Mario Valdovinos

Haciendo un juego borgesiano, diríamos que la obra visible que ha dejado este narrador, dramaturgo y crítico chileno no es ni de fácil ni de breve enumeración, sobre todo porque, como ocurre con César Aira o Gilberto Owen, Mario Aníbal Valdovinos Toro (Santiago de Chile, 1957) es una auténtica “máquina” (acorazada o no) de escribir. Desde que apareciera en 1989 su libro de cuentos Guía de habitantes extraviados, hasta su más reciente publicación, Pelagatos (2018), los títulos que nutren su producción de casi tres décadas han ido apareciendo tanto en editoriales de masiva distribución, como RIL, Cuarto Propio y Emecé, como en autoediciones y sellos independientes (muchos de ellos ya desaparecidos, tragados sin remedio por el vértigo y los costos de la industria del libro: Sashaedit, Ediciones del Gallo, Ediciones del Suspirante, etcétera).

La obra de Valdovinos es ecléctica, personalísima, de cruces disciplinarios muy interesantes y parece generada como para despistar a todo lector que desee seguirle una pista muy lineal. No obstante, debido a su calidad innegable y a la importancia de Valdovinos para el ámbito cultural chileno, va siendo tiempo de sistematizarla, estudiarla y agruparla.

Una primera integración arrojaría los siguientes conjuntos: cinco obras de teatro, seis volúmenes de cuentos, once novelas y dos recopilaciones de artículos y ensayos, además de un centenar de crónicas, aparecidas en publicaciones impresas y electrónicas. A esto se suma un intenso trabajo como actor, director y libretista en seis videos experimentales. Hasta el cierre de esta nota, había en las carpetas del escritor una novela, la reedición de un antiguo volumen de cuentos y dos o tres conatos de obra de teatro. Con Mario Valdovinos puede hablarse, entonces, más de una textualidad que de una obra; una suerte de organismo multicelular al que le salen brotes aquí y allá, y que se complace tanto en el producto final como en su preparación y manufactura; una obra más geno que fenotextual, así como le entendió Julia Kristeva, y que el propio autor se encargó de describir en uno de sus cuentos breves:

En medio de todas las carpetas ordenadas con sus respectivos rótulos: Malditos proyectos no realizados” / “Currículum negro” / “Estado actual del despojo previsional” / “Historia de mi cuerpo y de sus enfermedades” / “Álbum lujuria” / “Poema en prosa sobre un hijo de las flores” / “Herbario del suspirante” / “La revolución se fue” / “Mi vieja estampa de Beatle” / “Amigos muertos y desaparecidos” / “Novias extraviadas en la bruma” / etc., hay una más polvorienta que las otras, titulada “Unos retratos, pañuelos, cartas de amor y nada más”.

Este microcuento, llamado “Mis documentos”, incluido en su libro Takes (1999), adelanta el tema, e incluso el tono, que escritores como Alejandro Zambra harán en Chile mucho después. Pero la propuesta valdoviniana está trazada desde entonces, y pareciera que el resto de su producción abre dichas carpetas, las reorganiza y, sin más pretensión que sus propias pulsiones secretas, desarrolla eso que se había quedado como mero apunte. Por eso la literatura de este autor chileno, injustamente secreto hasta ahora, se expande de la manera antes descrita: ese mismo gesto de escribir y (lo que importa) darle salida a su escritura, sin otorgarle demasiada importancia a la configuración de una constelación definida de publicaciones, lo convierte ya en un escritor marcado por un exocéntrico gesto “errabundo”; gesto que se volcará con mucha notoriedad al interior de sus libros, en explícitos e implícitos elementos narrativos.

Breviario de fantasmas, novela de 2005, narra, por ejemplo, una historia de orígenes y tránsitos muy privados: literalmente el viaje en trasatlántico que su abuela materna realizó a principios del siglo XX por mares acechantes, desde Génova hasta América (episodio que aparece, como intertexto, en Suelta, novela suya publicada nueve años más tarde). Allí el movimiento (elemento constitutivo de su narrativa) es palpable, visible. Pero también hay desplazamientos de otro tipo: de la salud a la enfermedad en Posthumo, por ejemplo, novela experimental de 2010 en el que, mientras una hija es testigo de cómo su madre se apaga, víctima de un cáncer terminal, el lector es testigo de cómo la prosa se desvanece, desde la estructura al retazo, de la prosa a la poesía, del lenguaje literal al más figurativo, asunto que recuerda en parte a la desestructuración expresiva de los últimos cantos de Altazor, de Vicente Huidobro); y el tránsito de niña a mujer, tras el descubrimiento de una vocación teatrera y performática, de la protagonista de Suelta, de 2014, cuyas imágenes recurrentes son, de manera funcional, pájaros que vuelan, momentos que se esfuman, calles de la capital chilena que ya no existe debido a la vorágine neoliberal: “Doblo por las esquinas de fantasmas, imagino casas que ya no existen. El Santiago que se fue. Soy un espectro en medio de calles rastrilladas por la brisa, iluminadas por atardeceres que duran segundos y se desbarrancan. ¿Quién les habrá dado alas de ave para que vengan?”

