. Entre su vida y su copiosa obra hay vasos comunicantes capaces de perfilar metodologías, asuntos, intuiciones. Remover en su existencia ayudaría a entender la prosa amarga, laberíntica, sin atisbo de utopías edificantes, propia de Foucault.

En Francia no se desconfía del pensador revoltoso; eso diferencia a los franceses de los alemanes o los ingleses. El filósofo francés necesita hacer ruido, situarse con descaro entre el bien y el mal. Es de ese azogue que obliga a la sociedad a mirarse a través de ellos. Y si lo hace sin dejo de ironía, mejor, como si el sahumerio católico se metamorfoseara en una nueva religión. Pero resulta llamativo que tal sociedad aceptara como maître à penser a un hombre que, además de rebelde, se tomaba poco en serio a sí mismo, que cuestionaba las nociones de autor, las identidades, la honestidad a ultranza, los fanatismos ideológicos, e incluso la ciencia. Ni siquiera se definía como gay –para evitar el estigma y no ver limitada su prédica en algunos círculos.

Por lo demás, no hay un solo estamento de su extensa obra que no haya sido, más adelante, corregido, acotado o abiertamente negado, dejando a cualquier entusiasta de la etiqueta facilona a expensas de la incoherencia. No me pregunten quién soy, ni me pidan que siempre sea el mismo, solía decir un Foucault que no se contradijo, porque condensó una personalidad más rica que la suma de caricaturas en que pretenden encorsetarlo. Si asimilamos con mesura su obra, es capaz de corregir los prejuicios que le preceden. Irrita, pero no intenta engañarte, exaspera y se oculta, pero no lo hace con máscaras de utilería. Fue un hombre capaz de inventarse a sí mismo hasta su muerte.

Nació en guerra con la generación precedente, los augustos que con Sartre a la cabeza buscaban un horizonte moral para el siglo XX. Pero Foucault no compartía la nostalgia por esa anciana cándida, la Ilustración. El existencialismo sartreano seguía siendo un apéndice romántico, espejo para la sombra de un progreso que el fascismo y el estalinismo habían puesto en entredicho. Pero el mal no estaba ni en las botas bolcheviques, ni en las cabezas rubias del nazismo. Las nociones hegelianas de razón y libertad, la embriaguez causada por la rígida retórica marxista, eran para Foucault la armazón de los nuevos calabozos.

Fue un adolescente atormentado por su homosexualidad (o por su fealdad, dicen muchos), paciente habitual de los entornos psiquiátricos y conocido entre sus colegas de estudio como enclenque trastornado. En medio de angustias y pulsiones suicidas, conoció a Louis Althusser quien le abrió las puertas a la ciencia y el marxismo; a la larga aceptó un regalo, desechó el otro. Comprendió rápido que la locura y su homosexualidad podían ser su mejor navaja, energía liberadora contra la hipocresía burguesa, pero mortificó aún más a sus colegas del Partido Comunista Francés.

Foucault necesitaba refundarse y abrió el espíritu a nuevas obsesiones: Nietzsche, Heidegger, Bataille. Se exilió en Suecia para hacer madurar sus doctrinas, pulió algunas de sus tesis lejos de las distracciones parisinas, en gélidas facultades del norte. En esta especie de exilio no lo abandona su excentricismo: se compró un Jaguar blanco que debió llamar la atención en el parqueo de la Universidad de Upsala.

A través de una revisión de la genealogía nietzscheana se propuso explicarse a sí mismo las grietas de la realidad, empezando por la locura. Con su tesis de doctorado casi terminada a cuestas, Locura y demencia: historia de la locura en la época clásica, decidió que era la hora de regresar a París: tenía algo que decir. Allí adoptó su personaje de paria que pasaba también por su propio físico: cabeza rapada, palidez espectral y una mirada inquietante magnificada por las gafas. Un coqueteo que fue más que eso con el abuso de drogas y su condición de habitual en la escena sadomasoquista de París y San Francisco, actitudes que alimentaban una leyenda que no dejó de estar rodeada de misterio –Foucault hablaba muy poco de sí mismo.

Vigilar y castigar tiene el aroma, la temperatura moral de un clásico. Cuando sobrepasas el aparente estilo críptico, ese lenguaje deliberadamente cruel que parece torturarnos, la excitación va in crescendo. En Vigilar y castigar nuestras peores fantasías sobre el dominio, el control y el castigo brotan como las únicas cualidades mediadoras en nuestras sociedades.

