Exposición Universal de 1900, París. © Léon et Lévy - Roger-Viollet

Hay, madre, en el mundo un sitio que se llama París.
Un sitio muy grande y muy lejano y otra vez grande.
César Vallejo

El lunes cinco de noviembre de 1888 (hace ahora ciento veintiún años), el joven poeta Julián del Casal subió en el puerto de La Habana a bordo de un vapor francés, el Chateau Margaux, y se embarcó para Europa. Su objetivo, por supuesto, era llegar a París. Como la de muchos, París era la ciudad de sus nostalgias y sus sueños. Quería perderse entre sus bulevares, frecuentar la bohemia, ansiaba conocer, de primera mano, a los poetas que habían dejado atrás el viejo romanticismo, aquellos que habían revolucionado la poesía y le habían otorgado un brillo nuevo al hacerla corresponder con sonidos, colores, sabores, con sentimientos y símbolos, con extrañas alegorías. A Baudelaire ya no podría conocerlo: Baudelaire, el más grande, y también el que abrió las puertas, había muerto hacía veinte años, aunque sí podía visitar su tumba, en Montparnasse, la misma del general Aupick. Pero allí, además, en la gran ciudad, vivía aún el autor de Las diabólicas, el teórico del dandismo, Barbey D’Aurevilly, y el decadente y pesimista Joris-Karl Huysmans (quien murió en 1907, en olor de santidad), y el gran simbolista Paul Verlaine, con quien el cubano había intercambiado una breve aunque intensa correspondencia. En alta mar, el joven poeta cumplió veinticinco años. A bordo del vapor francés, escribió un soneto titulado “En el mar”:

Abierta al viento la turgente vela
y las rojas banderas desplegadas,
cruza el barco las ondas azuladas,
dejando atrás fosforescente estela.
 
El sol, como lumínica rodela,
aparece entre nubes nacaradas,
y el pez, bajo las ondas sosegadas,
como flecha de plata raudo vuela.
 
¿Volveré? ¡Quién lo sabe! Me acompaña
por el largo sendero recorrido
la muda soledad del frío polo.
 
¿Qué me importa vivir en tierra extraña
o en la patria infeliz en que he nacido
si en cualquier parte he de encontrarme solo?

Algunas semanas más tarde, el barco atracó en el puerto de Santander. Antes de dirigirse a París, el poeta hizo una escala en Madrid. Una escala que, según sus planes, sería corta. La capital del reino sólo sería un alto en el camino, la estación de un raro vía crucis. No era Madrid la ciudad que le interesaba, claro: el Madrid de esos años era cerrado y provinciano, con olor a incienso, a botafumeiro, y en espacios así la poesía solía ahogarse y se retraía, daba la impresión de que desaparecía.

Julián del Casal nunca llegó a París, sin embargo. Algo lo detuvo en Madrid. Algo lo aterró y demoró en Madrid, algo lo paralizó. Y lo peor, regresó a La Habana. Regresó el 27 de enero de 1889 sin haber visitado la ciudad de sus sueños.

¿Por qué Julián del Casal decidió no ir a París? Estamos ante un misterio, uno más en la vida de este poeta maravilloso que sólo vivió veintinueve años. Se ha dicho que el dinero no le alcanzó para continuar el viaje. Se ha dicho que lo asustó enfrentarse con la gran ciudad. El miedo a confrontar los enormes destellos de su fantasía con las torpes y pobres irradiaciones de la realidad. Cualquier cosa es posible en el hombre que escribiría en su poema “Nostalgias”:

Cuando tornara el hastío
en el espíritu mío,
 a reinar,
 cruzando el inmenso piélago
 fuera a taitiano archipiélago
 a encallar.
 Aquel en que vieja historia
 asegura a mi memoria
 que se ve
 el lago en que un hada peina
 los cabellos de la reina
 Pomaré.
 Así, errabundo viviera,
 sintiendo toda quimera,
 rauda huir,
 y hasta olvidando la hora
 incierta y aterradora
 de morir.
 
 Mas no parto. Si partiera
 al instante yo quisiera
 regresar.
 Ah, ¿Cuándo querrá el destino
 que yo pueda en mi camino
 reposar?

Como se ve, un hombre marcado por el “mal del siglo”. El spleen, el hastío. Fueran las que fueran las razones del regreso, lo cierto es que después de ese viaje a Europa en busca de París, sin encontrarse con París, la capital de Francia fue más que nunca, con mayor razón aún, un símbolo de lo añorado y lo desconocido, la capital de la elegancia, de la cultura, del refinamiento, de todos los refinamientos, el paraíso recóndito e inalcanzable, lo quimérico, ilusorio, inaccesible. Como si Casal, avant la lettre, diera la razón a Marcel Proust cuando el gran novelista decía en una página memorable de Á la recherche du temp perdu, que “sólo se ama lo que no se posee”.

Francisco Chacón, un periodista contemporáneo a Casal, ha contado en algún lugar que en cierta ocasión le propuso hacer un viaje y este respondió con una frase que me atrevo a llamar, aunque parezca una tontería, extraordinariamente casaliana: “No quiero ir, porque no quiero volver”. Una frase conmovedora y terrible en su sencillez. Una frase que revela una áspera impotencia. Una frase proustiana si las hay, proustiana avant la lettre. Toda una concisa definición del cansancio por el viaje y, claro está, del cansancio de vivir.

