Poeta de abundantísima producción (unos cuarenta títulos), ocasional ilustrador, fundador y editor de Realités Secrètes, esa revista trimestral dedicada desde 1955 a las escrituras fronterizas y a las diversas formas de lo fantástico, dueño de una librería de culto en la rue Saint-Séverin en París –librería de “raros y valiosos” de la cual Jacques Lacan y Henry de Montherlant eran clientes habituales–, Marcel Béalu (1908-1993) fue el autor de algunos libros de cuentos considerados verdaderas joyas del género en lengua francesa en el siglo XX. Admirado por Artaud y por Pieyre de Mandiargues, con una obra narrativa inclasificable que no es menos semejante a las imaginaciones de un Martial Canterel, ese extravagante inventor del Locus Solus de Raymond Roussel, que a la ironía cruel de un Kafka, y partiendo de una modernidad tan singular que parece un híbrido entre espiritismo y distopía, Marcel Béalu cultivó un arte hecho de humor metafísico y de sutil extravagancia. En la mayoría de sus cuentos los objetos, espacios y rituales cotidianos serán progresivamente poseídos por una suerte de ominoso y glacial ilusionismo. Rara vez traducido al castellano –apenas un puñado de textos suyos aparecen en el tomo II de Poesía francesa contemporánea (1915-1965) de Manuel Álvarez Ortega, y algunos pocos más en volúmenes dispersos–, el cuento cuya traducción ahora presentamos pertenece a uno de sus libros más conocidos, Mémoires de l’ombre, aparecido en 1944.

El fotógrafo

Una noche, en el momento de acostarme, me sentí alcanzado en el alma por una inquietud que se transformó rápidamente en un verdadero tormento. ¿Qué quedaría de mi vida? Jamás había tenido el tiempo de considerarlo.

La inconsecuencia de ese dejarme ir me trastornó. Deseoso de remediarlo me dirigí a la mañana siguiente a la compra de un aparato perfeccionado que permitía fotografiarse a sí mismo. Desde entonces, registrando en la película hasta mis más pequeños rasgos me olvidé, es el caso de decirlo, del beber y el comer; la sola imagen que me representaba bebiendo o comiendo resultaba suficiente para mí.

No viviendo más mi vida sino fotografiándola, me di cuenta que la mayor parte de mis actos, efectuados siempre con la más grande seriedad, se reducían simplemente a su simple representación. Rápidamente también me percaté del poco de fantasía y, para decirlo todo, del escaso interés de esos documentos ¿Qué? ¿De esa colección de gestos tan convencionales dependería mi posteridad?

Llevado así a reflexionar sobre la infinita complejidad de mi naturaleza, descubrí una multitud de sentimientos de los cuales hasta ahora había ignorado el empleo. Y el cuidado de dejar a mis pequeños sobrinos un retrato fiel, aunque fuese al precio de un trucaje, me empujó rápido a rodearme de decorados y de comparsas que tuviesen alguna relación con esas posibilidades.

Me vi abandonando una vida casera y, apertrechado con mi aparato, recorrer el mundo. No soñaba, claro está, con permanecer en todos los lugares que me atraían, sino simplemente con atravesarlos el tiempo de una instantánea. Después buscaría la compañía de celebridades, mujeres en boga, artistas, hombres de Estado, finalmente también de una banda de proxenetas y filas integradas por muchos ladrones y dos asesinos. La mayor parte, naturalmente, no eran más que actores. Pero yo podría finalmente entre ellos interpretar escrupulosamente, delante del objetivo, todos los roles de mi vida.