‘A Woman For Gods’, Paul Klee, 1938

Me mostraron sus sonrisas
atrapadas por la mueca.
¿Qué otra palabra existe?
¿enojo?, ¿cadalso?, ¿guillotina?
Ahora me toca dar testamento
de cómo se hicieron camellos,
caballos,
Pegasos y unicornios.
¿Cuándo dieron sus mentes
a los sacerdotes del tedio,
a la ciencia y las agujas?

A mi madre la guardaron
las hormigas del convento.
Se dio luz a sí misma.
Salí con una cabeza deformada
y con orejas de elefante.
Toca la orquesta.
Los sonidos se estiran en el aire.
Alvéolos, nubes, semifusas.
Sorda, sorda al ritmo, sorda.
En esta sinfonía,
el director me empuja
con su fino batón de madera.
Hacia atrás, hacia atrás.
Entonces mi madre puja.
La explosión salpicó
a los integrantes de la orquesta.
El rostro del director
quedó deshecho.
Las palabras de una madre,
los gritos de las enfermeras:
tiene un guijarro entre las piernas.
Un guijarro lleno de clavos
y de espinas.
La lluvia caía
limpiando el hueco
que le hice a mi madre.
Las calles,
barrigonas y húmedas,
se hicieron para resbalar.
Mi madre desdentada
y con la misma rectitud
me espera cerca del tren.
Nos llevará a las dos.
Cuando pierdo las cosas,
cuando trato de ponerlas en orden,
más se descomponen.
Cuando te pierdes
entre las habitaciones,
cuando toses,
y los nombres se te olvidan,
cuando no reconoces los días
y tienes que hacerte explorador
para ubicar la hora
en que te encuentras perdida,
tu madre te rescata.
Nunca le importaste
pero en tu oncena hora
es solícita.
Crees que es otra de sus trampas.
Pero no, ella es vida, ente risueño,
que un día parió,
y otro día hizo lo mismo.
¿Qué algas monstruosas
se desprendieron de su entraña?
Ahora viene a llevarte
a lo que dicen
es el verdadero nacimiento.
Tiene frío
como aquella vez
en New Jersey.
Sólo un viento invernal.
Le llevo un abrigo,
unos guantes.
Tose, tose, tose.
Quiere regresar
a la estación de trenes.
Pasamos por avenidas luminosas.
El frío nos cruza las miradas.
Mi madre ha perdido su estatura.
Tiene todavía el cabello rojo,
los labios muy pintados,
la boca seductora.
Pero ha perdido la estatura.
Aún así se mantiene esbelta.
Me lleva en un cinturón invisible.
Hija, tu corazón no anda bien.
Tu corazón está apurado.
Otras veces muy lento.
Yo tengo el reloj bien.
Tú lo desajustas.
Mi tiempo no es tu tiempo.
¿Quieres robarme un poco más?
Dicen los doctores
de este hospital
que tú y yo conocemos,
que cuando nace una criatura,
después de despertarse
con el golpe sutil de una palmada,
debe ser presentado
a la madre.
Pero mi madre dice
que no hubo enfermeras
ni doctores,
que fue en la tierra
donde parió,
como los animales.
Que yo
la ahogaba.
Dice que no hubo
toallas ni pañitos
ni vasos limpios
donde poner
la placenta moribunda.
Sólo un dolor profundo
y agudo en el útero,
como si le dieran
patadas y patadas.
Dolor en los pies
y en las piernas.
Frío, todo frío.
Tuvo tanto miedo
sola en aquel patio baldío.
En ese pedazo de cuarto con tierra,
pensó acabarme a golpes,
dándose golpes en el vientre.

Corre hacia la muerte.
La grosera muerte
de los hospitales
donde boqueamos.
Desnuda por los pasillos
busca olas y mar,
espuma y salitre.
Sólo hay paredes altas
y techos carcomidos.
Corre sin vestimentas,
sin los zapatos, corre.
Álzate del camastro,
quítate la mordaza.

Hay lugares
donde se entierran.
a los vivos.
Cementerios
por donde he paseado.
Corre osa con tus oseznos,
gatos, corran,
corramos todos
para que los cazadores
no nos vean.
Los cazadores,
rigen el mundo.
Corre con tu herida abierta.
Un día de estos nos atrapan.
Nos recogerán impávidos.
Nos vestirán para ir a la feria.
Uno no se da cuenta
al baile que nos llevan.

