Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares en la Librería de la Ciudad, 1979
Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares en la Librería de la Ciudad, 1979

¿Quién lee hoy a Adolfo Bioy Casares? Aunque en su larga carrera literaria publicó más de veinte volúmenes (novelas, cuentos, ensayos, memorias y hasta un diccionario de la jerga argentina), hasta hace muy poco su fama descansaba sobre dos pilares bastante dudosos: su amistad con Borges y La invención de Morel, que algunos consideran la primera novela fantástica latinoamericana, pero que, afrontémoslo, no es para tanto. Los intentos, bastante tímidos, de reivindicarlo como una especie de “gran escritor menor injustamente preterido” (para utilizar uno de esos giros patéticos tan del gusto de cierta crítica) serían casi conmovedores de no resultar esencialmente ridículos: Cabrera Infante, en una encuesta sobre neglected fictions, publicada en el Times Literary Supplement a finales de los ochenta habla de “one or two novellas that are obras perfectas. These are Morel’s Invention and Plan of Scape, both already translated into English with not even an eco in lontano”, pero a pesar de la súplica implícita en sus palabras, no logra convencernos de la importancia de libros que son básicamente una reescritura de argumentos borgianos con un estilo bastante más pobre. Más recientemente, Rodrigo Fresán (probablemente intentando impresionar a las vastas masas semianalfabetas que proliferan en los eventos literarios) ha declarado en una lamentable conferencia que para él Bioy Casares siempre había sido mucho más interesante que Borges: con todo el respeto que nos merece Fresán (a decir verdad, no demasiado), es difícil tomar en serio a alguien que no es capaz de ver la diferencia entre Sebald y Stephen King. Volviendo a Bioy Casares y la cuestión de su legado literario, si este artículo se hubiera publicado en el 2005 no habría mucho más que decir y nuestro juicio, aunque severo, resultaría preciso: no se trata de un autor importante y en nuestros momentos poco piadosos podríamos incluso llegar a pensar que sus libros no merecen el esfuerzo de sacarlos del librero (precisamente lo que Bioy Casares, con su acostumbrado esnobismo, pensaba de Gombrowicz). Y sin embargo… y sin embargo… las cosas no son tan sencillas. Porque junto a la obra conocida, la obra oficial podríamos decir, elogiada y premiada hasta el cansancio mientras el escritor vivía, y tan poco leída ahora, Bioy Casares edificó, obstinadamente, a lo largo de casi cuarenta años, una obra secreta que de un solo golpe cambia todo lo que pensábamos sobre él y se convierte en el principal argumento para discutir su inclusión entre los mejores escritores latinoamericanos de cualquier época: las 1700 páginas del monumental Borges (Destino, 2006). Se trata del diario en el que registró las “interminables, exaltadas conversaciones” que mantuvo con Borges a lo largo de gran parte de su vida y en el que también aparecen, a menudo descritos con ácida ironía, muchos de los literatos de la época. Por supuesto, el centro absoluto del libro (y de la vida literaria de Buenos Aires entre 1945 y 1985) es el propio Borges: erudito, libresco hasta la médula, irónico, sarcástico, enfermizo, estoico, ciego, rencoroso, desdichado, políticamente incorrecto y siempre formidable.

