José Kozer está escribiendo, desde hace décadas, un solo poema que es un único verso que, a manera de kakemono omnívoro, al rigor de sus goces verbales, se inscribe en la celebración de la multiplicidad. Verso cuyo crecimiento rizomático sobrepasa ya las 4 000 partes cifradas de la secuencia, con sus libros (instancias de ese poema) diseminándose por doquier quieran ser editados, asume como su área natural el ámbito amplio de nuestra lengua, sin ceñirse a ninguna región, permaneciendo abierto a toda incorporación que le resulte vital. Este circular por contextos entremezclados y tan cambiantes como el habla, también es una toma de posición a favor de un cierto nomadismo –en tanto pertinente intuición de pertenencia, más que a una identidad delimitadora de su apetito para su apetito expansivo, antes a una combinatoria policéntrica y a un proceso-estar que compromete, por entero, sin establecerse–. La poesía de Kozer se propone niveladora por belleza del impromptu –del salto semántico como si de aves, las palabras, se trataran–. Importancias, jerarquías, imágenes del orbe, son alcanzadas por un ritmo en estratos que las pone a consonar: caleidoscopio desmadrado de simetría que, según se mire, es un mandala en espiral (donde contemplar en movimiento los matices de una unidad tanto inefable cuanto perceptible) o una exploración por las áreas sin mapa y sin límites territoriales: áreas de la conjunción y del vínculo. En esta plegaria celebratoria, todo-y-cualquier-cosa puede jugar un rol deslizante, tornarse disparador de asociaciones. Todos los nombres y lo que designan pueden alinearse vinculados, merced a una constancia en el nexo, al interior de esta poesía hilada para orar sin peroratas: todo en ella inspira. Este verso que viene disperso hacia lo uno, o que de lo unánime vuelve en un instante, trayendo brisa verbal, esta ondulada y tensa oración en la que Kozer reinventa su biografía, no clausura nunca su aura permutante. Por tanto, parece no dejar vedada ninguna zona del diccionario, así como ninguna veladura parece resultarle ajena. Portador de una fe que persiste porque no se enuncia ni se estatuye, el poeta se permite otra vez, pese al escepticismo imperante, la voluntad inspiradora. En arracimado parentesco y contacto con otras poéticas del continente (entre muchas otras, aquellas alguna vez mutuamente atraídas bajo un insumiso “neobarroco”), podría alegarse que, a este verso kozeriano arrojado al infinito, lo anima un (sofisticado por salvaje) espíritu sincrético; sincretismo que acompaña una pulsión mestiza, íntegramente cosmopolita en virtud de su origen mixturado. Mezcla que es religión y patria: donación a todos los dioses-palabras, matria-posibilidad donde todo es interlocutor. Reconocer lo errante de este origen ya implica una voluntad de destino. Porque puede palparse (escucha trastocante) un trabajo con el arrastre connotativo, mediante una especie expresionista —action writing, aplicaciones en capas de lectura escrita sobre la materia verbal extremando su porosidad, ilaciones de lo imprevisto visitado–, ese sino deviene íntimo, de ilesa intimidad, respecto al móvil llamado América. Lengua americana, en absoluto neutra, infraconnotada por hiperconectada, mora atravesándola una sintaxis magmática ofreciéndose, más que a la cristalización de las prosodias (establecimiento de una identidad), a la incógnita implícita en toda experiencia. Lo cubano y lo exiliado en Kozer, así, remiten a un destino –que no excluye al albedrío capaz de reinventarlo– que habrá de mantenerse en vilo incompleto hasta el origen. Deriva, la palabra, aquí es tomada por las astas arcaicas en tanto sustancia imantadora de presencia, materializadora, afectada (no por manía frígida de perseguir la sirena de una retórica excluyente entendida como estilo, sino por proliferación erótica de ese destino implicado en la incógnita, a la lumbre de una palabra que atiende su latido). Si al sincretismo puede sindicárselo, en términos de contexto cultural, en tanto característica periférica, no imperial sino lúdicamente insurrecta, esto acontece en Kozer de manera antropófaga y Fénix: asimilación no prefijada de todo influjo fuera de escala en cuanto a canónicas preceptivas, dispersión de los discursos, disolvencia de la entidad cartesiana y, en fin, la ensimismada diversidad devenida tradición electiva. Reciprocidad de los involucramientos, conversación de las reciprocidades. La poesía de José Kozer es de aquellas que amplifican la lengua; o, más bien, la seduce y con gusto –se siente– la pierde, espejeante del anhelo de sentido, adonde cada andarivel convive por gracia metonímica, saga en un continuo asombrado. Esta inconfundible sintaxis capta, no captura, los facetados procesos de transmutación de lo percibido. La composición poética promueve, una vez más, que la percepción continúe alerta en ese enigma, la palabra. Morar la incógnita: demorarse –habitándola– en la propia lengua. Raptos de fraseo metamórfico, letra para ser soltada. A Kozer bien le sienta el emblema del amanuense, cuya paciencia hacia la transcripción de un infinito reverbero refina su práctica del instante.


* Publicado originalmente en el dosier homenaje a José Kozer de la revista tsé-tsé (910, otoño 2001, pp. 130-131).

REYNALDO JIMÉNEZ
Reynaldo Jiménez (Lima, 1959). Ha publicado alrededor de cuarenta libros incluyendo poesía, ensayo y traducción (César Moro, Haroldo de Campos, Paulo Leminski, Sousândrade, etc.) así como antologías (poesía peruana, brasileña, etc.) y compilaciones (Néstor Perlongher, Gastón Fernández Carrera). Con Gabriela Giusti, fue editor del sello y revista-libro tsé-tsé entre 1995 y 2008. Participó en numerosos eventos performáticos y literarios, y ha dictado talleres y conferencias en España, Alemania, Estados Unidos, México y diversos países de Sudamérica. Sus grabaciones en colaboración con distintos músicos pueden encontrarse en la red. Administra dos blogs: mmmm y psicodeslizado. Reside en Buenos Aires desde 1963.
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