Hacía ya muchos años que Latinoamérica había comenzado el largo viaje inverso de la conquista de América. Hacía ya muchos años que Latinoamérica se había lanzado al descubrimiento de Europa. Y dentro de Europa, muy en especial de París, símbolo de la modernidad y del cosmopolitismo para una sociedad, la latinoamericana, tan ávida de cultura, de modernidad y cosmopolitismo, una sociedad fatigada ya de tantas contiendas, de tantas batallas, de tanto cacicazgo, de tanta muerte y brutalidad. Como ha dicho Pedro Henríquez Ureña: “A la independencia siguió en la América hispánica un período de anarquía, y a este un período de organización; a partir de 1870, empezamos a cosechar los frutos de la estabilidad, y para 1890, había ya prosperidad”.

Y es que luego de conquistada la independencia, con el ascenso de una burguesía verdaderamente latinoamericana, al establecerse una cultura de clase urbana, América descubre lo desamparada, lo sola que está, los cien años de soledad que la envuelven, y la lejanía en que se halla en relación con el mundo. Sus grandes ciudades están demasiado lejanas del “mundo conocido”. Una “lejanía histórica”, como ha dicho Octavio Paz al hablar de Darío en su ensayo “El caracol y la sirena”. Mucho ha sufrido América con las guerras de independencia, y mucho más ha sufrido con las batallas cainitas de sus caciques, dictadores, supremos (batallas que, como ya tristemente sabemos, duran hasta hoy). Una cierta América necesita un poco de reposo, de lujo, de esplendor, de glamour, de buen gusto. Y, además, América, y sobre todo su burguesía ilustrada, quiere corregir el hallarse a tanta distancia, tan en la periferia, tan en los márgenes. América quiere sentirse en el mundo, cerca de todo y de todos, en medio del centro de la realidad, y por eso vuelve la mirada hacia Europa y en especial a París. Y los cubanos de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, en particular, por razones que tienen que ver con la cultura, y también con la política, prefieren mirar hacia París o hacia Nueva York, que mirar a Madrid o Barcelona. Sin embargo, era el momento ideal de mirar hacia París, porque la capital de Francia, como declaró Walter Benjamin, era la capital del siglo XIX.

Ahora bien, ¿por qué a París?

¿Por qué era París la capital del siglo XIX?

La respuesta no es simple y en ella desempeñan un gran papel factores extraordinariamente diferentes. Pero intentaré, si no responderla, acercarme al menos a una posible respuesta.

Todavía en 1789, París es casi una ciudad medieval con poco más de 500 000 habitantes. Como todos sabemos, sus diferencias sociales eran enormes. Veamos, por ejemplo, el testimonio de Frances Trollope, una escritora inglesa, madre de Anthony Trollope, quien a inicios del siglo XIX, escribe en su libro París y los parisinos:

El ruido excesivo de París, debido quizá a la desigualdad del pavimento, o a la mala construcción de sus calles, es tan violento e incesante que semeja el sonido de un demonio atormentador. Una larga zanja de agua corta las calles en dos, e interrumpe la comunicación entre las casas a uno y otro lado. Al menor aguacero, es preciso correr hacia los puentes […] ¡Es necesario evitar el barro, el pavimento resbaloso, los ejes de las carretas! […] ¿Gracias a qué milagro se puede atravesar una de las ciudades más sucias del planeta? […] La sangre corre a vuestros pies y vuestros zapatos se enrojecen…

Esto no es más que un pequeño ejemplo de todos los horrores que describe Mrs. Trollope. Y no sólo ella. No por gusto se vive una revolución como la Revolución francesa, tan extraordinariamente importante que cambia la historia del mundo, que inicia toda una era. Los sucesos de 1789 y la posterior instauración del Imperio (Napoleón, por cierto, dudó entre Lyon y París para la capital del Imperio, y sólo después de algunas dudas se decantó por París), hacen que la ciudad crezca aún más, desmesuradamente, hasta el punto de que hacia la mitad del siglo XIX la población de París es tres veces la de 1789. Los historiadores dan muchas explicaciones, independientemente del hecho histórico de la revolución y del Imperio, como el desarrollo del ferrocarril, la Revolución industrial, el desarrollo industrial de París con el florecimiento de las artes gráficas, la industria del cuero, del mueble, de las fundiciones. Eso no nos importa demasiado, o en cualquier caso no es este el lugar para entrar en semejantes disquisiciones. Lo cierto es que París crece de modo desmedido. Una enorme afluencia de inmigrantes arriba desde todas partes del país. A diferencia de otros países europeos, a diferencia de Inglaterra, por ejemplo, donde las pequeñas ciudades progresan a la par que Londres, París se desarrolla más y a despecho de las demás ciudades de Francia. Durante el Imperio y la Restauración la ciudad no sólo crece, sino que comienza a enriquecerse.

Sin embargo, es durante el Segundo Imperio que comienza a alcanzar el aspecto de gran ciudad con que la conocemos hoy.

