Lynn Cruz habla sobre el Festival de Cine INSTAR, un espacio alternativo para el cine cubano

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Lynn Cruz

Del 6 al 8 de diciembre, mientras La Habana fluía como de costumbre y sin tanto brío en su ya consuetudinario Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, INSTAR propuso a los amantes de la gran pantalla tres días de proyección de cine independiente cubano.

De la mano de la actriz y escritora Lynn Cruz, y con la presencia de la artivista Tania Bruguera (fundadora y directora del centro), se desenvolvieron estas jornadas a las que Rialta quiere hoy acercarse para seguir a través suyo a algunos realizadores del patio que residen y trabajan entre el aquí y el allá.

Nosotras asaltamos a Lynn con una batería de preguntas –siguiendo su propio estilo–, y ella, con el apasionamiento que la caracteriza, nos regaló con una avalancha de respuestas:

¿Cómo empezó todo? ¿Cómo se soñaron, primero el festival, y luego, las líneas temáticas y los creadores que participaron con sus proyecciones?

La cineasta Ishtar Yasin estaba de jurado en el Premio PM que desde 2018 entrega el instituto, con la finalidad de apoyar el audiovisual cubano independiente. Yasin había llegado a INSTAR a través del crítico Dean Luis Reyes. Tania Bruguera me había escrito anunciándome además que Yasin estaría viajando a La Habana al Festival del Nuevo Cine Latinoamericano y, como yo estaba programando la Muestra Cine Independiente-Cine Pendiente, y Yasin es una cineasta que trabaja fuera de las instituciones establecidas y que tiene su propia productora, entonces pareció buena idea hacer algo con ella en el instituto.

Las fechas de Yasin en Cuba no coincidían con las de la Muestra (último fin de semana de cada mes), y puesto que Tania me insistía que podíamos hacer algo distinto, le propuse: ¿Por qué no hacemos algo más arriesgado? ¿Por qué no hacer un festival de cine alternativo, especialmente ahora que el Decreto Ley 373, al menos en apariencia, denota la voluntad por parte del Gobierno, de legalizar el cine independiente? Con esto también se infiere el que surjan espacios autónomos para el cine, como es el caso de un festival. Lo cual debería acabar con los conflictos, pues lo que los eventos oficiales rechazan finalmente encontraría su sitio. Lo underground tiene derecho a existir. Las grandes instituciones de cine funcionan como corporaciones. En el caso de Cuba, se sabe, al igual que en China, la censura se extiende más allá de las fronteras territoriales. Lo que no provenga con el visto bueno del ICAIC, en el caso de los cineastas del patio, es recibido con sospecha. La censura evidente genera simpatía, pero hay una que opera de manera silenciosa, que ocurre en los buffets, o por medio de llamadas telefónicas. Es la que imposibilita la denuncia, pero queda en el plano de la subjetividad.

Esta propuesta parte de mi propio inconformismo. Las experiencias que tuve como actriz dentro de los espacios oficiales me hicieron desear un sitio donde se prioricen a los cineastas y a los actores de nuestro país, por el bien de nuestro propio cine. No estoy negando lo provechoso, útil y enriquecedor que resulta el diálogo con realizadores extranjeros. De hecho, nuestro propio festival es internacional, pero no puede ser que ellos tengan prioridad sobre nuestros coterráneos. Esto por un lado; por el otro, la necesidad de continuar profundizando en el diálogo diáfano. La falta de cultura del debate, donde se puedan hacer preguntas incómodas… Siempre me cuestioné por qué cuando presenté mis películas en los cines –antes de estar censurada, por supuesto–, sólo nos presentaban antes de comenzar la película, pero nunca podíamos dialogar con el público, como pasa en la mayor parte de los festivales del mundo. Esto lo veo relacionado con la falta de libertad de expresión.

Negarnos el derecho a discutir con la audiencia significa cortar el desarrollo natural en ese intercambio tan necesario, por nutritivo. Es muy simple: desde afuera se ve mejor. Los comentarios, la crítica, las contradicciones, hacen que el artista –en este caso el cineasta– se vaya pensando para su casa acerca de todas las posibilidades, de las interpretaciones que se suscitan respecto a su obra. También puede descubrir en qué se equivocó, para seguir creciendo como creador. Se genera un encuentro cálido que, por otra parte, ayuda a que los cinéfilos conozcan a sus artistas.

¿Cuál fue el programa que propuso INSTAR? ¿Qué otras actividades rodearon el visionaje esta vez? ¿Cómo se hizo la curaduría del evento? ¿Fue fácil elegir qué poner y qué no? ¿Cómo decantó INSTAR, en un panorama vasto y aún poco explorado?

