Cuando en 1962 Manuel Navarro Luna afirmaba que El justo tiempo humano estaba en la primera línea de la lírica contemporánea –en estas mismas páginas de Verde Olivo— hacía un juicio excesivamente generoso dirigido más que por el análisis, por el entusiasmo que le despertaba un escritor joven que si bien asomaba las orejas y el heroico desde las páginas de Lunes, parecía haberse despojado de las actitudes del grupo Caín e iniciar un cambio revolucionario. Aquel libro de Padilla decía cosas que conmovían al viejo poeta: “mi mano/ se hunde en la Revolución/ y escribe sin rencores”, y estas otras: “por el amor de tu pueblo, ¡Despierta!/ ¡El justo tiempo humano va a empezar!”

Algunas páginas revelaban indudablemente un apreciable nivel poético, pero no todo el libro era así. Otros poemas eran flojos, repetidos, manoseados, a pesar de que a Padilla le había costado nueve años (del 53 al 62) completar las 120 páginas. En realidad, el libro estaba formado por los restos de otros anteriores a la Revolución que no pudo publicar, porque en aquellos tiempos, realmente difíciles, el poeta no tenía las posibilidades editoriales que la nueva sociedad le permite.

Han llovido seis años sobre el libro. Padilla, hasta ahora, no ha escrito otra obra, aunque ha anunciado varias. Se las ingenia, eso sí, para permanecer en el candelero publicando, de tarde en tarde, un poema en alguna revista o levantando el periscopio con algún viejo poema en antologías seleccionadas por algún amigo o por él mismo.

El señor Padilla, antes y después de soltar su primer librito sobre las rotativas de la Revolución, ha sido un viajero infatigable. La mayor parte de su vida la pasó en Estados Unidos, hasta 1959. Después, se coló en Prensa Latina y estuvo en Londres y otras capitales europeas. Separado de esta agencia informativa, anduvo de nuevo por todo el Viejo Continente.

Más tarde fue periodista de Novedades de Moscú, en español; superexigente en cuanto a comodidades personales, su conducta en la capital soviética durante más de un año dejó mucho que desear. De nuevo en La Habana, trepó a Cubartimpex, de donde fue separado por distintas irregularidades. La lista de sus viajes le dan un récord que pocos pilotos han igualado. Una vidita realmente suave, desconectada de la realidad revolucionaria que le ha hecho olvidar hasta sus días iniciales en Puerta de Golpe. Durante todo ese tiempo no se conocen más poemas del singular Heberto. Parecía que con El justo tiempo humano se había agotado una promesa. O es que el ajetreo de los aeropuertos internacionales, el corre-corre tras las vacunas y otros formalismos, y el andar despreocupado y boquiabierto por capitales europeas gastando alegremente dólares que se le entregaban para otra finalidad, no le dejaba tiempo para las musas. Y esto lo decimos con tristeza: no desconocemos la relación directa que hay entre los dólares que gastaba Padilla y el sudor de nuestros macheteros (los “peones” como dice ahora despectivamente). Ahora está en Cuba, desde hace algún tiempo. Y aquí, dentro del país parece que su anhelo de viajar se ha ido apagando porque no sabemos que haya ido a la Isla de la Juventud, a San Andrés, o a la Columna del Centenario a conocer la obra de la Revolución. Padilla se ha replegado en sí mismo, ha revitalizado la vieja capilla, con dos o tres nuevos adherentes, y del joven y prometedor poeta de antes sólo queda una caricatura, bastante lamentable por cierto, clownesca; decidor obstinado de frases supuestamente brillantes, hiriente, anacrónico personaje salido de alguna mala comedia de finales de siglo.