La revolución de 1848, conocida como “la primavera de los pueblos”, fue, según todos los libros de historia, resultado del último golpe de la Revolución industrial y el liberalismo contra los restos del orden feudal. En París, la Revolución de 1848 fue sobre todo una revolución contra el hacinamiento de la ciudad, contra los tugurios donde vivía la mayor parte del pueblo, contra las epidemias, las dificultades del transporte, los alquileres demasiado elevados, el desempleo, el trabajo precario. De manera que una de las primeras preocupaciones del Segundo Imperio proclamado por Luis Napoleón Bonaparte, conocido, como ya sabéis, con el suntuoso nombre de Napoleón III, a partir de su ascenso a emperador en 1852, es nombrar a Georges-Eugene Haussmans, futuro barón del Imperio, para la reconstrucción y modernización de París.

Es pues el barón Haussmans quien, en gran medida, otorga a París el aspecto con que hoy la conocemos. Entre otras muchas cosas, es él quien diseñó el Bois de Boulogne, e hizo amplias mejoras en los parques pequeños. Los jardines del Palacio de Luxemburgo, el famoso Jardín del Luxemburgo, fueron cortados para permitir la formación de nuevas calles, y el Bulevar de Sebastopol, cuya mitad meridional es actualmente el Bulevar Saint Michel, fue trazado a través de un distrito inmensamente poblado. Al mismo tiempo, tuvieron lugar cambios radicales para hacer anchos bulevares de lo que hasta entonces eran calles reducidas. Se ideó una nueva conducción de agua, un sistema gigantesco de alcantarillas, puentes nuevos, y, muy en primer lugar, el edificio de la ópera encargado al arquitecto Garnier, que aún hoy nos admira, con su ecléctico empaque, su aspecto majestuoso que tanto influyó en la arquitectura de todo el mundo.

Y, por supuesto, no sólo se transforma el aspecto físico de París. Sino además, y mucho más importante: se enriquece su entramado social, la complicación social. El laberinto, la barahúnda social es extraordinariamente importante para que una ciudad llegue a ser, de manera indiscutible, una ciudad.

Pondré un ejemplo. Tomemos un teatro, tal vez el propio edificio de la ópera de Garnier. Un teatro no es sólo un lugar donde el público asiste a la representación de funciones de ópera y ballet. Todos sabemos que no. Todos sabemos que un gran teatro, o incluso un teatro pequeño, no es únicamente un lugar donde sentarnos y asistir a una representación. Un teatro es mucho más. Para asistir a una representación de ópera o ballet en la Ópera de París, se requiere de una disposición social importante, de un vestuario adecuado, de un hábito adecuado, de una complicidad, de una mirada adecuada. En un bellísimo ensayo titulado “La ópera y la jaba”, sobre lo iluso de llevar la ópera y el ballet al campo y las montañas de la Sierra Maestra, el poeta Antonio José Ponte ha dicho:

Quien haya asistido a una noche memorable de ópera recordará cómo aquello sucedido en palcos y platea resultaba tan notable, por momentos, como lo cantado. Sala y escenario juntaban sus dos óperas, toda una sala en la evocación feliz de no ser menos legendarios que aquellos que cantaban. […]. Nadie llega a la ópera si no alcanza a creerse un tanto personaje de ella.

En efecto, el gran teatro de ópera y ballet no es sólo el espacio de una representación teatral que tiene lugar en el escenario, es también el espacio de una representación, de un movimiento simbólico, ritual, que tiene lugar en el patio de butacas, una representación social. El espectador no sólo va a “ver”, también va a que lo “vean”. Compartir una representación teatral, una representación de ópera y ballet no es únicamente mirar hacia el escenario. Es asimismo “compartir” esa mirada, participar en una liturgia, en una experiencia colectiva Es entender su significación social. No sólo se asiste a la exhibición de unos actores, también se asiste a la exhibición del público. Antes de la función, y en los entreactos, se conversa sobre los últimos sucesos, sobre las grandes y pequeñas noticias. Los prismáticos no sirven únicamente para ver a bailarines y cantantes, sino que además sirven para ver con quien ha venido la señora de Tal, o cómo va vestida la señora Mascual. El teatro no sólo es útil para emocionarnos individualmente: compartimos la emoción, sentimos su resonancia en los otros lo cual hace que nos emocionemos más. Y también es útil para estar al día con cuanto acontece en la ciudad, desde la petit histoire, hasta la grande. A tal efecto recuérdese, por ejemplo, Les liasons dangereuses, las fiestas o las tertulias de cualquier novela de Balzac, el inicio mismo de Naná, de Emile Zolá, cuyo primer capítulo se abre, nada más y nada menos, que en el teatro de Varietés.

Del mismo modo sucede con los cafés, con los jardines, con los restaurantes, con las tertulias, con las fiestas. Se diría que todo cuanto allí tiene lugar significa “algo más” que lo que en realidad tiene lugar, una mise-en-scène, rito de retumbos agrupados, una complicación de situaciones que nace de nuestra condición integradora. En los jardines se pasea al sol o bajo la sombra de los bosques, se escuchan las fuentes, los pájaros que cantan, se ven pasar, como sílfides, a esas mujeres extrañas, como de mundos misteriosos, producto sólo de las ciudades, que van echando pan a las palomas. Se observa el paisaje. Se hace todo eso y también acontece algo más. En los restoranes se come y se bebe, y también acontece algo más. En las fiestas se baila, se conversa, se entrega uno a la diversión y al flirt, a la conquista…, y también acontece algo más. En las tertulias se conversa, se lee… y también acontece algo más.

