Algunas cubiertas de la revista ‘Casa de las Américas’

Quiero colocar mis palabras bajo la sombra de dos epígrafes:

En “Cinco dificultades para escribir la verdad”, Brecht define algunos de los problemas que yo he tratado de discutir con ustedes. Y los resume en cinco tesis referidas a las posibilidades de trasmitir la verdad. Hay que tener, decía Brecht, el valor de escribirla, la perspicacia de descubrirla, el arte de hacerla manejable, la inteligencia de saber elegir a los destinatarios. Y sobre todo la astucia de saber difundirla.
Ricardo Piglia, “Tres propuestas para el próximo milenio (y cinco dificultades)”[1]

Yo creo que lo más odioso que se padece allí, es, precisamente, la impotencia ante la injusticia. Eso me parece que es lo más odioso que se padece allí. O sea, no vamos a pensar que en cualquier lugar del mundo donde uno esté no hay injusticia. En cualquier lugar puede haberla, pero la posibilidad de señalarla ya es un consuelo. Eso es lo que me parece que es lo más odioso. O sea, allí todo el mundo tiene que hacer un papel, como lo hice yo, porque yo no soy ningún héroe. Yo hice mi papelito también allí y todo el mundo tiene que estar en una representación incesante. Yo creo que en cualquier lugar del mundo la gente quizás tenga que representar un papel, pero no convertirse en un actor permanente hasta el punto que hay mucha gente que no sabe cuál es su rostro y cuál es su máscara, ¿no? Yo, por suerte, siempre tuve conciencia de que tenía una máscara puesta pero que tenía un rostro y me fui de allá para salvar ese rostro.
Reinaldo Arenas, fragmentos extraídos de En sus propias palabras[2]

Me coloco a la sombra de estos epígrafes para dar cuenta de algo que me negué a hacer antes de escribir estas páginas: leerme de rabo a cabo algún número reciente de la revista Casa de las Américas. Quizás debí haber colocado mi título entre signos de interrogación y añadir unos ¿para o por qué leer hoy la Casa de las Américas? Sin embargo, quisiera hacerle justicia a la invitación de Aníbal a que hagamos taller y reenfocar los materiales y el archivo que ya identifican a la institución, y cuestionar la potencialidad de futuro que podría tener, al menos, la revista como espacio para la disposición de un pensamiento de cara al presente. Pues pensar la futuridad de la revista, es, sin dudas, pensar en las actuales relaciones de la misma con su tiempo y meditar sobre su relevancia contemporánea.

La imposibilidad de interlocución amplia de la Casa de las Américas no es un secreto. Fuera de las lenguas de la creencia, del fervor o del mero paseo culturalista, el imaginario institucional de la revista todavía articula su identificación y obediencia ante los criterios y motivos políticos que la crearon hace sesenta años. Leo un texto de Roberto Fernández Retamar en los actos conmemorativos de los treinta años de la Casa de las Américas:

El criterio que alentaba la decisión de crear la Casa de las Américas era el de la necesaria unidad de lo que Martí llamó Nuestra América: la América bolivariana, martiana, sandinista. Se sabe que no hay acontecimiento político y social de veras trascendente en nuestros países que no haya hecho suyo el proyecto de unidad continental: el proyecto cuya primera figura solar fue Simón Bolívar y que en nuestros días encontró un heraldo excepcional en la figura de Ernesto Che Guevara, […]. Para impulsar la realización de este proyecto, sobre todo en lo tocante a la cultura artística, surgió la Casa de las Américas.[3]

