Pizza de gemas (pizza de queso, amatista, aguamarina, topacio, turmalinas, Apatito, diamante, ópalo, rubí y citrino y vitrina), Los Carpinteros, 2016, fuente artishock revista

Lo primero que anuncia El fin del Gran Relato (2019), el libro-catálogo preparado por Henry Eric Hernández, es que ya no se puede escribir igual, que los críticos cubanos hemos narrado con recato y hasta ramplonamente los contenidos visuales manejados por las últimas generaciones de artistas en la isla. Y luego, que si bien algunos debates sostenidos hasta este momento no están mal, tampoco se han llevado al límite de sus implicaciones, y por tanto, se han vuelto inoperantes, devotamente afirmativos de una retórica ya no en crisis, sino muerta.

La crítica de arte en Cuba y en buena parte de la diáspora –me atrevo a decir–, cuando ha pretendido desmitificar y hacerle un ajuste de cuentas a la nomenklatura cultural del proceso, ha terminado mordiéndose la cola, entrampada en los sitios comunes de su propia textualidad. Y es que pretendiendo leer los conflictos manifiestos en la producción simbólica de turno, recurre a un mismo paradigma, casi mecánicamente, el cual coloniza sus posibilidades de imaginar otros significados y actualizar su propuesta teórica. Esos términos y conceptos que, como utopía, de tanto (ab)uso, asisten ya no tanto al desgaste como sí al vacío de su enunciación.

Ha sido así desde los años noventa, cuando se da ese revival en nuestro discurso crítico y se establecen con un peso inusitado ciertas voces emergentes dedicadas, en principio, no sólo a escoltar y construirle una plataforma narrativa a la nueva generación de artistas, sino también a pensar las nuevas condiciones dentro de un contexto donde vendría a emerger, entre la precariedad, la ruptura y la resistencia, una visualidad de matices y formulaciones, en cierto modo, desapegada de la tradición.

Aquella escuela crítica, su escritura, sus conceptos y tópicos más o menos afortunados, sus vicios y fobias, también su cinismo y lucidez, sentó cátedra entre los relatores del arte que emergieron bajo su cómoda sombrilla y quienes luego no hemos –salvo en contadas ocasiones que apenas podría enumerar– siquiera intentado dinamitar sus lógicas, la estructura de un pensamiento ya excedido por las prácticas contemporáneas. De ahí que nuestra crítica más seria y compacta se exprese bajo ese tono renunciante, desapasionada, entre la constante remembranza y el refrito de un discurso modélico que no se atreve a cuestionar. Tal es nuestra suerte y condición.

Metiéndonos ya en el libro-catálogo, que no es, en un sentido estricto, un gesto editorial autónomo, se puede inferir en el mismo el cierre de un ciclo que se abre con la exposición. Hemos visto morir en la orilla reseñística, o en el diván de un artículo menor, varios gestos expositivos cardinales en los últimos años. Precisamente contra esa poca fortuna, e intentando no padecer la desmemoria de un contexto a ratos demasiado amnésico, apuesta este volumen donde se conjuga el placer de la factura, del libro-objeto seductor a la mirada, con un pensamiento refinado y pornopolítico. ¿Se puede pedir algo más? Claro que sí: que ese libro de la apostasía circule entre nuestros críticos, y aquellos, lejos de leerlo con carácter doctrinal lo discutan, señalen sus aporías, diseccionen sus ideas, apuesten en su contra. Nada le viene mejor. Nada podría ser más saludable.

Si alguna certeza me queda después de ese viaje, es que los relatos existen únicamente para ser profanados, reescritos. Así, donde antes coloqué una conservadora y molesta nota al pie, donde mis dedos evitaron teclear alguna que otra palabrita conflictiva; allí donde esquivé el reproche de extremista, donde me hallaba cosechando eufemismos, hoy me lanzó a recuperar la espontaneidad de las palabras, su natural fluido.

Léase, a partir de ahora, totalitarismo donde jugué a mentir poniendo utopía; régimen donde situé Gobierno. Aun mejor: escríbase.

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