Pues y aquí viene lo notable de lo que quiero decir: de “ese algo más que acontece” se hace la literatura. La literatura se apropia del hecho y de lo “otro”, se apropia de lo que acontece y de todo lo otro que está más allá de lo que acontece. La literatura se hace con lo sutil, con las finísimas hebras de ese entramado social que conforma un enmarañadísimo tapiz. La literatura no surge simplemente de asistir a una función de ballet, la literatura surge de cuanto implica asistir a esa función de ballet, incluyendo, sin lugar a dudas, la función misma.

Y, claro que todo esto tiene que ver, y mucho, con la literatura.

Me arriesgo a hacer una afirmación categórica: sin literatura no hay ciudad. Bueno, como ustedes comprenderán no quiero decir que sin ella no exista el hecho físico de la ciudad, quiero más bien decir que sin la literatura no hay mito, el importante mito de la ciudad.

Sin la literatura la ciudad, cualquier ciudad, no pasa de ser un conjunto de barrios, de calles, de esquinas, de casas, de jardines. Es la literatura (bueno, por supuesto, y la pintura, la música, la ópera, la filosofía, el ballet, sólo que es la literatura, en mi opinión, la que poseedora de la palabra, del texto, tiene la mayor influencia en la construcción mítica de una ciudad), es la literatura, insisto, la que eleva una ciudad de ser una suma de edificios y de personas que viven en ellos, a ser lo que se conoce verdaderamente por una ciudad. Sin la literatura, una ciudad puede construir pórticos y pórticos para protegerse del sol y guarecerse de la lluvia, pero eso alcanza dimensión verdadera cuando Alejo Carpentier escribe “La ciudad de las columnas”. Sin la literatura, una ciudad como Lima puede poseer su lado oscuro, pero no será tal hasta que Salazar Bondy escribe Lima, la horrible. Es la literatura la que nombra, la que describe, la detalla, la que ilumina y oscurece, la que hace de París algo más que París, la que transforma París en la Ciudad Luz.

Existen ciudades favorecidas por la literatura y existen también ciudades no favorecidas por la literatura. Se podrían poner muchos ejemplos, como La Habana, por sólo citar uno junto al de París. La Habana es una ciudad construida a partir de su extraordinaria literatura. No sólo la literatura que la escribe, sino también de aquella que la añora. Y París, mucho antes que La Habana, es una ciudad escrita. Y no sólo escrita desde el estar en ella, sino además desde el despreciarla o desearla, desde el odiarla o añorarla.

Y el Nueva York de John Dos Pasos, de Saul Bellow, de Paul Auster. El Londres de Dickens o de nuestro contemporáneo Martin Amis. El Buenos Aires de Borges, de Roberto Arlt, de las letras de tango. El Montevideo fabuloso de Onetti. El Dublín de Joyce. El México de Alfonso Reyes o de Carlos Fuentes. La Asunción de Roa Bastos. La Alejandría de Kavafis. La Viena de Stephan Zweig. La Venecia de Thomas Mann. En fin, ¿para qué cansarlos? Ya saben lo que quiero decir.

Esa es una de las razones de lo que significa París para nosotros. Como ha dicho con tanta precisión Octavio Paz, “más que la capital de una nación, París es el centro de una estética”. Quienes hemos estado en ella, la hemos reconocido en la palabra de aquellos que la amaron tanto como la aquellos que la odiaron, e incluso de aquellos que la amaron y la odiaron, que ya sabemos que eso también es posible, y tanto la odiaron y la amaron que la escribieron. Si encontramos con la catedral de Notre Dame, enseguida sabemos dónde estamos, no sólo por la fotografía, o por el cine, sino mucho antes y mucho más por una maravillosa novela de Victor Hugo donde hay una gitana y un jorobado. Antes de visitar París, ya habíamos recorrido sus calles, incluso su laberíntico alcantarillado, en las páginas de Los miserables. La conocíamos por las páginas de Naná, por los libros de Théophile Gautier, por los poemas de Baudelaire, por la prodigiosa y fabulosa Comedia Humana, de Balzac, esa extraordinaria epopeya cuyas novelas, sólo sobre París, sobrepasan el número de cuarenta, y por la no menos enorme y definitiva construcción de la monumental novela de Proust.

Permítanme, por favor, recordar el último párrafo de una novela que amé en mi adolescencia, y que aún amo como continúo amando aquella zona de mi vida en la que fui tan desdichado y tan feliz, tan felizmente desdichado, tan gozosamente desventurado, una novela que leí en un día y una noche de asombro, Pére Goriot. El último párrafo de Pére Goriot quedó grabado en mí para siempre como un símbolo de la soberbia y de la fuerza que a cada momento la vida nos impone. Leo a Balzac, según la traducción de Rafael Cansinos-Assens:

Cuando se supo solo, Rastignac dio unos pasos a lo alto del cementerio, y vio París, tortuosamente tendida a lo largo de las dos orillas del Sena, donde ya empezaban a brillar las luces. Sus ojos ansiosos se fijaron entre la columna de la plaza Vendôme y la cúpula de los Inválidos, allí donde vivía aquel hermoso mundo que había querido penetrar. Lanzó sobre la bordoneante colmena una mirada que parecía sorber por adelantado su miel y pronunció estas inmensas palabras:

―¡Ya nos veremos las caras!

Y como primer acto de desafío que lanzaba a París, Rastignac fue a cenar con la señora de Nucingen.