Esta fidelidad a los tropos de unidad continental, sean martianos, bolivaristas, guevaristas o castristas es responsable hasta el día de hoy de esa afasia teórico-política de la Casa ante incontables prácticas e intervenciones no hegemonizables, inatrapables por los dispositivos políticos del Estado cubano o por el culturalismo académico. Me parece que mi estudio Fulguración del espacio: letras e imaginario institucional de la Revolución cubana (1960-1971) (2002) me ha ganado la oportunidad y el lujo de estar con ustedes aquí hoy y quisiera, por lo tanto, con esta intervención, colocar en otra meseta los posibles hallazgos de mi estudio (que de ninguna manera son originales y a lo mejor tampoco son hallazgos) para así revisitar algunas consecuencias de dicho trabajo. Pregunto hoy: ¿qué hacer con esa fantasía de monumentalidad y prestigio latinoamericanista que anima –y cito al “órgano de la institución”– a “una de las más prestigiosas [revistas] de la lengua española y con más larga vida en el Continente”? ¿Cómo y por qué destituirla? ¿De qué vida se está hablando allí en la Casa? También quisiera paladear las creencias desplegadas o las ofrendas colocadas al pie de este “prestigio” para, tal vez, en otro momento, calibrar esa longevidad editorial de cara a la situación política cubana y latinoamericana. Me interesa, por el momento, colocar la lengua institucional de la Casa de las Américas en su dimensión imposible. La dimensión imposible de la lengua de la Casa de las Américas sería esa grieta innombrable e innombrada para muchos de sus lectores y colaboradores, esa fosa marina que se abre entre su verdad histórico-política como órgano cultural de un Estado totalitario y una sociabilidad que, en Cuba, ha naturalizado la inexistencia de la polémica y heterogeneidad democrática. Sociabilidad apuntalada por esa “representación incesante”, ese “actuar permanente” –enmascarado con el que Reinaldo Arenas figuró la sociabilidad del régimen.

Leer hoy la poética institucional de la Casa de las Américas no puede ser un modo de la genuflexión propia del homenaje o del archivero que, con los ojos en blanco, la consagra como bloque trascendente al Archivo de las Mayúsculas. Leer la Casa de las Américas hoy es, para mí al menos, sentirle su denegación ante la clausura de la experiencia democrática que firma el castrismo y firman varios discursos y experiencias históricas de la izquierda latinoamericana. La clausura del espacio público en la isla tras el triunfo de los guerrilleros es un proceso paralelo a los mejores años de la revista Casa y esta clausura de lo público registra la estatalización de la experiencia social en Cuba. Registro que incluye además la historia de intervenciones y cierre de las instituciones periodísticas modernas en la isla hasta ese entonces. Me parece que no abrirse a otras maneras de interlocución, pensamiento y polémica es la cifra misma de su caducidad como publicación crítica. Sobre todo, cuando esta resistencia es mayor ante el tema por excelencia que la Casa de las Américas, cual rémora, imanta: la significación y consecuencias históricas de la Revolución cubana. Quisiera entonces, colocarme en las afueras de tanta cristalización dicotómica que desde la Guerra Fría malogra cualquier conversación seria sobre este tema. Quisiera situarme más allá o más acá de ese latinoamericanismo zombi que todavía insiste en la ejemplaridad de la Revolución cubana y no apalabra, a golpes de miedo, acomodo y cinismo, su deriva totalitaria.

Mi libro Fulguración del espacio quiso leer el imaginario de la Revolución que se inscribió en la forma y discursos de la que fuera la revista cultural más importante en los años sesenta. Afectado, en más de un sentido por la lectura de la experiencia moderna llevada a cabo por Walter Benjamin, por estudios como el libro de Jürgen Habermas, The Structural Transformation of the Public Sphere, el libro de Hannah Arendt, On Revolution, y el parteaguas de Julio Ramos, Desencuentros de la modernidad en América Latina. Literatura y política en el siglo XIX, me interesó la figuración de lo revolucionario y de su espacio público en el momento de su triunfo y consolidación en la forma misma de la revista. Quise, también, repensar la peculiar reedición del latinoamericanismo y las experimentaciones vanguardistas que la Revolución cubana estimulaba entonces y cómo estos aparecieron en la diagramación y espacialidad que editó y pensó la revista Casa de las Américas. Mi sospecha o mi ingenuidad (vaya uno a saber) fue que el trazo de la experiencia inaugural de la Revolución cubana no sólo podía leerse en la palabra de los guerreros, las gestas de los héroes o los discursos fundadores, sino en las formas y espacios, en los modos de usar e imaginar dichos espacios públicos y, por supuesto, en algunos textos literarios allí editados o comentados. Leí la revista junto a textos imprescindibles de los años sesenta del pasado siglo como una manera de rastrear una complejidad que pugnaba por pensar y discutir públicamente la singularidad múltiple de lo revolucionario en Cuba y lo que pude rastrear, entre otros asuntos, fue la clausura de “lo público” en la Cuba de entonces, como la vigilancia y persecución del desacuerdo y de cualquier manera otra de pensar la política en medio de un proceso que entonces la oficialidad del régimen llamaba, en los linderos del embuste, la “radicalización del proceso revolucionario”.

