Leo de un tirón la nota que Alberto Fuguet le dedica al último libro de Rafael Gumucio, La edad media (Hueders, 2017). Allí, parece, Gumucio desmenuza con honestidad brutal la década de los noventa.

Qué ganas de leerlo a la distancia (vamos Amazon, esmérate).

Fuguet. Gumucio. Son nombres asociados a quienes vivimos, de manera literal y figurada, los 400 coups de la adolescencia durante los años noventa. Una vez, en una clase, un compañero le propuso a la profesora de Castellano que en lugar de las fabulitas de Alicia Morel o los libros espantosos de la editorial Barco de Vapor (Chipana, La hija del espantapájaros, ¿quién se traga algo así?), leyéramos Mala onda. “Me revienta Fuguet”, dijo la profesora, dejando ver sus enormes y blanquísimos dientes de caballo, enmarcados por un labial rojo oscuro. Fue entonces que buscamos esa novela, escondidos de nuestros padres, y la leímos. Alguien dijo alguna vez que Fuguet se llevaba a las patadas con el español, y era verdad. Pero con todo y lo mal escrita que estaba, se convirtió en un clásico absoluto. Y es que Matías Vicuña podía sin problemas ser tu compañero de curso; un Max Demian, un Antoine Doinel que, como tú, también estaba tratando de salir de esa edad terrible que son los quince años.

Eso fue Fuguet. En cambio, Gumucio fue otra cosa. A Gumucio lo conocimos, primero, como comediante friki en un canal de televisión que a todos nos voló la cabeza: Canal 2 Rock & Pop. La estación de radio que a comienzos de la década se ganó nuestro respeto por presentar, cual aves exóticas que había que preservar, bandas como Nirvana, Soundgarden, Radiohead y también Los Tres y Lucybell, ahora se convertía en un canal alternativo a la mojigatería del Canal 13 y a la unilateralidad ideológica del Canal 7.

Gumucio era un petiso que tartamudeaba y seseaba. Nadie le entendía nada. Apareció en dos programas, junto a Carola Delpiano y Ángel Carcavilla: Gato X Liebre y el emblemático Plan Z. Encarnó a Allende, burlonamente. Encarnó a Bernardo O’Higgins, burlonamente, y le cayeron las querellas y la censura como si aún estuviésemos en el peor momento del pinochetismo. Viéndolo en retrospectiva, Gumucio & Cía. (Peirano, Díaz, Carcavilla, etc.) supusieron eso para nosotros: si la transición –es decir, el pacto horrendo entre la clase política y los militares– nos había preparado una suerte de “método Ludovico”, un molde amable para entrar en los años noventa, ellos lo desbarataron con lo único que nos iba quedando: humor e inteligencia.

Sí, Gumucio funcionó a ese nivel. Una ex me prestó Invierno en la torre, su primer libro aparecido bajo el sello Planeta, seguramente posicionado allí por la oleada de la “nueva narrativa chilena” que, hay que decirlo, aventó mucha mierda a la playa. Los relatos de ese libro me dejaron frío, igual que los besos de la ex en los últimos meses de relación. No le creí mucho el cuento de escritor, hasta que publicó Memorias prematuras, que leí ya en los 2000. Por eso entiendo a Fuguet cuando afirma: “[Gumucio] es un escritor de tomo y lomo, y si no es uno de primera línea (¿qué es eso además?, ¿qué es estar en primera línea?) es porque ha hecho lo posible por esconderse a pleno sol y a vista de todos”.

Eso fue Gumucio. Pero, creo, quienes realmente marcaron a los que crecimos en los noventa fueron Juan Andrés Salfate y Rodrigo Cuadra. En el mismo Canal 2 Rock & Pop, el Pera y el Salfate tenían un programa de culto, incomparable, inédito en Chile, que también rompió el molde que la transición nos preparaba: Maldita sea. Partió siendo, primero, un programa en el que veían cintas nefastas de terror gringo y las destrozaban con talento. Pero luego –como ellos, como nosotros–, el programa mutó, y terminaron preparando emisiones notables en las que hablaban del cine que a ellos les gustaba: gore, splatter, animé, terror clásico, artes marciales, blaxplotation. Allí conocimos al Peter Jackson de Braindead, antes de que, como en la frase de Sartre, lo corroyera el chancro del poder. Allí conocimos a Jean Rollin, a Lucio Fulci, a Joe D’Amato, a Ruggero Deodato, a Ringo Lam, y lo bueno es que nadie en nuestro círculo cercano los conocía. Eso está bien: hablar de lo que a uno le apasiona sin tener muy en cuenta lo que la gente desea escuchar es el punto de partida para la vanguardia.

En parte, esa fue nuestra escuela. Sin Maldita sea probablemente no nos hubiéramos desmarcado de manera tan radical y productiva de esa masa amorfa que escuchaba a Arjona y a Shakira y que veía, como si fuera la gran cosa, Scary Movie.

Conocí en persona a Gumucio, a Cuadra y a Salfate. Una vez, en el metro de Santiago, vi a Fuguet, que no paraba de respirar adentro de una bufanda, muerto de frío.

Sí, los conocí, pero nunca les di las gracias.

Gracias.

Ahora, Amazon: ponte vivo. Libros como La edad media son los que la gente espera leer del lado de acá.

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