‘Sin título (Sondeos de un paisaje cultivado)’, Adler Guerrier, instalación de fotografías

Agarrada por los cilindros, que habían girado de pronto con inesperada rapidez, la mano izquierda de Mackandal se había ido con las cañas, arrastrando el brazo hasta el hombro. En la paila del guarapo se ensanchaba un ojo de sangre.
Alejo Carpentier, El reino de este mundo

Por cierto, una ciudad está viva cuando un escritor escribe sobre ella. Cuando pasa algo en su mente que lo obliga, sin más opción, a expresarse a través de ese espacio. Uno es donde está parado. Por eso, tal vez, todavía queda esperanza para La Habana y para algunas (contadas con los dedos de la mano) provincias de Cuba (todo continúa provinciano ahí).

Por eso, en contraposición a La Habana, colocando un espejo entre las dos ciudades, Miami no sólo tiene esperanzas sino algo mejor, algo que no se parece al eterno boquear de la esperanza, Miami tiene ilusión. El cartel que aparece a la entrada de Hialeah lo resume con una frase muy luminosa y simpática, que sin embargo alberga, en sí misma, la clave del éxito: LA CIUDAD QUE PROGRESA.

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Acabo de oír a dos de los escritores que más admiro hablando de literatura y de Cuba. Uno le dice al otro que un tercero está en Cuba escribiendo su novela del pasado. Que eso lo hacía preguntarse quién iba a ser el que se atreviera a escribir la novela del presente.

Siguen hablando del tiempo y de Estados Unidos. Uno le dice al otro que la mayoría de los escritores latinoamericanos que viven en Estados Unidos escriben la mayoría de sus novelas sobre sus países porque nunca han regresado a ellos y los añoran.

Ese comentario me salva la medianoche que prometía ser una medianoche común, con mucho insomnio y mucho paseo por Instagram. En vez de quedarme como pescado en nevera con los ojos clavados en la oscuridad, me pongo a escribir sobre algo en lo que nunca había reparado.

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Es por eso precisamente que escribo sobre Miami. Cada relato es también un gesto de pertenencia, un besito en la palma de mi mano que soplo hacia no sé dónde para que llegue a la mejilla de mi mamá en Camagüey y a las mejillas de mis amigos en La Habana. Pero la verdad dura y cruda es que no escribo sobre Cuba y sí sobre Miami porque ya no añoro Cuba, ya Cuba no es el presente y supongo que soy de esos escritores que se atreven a escribir sobre el presente. Cuba quedó en un pasado que ya no es mi casa. Miami es el presente y es mi casa, por ahora. Cada párrafo que escribo lo hago como si estuviera barriendo mi habitación. Barro, limpio, sacudo, friego.

Porque lo que uno añora son picos de esquirlas. Pedacitos afilados que se te clavan a ciertas horas del día como una vacuna antitetánica (escribí sobre eso en Dame Spray, Hypermedia Ediciones, 2016) y tienen nombre y apellidos, no son Cuba ni remotamente sino personas como tú y como yo. Esos pedacitos afilados no se llaman Cuba pero uno los asocia con el mapa de Cuba. Uno tiende a asociarlo todo. Por ejemplo, hace poco me pidieron dos cuentos de animales para una revista temática sobre animales. Se dieron cuenta de que yo podría tener cuentos de animales después de leer Mi novia preferida fue un bulldog francés. A esto le llamo asociación.

‘Sin título (Sondeos de un paisaje cultivado 2)’, instalación de fotografías en color

Por cierto, estoy medio enamorada de Adler Guerrier. En pocas palabras, Adler Guerrier es el típico artista de Miami que no nació en Miami sino en una de las islas apaleadas del Caribe, muy cerca de la península de la Florida, que emigró a Miami y que ha desarrollado una estética y una obra singulares.

Hasta ahí todo suena común pero yo creo que no es nada común. Porque Adler Guerrier relata un Miami quieto, un tipo de Miami-tortuga, Miami-lagarto, Miami-Mackandal, que va mutando sin que lo percatemos. La belleza de la quietud que relata Adler Guerrier es también Miami. A diferencia del bullicio de las discotecas al aire libre y las fiestas hasta las diez de la mañana de los fines de semana en Miami Beach, Adler Guerrier se queda quieto, callado, en un paisaje Guerrier donde no se mueve ni una hoja.

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ESTOY USANDO, POR CIERTO, LA OBRA DE UN ARTISTA, COMO APOYATURA PARA SUBRAYAR, ADEMÁS, LO QUE YA OTROS HAN DEMOSTRADO: QUE UNA POÉTICA DEL CARIBE SE PODRÍA REDEFINIR DESDE LA POÉTICA DE MIAMI. UN CARIBE MÁS REDONDO, MÁS EXPLOSIVO, MÁS COMPLETO Y POR TANTO, MÁS MEJOR.

