Abrí por primera vez la puerta Reina (azotea/vitrina/puerta de cedro machihembrada) en mayo de 2001. Habían desfilado ya por librerías –de mis menos 3 a mis 17– La gente de mi barrio, Cuando una mujer no duerme, Para un cordero blanco, En la arena de Padua, Páramos, Travelling, Otras cartas a Milena y La foto del invernadero. Consejos de amante me pusieron en las manos y en Holguín –dedicado con fiebre– Te daré de comer como a los pájaros: aquel ejemplar cuadrado, de carátula verde veronés, escrito e impreso a dos columnas, que terminó lleno de glosas, marcas, tachaduras; como los poemas “Luz acuosa” y “Violet Island”, descubiertos al final de la antología Nueve poetas cubanos, que devoré yendo y viniendo a La Vana, al paso que me enamoraba (d)el narrador estrella de los años 0.

¿Fue un giro brusco (trompo/carrusel/tiovivo que parte un cuesco de vida a la mitad) aquel paso del Jardín de Dulce Ma, y del epistolario de Bárbara, a Katherine Mansfield pastando entre las vacas? Sí y no. Lo cierto es que el descubrimiento me enrumbó en la textura –literalmente hablando– de la vagina y sus menstruos, de “el cuerpo y la sangre en sus altares”; y en la literaturidad de los flujos y reflujos de lo cotidiano; en los barrancos de la prosa, el diario y la biografía. Y lo cierto es que –entre las lecturas obligadas de Artes y Letras, la perentoriedad de escribir y la película viscosa que se interpone entre nosotros y los textos, a medida que envejecemos– creo que nunca como entonces repasé con tanto fervor su escritura ni ella reinó tan poderosa sobre mí (de lo que quedan señuelos en Huecos de araña). Después, de Catch and Release y Bosque negro a El libro de las clientas y Poemas de Navidad –libro que ya obtuve de su mano–, no volví a perseguirla con brío hasta Variedades de Galiano y Otras mitologías, buscando y hallando allí esos pólipos de vida aún no cristalizada del todo en arte, que tanto me inquietaron en los primeros textos suyos que leí, y que pueden encontrarse –por ejemplo– en “espejos”, “poliedros”, “Jigs and Lures o “Las boyas”. Así fue que me asomé seducida a una ventana donde unidos por bisagra podían mirarse a través de las persianas la de/reconstrucción de casa/familia/amistades/país, el oficio de poner diques al amor y a la sangre con guata de muñecas, y citas de distantes filósofos, junto a inmersiones en el yo y sus circunstancias.

Mas, si mi deslumbramiento se debió a ese marasmo que hibridaba arte-vida, tanto como “lo alto” y “lo bajo”, otras dominantes no menos seductoras recorren y han recorrido su corpus.

Torre o faro/ hamaca inquietante. Su observación –como de un diafragma cerrado y abierto muchas veces a la luz– se despliega sin cansancio/sin cansar hacia la estampa del otro (madre/padre, los hijos, el amante, Céline el sastre, Kafka y Milena, VW la suicida, MM, “Las brutas” con sus perros y sus cabras, los pescadores y hasta un hijo del Che…). Y cae también su ojo –a través de la hojarasca, cortando el telón de lo real– sobre los animales (como, paradigmáticamente, en el inédito “El libro de las luciérnagas”), sobre los objetos (telas, frutos, muebles, baldositas, fotos), sobre el paisaje y el lenguaje (como allí donde, sin poder definir la palabra galerna, la ve petrificada cual “un ancla”). Esa vigilación se repliega asimismo hacia sí, ensimismada y reencarnando: colgada del alambre en el “puerco-pájaro”; en la mano transfigurada en pez o rama, que toca “el infinito con sus alfileres/ como puntas de fuego”; en el pato morado que sube la escalera con su dedo en el pico; en la ballena que busca con sus ojitos de urraca la cariciosa plata de la superficie; en las garras del gallo, con su ojo ciego de peonía… Hasta que migra, más recientemente, a cuerpos como los del piano, con obsesiones/abstracciones diversas: desde la huella dactilar de una nota en su yema, o la octava como escalera por la que ya no se ascenderá, hasta la sensación del propio vientre abierto, donde penetran las manos en “una operación de las cuerdas vocales/ (de los vocablos)/ […] manoseándome a mí [resuena Reina]/ que vibrando/ profundamente/ me repliego”.

Piedra del muslo, pie dulcísimo en el agua. Esta obra dilata su creatividad hasta linderos/márgenes sorpresivos: infunde “sexualidad en la madera” del escaparate; repta al par que una hormiga entre las páginas; halla en los recuerdos repasados –en su arpegio “mimético”– la vida de los “plátanos de injerto/ [que] crecen y mueren verdes,/ sin madurar, amarillentos,/ libres de la vejez”; lleva dentro “un bosque recortado” y apacigua como puede, desprendiéndose, su “dolor dragón”.