A Mario Valdovinos le gusta moverse en la sombra, y, bien mirado, esa intermitencia de su figura en el campo literario chileno lo hace parecerse a un personaje salido de algún pasaje de Pálido fuego o La verdadera vida de Sebastian Knight, de Vladimir Nabokov. Ciertos datos autobiográficos se volverán luego autoficción productiva: estudió en el Liceo de Hombres N.° 6 “Andrés Bello”, de San Miguel (asunto referido en el que sea, probablemente, su libro más duro: Memorias de la República, de 2011), y durante la década de 1970, Pedagogía y Literatura en la Universidad de Chile. De sus años de formación le queda, como humus fructífero, un conocimiento amplísimo de la literatura chilena moderna y contemporánea (sólo comparable al de nombres como Alfonso Calderón y Cedomil Goic), asunto que se colará en su prosa casi como un acto reflejo. Lee en esos años a Baldomero Lillo y a Manuel Rojas, pero también a Donoso y Jorge Edwards; a Blest Gana y D’Halmar, como también a Germán Marín, Diamela Eltit y Alfredo Gómez Morel. Fue alumno de Jorge Guzmán y del propio Enrique Lihn (asunto profusamente comentado en la novela Lihn, la muerte, de 2012), y testigo ejemplar del involucramiento de figuras como Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar (junto con Neruda, figura capital de Valdovinos) con el proceso social chileno, iniciado con el gobierno de Eduardo Frei Montalva, profundizado por Salvador Allende y violentamente interrumpido por el golpe de Estado de 1973. Adicionalmente, a principios de la década de 1990 funda la compañía “Teatro de la Maga” (junto con el actor y director José Miguel Gallardo, y que ha sido cuna de todas las representaciones de sus libretos de teatro originales) y entre 1983 y 1992 condujo un programa de radio, “Comentario de cine”, espacio donde vuelva otra de sus vocaciones y fuente de innumerables referencias (cristalizada muchos años después en No leí el libro, pero vi la película, de 2010).

Todo aquello irá formando un magma que luego, con treinta años en el cuerpo, proyectará de manera explosiva en sus relatos, crónicas y libretos de cine y teatro. Aunque se trata de un escritor que (raro en el Chile de la actualidad) tiene especial cuidado por la retórica y la gramática, su prosa es un géiser contenido apenas por los diques de la estructura y el estilo: surge a borbotones, se acelera en cada página, se abre a mostrar los intertextos o citas explícitas, y mantiene deliberadamente un tono de work in progress (así, como apunte de carpeta). El preludio a su libro Takes da toda la medida del ars literaria de Valdovinos:

El take es así un punto de encuentro al cual se llega por medio de la técnica del palimpsesto, toda vez que es una secuencia de escrituras y reescrituras. Es un proceso, por lo general vespertino, más intenso en otoño. Considera impulsos y emociones súbitas; también incluye el pálpito, el mismo que sentía Gardel en los hipódromos, cuando miraba un pingo en el paseo previo a la carrera y exclamaba: ¡Toda la guita a ese burro, che!

Esa precariedad, esa (cuasi) inutilidad de la empresa literaria, es lo que origina un último aspecto que me gustaría destacar en la literatura de Valdovinos, y que cruza todos sus libros, como una pátina muy suave pero indeleble. Tras leer varios de sus libros, lo que queda en la percepción y memoria del lector es una suerte de saudade (así como la definiera Manuel de Melo y, luego, la potenciara Pessoa para las letras lusitanas), mas no reconocible en un inicio. La poesía no sirve, acaso, para nada práctico en el mundo fenoménico (ese mundo de cálculo, tan amordazado por categorías lógicas y que Valdovinos, como Cortázar, se encarga de expandir), pero sí alimenta algo humano, demasiado humano: catalizar el pasado para observar mejor el presente. Es en ese terreno donde Valdovinos juega sus cartas, introduciendo con cierto humor una saudade muy delicada que, pasados los días, se impone en la visión de mundo del lector

Es mucho lo que aún queda por descubrir y sistematizar en la narrativa de Mario Valdovinos: la funcionalidad del argot chileno en sus diálogos y descripciones; el papel que desempeña la política en el ámbito doméstico; el cruce entre plástica y literatura (sobre todo en Cielista, obra del 2007, y en Diario de ausencia); y, por supuesto, su amplio aporte como dramaturgo, desde Conversación de los tres caminantes (1989) hasta Gonzalo Rojas: poeta y carbonauta (2016). Pero bien vale este preliminar para mostrar a un autor cabal, injustamente desconocido en su país natal, pero del que conviene tener en cuenta por mérito propio para los futuros anales de literatura latinoamericana.

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