Este desafío es de 1835. Y en esta personalización de París, en este convertir París en un ser vivo y antagonista, en este “Ya nos veremos las caras”, tenemos un importantísimo paso en la construcción mítica de una de las ciudades más añoradas y visitadas del mundo.

Esto quiere decir, como ha visto Northrop Frye, que a París se la conoce antes de visitarla.

Por supuesto, en estos años también tienen lugar otros sucesos decisivos. Y uno extraordinariamente decisivo. En 1857 aparece un poemario que será aún más revolucionario que la Revolución de 1848, aún más trascendental que la reforma urbanística del barón de Haussmans. Un poemario que inaugurará una conmoción en la poesía, una conmoción que aún dura, que llega hasta hoy, de la que no hemos podido, ni querido, librarnos. Un poemario al que Hugo, que no era precisamente un poeta de segunda, que también era, a su modo un visionario, y quien llena con su gigantesca figura todo el siglo, llegó a calificar como “un frisson nuveau”, “un estremecimiento nuevo”.

Seguramente ustedes lo sospechan. Sí, hablo de Las flores del mal, de Charles Baudelaire, cuya primera edición, de poco más de mil ejemplares, vio la luz en el verano de 1857. Las flores del mal podrían compararse con una pedrada, una fuerte pedrada lanzada a las aguas de la poesía, cuyas hondas continúan incluso en este presente nuestro. A partir de él, ya la poesía, en cualquier idioma, no fue la misma. Con Baudelaire comienza la modernidad en poesía. Pero, ojo, modernidad en el sentido en que lo dice Octavio Paz, es decir que

La modernidad que seduce a los poetas jóvenes al finalizar el siglo XIX no es la misma que seducía a sus padres; no se llama progreso ni sus manifestaciones son el ferrocarril o el telégrafo: se llama lujo y sus signos son los objetos inútiles y hermosos. Su modernidad es una estética en la que la desesperación se alía al narcisismo y la forma a la muerte. […]. Su afrancesamiento fue un cosmopolitismo: para los escritores latinoamericanos del fin de siglo.

No obstante es que, de cualquier modo, ese centro de una estética era verdaderamente admirable. Después de la publicación de Las flores del mal, la eclosión literaria de París es extraordinaria. Son los años de los cantos de Maldoror, de Rimbaud, de Verlaine, de Mallarmé, de Huysmans, de Barbey D’Aurevilly, de Villiers de L’isle Adam, de Valéry, por sólo citar algunos. Y si fuéramos a hablar además de la novela, de la pintura, de la música, tendríamos que dedicar mucho tiempo. De manera que la ciudad no sólo ofrece su aspecto monumental y hermoso posterior al segundo imperio, sino que es, asimismo, un centro irradiante de la cultura, y más aún: la meca del espíritu.

Desde luego, en el caso de Cuba, esta circunstancia, del gran París acogedor y pletórico de poetas no es exactamente un descubrimiento de los modernistas. Culturalmente hablando, y como apuntó Fernando Ortiz, Cuba es un ajiaco. La imagen del ajiaco criollo, con su mezcla de viandas y vegetales, simboliza extraordinariamente bien la formación del pueblo cubano. Una mezcla grande creando una sociedad felizmente mestiza. Españoles, gentilicio que implica, a su vez, muchos otros gentilicios: andaluces, gallegos, canarios, castellanos, vascos, catalanes, mallorquines…; africanos que es otro gentilicio múltiple: mauritanos, senegaleses, guineanos, congos, angoleños…; chinos… y, por supuesto, franceses. A este respecto dice Fernando Ortiz, quien por cierto fue cónsul cubano en París, en un ensayo esencial titulado “Los factores humanos de la cubanidad”:

Pocos años después que los anglosajones, entraron en Cuba los franceses, expulsados de Haití, mudados a La Luisiana. Crean cafetales de más riqueza que los ingenios, crean comercios con su metrópoli; en nuestro Oriente crean un foco de cultura refinada que da envidias a La Habana. Pero un obispo de Cuba predica su exterminio y expulsión –como ahora se hace contra los judíos–, y se les persigue y destierra y confisca. Mas ellos vuelven, pasado el vendaval napoleónico y la reacción absolutista, y reconstruyen arruinadas haciendas, hacen nuevos ingenios, fundan ciudades en bahías desiertas y nos traen la marsellesa, el romanticismo, las modas elegantes y las exquisiteces de la cultura de Francia. Todo lo que en Cuba brillaba por culto o por bello quería ser francés. Literatos y pensadores se afrancesan y triunfan en las cortes de París las bellas damas cubanas: la Merlín, la Fernandina […] aún hoy día llora sobre las ruinas en la afrancesada aristocracia de Polonia una anciana que fue bella y princesa y es de Camagüey. En el siglo XIX las Américas española y portuguesa se acercan espiritualmente a Francia e Italia, de donde nos llegan las vibraciones libertarias que España nos negó.