Vuelvo a mis lemas de sombra, a mis epígrafes. Ricardo Piglia, homenajeado en la Casa de las Américas, de la mano de Bertolt Brecht (entre otras manos, Italo Calvino, Paul Celan, Ossip Mandelstam, Primo Levi) al final de su conferencia en el año 2000, apuntaba allí, en la Casa, hacia el tiempo por-venir del decir la verdad de la literatura. Piglia siempre nombró la dificultad ineludible que supone decir-escribir la verdad. Ligado a una de sus propuestas para el milenio que recién se inauguraba, el campo de operaciones privilegiado por Piglia para pensar la intervención literaria es lo que él llama “un estado del lenguaje” en el presente de alguna sociedad. La literatura trabajaría con los modos hegemónicos que naturalizan el sentido común y cómo estos modos fijan los límites de lo que puede y no puede decirse en sociedad. Para Piglia, este trabajo con dicho estado del lenguaje construye el espacio donde pensar la relación que establecería la literatura con la política. Si para citar a Piglia, “en definitiva la literatura actúa sobre un estado del lenguaje”,[4] la claridad escritural, la claridad al escribir sería su tercera propuesta de cara al joven milenio. Piglia subraya:

No porque las cosas sean simples, eso es la retórica del periodismo: hay que simplificar, la gente tiene que entender, todo tiene que ser sencillo. No se trata de eso, se trata de enfrentar una oscuridad deliberada, una jerga mundial. Una dificultad de comprensión de la verdad que podríamos llamar social, cierta retórica establecida que hace difícil la claridad.[5]

Ahora bien, para llegar a esta propuesta de claridad que busca desvelar la verdad oscura del poder estatal, Piglia se detiene brevemente en un ensayo de Kenneth Burke titulado “The Rhetoric of Hitler’s «Battle»” y lo lanza a manera de ejemplo de una labor crítica “discreta” (es su palabra) que expondría los tropos del “habla autoritaria” con los que la literatura trabajaría. Cito el momento cuando Piglia invoca el célebre ensayo de Burke:

En “The Rhetoric of Hitler’s «Battle»”, escrito en 1941, el crítico Kenneth Burke ya hacía ver que la gramática del habla autoritaria conjuga los verbos en un presente despersonalizado que tiende a borrar el pasado y la historia. El Estado tiene una política con el lenguaje, busca neutralizarlo, despolitizarlo y borrar los signos de cualquier discurso crítico. El Estado dice que quien no dice lo que todos dicen es incomprensible y está fuera de su época. Hay un orden del día mundial que define los temas y los modos de decir: los mass media repiten y modulan las versiones oficiales y las construcciones monopólicas de la realidad. Los que no hablan así están excluidos y esa es la noción actual de consenso y de régimen democrático.[6]

Más aún, Piglia se hace eco del deseo político de Burke, quien como crítico declaró que la crítica literaria era una herramienta, entre otras, para responsabilizarse de la vida social y política de una democracia. Piglia, acercándose ya al final de su conferencia, incluso sugiere un claro en el bosque en medio de la oscuridad contemporánea:

Tal vez los estudios literarios, la práctica discreta y casi invisible de la enseñanza de la lengua y de la lectura de textos pueda servir de alternativa y de espacio de confrontación en medio de esta selva oscura. Un claro en el bosque.[7]

Ya escucho las voces. “Nadie se llame a engaño, Piglia hablaba entonces de Rodolfo Walsh, de la política como complot, de los años de la dictadura en la Argentina, de las relaciones entre la palabra de Estado y la palabra literaria, de la mercantilización de la literatura. Que no haya malentendidos, por favor”. Ahora miran hacia el busto de Martí. “Chico, hablaba del presente –continúan–, de ese tiempo que no, necesariamente, implicaría ética y políticamente a su audiencia cubana o a la institución que entonces lo escuchó. Además, es obvio que no formamos parte de esa «noción actual del consenso y de régimen democrático». Compañero, en la Casa y en Cuba se resiste, y se mantiene un legado común para toda América Latina”. En efecto, parecería que Piglia habla como si no existiera el castrismo, pero si esto es así, habría que concluir también que Piglia entendía que en Cuba no había un Estado que articulaba una política con el lenguaje. Por favor. De todos modos, no importa. La literatura, insiste Piglia, dice lo que el Estado no dice. La literatura es la incomprensible en tanto dice lo que todos niegan o se niegan a decir. Quien haya leído, escuchado o tenido a Piglia como maestro, sabe que, en su pensamiento, el tema de la cita o de la falsa cita (en el caso de Sarmiento o Borges) transporta un modo de intervención puntual sobre las maneras singulares de la escritura literaria argentina y de sus políticas. Además, como uno tiene sus manías, uno busca el ensayo de Kenneth Burke,[8] se familiariza con el carácter ejemplar de Burke dentro de lo que se ha llamado “rhetorical criticism or rhetorical theory”. Uno se pone a leer el ensayo de Burke.