El festival se organizó en tres meses; o sea, una vez que salió la idea, me puse a trabajar. Cuando Tania me preguntaba por la programación tenía que decirle: “A ver, en el mundo las personas trabajan durante un año en un festival.” En broma, le decía: “Esto es una heroicidad, pero no te preocupes que esto va a salir.” Hay que decir que teníamos lo más difícil: la idea y la productora. Eso es lo que me gusta de INSTAR, a pesar de que me roba mucho tiempo de mis proyectos personales (que ahora mismo son Corazón azul –el filme en donde trabajo con el director Miguel Coyula–; y mi nueva novela: “Siete años rodando una película”, que narra las vicisitudes y los riesgos de hacer una película en Cuba, sin presupuesto y con libertad). La idea es igualmente compartir la experiencia como metodología de trabajo. Tal vez ahí se me sale el haber estudiado pedagogía: siempre trato de organizar el trabajo desde esa perspectiva, focalizado también en la enseñanza.

El festival contó con once secciones. Una fue Cine-Emergiendo, y la idea de esta sección era involucrar a los estudiantes. Allí estuvieron Daniel Reinoso, con su cortometraje Shabat, Josué García, con Cuaderno de apuntes, y Fernando Fraguela, con Las desdichas de un hombre.

Salvo algunos profesores como Jorge Molina, quien es también un héroe del cine independiente en Cuba, siento que a los estudiantes de cine no los preparan para la realidad que van a enfrentar una vez que salgan de las escuelas de arte; y que, incluso dentro, no cuentan con la ayuda que necesitan para sus propios ejercicios. Me refiero específicamente a la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual (FAMCA). La experiencia que tuve como actriz en dos tesis en las que trabajé fue difícil, no por los proyectos ni por los directores, sino por las condiciones; es decir, por la producción. Yo estaba acostumbrada a trabajar con estudiantes en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV), donde, a pesar de que el salario es muy bajo, las condiciones sí son buenas.

En un estudiante está el futuro inmediato del cine. Gracias a mi intercambio con los que asistieron con periodicidad a la Muestra, pensé: es bueno que los estudiantes se reconozcan como independientes, aun dentro de la academia, porque ellos están poniendo sus recursos para producir sus filmes escolares. Y así surgió esa sección a la que, por otra parte, le pedí a uno de ellos que me ayudara a buscarle un nombre. Quiero agradecer a la curaduría de José Luis Aparicio Ferrera el haber podido completar esta sección. Despertar conciencia no es ser enemigo, sino amigo de las revoluciones. Si los cineastas de los sesenta hicieron la suya, nosotros sólo seguimos sus pasos.

Por otra parte, estuvo la sección de Cine-Experimental, donde tuvimos los filmes: El eterno retorno, de Eliecer Jiménez Almeida, y Home, de Alejandro Alonso; dos obras destacadas de cineastas muy distintos, pero ambos interesados en la libertad que ofrece el género documental.

Otra fue Cine Independiente-Cine Pendiente, sección de películas que habían sido exhibidas dentro de la Muestra homónima que vengo desarrollando en INSTAR. En esta tuvimos: Desarraigo, de Fausto Canel; Corazón Beta, de Miguel Coyula y La teoría cubana de una sociedad perfecta, de Ricardo Figueredo. Estos dos últimos filmes no pasarían por ningún evento oficial por la crudeza y la frontalidad de los temas que abordan. En el caso de Canel, fundador del ICAIC, hasta hoy no se le han ofrecido disculpas por el hecho de haber desaparecido sus filmes de la historia del cine cubano. Desarraigo (1965), por otra parte, fue la primera película en obtener un premio fuera del antiguo campo socialista y constituye un antecedente importante del clásico por excelencia Memorias del subdesarrollo (1968), de Tomás Gutiérrez Alea.

En Cine-Avanza se pudo encontrar la obra Detroit’s Rivera, del académico y cineasta puertorriqueño Julio Ramos, y Warmiwañusca, el paso de la muerte, de Lali Hougton. La primera, se exhibió por lo arriesgado de su forma; la segunda, por el contenido.

En Cine-Largo tuvimos Los lobos del Este, de Carlos M. Quintela, un filme que fue resultado de un premio obtenido por el realizador para filmar una película en Japón. Sin embargo, al parecer, por el hecho de ser cubano el realizador se ha quedado en tierra de nadie, a pesar de sus valores.