Como dice Ortiz, en París llegó a ser una celebridad la habanera María de la Merced Santa Cruz y Montalvo, la Belle Créole, como le decían, La Bella Criolla, quien se casó en Madrid, en 1809, con el ayuda de campo de José Bonaparte, el general de división Antoine-Cristobal Merlin, hecho conde por el emperador, es decir, de nobleza napoleónica. Fue ella, la condesa, quien creó un famoso salón en su casa de la calle de Bondy, al que asistían la princesa de Caraman Chimay, Lord Palmerston, el general Lafayette, el conde D’Orsay, y, más notable aún, Victor Hugo, Alfredo de Musset, Alfonso de Lamartine. Todo cubano importante de la época que llegara a París asistía a reverenciar a la anfitriona: Luz y Caballero, José Antonio Saco, Domingo del Monte. La propia condesa, que además de escribir muy bien, poseía una hermosa voz de soprano, amenizaba las noches con arias de Rossini. Es de resaltar que en esas veladas comenzó su carrera artística un mito de la ópera, María Malibrán, tan admirada por la mezzosoprano de nuestros días Cecilia Bartoli. Llegó a ser una mujer tan mimada en aquella ciudad, que Honoré de Balzac le dedicó una de sus primeras novelas. Y es, finalmente, la escritora de un libro exquisito, L’Havane, en castellano conocido como Viaje a La Habana, libro indispensable para conocer la sociedad cubana del siglo XIX.

En aquella misma ciudad de madame Merlin, Domingo del Monte, que se había exiliado en París durante los sucesos de la Conspiración de la Escalera, fue nombrado miembro Honorario de la Academia de Historia de París.

En París estudia Juan Gualberto Gómez.

A París viaja en 1846, el maravilloso alucinado José Jacinto Milanés, acompañado de su hermano Federico, Fico, como él le decía (también poeta) en un intento desesperado, y por demás inútil, de alejar la locura que ya lo iba dominando. Desde la capital francesa, Fico, escribió a la hermana de ambos, Carlota Milanés:

Ahora te diré en resumen, que siguiendo mi natural instinto de viajero que gusta recibir las impresiones por sí solo, sin preparativos, como hacen los ingleses, por la mañana o por la tarde, después que le echo una ojeada al plano de París, satisfaciendo esa hambre de ver que hasta ahora habían despertado en nosotros los libros, las láminas y las conversaciones. Así hemos visitado la galería del Louvre, donde hemos visto la colección más brillante de estatuas, cuadros y antigüedades que se pueda encontrar. Hemos visitado la antiquísima iglesia de San Germán, la de San Roque y la de Notre Dame. En esta última, todo es bello, todo grandioso, y al verme dirigirme yo a ella por entre un laberinto de callejuelas oscuras y barrios antiguos sin más guía que la de las señas que había tomado, me parecía que veía a los hampones y a Pedro Gringoire por allí. Llegamos y en la puerta nos pidió limosna una mujer tan fea y corcovada que me hizo recordar a Cuasimodo.

Entre marzo de 1858 y febrero de 1859 se editó en la capital francesa El Eco de París. Una revista imaginada y editada en castellano por un grupo de cubanos que estudiaban allí medicina en París. En sus páginas se consignaban y comunicaban los estudios, trabajos y doctrinas de la escuela francesa a sus compatriotas que realizaban los mismos estudios en la Universidad de La Habana. Por esta vía tuvieron los estudiantes de La Habana la oportunidad de alcanzar a los conocimientos adquiridos por sus compañeros en París.

A este París llegó José Martí, acompañado por Fermín Valdés Domínguez, vía puerto de Santander-puerto de Le Havre, en diciembre de 1874. Existe constancia de una importante visita al Louvre, donde admiró la Victoria de Samotracia; el prodigioso bajorrelieve de la Ninfa de Fontainebleu, de Cellini; la Diana de Boucher; la Anunciación de Van der Weyden; La fuente de la juventud, de Lucas Cranach; Las bodas de Canáa de Veronese; La libertad guiando al pueblo, de Delacroix; La mujer en el espejo, de Tiziano. Se tiene constancia de su febril paseo por la plaza de la Concorde, por Nôtre Dame, por el Palais Royal, por la biblioteca pública y la Sorbonne. Augusto Vaquerie, un famoso periodista francés a quien los cubanos fueron a presentarse con cartas de recomendación de poetas españoles, los guió por el Barrio Latino y por el Pere Lachaise. No se había construido aún la torre Eiffel.

De este paseo dirá después con tono de admiración y de dolor:

Hemos paseado por las orillas del oscuro Sena, por los corredores del teatro Odeón, por las cercanías del Panteón, palacio de los grandes hombres muertos, y el Luxemburgo, palacio de los grandes hombres vivos — conmueven noblemente al viajero americano dobles impresiones, de gratitud las unas hacia el pueblo que en la política ha producido la edad moderna, y en la ciencia la útil ciencia libre, — de emulación las otras y tristeza por la pequeñez de nuestras escasas librerías. ¡Qué hermoso que París tenga tanto! ¡Que triste que nosotros tengamos tan poco!

Y, lo más importante, Vacquerie los condujo hasta la presencia de uno de los grandes poetas del siglo XIX; porque Augusto Vacquerie era hermano de Charles Vaquerie, el que fuera esposo de Leopoldine Cecile Marie-Pierre Catherine Hugo (hija del gran autor de La leyenda de los siglos) muerta a los pocos meses de casada, junto a su esposo, a la edad de 19 años, cuando se hundió en el Sena el bote en el que paseaban. De modo que Martí y Victor Hugo se encontraron una tarde de enero de 1875. Martí admiraba a Hugo desde hacía mucho. Del poeta francés el poeta cubano decía que “llevaba el siglo pegado a él como las alas de una mariposa”. De esa reunión se sabe que Martí salió extraordinariamente impresionado y con un libro que Hugo le entrego para que tradujera, Mes fils.