Nadie debe sorprenderse entonces si el ensayo de Burke no es solamente una exposición de la retórica del habla autoritaria, sino también una lectura puntual de los tropos (añado carismáticos) de la retórica e imaginario fascistas recogidos en el Mein Kampf de Adolf Hitler. El análisis de Burke tenía (y tiene todavía) consecuencias directas sobre la recepción y reacción ante esta lengua (incluida la fascinación) entre sectores y portavoces de ideologías que, a finales de los años treinta y comienzos de los cuarenta, se enfrentaban al fascismo. El ensayo de Burke establece que la fuerza discursiva de Hitler descansa sobre (traduzco) “patrones de pensamiento” que “son una versión bastarda o caricaturizada del pensamiento religioso”.[9] También los ataques de Hitler al parlamentarismo y a la democracia, de acuerdo a Burke, buscaban suprimir la múltiple materialidad que sostiene todo conflicto, polémica, el desorden constitutivo sin principio o arché de la experiencia democrática. Hitler colocará el desorden democrático bajo el signo del sujeto enfermo, la impureza moral, la falta de jerarquías naturales-evidentes. Burke anota incluso que el parlamentarismo es figurado por Hitler como una Babel cacofónica, judía, extraña, foránea, suma inconsecuente de desórdenes y enfermizas oposiciones ante la cual se levantaría la Voz única del Líder supremo:

The efficiency of Hitlerism is the efficiency of the one voice, implemented throughout a total organization. The trinity of government which he finally offers is: popularity of the leader, force to back the popularity, and popularity and force maintained together long enough to become backed by a tradition. Is such thinking spontaneous or deliberate –or is it not rather both?[10]

El gesto de Piglia de traer a Burke a la Casa me parece un modo de la insinuación, del guiño entre textos, una práctica de escritura confiada en la reverberación de un discurso crítico desatado por la cita y por la lectura. Se trata de un momento cuando Piglia hace lo que su conferencia dice. Piglia practica lo que la literatura habría de hacer en el futuro. La literatura como pasión investigativa de la lengua oficial, esa “práctica discreta” que, al revelar el secreto del Estado, expone la naturaleza obscena de esa pasión por el dominio y el poder que todavía se llama política. Este es el terreno sobre el que imagina Piglia se escenificarán “las relaciones futuras entre política y literatura”. Escribir sería, de alguna manera, ayudar a exhibir la naturalización de la opresión y la injusticia inherentes a la Verdad de Estado y desacatar su palabra. Una práctica, un tema que conforma varias páginas de su obra. Escribir sería, incluso, asediar el relato del Estado, anotar cómo el Estado contextualiza y regula las maneras de figurar los desacuerdos (si es que esto es posible allí). Escribir sería también cuestionar cómo dicho Estado narra su propia historicidad y regula la lengua social desde sus instituciones. La literatura es una práctica descontextualizada, inactual. Cito:

Está siempre fuera de contexto y siempre es inactual; dice lo que no es, lo que ha sido borrado; trabaja con lo que está por venir. Funciona como el reverso puro de la lógica de la realpolitik. La intervención política de un escritor se define antes que nada en la confrontación con estos usos oficiales del lenguaje.[11]

Hay algo ambiguo, en los sentidos del vocablo “confrontar o confrontación” en el texto de Piglia, quien evita abusar del término “enfrentamiento”, logrando que su “confrontación” esté más cerca del careo, del cotejo de lenguajes o textos, que del mero choque violento de voluntades o fuerzas. Piglia ha dedicado gran parte de su ensayo a pensar las relaciones de la política y la literatura desde la trayectoria literaria y personal del escritor Rodolfo Walsh, figura importante en la historia de la Casa de las Américas sobre todo por su papel en la creación del Premio al género del Testimonio. Esta es quizás la mejor presentación, sucinta, de la biografía literaria de Rodolfo Walsh, que haya leído:

Comenzó escribiendo cuentos policiales a la Borges y escribió uno de los grandes textos de literatura documental de Hispanoamérica: Operación Masacre y paralelamente escribió una extraordinaria serie de relatos cortos y por fin, desde la resistencia clandestina a la dictadura militar, escribió y distribuyó el 24 de marzo de 1977 ese texto único que se llama “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar” que es una diatriba concisa y lúcida y fue asesinado al día siguiente en una emboscada que le tendió un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada. Su casa fue allanada y sus manuscritos fueron secuestrados y destruidos por la dictadura.[12]

Ahora bien, recordemos que Piglia ante el Che Guevara figurará a uno de sus “últimos lectores”, así que no sería del todo descabellado pensar que ante Walsh estaríamos ante un “último escritor”. Esos escritores “terminales” al interior de una tradición de la política de la literatura argentina y latinoamericana que desearon borrar la línea entre la responsabilidad civil del intelectual y su escritura a través de un acto de parresía suicida. Ricardo Piglia no tematizó o confrontó mucho, al menos no abiertamente, la ética y política sacrificial de la izquierda latinoamericana.

Otro, sin embargo, es el gesto del Reinaldo Arenas. Un gesto desencontrado, crítico, inmisericorde ante la beatitud sacrificial totalitaria y ante esos intelectuales que, a cielo abierto o a escondidas, admiran sus héroes y sus gestas, y no pocas veces reciben de sus instituciones pergaminos. Sin embargo, Arenas, como Walsh, también escribió hasta el último momento. Un escritor in extremis, otro que insistirá en escribir en los umbrales de la muerte. Inclusive, algo sabía Arenas también sobre esas prácticas de secuestro y destrucción de manuscritos que menciona Piglia a propósito de Walsh. El escritor cubano escribió una carta final en la que nombra a Fidel Castro responsable de su decisión de quitarse la vida.

En los últimos años, aunque me sentía muy enfermo, he podido terminar mi obra literaria, en la cual he trabajado por casi treinta años. Les dejo pues como legado todos mis terrores, pero también la esperanza de que pronto Cuba será libre. Me siento satisfecho con haber podido contribuir aunque modestamente al triunfo de esa libertad. Pongo fin a mi vida voluntariamente porque no puedo seguir trabajando. Ninguna de las personas que me rodean están comprometidas en esta decisión. Sólo hay un responsable: Fidel Castro.[13]

Arenas es, a dos manos, un sujeto desistente de la ética sacrificial, como un sujetado por la misma. Sin embargo, escribió en las afueras y contra los confines de la casa, sea metáfora para la familia, la nación, la cultura o para toda América Latina. Su escritura al final de sus días es una carrera contra la muerte o como señalara el mismo, una contribución al triunfo de esa libertad que supone escribir o morir. Tanto Walsh como Arenas escriben cuando ya no hay casa alguna donde resguardarse.

