Mieczysław Górowski, ʽFerdydurkeʼ, de Witold Gombrowicz, 1994 (detalle), cartel para el Teatro Dramático Aleksander Węgierka

En el ensayo “Los tigres en el espejo”, que se encuentra en el libro Extraterritorial, al inicio del texto, George Steiner desliza una suerte de queja referente a la fama de Borges y al manoseo de que es víctima la obra del argentino. Steiner rememora al escritor casi clandestino y oculto que fue Borges, un raro al que pocos conocían, al tiempo que mira con desconfianza ese exceso de comentarios, estudios, lecturas y homenajes del que hoy es objeto.

Esa asimilación de una obra como la de Borges termina siendo para Steiner un misterio. De los lectores que se dispongan a atravesar los poemas, cuentos o ensayos del argentino se espera muchas veces cierta familiaridad o conocimientos de teología o literatura clásica, aunque como comenta Steiner, citando a un crítico francés, en nuestra época “la erudición es en sí misma una especie de construcción fantástica y surrealista”; es decir, que la fascinación por ese halo “fantástico” que rodea su literatura termina por rodear de alguna manera a Borges y a todo lo que produjo. De ese modo se cae en un juego facilista que miente sobre la verdad principal del autor.

A veces la excesiva fama de un escritor, los nombres de sus libros en bocas de todos, y ese culto casi divino a un autor y sus obras, nos pueden resultar sospechosos, una especie de malentendido que puede invitar a que nos alejemos de él. Sin embargo, esos autores de los que se habla poco y a los que se tienen que rastrear como si uno fuera un detective terminan siendo, por ello mismo, mucho más atractivos.

Steiner nos narra en este ensayo cómo un conocedor de la obra de Borges le mostraba en una librería de Lisboa, allá por los años cincuenta, una serie de libros celosamente atesorados del argentino, y que ya se encontraban agotados, y recordaba como “estos pequeños objetos” le “fueron mostrados con un ademán de meticulosa arrogancia. Y con razón”: él “había llegado tarde al lugar secreto”.

Eso, referente a la figura de los autores, es a veces lo importante, lo secreto. Concebir al autor, a su obra, más allá de toda tentación elitista, simplemente como un tesoro a encontrar. Pero, ¿cómo saber que este o aquel autor lo es más allá o no de su fama? ¿Dónde hallar una pista que muestre que hay un secreto, un tesoro?

Hace algunos años, por extraños azares de la vida, se me dio la oportunidad de editar y prologar la novela de uno de esos autores que para mí guardan un secreto y enorme tesoro: Witold Gombrowicz y su novela Ferdydurke. En ese momento sentí un miedo terrible; por mucho que amara a Gombrowicz y a su obra, ni yo sabía nada de edición, ni mucho menos era un experto en su trabajo. Sé que se puede leer mucho a un escritor, pero esto no quiere decir que se tenga algo interesante que decir al respecto, de la misma manera que amar o querer a alguien tampoco quiere decir que por eso se sepa articular el porqué de esa afectividad. Finalmente edité el volumen, con la valiosa ayuda de una amiga de la Editorial Arte y Literatura, y escribí el prólogo.

Cubierta de la edición cubana de ʽFerdydurkeʽ (Editorial Arte y Literatura, La Habana, 2016)

Sentí que la posibilidad de hacer ver a los lectores cubanos eso que Steiner llama “el lugar secreto”, en este caso con Witold Gombrowicz, me había sido dada con la publicación de Ferdydurke, y que yo como puente tenía una oportunidad impostergable. Al ver el libro finalmente terminado, pese a todos los defectos editoriales de los cuales yo era totalmente culpable, se me antojó una emoción parecida a la que tal vez sintieron Gombrowicz y Virgilio Piñera cuando recibieron los primeros ejemplares del Ferdydurke de la Editorial Argos, allá por el lejano 1947.

Con el tiempo he visto que el libro sigue siendo más o menos tan “secreto” como antes. Siento que se ha hablado muy poco en la crítica literaria cubana sobre su publicación, que casi no ha despertado interés, que tal vez se ha leído muy poco, que todo eso me parecía penoso, y que ese silencio ante un libro que para mí guarda un extraño y radical “tesoro” era el signo de un trabajo en vano.

La lectura de ese ensayo de George Steiner sobre Borges ha cambiado esa idea de un manotazo, porque de pronto hice una sustitución, cambié a Borges por Gombrowicz, y no me gustó lo que vi. Y curioso, la sustitución se me hizo más terrible aun, y hasta un poco cómica, dada la antipatía común que se tenían ambos escritores.

Imaginé congresos llenos de ponencias y lecturas marcadas por un tropel de “especialistas” en la vida y obra del polaco, publicaciones, comentarios, discusiones, influencias descaradas y obvias en jóvenes escritores, y por último tesis universitarias al por mayor con las teorías más fantásticas y descabelladas que se podrían imaginar sobre Ferdydurke, Cosmos, Pornografía o ese curioso Diario de Gombrowicz que se podría decir que no lo es.

Por esto siento ahora que es mejor seguir escuchando el nombre del polaco en pequeñas reuniones de amigos, o en algún que otro encuentro con alguna persona que de pronto le conociera. Porque el ensayo de Steiner me hizo ver que ese manoseo de la literatura de Borges no quería decir exactamente una mejor comprensión de su obra, un cariño verdadero por parte de aquellos que se jactaban de haberlo leído “completo”. Este reconocimiento excesivo hace que el autor deje de ser visto en ese enjambre que es la cultura como un huésped especial, un extraño, para ser uno más, un vecino o familiar cuya presencia es cotidiana, cómoda, y, tal vez por esto, presencia vacía.

Esta es una forma de mirar que no tiene que ver con la grandeza exacta de un escritor, ni con ninguna competencia de calidades. Eso no creo interese. Mientras leía a Steiner notaba que algo en la demasía, en la exuberancia y facilidad que da la fama, también da el poder de estirar las manos y alcanzar la obra de un escritor, de “tenerlo” muy fácil, de descubrir su “tesoro” sin hacer un largo rastreo e ir hallando sus huellas poco a poco y con mucho trabajo.

Realmente no sé si es mejor que pase lo que le sucedió a Steiner en aquella librería de Lisboa, esa bochornosa sensación de haber llegado tarde al conocimiento de “un secreto”, pero me siento identificado con su reclamo y prefiero creer que se llega a los grandes “secretos” de la cultura a través de caminos extraños, felices y dolorosos, casuales y coincidentes. Puede que al final no haya mejor encuentro con el “tesoro” de estos que se convertirán en amigos eternos, que cuando se da con ellos luego de largas búsquedas.

avatar