Imagen de cubierta Verano en Baden-Baden, de Leonid Tsypkin (Seix Barral, 2005)
Imagen de cubierta ‘Verano en Baden-Baden’, de Leonid Tsypkin (Seix Barral, 2005)

En El frío, cuarto volumen de sus Relatos autobiográficos, Thomas Bernhard ha registrado el impacto que supuso su primer encuentro con la obra de Dostoievski: “[…] y leí Los demonios… no había leído en mi vida un libro de aquella insaciabilidad y radicalismo… y me aturdí, durante algún tiempo me disolví en aquellos demonios. Cuando volví otra vez, no quise leer otra cosa en algún tiempo, porque estaba seguro de caer en una inmensa decepción, en un espantoso abismo. Rehusé durante semanas toda lectura. La monstruosidad de Los demonios me había dado fuerzas, mostrado un camino, hacia afuera. Había sido afectado por una obra literaria salvaje y grande… no ha sido frecuente en mi vida ulterior que la literatura tuviera un efecto tan monstruoso.”

La fascinación por el atormentado escritor ruso no es exclusiva de su más aventajado discípulo austríaco y ha sido notoria en Occidente desde el momento mismo en que se publicaron las primeras traducciones francesas a finales del siglo XIX: Nietzsche, Proust, Kafka Faulkner, Norman Mailer, Cormac McCarthy, Houellebecq y J. M. Coetzee son sólo algunos de los que han experimentado la poderosa influencia del “maestro de San Petersburgo”. Si esto sucede con lectores que comparten una ignorancia enciclopédica de la lengua rusa, podemos imaginar la ininterrumpida devoción que le han profesado sus coterráneos: su sombra se cierne, severa e ineluctable, sobre la casi inabarcable vastedad de la literatura rusa posterior a 1881. Que Dostoievski ha resultado decisivo para escritores tan importantes como Vasili Grossman, Mijaíl Bulgákov y Aleksandr Solzhenitsyn no es una noticia para nadie. Mucho menos conocida resulta su influencia sobre Leonid Tsypkin (1925-1982), autor de la extraordinaria novela Verano en Baden-Baden, una de las obras maestras secretas de la literatura rusa.

Tsypkin, médico de profesión, vivió apartado de los cenáculos literarios, pero se dedicó a la escritura “con la misma pasión con que el eremita ama el cilicio que desgarra su carne” (Flaubert, Correspondencia). Así, en los últimos años de su vida, tras comprender que sus poemas eran en el mejor de los casos imitaciones talentosas de Pasternak y Tsvetaieva, se sumergió en un ambicioso proyecto que acariciaba desde su juventud: la representación ficcional de la vida de Dostoievski, el escritor ruso que Tsypkin admiró con una intensidad cercana a la idolatría. Verano en Baden-Baden es el deslumbrante resultado de su perseverancia, de ese “duro deseo de durar” que George Steiner sitúa en el origen de toda gran obra de arte.

Leonid Tsypkin en su laboratorio en el Instituto de Poliomielitis en Moscú, a principios de los años setenta.

Se trata de un relato que en lo esencial articula dos planos de representación: la narración de varios momentos cruciales de la vida de Dostoievski (en particular, su viaje a Occidente en 1867) se mezcla con la evocación de la vida del innominado narrador, un obseso de Dostoievski que recopila información sobre la biografía de su “maestro espiritual”. Evidentemente, nos encontramos ante un protocolo narrativo bastante conocido: la novela ensayística sobre un escritor o artista de culto en la que se establece un contrapunto entre la experiencia del narrador (generalmente en primera persona) y la del personaje objeto de su investigación. Es un subgénero afortunado que ha engendrado libros como El loro de Flaubert y (en una tesitura muy superior) Los anillos de Saturno. Nadie que haya frecuentado un poco la literatura rusa se sorprenderá de que Tsypkin esté mucho más cerca de Sebald que de Julian Barnes. En efecto, no se trata de una entretenida narración repleta de anécdotas más o menos hilarantes, sino de una sombría meditación sobe la historia y la literatura rusas: la vida de Dostoievski es el punto de partida para agudas reflexiones sobre la polémica entre eslavófilos y occidentalistas, la sempiterna crueldad de la Historia y la casi inconcebible tenacidad de algunos escritores.

En el inicio de la novela el narrador aborda un tren con destino a Leningrado para visitar el museo dedicado a Dostoievski que se encuentra en esa ciudad. Inmediatamente se sumerge en la lectura del Diario de Anna Grigorievna (segunda mujer de Dostoievski), que describe minuciosamente la huida de la pareja a Europa Occidental en 1867, acosados por las deudas, la enfermedad y la miseria. A partir de este momento los planos narrativos se entrecruzan: el viaje del narrador a través del desolado paisaje soviético es un reflejo de la frenética carrera de Dostoievski por los principados alemanes. No debemos pensar, sin embargo, que los procedimientos narrativos le deben algo a la estructura utilizada por Bulgákov en el Maestro y Margarita (donde los capítulos de la novela sobre Poncio Pilatos –escrita por el protagonista–alternan con la trama principal): lo que tenemos aquí es un estilo torrencial, compuesto de oraciones interminables que se vuelven sobre sí mismas y se niegan a concluir; frases barrocas y enrevesadas que mezclan el presente angustiado del narrador con el doloroso pasado de Dostoievski; el desenfreno del escritor ruso en los casinos alemanes con la búsqueda de su rastro en las ruinas del presente, como si Tsypkin quisiera compensar la relativa brevedad del libro[1] con la complejidad casi demencial de la sintaxis. Es inevitable preguntarse por las influencias literarias, por los precursores que informan la absoluta extrañeza del estilo, pero sería en vano escrutar la tradición rusa: a pesar de que Tsypkin es uno de esos rarísimos escritores que pueden permitirse desdeñar todo lo que no se haya escrito en su lengua materna[2] y de que apenas le interesaba la literatura extranjera,[3] el único antecedente posible de su prosa es… Thomas Bernhard, al que jamás pudo leer y cuya existencia desconocía. Nos vemos entonces obligados a reconocer la pasmosa originalidad de este intelectual clandestino, la enigmática brillantez de un hombre que, sin posibilidad alguna de publicar (e incluso sin nadie a quien mostrarle lo que escribía fuera de su familia más cercana), persistió en la escritura contra toda esperanza y edificó una obra cuya severa belleza continúa provocando el asombro y la fascinación.

Notas

[1] Algo menos de doscientas páginas en la edición española.
[2] La espléndida autarquía de la literatura rusa es comparable a la francesa y la angloamericana.
[3] Con la significativa excepción de Kafka, cuyos relatos admiraba enormemente.

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