También tuvimos Cine-Corto, donde presentamos Umbra, del cineasta italiano Carlo Fenizi; El niño, de la venezolana Valeria Bolívar; Frágil, de la cubana Sheyla Pool; El secadero, de José Luis Aparicio Ferrara, y Fin, de Yimit Ramírez. Tratamos de buscar que se conectaran en algún punto. Bien en la temática, como en el caso de Pool y Fenizi, quienes tratan la pérdida de un ser querido y el efecto en los que se quedan. Pool lo hace de un modo oscuro, Fenizi, desde la ternura. Esa oscuridad también la trabaja Bolívar, al tratar el conflicto de una madre que tiene que vender a su bebé. Aparicio y Ramírez discursan sobre la deshumanización. El primero, por medio de los representantes de la ley y el orden, el segundo, desde lo simbólico, por medio de una familia disfuncional, a pesar de no ser realista. Debo apuntar que en el último minuto nos vimos forzados a retirar de nuestra programación Fin, a petición de Ramírez, pues los funcionarios de la EICTV, que dirige Susana Molina, presionaron para que no se pusiera. O sea, esa entidad no colabora con espacios alternativos como el nuestro.

Cine-Punk fue dedicado a Jorge Molina. Presentamos Molina’s Margarita, un filme también ignorado, a pesar del culto que generan las obras de su director.

En Cine-Maqueta presentamos el proyecto de animación La tiñosidad, del diseñador cubano Rolando Pulido. Por el contenido y el guion hicimos así un llamado de atención sobre el proyecto. Eso también nos interesa: apoyar las ideas que nos resulten interesantes.

Cine-Documental exhibió En un rincón del alma, de Jorge Dalton, otra de las obras que por su contenido no ha sido vista en Cuba en ningún festival de los ya existentes, sino sólo en espacios alternativos, y que presenta además un alto valor estético.

Cineasta-Invitada fue –como se imaginarán por lo ya anunciado– la sección que dio cabida a la costarricense Ishtar Yasin, con tres de sus filmes: El camino, Los invisibles y Dos Fridas. La última nos vimos forzados también a retirarla de nuestra programación, pues la cineasta no quiso comprometer su paso por el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano que dirige Iván Giroud. Sabíamos que el filme había competido antes en el Festival de Gibara, en la provincia de Holguín, donde fue premiado y, por tanto, no estaba en concurso en el Festival de La Habana este diciembre. Por esa razón, no existía ningún problema legal; todo lo contrario, la cineasta se habría ido de Cuba con una idea de pluralidad y convivencia de lo alternativo con la oficialidad. Pero fue de otro modo… En su lugar, exhibimos Los arquitectos, del cineasta checo-alemán Peter Kahane. En su momento, esta película no fue bien recibida en Alemania, debido a la caída del muro de Berlín. Nadie quería hablar de las tragedias del socialismo; estaban saturados. Sin embargo, es un filme extraordinario. Verlo en este momento en Cuba fue muy especial. Hay una línea de uno de los personajes que dice: “No nos tienen que censurar porque nosotros mismos nos autocensuramos”, y era como si nos hablara a todos los que estábamos en la sala. Eso también nos interesa: rescatar películas que, por determinadas circunstancias políticas, han quedado sin lugar.

Para cerrar nuestra pequeña fiesta del cine, se exhibieron los premios PM de 2018. O sea, las tres primeras películas producidas por el Fondo INSTAR: Mi alma azul, de Liam Duran, y La hora azul, de Horizoe Miranda. En probidad, Los ojos de Mila Kaos, de Yimit Ramírez quedó pendiente a causa de dificultades técnicas con el equipo para proyectar realidad aumentada.

¿Qué público llegó a las proyecciones? ¿Adoptaron algún método para retroalimentarse sobre la percepción de lo mostrado?

La asistencia de público fue bastante irregular debido a la imposibilidad de hacer publicidad en las redes. No queríamos ser interpretados como una provocación; queremos simplemente existir. En el mundo hay muchos festivales que transcurren paralelos a los ya establecidos. Por ejemplo, La Semana de la Crítica de Cannes, que tiene lugar dentro de las mismas fechas que el Festival de Cannes; o Slamdance, que ocurre a la par de Sundance.

¿Hubo jurados o premiaciones? ¿Cómo se organizó esa infraestructura?

Con relación a los premios, es algo que no manejo directamente yo, sino mi colega Marta María Ramírez. Pero el jurado estuvo integrado por el realizador cubano Juan Carlos Cremata, por Marcela Esquivel Jiménez, de Costa Rica, y por el crítico cubano Dean Luis Reyes.

¿Hubo tiempo –como nos tienes acostumbrados con tus jornadas mensuales en INSTAR– para entrevistas en vivo u online, debates entre los directores o los actores y el público?

Se abrieron sesiones de preguntas y respuestas con todos los cineastas que asistieron. Se preparan los materiales para ser editados y subidos a la página web de nuestro festival, que está casi lista, y ha tardado por la premura con que lo hicimos todo. Eso es algo con lo que contábamos, y asumimos el riesgo…

¿Para el futuro, se propone INSTAR continuar este evento en La Habana o en otras regiones? ¿Cómo viviste tú misma esos días? ¿Qué sienten que les queda por hacer para próximas ediciones del festival?