Aunque Borges opina sobre todos los temas imaginables (y podría hacerse un estudio sobre las series que se repiten a lo largo del tiempo, un poco a la manera de Piglia en sus Diarios), la literatura es el tema fundamental de las conversaciones y aquí El Viejo, más incluso que en sus escandalosas entrevistas, manifiesta una originalidad y libertad absolutas, sin el menor respeto por las opiniones críticas tradicionales (incluso cuando el crítico se llama T. S. Eliot… especialmente cuando el crítico se llama T. S. Eliot) o los clásicos establecidos. Así, en 1953 opina sobre Shakespeare que “en literatura fue un Amateur, the divine Amateur” (él prefería a Dante), y critica lo que percibe como una debilidad estilística en los famosos versos “O, my profetic soul! My uncle”. Borges: “Debió elegir cualquier otra palabra, no uncle. Este uncle, después de my profetic soul, donde el estilo quiere levantarse, es un absurdo bathos. Evidentemente debió escribir his brother. Además, los dos my no quedan bien.” Esta implacabilidad en sus juicios literarios, esta mirada hiperlúcida, atenta sobre todo a los detalles de la composición, a la estructura (aunque como era de esperar negó haber leído a los formalistas rusos… y a cualquier otro teórico), no decae en ningún momento del libro y va conformando, sin proponérselo, un vasto tratado de poética, una historia alternativa de la literatura (no sólo de la occidental). Básicamente, Borges, azuzado por Bioy Casares, pasa revista a todo lo escrito desde Homero hasta Faulkner, de Fray Mocho, Sarmiento y José Hernández a Oliverio Girondo. Sus comentarios no suelen ser caritativos. Borges: “Yo creo que Thomas Mann era un idiota. A Estela Canto le gustaba mucho: sus autores preferidos eran Thomas Mann y Bernard Shaw. Qué extraña conjunción.” (julio de 1967) Y más adelante, en una conversación sobre poesía francesa: Borges: “¿La fama de Baudelaire? La cursilería gusta. Qué triste llenar la literatura de almohadones y muebles y mostrar la maldad como meritoria. Baudelaire es la piedra de toque para saber si una persona entiende algo de poesía: si admira a Baudelaire es un imbécil.” (septiembre de 1975) Opiniones tan contundentes como estas, en las que la severidad del juicio estético no desdeña los insultos, abundan en el libro y articulan, con una consistencia rara vez vista en otros escritores, una preceptiva literaria que es también (sobre todo) un espléndido arte de injuriar. Muy pocos autores escapan, con el paso de los años, al sarcasmo borgiano: Dante, Cervantes, Samuel Johnson, De Quincey, William Hazlitt, Conrad, Stevenson, Chesterton, Kipling, Verlaine, Bernard Shaw, Schopenhauer, Samuel Butler, Darío, López Velarde, Sarmiento y José Hernández son quizá los únicos por los que El Viejo muestra una devoción constante. En cuanto a los así llamados grandes nombres de la literatura universal que fustiga sin piedad… mejor no entrar en detalles: basta con decir que Borges lleva su iconoclasia a extremos desconocidos en el ámbito hispanoamericano, alcanzando por momentos una negatividad sublime, como en la magnífica conversación del 10 de junio de 1971, donde, en una discusión sobre los profetas bíblicos y los pensadores estoicos, Borges mezcla ética y estética, difumina la diferencia entre personajes históricos y literarios, entre vida y literatura. Borges: “Los profetas son una porquería… mucho mejor son los estoicos.” Bioy: “La antigua literatura y las ideas religiosas judías me parecen sórdidas, los estoicos tienen una mentalidad más limpia y elevada.’’ Borges: “Cristo no era un caballero, como Sócrates. Tenía algún talento literario, shakespiriano. ¿Vos lo ves como un literary man? ¿Vos lo ves como como un poeta romántico? Si comparás la muerte de Sócrates y la de Cristo, no hay duda de que Sócrates era el más grande de los dos. Sócrates era un caballero y Cristo un político, que buscaba la compasión… los Padres de la Iglesia eran otra porquería.”

Pero la maledicencia borgiana no se limita a los autores del pasado, sino que se despliega, generosamente, sobre todos sus contemporáneos: ningún otro libro ofrece una representación tan minuciosa, ingeniosa y despiadada de los cenáculos literarios porteños en el siglo XX. Amigos (Mastronardi, Peyrou, Mujica Láinez, Francisco Romero), enemigos (Sábato, González Lanuza, Victoria Ocampo), familiares (la madre, la hermana y su cuñado Guillermo de Torre), o simplemente conocidos pintorescos (la señora Bibiloni de Bullrich, Wally Zenner, el gordo Adolfo Mitre, Zorraquín Becú) son observados y juzgados implacablemente. Sobre Francisco Romero, autoproclamado filósofo y autor de una “teoría” según la cual “las dos operaciones esenciales y tal vez únicas de la actividad humana eran unir y separar”, dice Borges: “Es un presocrático, tiene todo el pasado por delante.” Y en otro momento, comentando el plagio cometido por el académico y escritor Risieri Frondizi: Bioy: “Giusti defiende a Frondizi diciendo que ese libro es anterior a su rectorado de la Universidad”; Borges: “Pudo decir que fue anterior a sus cursos sobre Ética.”