Antisistema en toda regla, su nombre se encontraba vinculado a toda forma de rebeldía en la ola de fines de los sesenta. Siempre en primera fila, su calva mitológica estuvo en varias ocasiones expuesta a los bastones policiales. En los setenta empezó a recibir honores, crecía la marea de artículos sobre su obra. Fue elegido para integrarse al cuerpo académico más prestigioso de Francia, el del Collège de France. Sostuvo un debate de pesos pesados con Noam Chomsky en la televisión holandesa: fue una polémica bizarra, pero inolvidable, que dejó confundido al norteamericano. Chomsky diría luego en una entrevista: “Personalmente me resultó simpático. Pero no pude entenderlo, como si fuera de otra especie; algo así”. Fuera de las aulas o las manifestaciones, uno podía encontrar a Foucault en la escena gay vistiendo ropa negra de cuero. Fueron los mismos años en que maduraba su mejor obra, Vigilar y castigar, publicada en 1975 por Gallimard.

Siempre me sorprendió un dato: Vigilar y castigar es, junto a La Biblia, el Manifiesto Comunista, el Quijote y la obra de Shakespeare, una de las fuentes más citadas en las ciencias sociales. Antes de leerlo, temía que esa fama obedeciera a un fraude, fuera fuego de artificio. El nombre del libro –mucho más sonoro e inquietante en francés– y el escándalo que rodeaba la personalidad de Foucault harían el resto.

Me equivocaba. Vigilar y castigar tiene el aroma, la temperatura moral de un clásico. Cuando sobrepasas el aparente estilo críptico, ese lenguaje deliberadamente cruel que parece torturarnos, la excitación va in crescendo. En Vigilar y castigar nuestras peores fantasías sobre el dominio, el control y el castigo brotan como las únicas cualidades mediadoras en nuestras sociedades. Tal vez no sea así, pero Foucault posee el talento para la especulación filosófica necesario para desnudar el misterio.

Según su tesis, la humanidad es presa de mecanismos malvados y calculadores con los cuales se enfrenta en su afán de ser libre, y para lograrlo, advierte Foucault, hay que oír los estruendos mudos de la batalla. Aunque cualquier intento de superación, en las páginas de Vigilar y castigar, parezca condenado al fracaso, el ensayo parece una madeja de puntadas grotescas empapada en nihilismo amoral. Pero a Foucault hay que leerlo con la dosis de ironía y desapego con que hoy leemos a Nietzsche o a Cioran. Tomar al pie de la letra sus juicios o asumir sus ideas sin un espíritu de confrontación puede ser nocivo o simplemente ridículo.

Concuerdo con Marshall Berman cuando dice que Foucault es uno de los pocos pensadores que ha dicho algo sustancioso sobre la modernidad: “Las totalidades de Foucault absorben todas las facetas de la vida moderna”. Certero y contundente, si hay un pensador capaz de cambiar el prisma, es Foucault. A través de sus obras el humanismo burgués queda desmitificado y se aleja para todos la posibilidad de libertad entre sus márgenes.

El revés oscuro de la civilización burguesa es el desarrollo y generalización de dispositivos disciplinarios. Bajo la forma jurídica que garantiza un sistema de derechos en principio igualitarios, subyacen esos mecanismos menudos, cotidianos, dispositivos asimétricos que constituyen las disciplinas, garantes de la sumisión de las fuerzas y los cuerpos. Las disciplinas reales y corporales han constituido el subsuelo de las libertades formales y jurídicas. No hay sistema que no introduzca en su corpus social la pena, la vigilancia, el castigo.

Uno de los conceptos más oscuros del libro es el de “microfísica del poder”, el cual define como una estrategia que aspira a que sus efectos sean atribuidos a unas maniobras, tácticas y técnicas que se ejercen más que se poseen. Las relaciones derivadas de esta microfísica descienden en el espesor social y definen gestos y comportamientos. “El castigo ha pasado de un arte de las sensaciones in­soportables a una economía de los derechos suspendidos”. La nueva era es la del castigo como potestad de un poder por encima de la sociedad y que castiga en función de salvarla.

El castigo debe operar, además, como expiación moral o como una especie de reconstrucción de conciencia: entras malvado a la prisión, sales bondadoso y útil. El orden contemporáneo anuncia el ejercicio disciplinario como su esencia; la escuela, la fábrica, el manicomio, la cárcel y el hospital son su mejor expresión.