De esa traducción, Martí diría después:

Yo habré traducido mal; pero en fin yo me he alegrado una vez bien. Dificultades graves. Traducir es transcribir, de un idioma a otro. Yo creo más, yo creo que traducir es transpensar; pero cuando Víctor Hugo piensa y se traduce a Víctor Hugo, traducir es pensar como él, impensar, pensar en él. Caso grave. El deber del traductor es conservar su propio idioma, y aquí es imposible, aquí es torpe, aquí es profanar. Víctor Hugo no escribe en francés; no puede traducírsele en español. Víctor Hugo escribe en Víctor Hugo: ¡qué cosa tan difícil traducirlo!

Yo anhelo escribir con toda la clara limpieza y elegancia sabrosa y giros gallardos del idioma español; pero cuando hay una inteligencia que va más allá de los idiomas, yo me voy tras ella, y bebo de ella, y si para traducirla he de afrancesarme, me olvido, me domino, la amo y me afranceso. De otros, traducir es pensar en español lo que en su idioma ellos pensaron. De él, traducir es pensar en la mayor cantidad de castellano posible lo que él pensó, de la manera, en la forma en que lo pensó, porque en Víctor Hugo la idea es una idea y la forma otra. Su forma es una parte de su obra, y un verdadero pensamiento: puesto que él crea allí, o la traducción no sería una verdad, o en ella es preciso crear también –yo no lo he traducido, lo he copiado– y creo que si no lo hubiera copiado, no lo hubiera traducido bien…

También en París, durante su segundo viaje de 1879, tuvo Martí otro encuentro memorable: asistió a una representación (en beneficio de las víctimas de una catastrófica inundación en Murcia) de Fedra, de Racine, actuada por Sara Bernhardt, de quien Marti diría quedaría prendado y de quien diría que era “un alma soberbia, una mujer que ha sabido vencer”.

Otra importante viajera cubana a París fue la poetisa, traductora de D’Annunzio y de Lamartine, y amiga de Casal, Aurelia Castillo de González, camagüeyana nacida en 1842, ciudad en la que murió con la provecta edad, sobre todo para la época, de casi ochenta años. Aurelia Castillo realizó un largo viaje por Europa entre 1889 y 1890. Desde Europa, enviaba pequeñas crónicas en forma de cartas al diario habanero El País. De la reunión de estas cartas, surgió al parecer un bonito libro (he empleado la frase “al parecer un bonito libro” con toda conciencia) el hoy casi olvidado Un paseo por Europa, y que, no tengo otro remedio que confesar que sólo conozco por referencias y por las citas de él en otros autores. Es un libro prácticamente inencontrable, que sólo se halla en muy contadas bibliotecas.

La poetisa llegó a París durante los festejos de la Exposición Universal de 1889. A diferencia de Maupassant, a Aurelia Castillo le fascinó la torre Eiffel, que para ella con toda probabilidad debió simbolizar un triunfo de la ingeniería, un punto irradiante del que se desplegaba toda la ciudad. Los que en su época comentaron su libro, y aquellos, muy pocos críticos actuales que lo citan hablan de cómo la poetisa casi omite los pormenores de su viaje hasta París, para concentrarse en la imagen de la torre que observa desde el tren. Una torre que, por otra parte, a pesar de estar recién inaugurada es ya, como dice la autora, un monumento “que conoce todo el mundo”. El ascenso a la torre le hace escribir:

Desde el tercer piso dirigimos a ustedes una tarjeta postal, a imitación de los centenares de visitantes que hacían lo mismo, queriendo cada cual enviar a los amados ausentes un reflejo a lo menos de la gozosa impresión que allí se experimenta, como si no cabiéndole esta dentro del pecho, le buscase lejana expresión.

De cualquier modo, si hay algo que nos queda claro a través de las lecturas de segunda mano, es que el París de Aurelia Castillo no es el París de Casal, o mejor dicho, el París con que sueña Casal, no es el París poseído, fascinante y perverso de los decadentes. Se diría que es un París amable, burgués, cotidiano, familiar, que pertenece al panorama habitual de la cultura, hasta el punto de que, como ha visto muy bien el profesor Jacinto Bombona (de quien he tomado las citas), para Castillo “la representación más fidedigna de la torre la logra un velo de novia”.

“Unos velos para desposadas —escribe Aurelia Castillo— que se extienden en forma de mantos de largas colas; cuadrillos casi impalpables con distintas alegorías. Uno de ellos representa la torre Eiffel y a ambos lados los retratos del eminente ingeniero y de Carnot, y es la única representación del monumento que me ha parecido exacta, porque ya dije al principio que es una construcción de encajes, y por tanto es el encaje lo que en telas, se presta más a su imitación.”

De modo que, como hemos dicho, París y la cultura francesa fue un lugar de salvación no sólo para personas, sino también para personajes. A París se iba por necesidad. Y aun cuando no se fuera, en la realidad, se iba con la imaginación que puede ser más poderosa que la realidad.

Personajes como un contemporáneo de Casal, Augusto de Armas, nacido en La Habana en 1863, huyó a París, se integró a la bohemia más decadente, y escribió poesía hasta su muerte, en la propia capital francesa, a la edad de 24 años.

O el abogado, escritor y crítico habanero, Enrique Piñeyro, quien se estableció definitivamente en París en 1882, y allí vivió hasta su muerte en 1911, y, lo más importante, allí escribió su famosa biografía sobre Juan Clemente Zenea.