Siempre en busca de algún escándalo –él sabrá qué propósitos le guían–, aprovechó una encuesta de El Caimán Barbudo sobre la novela Pasión de Urbino para, sin que viniera al caso, hacer la increíble defensa de Caín (por cierto, que luego el propio Cabrera describió la polémica injustificadamente desatada por Heberto como una lucha por el poder cultural y privó a este de sus mejores argumentos). Pero la defensa de Caín no era más que un pretexto para atacar a la Revolución. Desconectado de la realidad, no ve más allá de sus ojos y, cuando logra hacerlo, sólo ve errores. En aquellas polémicas “literarias”, Padilla habló de política stalinista, de Guanahacabibes, de dulce vida, etc., como errores que había cometido la Revolución. No se trata de responder ahora a este fiscal increíble, pero, como nadie respondió esta parte de sus artículos, es necesario aclarar que estas frases no son más que infamias destinadas al público extranjero. No se sabe a qué stalinismo se refiere. En su manía persecutoria traslada mecánicamente a nuestra realidad problemas que no son nuestros; si quería referirse al sectarismo, no necesitaba tantas vueltas. El sectarismo no fue el stalinismo –cualquiera que sea el juicio final de la historia sobre este último, juicio que corresponde a los soviéticos, no a nosotros–, entre otras cosas porque el sectarismo fue una corriente incrustada en el poder revolucionario contra la dirección de la Revolución, y el stalinismo tuvo como centro la figura principal de la dirección soviética en aquellos años.

En cuanto a sus demás críticas, no vale la pena detenerse en ellas. No son críticas desde la Revolución sino contra ella. Lo que él denuncia se conoce precisamente por las críticas que la propia Revolución ha hecho y, dicho sea de paso, ni Guanahacabibes fue tan represiva (de cualquier forma, en toda sociedad hay que sancionar a los que se equivocan o cometen delitos) ni la “dulce vida” tan general. La prueba es que Heberto, antiguo funcionario de la Revolución, en cargos en los que se dio una vida no por cierto amarga, jamás fue a Guanahacabibes. Y motivos había.

Ya vemos como El justo tiempo humano se le convirtió, apenas cesaron cargos y privilegios, en los tiempos difíciles. El motivo para sus cambios de opinión, reflejado en el libro que envió a la UNEAC, es transparente. Como un viejo sargento político de ayer razona: “Si no estoy en «la papa» no soy revolucionario.” Pero la Revolución no ofrece “la papa” a sus funcionarios, sino la oportunidad del trabajo y del sacrificio. Y esto Padilla no lo entiende. Ajeno y enemigo de la realidad revolucionaria, se entretiene en escribir y publicar venenosas pullas cuando no declaraciones abiertamente contrarrevolucionarias. Se describe a sí mismo como “fuera del juego” y le hace el juego al imperialismo. Sus últimos poemas son peregrinos, no sólo política, sino incluso literariamente. Las cosas que dice son, más que dignas de un poeta con alguna instrucción y tantos viajes, las que dice frecuentemente Chela Castro en los programas radiales de la CIA o los argumentos de Pumarejo. En Cuba, nadie le va a creer. Él lo sabe. Veamos si no algunos ejemplos:

Padilla habla en sus poemas de terribles censores –millones de cabezas caen en una noche–, de persecuciones tremendas; dice el poeta: “que cualquier cosa ocurra/ que te rompan la página querida/ que te tumben a pedradas la puerta”, etc.

Lo curioso es que Padilla sabe bien que en Cuba eso no le ha pasado a escritor alguno. A él, no sólo no se le ha roto la página querida, ni se le ha apedreado la casa, sino que se le ha permitido publicar sus cosas en revistas de la Revolución, que dieron a conocer “En tiempos difíciles” y “Discurso del método”; ambos poemas, además de bastante malos, son francamente contrarrevolucionarios. De esa violenta revolución que él habla, no ha recibido, hasta ahora, más que posibilidades de publicación y pasajes –con todos los gastos pagos– para sus numerosos viajes al extranjero. Esto él lo sabe. Pero él, que lo conocemos, no escribe para nosotros, ni para nuestro pueblo, que sabe la verdad. Escribe en busca de un cartelito en el extranjero que le permita satisfacer su vanidad. Para lograrlo, nada mejor que hacerse el conflictivo, el perseguido, en una sociedad donde, de veras, muy poca gente piensa en él. (En esto del trato al extranjero, Padilla y otros escritores de tercera o cuarta fila como él, aprovechan todas las oportunidades para inflar artificialmente su fama: rodean a los visitantes –escritores, editores, etc.– con tanta avidez como las muchachas del Tuzex rodean a los turistas en la Praga del liberalismo, en busca de una amistad que les asegure una edición, o siquiera un rinconcito o una mención en alguna publicación de caché internacional. Son los tuzeros de nuestros medios intelectuales.)