Un buen ejemplo de instrumentos de regulación son los expedientes escolares. Mecanismo que implica que desde la infancia te sientas juzgado por un instrumento en apariencia simple. Las nociones de marginación, rechazo, anormalidad nos son inoculadas subrepticiamente desde pequeños, y la prisión constituiría el peligro que acecha a todo aquel que no asuma la supuesta normalidad del régimen.

El poder posee donde quiera que se constituya una intención normalizadora, y para ello funda nuevas tácticas que tienen como blanco al cuerpo, pero que son el germen de una nueva moral. El mejor camino para alcanzar la docilidad es la presión moral de la continua comparación entre los buenos y los malos ciudadanos. Esa idea, asentada en el sentido común de ciudadanos correctos e incorrectos, buenos y malos, normales y anormales, es esencial para entender la dinámica.

Esta “anatomía política” no se da como proceso repentino, sino que resulta de una lenta evolución de acondicionamientos sutiles, de sospechosos dispositivos. Para describirlos hace falta tener en cuenta el detalle, la minucia en las relaciones de poder percibir su microfísica. El poder de castigar se inserta en el cuerpo social como cuerpo autónomo y brota en la psiquis de cada individuo haciéndolo más dócil.

En ocasiones, la disciplina simplemente nace de sabernos vigilados. La mejor metáfora de esa vigilia constante del poder en nuestras sociedades es el panóptico. Estructura carcelaria nacida de la mente de Jeremy Bentham, desde la que el vigilante puede ver a los reclusos sin ser visto. De ahí el efecto mayor del panóptico: inducir en el detenido un estado consciente y permanente de visibilidad que garantiza el funcionamiento automático del poder. Hacer que la vigilancia sea permanente en sus efectos, incluso si es discontinua en su acción. Bentham ha asen­tado el principio de que el poder debía ser visible e inverificable. Visible: el detenido tendrá sin cesar ante los ojos la elevada silue­ta de la torre central desde donde es espiado. Inverificable: el dete­nido no debe saber jamás si en un momento específico se le mira, pero debe estar seguro de que siempre puede ser mirado.

En nuestras sociedades no sólo se nos vigila; también se interviene el espacio y el tiempo. El control del espacio en ocasiones requiere clausura, como cuando enclaustramos a indigentes o vagabundos. Otras veces funciona con el principio de división en zonas: a cada quien corresponde un lugar delimitado. Estos espacios delimitados facilitan la circulación, instauran relaciones de subordinación e indican valores que garantizan la obediencia. Hay toda una serie de reglamentaciones, unas nuevas definiciones de lo ilegal que establecen rangos de lo censurable y utilizan la prisión como elemento punitivo último, pero que van moldeando la disciplina desde la conciencia.

Hacia los últimos años de su vida Foucault se sintió comprometido con acceder a algún tipo de verdad. Decidió que no sería redonda su tragedia sin inmolarse en la pira de una sinceridad que lo trascendiera y terminara por definirlo. Para ello pudo preferir el acto final de Sócrates y abrazar un supuesto ejercicio de virtud desde la interpretación del “Conócete a ti mismo”. Pero Foucault quería la verdad como desafío radical, experiencia límite, mostrarse, sí, pero con la dosis de escándalo y renuncia que haría coherente su existencia.

El único gesto en el que podía reconocer su camino filosófico no estaba en beber la cicuta, sino en la expresión de radicalidad máxima de los cínicos. Se sentía más cerca de Diógenes quien, masturbándose en el ágora, hacía saber a la sociedad el engaño en que vivía. También de la energía de Sade que introdujo el desorden del deseo y la crueldad en un mundo modoso. Foucault sólo podía hablar desde la libertad de los cuerpos, desde la sensualidad de la muerte. Si convertirse en lo que uno es dispara una compulsión morbosa, bien, que así sea.

Irónicamente en esa búsqueda encontró la muerte. Mucho se especula si escogió morir al continuar con su conducta sexual desordenada en medio de una epidemia de VIH que a inicios de los ochenta se ensañaba con la comunidad gay. Pero lo que sí sabemos es que Foucault no temía a la muerte; no creo quisiera contraer el virus y padecer el calvario del sida, pero la enfermedad y la muerte lo seducían.

Morir de una enfermedad contraída por las relaciones sexuales, mientras escribía su, a la postre inconclusa, Historia de la sexualidad, no sería la única ironía de sus últimos días. Murió en el Hospital de la Salpêtrière, la misma institución que había estudiado en Locura y civilización, como ejemplo de los mecanismos del poder para lidiar con los marginados, los locos, los leprosos.

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