Regreso a la fortuna e infortunios de la metáfora, pero también de la Casa. Ante la metáfora y el discurso de la institución recapitulo mi deseo de leer la inscripción de lo revolucionario en la forma y discursos de la Casa de las Américas durante sus primeros once años. Esto fue lo que me pareció recurrente y preocupante tras la lectura de tantos números y tantos documentos. La Revolución cubana narrada y poetizada en la revista Casa cristalizó un espacio iluminado e iluminador de las verdades e identidades políticas y culturales de su tiempo y de América Latina. Allí se volvía a decirse a sí mismo, a cantar las verdades del nosotros, a re-conocer-nos, a traslucir y reeditar el decimonónico “nosotros latinoamericano”. En esa casa se alinearon diversos intelectuales que decidieron decir presente ante ese “centro de irradiación de entusiasmo”[14] (como llama Foucault a la Revolución) que en Cuba parecía ponerlo todo a la luz. La participación en las discusiones públicas de entonces produjo un extraño efecto subjetivo entre muchos de los que allí enunciaban. Estar, de algún modo, en el locus revolucionario significó para numerosos intelectuales creer-dar por cierto que participaban en una fase definitiva del Tiempo utópico americano donde al fin todo se veía o se vería. La Revolución entendida como revelación final del sentido de los tiempos. Diversos intelectuales usaron las maneras de la creencia religiosa para representarse y figurar allí muchas de sus Utopías. Durante los años sesenta en Cuba del pasado siglo, incontables escritores no evitaron compungirse y hasta llegaron a hacer actos de contrición (voluntaria o forzadamente) en un escenario político que parecía exigirles constantes declaraciones en torno a la evidencia de sus motivos o su procedencia fuese social o identitaria. Al finalizar la década de los sesenta cualquier “toma de posición” ante el “asunto cubano” se encontraría tensada por una polar topografía bélica que empobrecería el diálogo de poéticas y políticas. ¿Ha cambiado esto hoy? ¿Encontramos avatares o articulaciones de esta situación cuando se discute la experiencia venezolana, la nicaragüense y la experiencia de los países que fueran arropados por la marea rosa? ¿Cuántos enunciados políticos ante la estafa democrática que es hoy el régimen revolucionario reproducen la simpleza moral de ese discurso hegemónico que precisamente en Cuba endureció, con bronce y carencia, “los designios de lo histórico”?

En fin, como escribiera Reinaldo Arenas, conscripto en el central Manuel Sanguily, en esa otra bitácora histórico-poética a la Virgilio Piñera, el largo poema “El Central”:

Hay que decir.
En un sitio donde nada se puede decir es donde más hay que decir.
Hay que decir.
Hay que decirlo todo.[15]

¿De qué sirve hablar de diversidad, de inclusión, de jóvenes valores, idear proyectos de integración cultural, de revalorización literaria o modernización para América Latina, editar jóvenes voces o textos fascinantes mientras el espacio que las publicita es parte de un encierro ideológico incuestionado? Mejor, ¿a quién beneficia la ilusión de continuidad de un proyecto de unificación latinoamericana cuando el formato soberanista que sostenía el modelo republicano de Estado a nivel global está literalmente en bancarrota o bajo asedio, cuando los identitarismos de cualquier pelambre no hacen más que aceitar la maquinaria de la lógica equivalencial del capital de estos días, lógica que, por supuesto, también factura en Cuba? La lengua de la Casa de las Américas sigue atada a un discurso redentorista, teológico, que no se cansa de visitar y abusar los tonos y figuras de la fidelidad, del apostolado, del legado, de la lucha, de lo ejemplar. Su concepción de la cultura está congelada, es idéntica a la imagen de organicidad y coherencia con la cual la palabra de la joven oficialidad la invistió. El inventario de visitas y solidaridades es parte del enmascaramiento del acabose democrático que es hoy el castrismo. Hablo de lo que puede decirse o no decirse bajo su techo. Promovida o publicitada por un régimen de partido comunista único, donde los derechos básicos de una sociedad moderna, como la libertad de asociación, expresión o movilidad, no están garantizados, ni se protegen, ¿cuál es el verdadero valor de esa entrada en el curriculum vitae que registraría la visitación, el texto publicado, la participación en esas actividades propias del “trabajador de la cultura”, del intelectual solidario, del hermano académico que aspira a subir de rango o que por fin tiene ante su cara un micrófono? ¿Cuántos someten o someterían sus textos a revistas culturales o revistas académicas sancionadas por las palabras del Presidente de la República y Comandante, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista, Presidente de Consejos de Estado y de Ministros, Presidente Constitucional de la República Bolivariana? ¿Cuántas razones-excusas habrá que seguir escuchando para denegar lo que significa una dictadura de más de 55 años?

Para terminar, quisiera volver al fugaz momento heideggeriano de Piglia:

Tal vez los estudios literarios, la práctica discreta y casi invisible de la enseñanza de la lengua y de la lectura de textos pueda servir de alternativa y de espacio de confrontación en medio de esta selva oscura. Un claro en el bosque.[16]