De hecho, muchos de estos personajes serán recordados sólo por haber sido víctimas del sarcasmo borgiano, algo que probablemente hubiera escandalizado a figuras tan vanidosas como Eduardo Mallea y Estela Canto, pero que ahora simplemente confirma el incomparable ingenio de Borges… y de Bioy Casares. Pues no ha faltado quien se pregunte (ya se sabe que los imbéciles no escasean) cuál es el mérito de haber recogido día tras día, durante cuarenta años, las opiniones de Borges, y en Argentina algunos periodistas, enfermos de corrección política, se cuestionan incluso el derecho de los herederos de Bioy Casares a publicar el libro, acusando a Borges de misógino, racista, elitista, burgués y poco sensible a los problemas de las clases desfavorecidas. La segunda de estas afirmaciones es tan patética que apenas merece respuesta: es suficiente con recordar que los escritores (al menos los que importan) no son los entusiastas participantes de un concurso de belleza moral, como sabía decir cierto escritor judío tan cáustico como Borges. En cuanto a la primera, merece tal vez una refutación más detallada: no es cierto que el libro sea meramente la transcripción cruda de las conversaciones entre Borges y su mejor amigo (como si Bioy se hubiera limitado a prender una imaginaria grabadora en su cerebro, apresurándose después a transcribirlo todo antes de olvidarlo), sino que se trata de una obra planeada y escrita con absoluta deliberación, elaborada a través de un sofisticado proceso de selección que descarta lo superfluo, dramatiza las conversaciones y convierte a Borges en un personaje absolutamente novelesco. Lo importante aquí no es un estricto apego a lo que realmente se dijo (cosa por lo demás imposible cuando consideramos la extensión de algunas entradas del diario y el número de personas que intervienen), sino la verosimilitud de lo que finalmente pasa al libro publicado (y sabemos que Bioy, ya muy enfermo, trabajó hasta los últimos días de su vida con el editor Daniel Martín para darle al texto su forma definitiva), la sensación, no desmentida en ningún momento, de escuchar en estas páginas el auténtico tono de Borges. Por supuesto, Bioy Casares, desde el inicio mismo del proyecto, tuvo muy en cuenta un ilustre predecesor, La vida de Samuel Johnson, de James Boswell. Se trata, como todos saben, de la más famosa de las biografías literarias y una influencia ineludible para cualquiera que aspire a la representación total de la vida de un escritor.[1] Como en el libro de Boswell, lo que encontramos en el Borges es una estructura compleja, ciertas escenas arquetípicas que se repiten con variaciones (recepciones literarias, banquetes literarios, cenas con Peyrou, Bianco y Mastronardi), pero que aportan al lector el doble placer del reconocimiento y la expectativa. También encontramos, como en La vida de Johnson, la misma paciente atención a los más nimios detalles del comportamiento (no siempre admirable) del personaje central,[2] las bruscas epifanías que iluminan su carácter, los momentos en que el texto reflexiona sobre sí mismo: selección, contrapunto, repetición, refinamiento y personajes suficientes para rivalizar con La guerra y la paz o En busca del tiempo perdido: con paciencia, talento y terquedad, Bioy Casares ha compuesto lo más cercano a ese monstruo tan mitológico como el kraken, la Novela Total Latinoamericana.

En varias ocasiones Borges aludió a la extraordinaria frase de Léon Bloy según la cual “no hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quién es con certidumbre. Nadie sabe qué ha venido a hacer a este mundo.” A pocos puede aplicarse con tanta pertinencia como a Bioy Casares: creyó ser un gran narrador, un estilista consumado, uno de los mayores escritores latinoamericanos del siglo XX, y realmente lo fue… pero sólo en las páginas de este portentoso volumen, sobre el que podría decirse, parafraseando la frase de Wilde sobre Balzac: una lectura asidua del Borges convierte a nuestros amigos en sombras, a nuestros conocidos en sombras de sombras.

Notas:

[1] Esto es cierto sobre todo en el ámbito anglosajón. Sin embargo, la conocida anglofilia de Borges y Bioy Casares convirtió La vida de Johnson en uno de sus libros de cabecera.

[2] Y del resto de los personajes: ¿Quién puede olvidar la estupidez casi sublime de la señora Bibiloni de Bullrich o la grotesca vanidad de Sábato?

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