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Aquello que me dijo Adalbert Salas, paseando conmigo por algún contorno caribeño del estado de Texas, que todo pasa por el Caribe, viene a mi mente ahora en un sentido pirámide: el Caribe pasa por todo.

Igual que Retorno a un país natal, de Aimee Cesaire, no podía haber sido ilustrado por otro que no fuera Wifredo Lam, ni haber sido traducido por otra que no fuera Lydia Cabrera, yo no podía dejar de hablar (balbucear, salivar) sobre Adler Guerrier, desde la distancia de un gesto de transpiración mutua, en un tiempo donde la idea de ese país natal, su maldición, podría llamarse Instagram o podría no existir.

Conocí a Adler Guerrier por Instagram. Le debo a Instagram eso y muchos encuentros más. El Instagram que yo conocí, dicho a la manera de una amiga de José Martí llamada Blanche, se merece un libro de ensayos ilustrado con fotos de mis amigos de Instagram. Un día escribiré eso y después lo quemaré en Homestead, el campo de Miami. Adler Guerrier hará la documentación fotográfica del fuego, una flama controlada, austera, que rápidamente se irá apagando.

‘Sin título (Cocoricó)’, instalación de fotografías

Adler Guerrier me escribió el primer mensaje para decirme que iría a La Habana en el marco de la Bienal y me pedía algún contacto interesante, alguien que lo guiara por las calles (vericuetos) de una ciudad-hospital. Le respondí a los pocos días pues no sabía quién era aquel que se dirigía a mí. Le di el contacto de Jamila Medina (como siempre) y de Soleida Ríos, dos mujeres no-habaneras, es curioso. Adler Guerrier fue a La Habana, regresó y seguimos hablando, por Instagram, sin mencionar la Bienal y tampoco La Habana. Supuse que no había contactado ni a Jamila ni a Soleida, pero que de algún modo lo había pasado bien.

Me metí en su perfil y empecé a respirar. Respiraba hondo. Metía la nariz como en una palangana de flores o de droga: los olores de Miami. El instante magnífico, aterrador, en que el bebé va a nacer, atravesando curvas de contracción mientras su corazón, en un sentido pirámide, disminuye el ritmo cardíaco, desacelera, se niega a abandonar el verdadero país natal.

Un día se apareció, el mismísimo Adler Guerrier, a una lectura que di en español, sobre Miami, en las mismísimas fauces del Downtown de Miami. En esa lectura terminé recitando de memoria para Miami, tapándome los ojos con una tira de flores que recorté de una sábana floreada de poliéster que había comprado en un Goodwill de Miami al principio de mi llegada a Miami. He repetido la palabra adrede. Que no moleste su estímulo.

Otro día vino a mi casa, el mismísimo Adler Guerrier, para que yo aceptara la inclusión de un poema mío en su próximo proyecto. Acepté (como siempre) porque esos pedidos son, en verdad, privilegios, diálogos cabales. Acepté, sin embargo, sin saber bien de qué se trataba.

Nombre de la exhibición: Notices in a Mutable Terrain.

Foto de portada: La fachada de un Sedanoʼs supermarket.

El diálogo con Adler Guerrier: De pocas palabras (en inglés) y algunos emojis (en colores).

Descripción de Adler Guerrier 1: alto, delgado, negro, musculoso, joven.

Descripción de Adler Guerrier 2: Un hombre atractivo y poderoso.

Descripción de Adler Guerrier 3: Un hombre que no está.

La exhibición se inauguró el 18 de octubre de 2019 y estuvo abierta al público hasta el 17 de noviembre, en una galería privada del Northeast de Miami llamada Fundación Pablo Atchugarry. Incluía obras de: Cecilia Bonilla, Amanda Bradley, Adler Guerrier, Quisqueya Henriquez and Pepe Mar, Kathleen Hudspeth, Legna Rodríguez Iglesias, G. A. Jakubovics, Rolf Julius, T. Eliott Mansa, Cinthia Marcelle, Marron et Masqué, Terence Price II, Karen Rifas, Anastasia Samoylova, Onajide Shabaka, and Jean Williamceau. Fui directo, acabada de llegar de Londres, pero Adler Guerrier no estaba. Había dejado su idea y sus fotos ahí, esparcidas por la nave para mí, que no comprendía bien la situación.

Cuando estamos detrás de la pantalla de Instagram nos sentimos muy seguros y confiados. Al dejar ese confort las personas, los objetos y el paisaje adquieren un valor desconocido, que afecta. Me fui a Instagram esa noche detrás de Adler Guerrier, pero esa noche no conversamos. Lo hicimos luego, porque yo necesitaba saber:

Me preocupa entender (escribir, leer, concebir) una obra de arte desde su título. Si escribo (o leo) un libro, el título es el primer poema (o relato). Por qué se llama, precisamente, Noticias en un terreno mutable?