Martin Heidegger, el 5 de agosto de 1951, en la ciudad de Darmstadt dicta una conferencia titulada, “Construir, habitar, pensar”.[17] Rodeado de una destrucción y una ruina inmediatas, el autor de Ser y tiempo, se dirigía a un público compuesto mayormente por arquitectos, políticos, ingenieros y urbanistas dedicados a la reconstrucción de Alemania y preocupados por la alarmante falta de viviendas, consecuencia del inclemente bombardeo de los aliados. Sin embargo, Heidegger no discutirá esta situación, sino que se dedicará a meditar sobre el sentido o, como el mismo establece, “la esencia” del construir, del habitar, del pensar, en medio de una historicidad firmada por la intemperie, la inhospitalidad y el desarraigo. Una situación y tema históricos que rebasaba sus coordenadas alemanas. Habitar el presente sería una relación con la negatividad que arrastra el estar ahí expuesto que define nuestra entrada al mundo. Llegada sin cobijo, ni techo. Construimos para hacerle espacio al habitar, para llegar a habitar y para ensayar la posibilidad del pensamiento. Habitar no significa vivir la casa, sino la búsqueda sin fin del pensamiento y el cuidado de esos modos de existencia que nos permitirían lidiar con (no cancelar) el desarraigo moderno. Habitar sería este cuidado por la apertura, mirar a la cara la existencia como un estar y saberse arrojados. El pensamiento de Heidegger despliega la relación habitar-construir fuera de las dicotomías que hicieron sinónimos habitar y alojamiento, habitar-albergue, habitar-vivienda. Así: “La autopista es para el camionero su casa, pero no tiene allí a su alojamiento; el taller de hilado es para una trabajadora su casa, pero no tiene allí su vivienda, el ingeniero que dirige una central eléctrica se encuentra en ella como en su casa, pero no habita allí.”[18] Cualquier casa –estructural, poética u originariamente– es una respuesta provisional, sea esta arquitectónica, cultural, o una casa de lenguaje. Se trata de una ficción elevada por la técnica, pero no constituye en sí misma el sentido pleno del habitar. Habitar siempre nos remitiría a la escena original de nuestra humanidad como criaturas que existen a partir del momento en que hemos sido ex-puestos al mundo. Construir siempre actualiza el deseo de habitar y habitar es el sentido mismo del construir en tanto reconocemos que no hay origen sino la expulsión recurrente a la viscosidad del mundo. A pesar de sus resonancias bíblicas, la expulsión (del Edén, del paraíso) no significa tampoco que la naturaleza dejara de ser, sino que la salida del paraíso hace que la naturaleza deje de ser alojamiento, espacio ideal, zona edénica donde moraba la “odiosa pareja” como escribe Virgilio Piñera en “La isla en peso”. Cómo no traer aquí, ahora, el “valor” poético de esos amantes precariamente colocados, en las afueras de la casa, en el platanal piñeriano:

No hay que ganar el cielo para gozarlo,
dos cuerpos en el platanal valen tanto como la primera pareja,
la odiosa pareja que sirvió para marcar la separación.
¡Musa paradisíaca, ampara a los amantes! [19]

Construir sería precisamente palpar el Dasein –eso que está ahí y no está en casa–. Abrirse a otra experiencia y otra existencia en el tiempo sin modelos a emular, sin organicidad, sin principios, sin tutelaje. Por esto Heidegger distingue el puente sobre la casa en esta conferencia de 1951, pues el puente se relaciona con su entorno, lo deja ser en tanto el puente está, lo torna habitable en tanto no deviene recinto, exhibiendo mejor la funcionalidad misma de la casa. La casa es el sitio donde nos demoramos, donde nos sabemos alojados y a gusto por un intervalo, sin denegar de nuestro tránsito y caducidad entre las cosas del mundo. Habitar entonces es transitar, relacionarse con el mundo, transitar hacia otras cosas, otras voces, transitar hacia la muerte. Habitar es descentrar las alucinaciones pánicas del feligrés, desatender sus fantasías de inmortalidad. Habitar sería sentirle el cuerpo a la impropiedad, al carácter no propio, a la no pertenencia de los espacios. Habitar, existir o pensar a cielo abierto deponiendo cualquier identificación endeudada y penosa, ya con el martirio y padecimientos del sacrificado, ya con las hazañas del guerrero devenido tirano; desujetarse de una vez y por todas de eso que Arenas llama la marca odiosa del allí revolucionario: la “incesante representación”.

Se sale de la casa para descreer, para dejar de dar por cierto que la verdad es idéntica a la casa de la nación o a la identidad misma, para existir entre los demás y con ellos. Se escribe para dejar atrás las genuflexiones genealógicas de la casa nacionalista, de la casa sacrificial. Se escribe para habitar la potencialidad de la libertad. Se escribe, en fin, para salvar el rostro, para hospedar la voz en su paso por la intemperie.