Se asoman los personajes,
al último trecho hacia las galeras.
Tu abuela carga a Sultán.
Hace un gesto
para que te acerques
a la puerta de acero
donde está asomada.
Sus comisuras blancas
deslíen almidón
o leche cortada.
Un almíbar pálido la envuelve.
Tu abuelo vestido
con pedazos de plomo.
Los colores que vierte:
metal verde, carmelita,
metal cáncer.
Paula sale con su delantal puesto.
Mañana el sol se colará por la cocina.
Sale con calderos
la gran instrumentista de la casa.
Aparece el arroz entre sus dedos.
Los frijoles, una nube negra en el pasillo.
Hace picadillo de tus peces dorados.
Se despide o te da la bienvenida.
La zarandeas, la devuelves a África,
a su reino de negros,
a su príncipe con plumas.
Salgo al campo desde este pasillo.
Veo los mangos y el cocotero,
las guayabas.
No tocar.
Chupo el meñique de Paula.
Es más rico que la mermelada de fresa.

Girasoles,
orejas desgajadas por el amarillo.
Hombres y mujeres atrapados.
Aquí yo, dándome golpes
en la misma cabeza
que salió de tu útero,
cabeza remendada
con un casco de ciclista
para que las manos
no se rompan en pedazos.
Cascos y guantes
en mi sórdido mundo
de golpes y golpes.
Nadie acompaña,
ni nadie puede
acompañarme.
Sólo entiendo
el lenguaje de los golpes.
Este recorrido
necesario
adornando leyes,
respirando caos.
Las manos y sus cicatrices,
heridas recientes
jadean.
Rompen y arremeten
el casco que te imponen.
Esta cabeza de metal
cómo me duele.
Estas manos
no sienten ni tocan
a nadie.
Me destrozo la frente,
con bate,
con piedras.
Sangro morado,
sangro azul y verde.
De los dos huecos de mi nariz
sale el arco iris con sangre.
Amarren mis manos,
átenlas para seguir viviendo,
para saber de las semillas,
de la sordera,
del ornamento
y del mal.
Séllenlas
que brincan,
que quieren matar.
Corre, corre,
tápate la boca,
no hables.
En estos pasillos,
yace un piso caudaloso
de rectángulos blancos y negros.
Hagan con mis manos
una flor atada,
una flor gris
con puños azules,
con venas que salgan
de un río pestilente.
Pasillos vacíos
donde tus pasos
no van a ningún lado.
Rompen la cabeza,
crean la ilusión de libertad.
Libertad,
corre con esta sinfonía.
Libre y sin cabeza,
libre y sin pasillos.
¿Quién vendrá hoy
a darme la extremaunción?
Te has quedado guardada
en el asilo,
sudando ansiedades.
Tu cabeza de níquel,
tu boca rellena,
tu poco entendimiento,
son los trofeos
de los cazadores.
Invadida
por toda la grasa de tu horno,
por todos los platos
que aparecen
en tu menú diario
rebozado en salsas venenosas.
Inútil hablarte.
Eres el indio confiado del planeta.
No sospechas
el gran experimento
del gran alquimista.
Los seres pintorreteados nacieron
de los seres exhaustos.
Todos hechos
de astros,
de bacteria,
y de fiebre.
Corre,
el rostro de la noche alucinada
es bello.
Las punzadas
que la noche padece
han creado esa euforia.
Los cipreses y los pinos
aprendieron el ritmo
y crearon la memoria.
Superpoblaron la tierra de oro.
Todos resienten
las prohibiciones.
Alguien ha dado acantilados,
musgo,
virus,
savia,
manzanilla y tilo.
Alguien sembró un jardín
en un planeta habitable.
Se le entregó a una raza agotada,
y temerosa de mujeres fructíferas.
Entidades sin nombre
carenaron en los puertos.
Vieron oro,
plata, vieron sangre.
Sangre necesaria para ellos,
sangre que les faltaba.
Cansados, agotados
besaron al planeta azul.
Tierra, oro y sangre
fueron sus consignas.
Acamparon y descubrieron
como Adán el sol y Eva las estrellas
se acoplaban.
En grupos se acostaron en la hierba.
En piso sagrado
contemplaron lunas y estrellas,
adoraron el sol.
Razas desconocidas
se hicieron fértiles
con tanta exuberancia.
Aprendieron a respirar.
Llegaron al puerto de la vida.
Me trajeron a mí.
Inventaron formas
y todos sus conocimientos
los aplicaron
de acuerdo a su estilo y pulcritud.
Los habitantes crecieron.
Una raza devoradora
entre las plantas
Seres pequeños,
desafíos, microbios,
pequeños gusarapos.
Casi muriendo
uno de ellos
abrió el sexo amarillento,
verdoso y negro.
Salió el cocuyo y la rana.
Salí yo.