¿De gente que piensa así, puede surgir algo que sirva? ¿Puede ser el arte arma de mezquindades y bajezas? No. Así se puede obtener un premio cuando se tienen amigos que son jurados o conjurados como César López. Por la puerta de la reticencia, el veneno contrarrevolucionario y la vanidad no se entra en la inmortalidad. Ahora ya su mano no “se hunde en la Revolución y escribe sin rencores”; ahora es el mismo rencor, el resentimiento contrarrevolucionario personificado. No, de ahí no sale nada artísticamente bello, nada que ayude al hombre, que lo ennoblezca o mejore. Sale el vaho de quien no vacila en poner sus ambiciones personales por encima de la verdad de su pueblo, que falsifica y disloca, a ver si en el extranjero encuentra compradores para su viciada mercancía. Pero llegó tarde. En la carrera por entregarse a la CIA, otros ya habían avanzado más que él y viven ya de los beneficios.

Su actitud de provocación es clara. ¿Por qué mandó un libro precisamente a la UNEAC? ¿Él, Padilla, que hace dos meses describió a esa organización como un “cascarón de figurones”? ¿Por qué buscar un premio de la Revolución, él, que hace un largo tiempo ya desdeña y ataca a la Revolución y al pueblo? Él, que ha hecho público desprecio de todos los escritores cubanos revolucionarios y que, cuando le ha sido posible, los ha borrado de antologías y exposiciones. Por cierto que su actitud se corresponde más con una posición dogmática y cerrada –también la contrarrevolución tiene sus dogmas, y toda esta gente bajo el disfraz de condenar el panfleto revolucionario, han comenzado a escribir, están escribiendo ya (y publicando) panfletos contrarrevolucionarios–. El pueblo no se daña mucho ni poco por esto. Pero es probable que algunos nuevos creadores, al ver a un Padilla protegido por ediciones de la Revolución se asombre ante el veneno que contiene. Por eso lo desenmascaramos. No se trata de que Heberto sea más o menos importante, que no lo es; no se trata de que le rompamos la página querida (por el imperialismo), ni ninguna de sus puertas. Se trata de alertar y alertarnos de cuanta basura contra el pueblo flota todavía en nuestro país.

En este poeta, las palabras más repetidas son policía, patíbulo, censores, condenados, prostiluta, golpes, dictadores, Césares, “empujones a media noche” que terminan en un “vamos, coño, acaba de decirlo todo de una vez”, etc. Su furia contra los “policías” está completamente destinada al extranjero, como todo lo demás. Y estos despreciados policías no están para vigilarlo a él (menudo trabajo para un compañero) sino que tal vez, en los mismos momentos en que trama un poema contra ellos, arriesgan su vida y mueren en silencio, cumpliendo misiones muy arriesgadas contra el imperialismo. Los policías en este país se llaman Carbó, se llaman Briones, se llaman pueblo. Sus nombres, aun sus propios nombres, se olvidan a veces o no se conocen, ni tienen un poeta que les cante. El imperialismo ha tenido una suerte que no queremos para ellos, ha encontrado un Padilla para que le de forma poética a sus consignas.

Él, en el mundo de mentiras que se ha creado sólo ve “el puñetazo en plena cara y el empujón a medianoche” mientras físicamente intacto, aunque moralmente él mismo se ha destruido, concurre a tertulias y anda de correveidile de gusanitos y descontentos.

Padilla ha preparado sus ataques contra la Revolución largamente. Ha desoído consejos y ha realizado actividades que van más allá de un poemita más o menos punzante, entrando en actividades delictivas. Busca desde hace meses una oportunidad, una provocación contra la Revolución para hacer de su caso un escándalo. Lo que no ha entrado en sus cálculos es que es contra nuestro pueblo contra quien se vira. En esta lucha contra el imperialismo, él ha preferido alinearse junto al enemigo del mundo. Allá él. Pero, eso sí, que lo haga lealmente (si es que puede) y no intente servir al imperialismo utilizando al mismo tiempo viajes de la Revolución ni honores de ella.

Aunque él crea se “fuera del juego”, las reglas del juego de la Revolución están dadas y, sin necesidad de ponerle detrás esos fantásticos “policías” de que habla en casi todos sus poemas para consumo externo, nuestro pueblo sabe ya en qué concepto tener sus actitudes.