El verano anterior al pasado había venido una familia de holandeses. El padre era un tipo alto y flaco, no podría decirse que desgarbado pues conservaba una cierta elegancia en todas sus actividades, o lo menos en aquellas actividades que desarrollaba en público, pero sí quizá podría decirse de él –y sin remordimiento ni rémora– que parecía estar todo el tiempo a punto de perder el equilibrio. La madre era una holandesa de caderas anchas y huesos largos y pelo casi blanco de rubio, una de esas mujeres sin edad y de sonrisa permanente a la que Carola descubrió una tarde afeitándose el pubis en la ducha de los caballos. La holandesa tenía una pierna sobre el muro y se arqueaba para poder mirarse y cuando ella apareció se quedó inmóvil en esa posición, como si los ojos de Carola fueran los ojos de una Gorgona y la hubieran vuelto de piedra. Se miraron con lo que Carola supuso que sería mutua curiosidad durante un momento (que a ella le pareció largo) y luego la holandesa dijo algo que no entendió y cada una siguió en lo suyo, esto es, la holandesa afeitándose y Carola buscando un rastrillo que necesitaba para la paja de las cuadras hasta que dio por fin con él, e hizo entonces un gesto que podía entenderse como de despedida, aunque en propiedad no lo fuera. En puridad, ni siquiera era un gesto, y no se despidieron porque desde el primer día había quedado claro que la ignorancia de las lenguas respectivas las disculpaba del diálogo. Y si bien era poco lo único claro entre ellas, a estos efectos ya era bastante y el gesto podía, bien mirado, quedarse flotando como un plus, un añadido a lo mínimo.

A veces la holandesa se sentaba con su marido, que en lo que respecta a equilibrios como mejor se veía era así, sentado, y aferrado por eso de algún modo a la tierra, aferrado o apoltronado a su propia muerte, en las butacas de mimbre que la vieja solía poner en verano en el porche que quedaba en medio de las cuadras, y se pasaban una o dos horas tomando a sorbitos una copa de cognac, él el cognac, y algo que la holandesa rubia se servía de un termo y que Carola supuso que tendría que ser algún tipo de té, una infusión secreta que ella llevaba consigo en un termo. Tenían una hija de su edad pero que a Carola le parecía mucho más joven, o más joven o muy aniñada, y que tenía siempre cara de estar allí a disgusto, o al menos de estarlo pasando mal por alguna cosa que no podía contar a nadie, o puede que esto último fuera una fantasía suya, está bien, pero que tenía a todas luces aspecto de no ser una chica feliz y ni siquiera una chica medianamente satisfecha con su vida o contenta consigo misma o con el sitio que le había tocado ocupar en el mundo, lo menos con el sitio que aquel verano estaba ocupando allí mismo. Carola a veces la imaginaba en otra estación del año, se la imaginaba por ejemplo en invierno y con abrigo y bufanda, o en otro lugar cualquiera, en la ciudad donde vivían todos ellos, por ejemplo, que para ella era sólo un nombre pero que podía figurarse llena de coches y de gente que tendría toda ella mil cosas que hacer, gente atareada y, en consecuencia, con muy poco tiempo, y que andaba por eso siempre con prisa en calles más o menos atestadas de tráfico, y donde cerca de algún sitio debía haber un colegio al que acudiría a diario la chica triste, o era descontenta. Quizá en el colegio y con los padres lo bastante lejos de su terreno no fuera así ni se comportara de ese modo, acaso se lo pasaba de miedo con sus amigas, que serían muchas, y era popular en el patio, pero bien mirado quizá no, bien podía ser lo contrario. El hermano tendría unos doce o trece años y cuando único se la veía más o menos dispuesta a ella, o más o menos sonriente o menos desdichada, era cuando jugaba con él. Carola se había preguntado si era su hermano o su hermanastro, pero en cualquier caso cuando los miraba jugar no podía evitar nunca decirse que a esa edad los niños varones, la mayoría de los niños varones al menos, pero esta era una familia rara (el padre falto de equilibrio y la madre tan pusilánime y rubia y bebedora de té, la chica descontenta o desubicada y éste que no iría a hacer excepción), debía jugar a otras cosas. En el colegio donde los dos estudiaban, por ejemplo, seguro que sus condiscípulos varones jugarían a otras cosas. En cambio, aquí la chica se tumbaba sobre el césped y el hermano se sentaba encima suyo y hacían palmas un rato, o jugaban a un juego que Carola sí conocía, ese de tijera o piedra o papel, o alternaban lo uno y lo otro con el mismo ritmo pausado, fuera del tiempo, con que sus padres consumían respectivamente cognac y lo que fuera que cada media hora su madre se servía del termo en la terraza de detrás de las cuadras. A veces la chica se enojaba por algo que su hermano había dicho y lo lanzaba lejos de sí de un empellón. Tenía fuerza, la chica. O el chico era frágil, que también podía ser. Lo que no era es rencoroso, porque se alejaba un rato y enseguida volvía, haciendo muecas o riéndose como si allí no hubiera pasado nada. Entretanto, en esas ocasiones, la chica se volvía sobre la hierba y se ponía una mano bajo el mentón y lo miraba así, como indagando o quizá interrogándolo o escrutando no sabía Carola qué cosa. Él se dejaba mirar y no emprendía de momento ningún intento de reconciliación. Tal vez fuera otro juego, el de ver quién ríe primero, porque a veces rompían esa pausa con una carcajada que alguno –él casi siempre– empezaba y el otro no hacía nada, o muy poco, por no seguir. Entonces les daba la risa a los dos y se estaban así otro rato y luego vuelta a empezar. Pero sólo a veces, de modo que si aquel era un juego el juego tenía reglas extrañas o que sólo entendían ellos dos; había tardes, por ejemplo, en que ella lo miraba de esa manera un rato, la mano bajo el mentón y acodada en la hierba, y luego él se levantaba y se iba. O se levantaba y se alejaba algo más y se sentaba en el tocón de un tronco y se ponía a limpiarse los pies, o se hacía un ovillo y se balanceaba como si siguiera algún ritmo que transcurriera únicamente en su cabeza, puertas adentro o a puerta cerrada. Luego, más tarde o más temprano, hacían las paces, si no era carcajada mediante entonces la chica se levantaba y se acercaba hasta él y le susurraba algo al oído y al rato lo tenía de nuevo sentado encima suyo y jugando a esos juegos de manos que jugaban los dos, a las palmas o a veces a hacerse cosquillas y reírse como dos posesos –a ella parecía gustarle más lo de las cosquillas o tenía más aguante, el chico enseguida se desesperaba e imploraba clemencia–, otras veces a tijera o piedra o papel.

