Imagen de cubierta ‘La república’, de Joost de Vries (Anagrama, 2017)

En su famoso ensayo “E unibus pluram: televisión y narrativa americana”, David Foster Wallace escribió con brillantez sobre la importancia de Don Delillo para los escritores contemporáneos: “un novelista conceptual subestimado durante mucho tiempo que ha convertido la señal y la imagen en sus motivos combinados, del mismo modo que Barth y Pynchon esculpieron con parálisis y paranoia una década antes. Ruido de fondo (1985), de Delillo, constituyó, para la nueva hornada de narradores, un toque a rebato’’. Ciertamente la influencia de Delillo es enorme y no se limita a la literatura norteamericana: de Fascinación (1978) a Punto Omega (2010), sus libros están en el origen de algunos de los experimentos narrativos más interesantes de la ficción contemporánea. El más reciente ejemplo de esta “angustia de las influencias” aparentemente inagotable es La república, del holandés Joost de Vries.

La república es una sátira implacable del mundo académico inspirada directamente por Ruido de fondo: utilizando como punto de partida la brillante intuición de Delillo sobre el considerable potencial cómico de ciertas disciplinas universitarias,[1] el escritor holandés ha escrito un relato de amenidad incesante que, a pesar de su tono aparentemente ligero, consigue articular una interesante meditación sobre el poder de las imágenes en la cultura contemporánea.

En el centro de la narración se encuentra Josep Brik: filósofo antiderridiano, psicoanalista devoto de Lacan, crítico de cine y, por encima de todo, el más brillante y exitoso de los discípulos de Jack Gladney,[2] el famoso creador de los “estudios hitlerianos”[3] en la academia norteamericana. Se trata de un personaje de inagotable complejidad que, de una forma u otra, obsesiona a todos los que lo han conocido[4] y cuya muerte al inicio mismo del relato implica que el lector nunca puede acceder a un conocimiento directo de esta formidable máquina de pensar: todo lo que recibe son decenas de anécdotas (en ocasiones contradictorias y a menudo referidas por gente que ni siquiera lo conoció realmente), fragmentos seductores y poco confiables que pretenden iluminar, por improbable que parezca, el misterio que era Brik.

En medio de esta encarnizada lucha de interpretaciones alrededor del brillante académico, la ficción más plausible parece ser la elaborada por Friso de Voss, el más cercano de sus colaboradores y narrador en primera persona del relato.[5] Este joven ensayista, editor de la revista El Sonámbulo (fundada por Brik y especializada en los así llamados “estudios hitlerianos”) debe sobreponerse a la depresión ocasionada por la muerte de su mentor (quien, en un accidente absurdo provocado por su obesidad, se precipitó por la ventana de un hotel en Ámsterdam) y combatir la más seria amenaza a su legado: el entusiasta y levemente siniestro Philip de Vries, que intenta presentarse ante la comunidad universitaria como el auténtico “heredero” de las ideas de Brik.

Y es aquí donde el tono farsesco se agudiza y la trama parece desquiciarse: Friso viaja a Viena para enfrentar a su rival[6] y no se le ocurre nada mejor que hacerse pasar por él para ridiculizarlo,[7] pero, como se podía suponer, las cosas nunca son tan sencillas y lo que empieza como un juego lo conduce a involucrarse en una demencial conspiración que involucra a neonazis, cazadores de nazis, historiadores fracasados y artistas de vanguardia: todos tras la pista de un objeto más o menos mítico que puede o no existir[8] en este sofisticado relato que es también una representación absolutamente lograda del mundo grotesco y repulsivo de los obsesos del Tercer Reich. Por lo demás, se trata de una de esas narraciones en las que nada concluye realmente: al final ninguna certeza es posible sobre la existencia del objeto del deseo de los personajes y mucho menos aun sobre el misterio esencial que es el pasado de Brik.

Como en las mejores obras de Delillo, su discípulo holandés somete el material narrativo a un principio sistemático de incertidumbre, articulando una auténtica “ficción paranoica”, un libro elegante y profundamente escéptico que, con delicada ironía, sugiere el carácter esencialmente cómico de toda erudición.


Notas:

[1] En particular, la especialización en temas ostensiblemente fútiles: en Ruido de fondo son los profesores que analizan los envases de cereales para el desayuno y en La república los maníacos que estudian las mediocres pinturas de Hitler y los detalles más insignificantes de su biografía.

[2] Jack Gladney es un personaje creado por Don Delillo que protagoniza su novela Ruido de fondo: como puede apreciarse, lo que podemos llamar el “efecto Delillo” es abrumador y no se limita a la literatura norteamericana. En cierto sentido, lo que tenemos aquí es algo similar a los relatos que August Derleth y otros fanáticos de Lovecraft escribieron para “continuar” el ciclo de Cthulhu… pero la analogía no llega muy lejos: casi todo lo escrito por los discípulos de Lovecraft es basura, mientras que la novela de Joost de Vries es un texto de innegable dignidad estética.

[3] A diferencia de Jack Gladney, a Brik no le interesa la historia del nazismo sino sus representaciones en la cultura contemporánea, sobre todo en el cine.

[4] Aquí el verbo conocer sólo puede utilizarse en el más laxo y superficial de los sentidos: nadie conoce realmente a Brik y al final de la narración su personalidad continúa siendo un enigma.

[5] Como ha señalado Ricardo Piglia, a menudo los libros con narradores que relatan una historia que en última instancia no es la suya (Marlow reconstruyendo la travesía de Kurtz en El corazón de las tinieblas, Nick Carraway investigando el origen de su amigo en El gran Gatsby) despliegan estructuras narrativas de gran complejidad.

[6] Y para participar en el rocambolesco congreso End of History, algo así como la reunión anual de todos los excéntricos del mundo académico.

[7] Los dobles, la simulación y las falsas identidades abundan en el relato, convirtiéndolo en una suerte de thriller académico o novela de espías con una pátina de erudición: una mezcla de La historia secreta (Donna Tartt) y La gente de Smiley (John le Carré).

[8] Y aquí, como es natural, el modelo no es Ruido de fondo sino Fascinación, la novela de Delillo sobre la búsqueda de una película supuestamente rodada en Berlín en abril del 45.

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