*Palabras leídas en el Taller “Casa de las Américas at 60: Reflection on its History, Impact, and Future”, Yale Macmillan Center, Council on Latin American & Iberian Studies, organizado por Aníbal González-Pérez y Reinaldo Funes Monzote, Yale University, Luce Hall, Room 203, 11 de octubre de 2019.

Notas:

[1] Ricardo Piglia: “Tres propuestas para el próximo milenio (y cinco dificultades)”, conferencia inaugural de la Semana de Autor dedicada al escritor argentino Ricardo Piglia por la Casa de las Américas, en La Habana, octubre de 2000; Pasajes: Revista de pensamiento contemporáneo, n.o 28, 2009, pp. 81-93.

[2] En sus propias palabras, película de Jorge Ulla y Lawrence Ott Jr., guión: Jorge Ulla, color 16 mm, 1980. (Arenas acaba de salir de Cuba por el puerto del Mariel.)

[3] Roberto Fernández Retamar: “Treinta años de la Casa de las Américas”, Claridad, Santurce, Puerto Rico, del 21 al 27 de abril del 1989, p. 20 (el énfasis es de Fernández Retamar). Este texto también fue publicado en la Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, vol. 14, n.o 2, 1990, pp. 370-376. Palabras leídas en La Habana en los actos conmemorativos del XXX Aniversario de la institución.

[4] Ricardo Piglia: ob. cit., p. 91.

[5] Ibídem, p. 93.

[6] Ibídem, p. 91.

[7] Ibídem, p. 92.

[8] Cfr. Kenneth Burke: “The Rhetoric of Hitler’s «Battle»”, The Philosophy of Literary Form. Studies in Symbolic Action, Vintage Books, New York, 1957, pp. 164-189.

[9] Ibídem, p. 171.

[10] Ibídem, pp. 182-183.

[11] Ricardo Piglia: ob. cit., p. 92.

[12] Ibídem, p. 82.

[13] Reinaldo Arenas: Antes que anochezca. Autobiografía, Tusquets Editores, Barcelona, 1992, p. 343.

[14] “Lo importante de la Revolución no es la propia Revolución sino lo que acontece en las cabezas de quienes no la hacen o, en todo caso, de quienes no son sus principales actores; lo importante es la relación que estas personas, que no son los agentes activos, tienen con la Revolución.” (Michel Foucault: “¿Qué es la Ilustración?”, Saber y verdad, Las Ediciones de La Piqueta, Madrid, p. 204.)

[15] Reinaldo Arenas: “El central”, Inferno (poesía completa), Editorial Lumen, Barcelona, 2001, p. 72.

[16] Ibídem, p. 92.

[17] Cfr. Martin Heidegger, Construir Habitar Pensar. Bauen Wohnen Denken, La Oficina Ediciones, Madrid, 2015.

[18] Ibídem, p. 13.

[19] Virgilio Piñera: “La isla en peso”, La isla en peso. Obra poética, Tusquets Editores, Barcelona, 2000, p. 49.

JUAN CARLOS QUINTERO HERENCIA
Juan Carlos Quintero Herencia (Santurce, Puerto Rico, 1963). Poeta, ensayista, crítico. En 2002 gana el Premio de poesía del Pen Club de Puerto Rico por sus cuadernos de juventud El hilo para el marisco/Cuaderno de los envíos. Es autor de los libros de poesía: La caja negra (1996), Libro del sigiloso (Premio Creative and Performing Arts de la Universidad de Maryland, 2006) y El cuerpo del milagro (2016). Algunos de sus libros de crítica son Fulguración del espacio: Letras e imaginario institucional de la Revolución cubana 1960-1971 (Asociación de Estudios Latinoamericanos-Premio Iberoamericano 2002), La máquina de la salsa: tránsitos del sabor y La hoja de mar (:) Efecto archipiélago I. Se encuentra en preparación editorial su libro de ensayos, De la queda(era): imagen, tiempo y detención en Puerto Rico. Ha obtenido becas de la Ford Foundation, Andrew W. Mellon Foundation y de la John Simon Guggenheim Memorial Foundation. Es profesor de literatura latinoamericana y reside en Maryland, Estados Unidos.
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