Para la edición de 2020 queremos trabajar con tiempo. A pesar de todo, esta experiencia nos sirvió para darnos cuenta de cuál es la mejor metodología. Seguiremos trabajando así, por invitación. La selección resultará de la investigación sobre películas que arriesguen tanto en contenido como en forma. Esta vez tuvimos la suerte de tener muchas a mano.

Tenemos que agradecer a todos los cineastas que se sumaron. Es un agradecimiento que parte de la más absoluta honestidad, pues corrieron el riesgo y creyeron en nosotros. Debo agradecer el apoyo de todos los que han seguido la Muestra: periodistas, escritores, los propios cineastas y, en especial, a mi compañero Miguel Coyula, que ha sido vital especialmente a la hora de tomar decisiones importantes.

En general, estábamos muy tensos. Enviaron inspectores a INSTAR y citaciones a Tania, y a la par llegaron todos esos mensajes provenientes de funcionarios de las instituciones. Incluso, supimos que funcionarios del Festival de Cine de La Habana han hecho llamadas internacionales para desacreditar nuestro evento. Muchos nos criticaron la coincidencia de fechas. Internamente lo sabía, y permíteme concluir una idea que dejé a medias: la comunicación con Tania como directora y productora del proyecto ha sido vital. No es que siempre estemos de acuerdo, pero lo esencial está: tenemos los mismos intereses. Con Tania nunca hubo dudas de que esas serían las fechas, por ejemplo. Tal vez porque ella es osada. Le gusta el riesgo y, como artista visual, tiene la experiencia de la Bienal de La Habana, donde los independientes abren las puertas de sus casas, de manera paralela a las instituciones, para exhibir sus obras.

Lo que nos hace distintos –y a la vez complejiza las relaciones, porque somos pasionales– es que no somos burócratas a cargo de un festival, sino artistas inconformes que abren espacios para sus propios colegas, y para sí mismos. Y esto no nos avergüenza, porque no hay que temer a las ideas genuinas.

De estos espacios que ha generado INSTAR, lo más importante para mí es que, por primera vez, emerge un lugar con libertad de expresión para el cine. Es la primera ocasión en que se organiza un festival fuera de las instituciones establecidas. El Festival de Gibara y la Muestra Joven tienen oficinas en el ICAIC. Y con ello no estoy negando ninguno de estos eventos, sólo digo que es preciso que, del mismo modo que existe el cine independiente, surjan espacios autónomos para él.

¿Qué balance arrojan encuentros como este sobre el cine contemporáneo cubano, sobre su independencia, sobre su cantidad, variedad y calidad en el plano de lo fictivo y de lo “documental”?

Siempre digo que donde mejor se trabaja en Cuba es en el cine. Tal vez porque siempre ha tenido cierta libertad de gestión que se salía de la estructura estatal. Las producciones, una vez que arrancan, no se detienen. De esta forma, la idea de solucionar los problemas con lo que se tiene a mano es la respuesta, en lugar de la queja o la incapacidad. Con la Muestra y el Festival de Cine Instar, sólo he traído al instituto mi experiencia dentro de la industria establecida, y también la que he acumulado durante años asistiendo como espectadora primero, luego como actriz al Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Esa tradición de la industria de cine en Cuba está dentro de nosotros, los que hacemos el cine hoy. Por eso repito: es ridículo pensar que un festival como el nuestro, de 22 películas, pueda opacar al Festival de La Habana con 300 filmes este año –de 500 que habitualmente tiene, dicho sea de paso–; la diferencia es abismal.

Ahora, hubo críticos que asistieron al festival de INSTAR y expresaron que los mejores filmes cubanos no estaban este año en el festival del ICAIC, sino en el nuestro. Eso me llena de orgullo, pues nuestro objetivo principal es el cine cubano. Claro, esto es solamente un criterio; no quiere decir que sea la verdad (para no herir susceptibilidades). No obstante, repito, estoy muy feliz.

¿Además de tu trabajo en INSTAR, cuáles son tus planes más inmediatos, tus proyectos más cercanos?

Mis proyectos inmediatos son terminar Corazón azul, el filme donde trabajo con Miguel Coyula. También, a mediados de 2020, la editorial Hypermedia publicará mi primera novela, Terminal, que me dio la alegría de obtener una mención en el Premio Novelas de Gaveta Franz Kafka en 2018, pero aún no ha salido a la luz. Tengo otros proyectos con cineastas jóvenes, como actriz, así como un guion de un largo, “Fotonovela”, que escribí hace un par de años. Se lo di a leer a dos directores y espero por sus respuestas.

JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la Siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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