El título de la exposición promete múltiples avisos, de diferentes tipos, escalas, importancias y temporalidades, en un terreno, lo suficientemente cerca como para observar el cambio. Quería que el título evocara una imagen del programa como una lista, y las obras en el programa como elementos con atributos expresados ​​como parte de algo mayor, un terreno más extenso. El título también ofrece un terreno o un paisaje en el que se produce un cambio, se puede ver y se ha registrado. También esperaba que la 55 terrace, la calle donde se encuentra la galería o el vecindario, se leyeran como una iteración de este terreno.

Me preocupa, también, la forma de eso que he concebido (lo informe, lo bastardo, lo desterrado). He visto (brevemente) que formulas tu obra a partir de varias formas y técnicas. ¿Ha sido lo formal un elemento aleatorio, consecuencia del hecho colectivo, o tiene (como supongo) un peso conceptual? Cuéntamelo todo.

Yo trabajo en diferentes formas. Realizo fotografías, dibujos, esculturas y realizo exposiciones. Hago fotografías para ofrecer una imagen o un documento que simula lo real, los dibujos permiten que las obras sean menos un documento pero más una expresión de lo imaginario, la escultura ofrece materialidad y objetividad; y las exposiciones son propuestas para ver obras, colocar obras en diálogo alrededor de ideas, con otras obras y con un público.

¿Por qué lo colectivo y no lo personal? ¿Cómo sumas a tu obra una obra ajena?

Trabajo en diálogo con otros (humanos). Las ideas que trabajo no son mías. Me coloco en un arroyo dentro del río más grande llamado cultura y, a veces, arte. Otros también se paran en esa parte de la corriente. Los proyectos colectivos, como exposiciones, conversaciones y colaboraciones, permiten la resonancia y la diferencia en la comprensión y la expresión de ideas.

El lector dialoga con un texto a partir de su experiencia. Yo misma escribo todo a partir de una experiencia (aprehendida, sufrida) que es irrevocable. Yo misma he visto tus fotos y he recordado un pasado cercano que me da escalofríos. ¿Te interesa eso? ¿Trabajas desde ahí? Si no ¿desde dónde?

Trabajo desde la experiencia y la imaginación. Intento ofrecer obras que contengan visiones del mundo tal como las he visto, sentido o quiero que sean. Espero que esas imágenes les resulten familiares a los espectadores, e incluso que afirmen o evoquen su lugar de pertenencia. Estoy interesado en eso, porque refuerza que hay una experiencia comunitaria en la corriente.

La última pregunta se llama Haití y me gustaría, si es posible, que dijeras todo lo que te viene a la mente cuando oyes o dices esa palabra.

Haití es un lugar de maravilla, deseo, proyección, sueño. El verdadero Haití ya no me pertenece. El Haití, que afirmo, es atemporal, histórico, es caribeño, es una tierra de taínos, un lugar con bolsillos para refugiarse, puede colorear a Miami, es en Brooklyn, una musa, ferozmente política, soberana y descolonial.

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POR CIERTO, NO CREO QUE LOS TIEMPOS GRAMATICALES IMPORTEN DEMASIADO A LA HORA DE ESCRIBIR EL RELATO DE UN LUGAR (LUGAR PENINSULAR). DE HECHO, HE TENIDO Y TENGO LA INFINITA SENSACIÓN DE QUE AL RELATAR MIAMI, LA ESCENA, LA ATMÓSFERA, EL CONFLICTO Y EL DESENLACE, LA COSA, YA PASÓ. Y tal vez una ciudad está muerta (pasada) cuando un artista la recover. Cuando pasa algo en su mente que lo obliga, sin más opción, a expresarse a través de ese espacio.

Miami, 6 de diciembre de 2019
16:27

LEGNA RODRÍGUEZ IGLESIAS
Legna Rodríguez Iglesias. Trabaja en sus labores. Escribe una columna irrelevante en la revista digital El Estornudo. Obtuvo el Premio Centrigugados de Poesía Joven, España, 2019; el Paz Prize, otorgado por The National Poetry Series, 2016; el Premio Casa de Las Américas, teatro, 2016; y el Premio Iberoamericano de Cuentos Julio Cortázar, 2011. Es autora de varios libros como Mi pareja calva y yo vamos a tener un hijo, poesía, Ediciones Liliputienses, 2019; Spinning Mill, poesía, CardBoard House Press, 2019; La mujer que compró el mundo, cuento, Editorial Los Libros de La Mujer Rota, 2017; Mi novia preferida fue un bulldog francés, narrativa hispana, Editorial Alfaguara, 2017; Miami Century Fox, 51 sonetos, Akashic Books, 2017; Transtucé, poesía, Editorial Casa Vacía, 2017; Si esto es una tragedia yo soy una bicicleta, teatro, Casa de Las Américas, 2016; Chicle (ahora es cuando), poesía, Editorial Letras Cubanas, 2016; Mayonesa bien brillante, novela, Hypermedia Ediciones, 2015; No sabe/no contesta, cuento, Ediciones La Palma, 2015; Las analfabetas, novela, Editorial Bokeh, 2015; entre otros.
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