Bordadora insensata, hilandera de paja. Inexperta/inexacta (“Vida de larva –casi un pez–/ y vida de mariposa –casi un pájaro–”), con la cama/el pelo/el sexo/el texto a medio hacer, “como aquella muchacha de la Isla de Wight” (y aquel poema cuyo centro “nunca estaba terminado”), busca “desesperadamente/ ese indicio de la arboladura”, ese ovillo extraviado. Gatuna. No duerme; le interesa el páramo-proceso, el travelling, el desgaste de la mano-mar contra la roca en blanco de la arena, el viaje en tren/en barco por la quilla del tejido inconcluso.

Desarmada hasta los dientes por amor. La desalman sus lances: prendi/ada está de la idea de hallar “una octava en proporción para su mano”, y del mapa de la mano del otro está sujeta todavía (“colgando dividida/ en tierra árida”), cuando no la sospecha: “ancha y cortante” soltarse en el sendero de la hormiga/ “ancha y cortante contra el filo del vaso de cerveza”. A ratos, como una niña, se esconde y juega, se baña “entre las uvas caletas”, conservando un beso en la barbilla o el sabor de una lengua (de pájaro), imprevisiblemente afilada en la punta. Sabionda/sabiendo que “las profundas pasiones hacen ligaduras y arden/ en el cuadrado del infierno/ que es una herradura”, a ratos traga temerosa el semen-veneno, el semen-verdugo o verdugón; o deja ver a un afilador “su seno izquierdo abierto [que] sale de la blusa”. Por tal de huir del miedo: “ese aro que hace el muro hacia el alcance de la noche”, por tal de “conservar el lugar de una espera” y disfrutar de unas vacaciones en la yerba con “una cesta de manteles manchados de frutas ácidas”.

Poltrona en coto de caz/sa. Prefiere amar en el “territorio del poema”, y bajo esa tinta vive también su maternidad (entre la angustia de “la lechita” y este pezón que dará un calostro-sangre, o la pérdida de aquella “cosa tejida/ apretujada” que alguna vez fue con los hijos). En el agua entintada la vemos representar su muerte simbólica (empática, en la “Laguna de nenúfares”), como en la nieve de atrezo vimos brillar su locura (cuando en “Delirium”, atenta a las pausas del pasamano, conservaba en el frío precipicio su mano [de] cuerda rota).

Hay un hábito marinero, una cantinela de ciudad marítima en esta valva reina, que nada/que se hunde/que se ahoga, que viene (em)pujando desde el fondo, porque aprendió “a flotar con un estribillo/ entre los dientes”, y dijo “escama/ para no decir ausencia del deseo”. Babosa enroscada en busca de un poco de felicidad, bañada en líquido amniótico. Esta costa apuntalada de puertos y barcazas oculta su inocencia en un repliegue de la bahía, hasta que bien llamada –con la yema húmeda– brota el orgullo de su cresta, despliega su corona y deja flamear en la garganta un pañuelito lujoso de caguayo verdiazul. Me encanta/me inspira cuando se llena de valor.

Ya aquellos amores (que nos hicieron graznar con grito casi inaudible) pasaron… con la página. En los márgenes de Te daré de comer… y Nueve poetas cubanos quedan las marcas, glosas, tachaduras, como patas de pájaro: el tatuaje de quienes fuimos entonces, de cara al sueño y a “la alambrada de púas” del amor. Sobre esas cicatrices (como huellas alrededor de una playa), sobre ese paisaje o cinta de maquillaje (des)corrido, donde nos desvivíamos por sentir la alegría de otro “al morder una naranja”… se fundó el territorio de esta tarde. Una zona (foto)sensible en que Reina y sus queridos pariguales, casi definitivos, formaron “figuras […] en el tiempo” –como se preguntó si sucedería alguna vez–. Cámara lúcida, lente, loca total… Ha mirado (para) mucho(s), con su clic manoseado, marcando el ritmo como un despertador. Si en Poesía infiel, apenas en 1989 –compelida por Soleida Ríos– escribió: “yo creo que trasciendo cuando soy en el otro […] cuando mi tú existe”, no es raro que haya trabajado sin brida “para llegar a un sitio juntos” (ella y el otro, ella y el poema, en busca de ese no-lugar): yendo arduamente del arte a la vida y viceversa, “cavando de la vagina al corazón”… Bajo el canto cansino de cualquier aplauso (afinadora “con arete alargado […] hasta el hombro desnudo”) elijo el golpeteo vítreo de su obturador. La imagino saltando “de un vagón a otro”, en busca del conejo blanco de Alicia, de su andén/portezuela invisible; la retrato a mi vez: abriendo y cerrando los ojos, para guardar de un pestañazo el instante de la foto en los quiméricos invernaderos, con su pátina de brillo y de c/dolor.

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JAMILA MEDINA RÍOS
Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier 2012). Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David 2008), Primaveras cortadas (México D.F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016); y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015) y Para empinar un papalote (San José, 2015). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado en torno a la resemantización del ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Filóloga, armadillo, ciclista, nadadora, cometa viajera. Email: uncieloazulyunredondel@gmail.com

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