El chico siempre iba vestido como si fuera a salir. Carola no conseguía evitar nunca que eso le llamara la atención, y siempre que lo veía así –por lo general, después de almuerzo, se lo cruzaba siempre a esa hora– se preguntaba adónde irían a ir, o adónde podrían llevarlo de paseo por aquí que no había nada que ver. La duda le duraba sólo un momento y enseguida se deshacía como una pompa de jabón, se esfumaba de golpe en cuanto caía en la cuenta de que no había nada de especial o distinto en su atuendo y que andaba como andaba siempre, más nada. La chica, en cambio, solía pasársela en pantalones cortos y camiseta, y Carola se había fijado desde que llegaron en que casi nunca llevaba ropa interior. Tenía los pechos algo separados pero más grandes que los suyos, o no más grandes sino más en punta o hacia delante, los suyos, en cambio, eran más redondos y se amoldaban mejor al cuerpo. Esther le había dicho una vez que ella tenía tetas de chica de veinte, y eso le había gustado, pero lo cierto es que los había tenido siempre así y por eso miraba los pechos de la chica holandesa –la dutchie, había dicho Esther en una carta donde la mencionaba, ella le había contado y Esther le endilgó enseguida mote– como a los de una adolescente; era así, pensaba, como debían tener casi todas las chicas de su edad los pechos.

WALDO PÉREZ CINO
Waldo Pérez Cino (La Habana, 1972). La demora, su primer libro de relatos, se publicó en La Habana en 1997. Desde entonces reside en Europa. Ha publicado también los relatos de La isla y la tribu (2011) y El amolador (2012), los volúmenes de poesía Cuerpo y sombra (2010), Apuntes sobre Weyler (2012), Tema y rema (2013) y Escolio sobre el blanco (2014) –recogidos en Aledaños de partida (2015) junto a Dinámica del medio–, y el ensayo El tiempo contraído: canon, discurso y circunstancia de la narrativa cubana (2014).
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