Son hombres,
marchan y destrozan
con armas
de poderosos aranceles
y fortalezas.
Seres trasplantados, exhaustos.
Vieron flores y las comieron.
Jugaron con los animales,
los devoraron.
La acelga se volvió
ácida en sus bocas.
Nuestra tierra virginal,
femenina rosa abierta
por el verde y el amarillo sol
fue invadida por una raza cansada.
La muerte fecundó a la vida.
La torció y la hizo suya.
Siempre la vida se abre al día.
Pero la muerte
persiste
en arrebatarle sus jugos.
Así nos propagamos
con un sabor agrio
sin saber de dónde parte
ese acaparamiento voraz
de las dos razas:
una exhausta
y la otra dormitando.
Produjeron el orden
y también el caos.
Él quiere orden,
ella caos.
El caos crea y el orden destruye.
El orden se alza momentáneamente
en monumentos y estatuas,
descubrimientos y premios.
El orden impera
y sus leyes son de hierro
y metal como mi casco.
En su guerra de pasiones,
en sus necesidades
se aman, se reproducen.
Fructifican un engendro.
El orden es erecto
está hecho para entrar
majestuosamente.
Se nutre, necesita el jugo,
la leche es su sustento.
El caos con sus piernas
y su enorme útero
lo devora, pero antes,
lo mece como un niño,
le da fuerzas,
lo duerme.
Vuelve a la semilla,
lo hace dulce.
El orden necesita la placenta
minuciosa y enredada
de serpientes diamantinas.
Así renace y vuelve el orden.
El orden se desplaza entre los continentes
construye su sordera,
la ceguera entre los pueblos.

¿Quién canta y aúlla libertad?
Yo, prisión de las enterradas
en los asilos
y en las cárceles,
la delatada por un hermano
por un tío o un amante.
Por otro que quiso ser y no pudo.
Libertad,
la flor gris arrancada
cuando nace.
Observo contigo el jardín que florece,
y la casita de madera,
osamenta que eriges.
Te ilusiona la carne de los árboles.
Duermes entre ventanas y madera.
Preservas el universo.
Construyes un techo,
un piso sobre la tierra.
Yo te digo
corre, corre,
avíspate,
salta el pantano,
cuenta la historia universal.
Si no la cuentas
destruirás tu integridad poética.
Corre, brinca,
rebélate.
Dales el pecho.
Córtate un seno
y tíraselo
al domador de tigres y ocelotes.
Enciérrame carcelero.
Melindre en mis encías,
guárdame en el sala
de las momias.

¿A dónde llevaron
a los que no siguieron la historia
imaginada de las razas?
¿Dónde los escondieron?
¿Qué se hicieron
los de las lágrimas
de pesadumbre sin fin?
Asimilé el grito de los cerdos
cuando los tiran contra el piso.
Aprendí del elefante
cuando aún vivo
les sacan sus dientes de marfil.
Aprendí del reptil
cuando les arrancan la piel.
En ese momento de ardor y muerte
mi mano aprendió
a cortar.
Que me aten
porque me doy
golpes.
En la memoria
la conciencia se subleva.

MAGALI ALABAU
Magali Alabau nació en Cuba y reside en Woodstock, Nueva York, desde 1968. Hasta mediados de los años ochenta desarrolló una amplia carrera teatral como actriz. Tras retirarse del teatro, comenzó a escribir poesía. Ha publicado nueve poemarios entre 1986 y 2016. Sus poemas han aparecido en prestigiosas antologías. Obtuvo el Premio de Poesía de la revista Lyra (Nueva York, 1988), la beca de creación literaria Oscar B. Cintas (1990-1991), así como el Premio de Poesía Latina por el libro Hermana, otorgado por el Instituto de Escritores Latinoamericanos de Nueva York en 1992. El cuaderno Ir y venir (Bokeh, Leiden, 2017) reúne su poesía escrita entre 1986 y 2016.
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