En París vivió el poeta camagüeyano Mariano Brull (1891-1956), y en París tradujo a Paul Valéry, “La jeune parque”. Según Valéry, que leía bien el castellano, “La joven parca” de Brull, tenía pasajes más brillantes en castellano que en francés. Brull también escribió en francés.

Y otro creador más, Lydia Cabrera, quien viajó a París en 1927, y estudió en l’École du Louvre de la que se graduó tres años más tarde. Y allí concibió sus soberbios cuentos negros, que aparecieron publicados en Cahiers du Sud, Revue de Paris, y Les Nouvelles Littéraires, traducidos al francés, hasta que la editorial Gallimard los publicó en 1936, bajo el nombre de Contes nègres de Cuba, y sólo en 1940, se publicaron en español bajo el título de Cuentos negros de Cuba.

En París se refugió José María, el protagonista de El ángel de Sodoma, la novela casi desconocida de Alfonso Hernández Catá.

Es fascinante la descripción de París que hace el narrador en la novela de Hernández Catá, tan delicada como su propio personaje:

París, nombre-promesa para cualquier buscador de alcaloide de vida, lo acogió con esa sonrisa de fin de otoño hecha de grises y de cielos bajos. De la estación al hotel reflejáronse en sus ojos las imágenes desconocidas y empero familiares del Sena, de la Catedral de las dos torres truncas, de la torre Eiffel, del jardín ilustre de las Tullerías.

Como dije al inicio, hay también para nosotros un París que no es París. El París de nuestros sueños. El de la imaginación y la añoranza, y mucho más extraordinario, el París de la lectura, de la literatura. Siempre he defendido que la lectura también es un modo de vivir. De modo que no por gusto he dejado para el final el París imaginario. Una ciudad, o mejor dicho, una actitud que entiendo bien, extraordinariamente bien, porque yo siempre tuve dos sueños: Venecia y París. A la primera, la visité por primera vez con treinta y cinco años. A la segunda, sin embargo, llegué por primera vez con cuarenta y seis. A ambas llegué solo, sin nadie con quien compartir la emoción, en un aprendizaje de soledad de los más intensos que se pueda tener. En otras palabras, que ni la una ni la otra ya fueron nunca para mí ciudades de verdad, porque, al visitarlas después de evocarlas tanto, ya la realidad nada podía con la potencia de la imaginación juvenil. Por más que estuviera en Venecia o en París, ya nada, ni la más contundente realidad borraría la aún más contundente sustancia de un libro de Ruskin, de una novela de Thomas Mann, o de las novelas de Balzac que devoraba (casi literalmente) en mi juventud, o el inmenso aprendizaje de la gran novela de Proust, que enseña tanto de la vida como la propia vida.

O sea, que alcanzo a comprender bien a Julián del Casal y a José Lezama Lima, los dos viajeros inmóviles, los cubanos que nunca llegaron a París. Tengo la impresión de que Casal no llegó a París no porque no pudo sino porque no quiso. Por aquello que dijo en tantas ocasiones: “No quiero ir porque entonces no querría volver”. Y en cuanto a Lezama, se sabe lo que opinaba de los viajes. Lezama decía que:

Hay viajes más espléndidos: los que un hombre puede hacer por los corredores de su casa, yéndose del dormitorio al baño, desfilando entre parques y librerías. ¿Para qué tomar en cuenta los medios de transporte? Pienso en los aviones, donde los viajeros caminan sólo de proa a popa: eso no es viajar. El viaje es apenas un movimiento de la imaginación. El viaje es reconocer, reconocerse, es la pérdida de la niñez y la admisión de la madurez. Goethe y Proust, esos hombres de inmensa diversidad, no viajaron casi nunca. La imago era su navío.

Y se sabe que Lezama recibió una invitación de la UNESCO para ir a París y que su pretexto para no aceptar la invitación fue que, al consultar el retrato de su madre muerte, su madre le había dicho que no fuera.

En cualquier caso, ambos, Casal y Lezama, tenían su pequeño París personal. En “La última ilusión”, una crónica aparecida en La Habana Elegante el 29 de enero de 1893, Casal escribió con verdadera profesión de fe por su estética decadente:

Hay en París dos ciudades, la una execrable y la otra fascinadora para mí. Yo aborrezco el París célebre, rico, sano, burgués y universal; el París que celebra anualmente el 14 de julio; el París que se exhibe en la gran Ópera, en los martes de la Comedia Francesa o en las avenidas del Bosque de Bolonia; el París que veranea en las playas de moda e inverna en Niza o en Cannes; el París que acude a la academia en los días de grandes solemnidades; el París que lee el Fígaro o la revista de Ambos Mundos; […] el París de Gambetta y de Thiers; el París que se extasía con Coquelin y se extasía con las canciones de Paulus; […] el París de las exposiciones universales; el París orgulloso de la torre Eiffel. […] Yo adoro, en cambio, el París raro exótico, exótico, delicado, sensitivo, brillante y artificial; el París que busca sensaciones extrañas en el éter, la morfina y el hachís; el París de las mujeres de labios pintados y las cabelleras teñidas, el París de las heroínas adorablemente perversas de Catulle Mendès y René Maizeroy; el París que da un baile rosado, en el palacio de Lady Caithnes, al espíritu de María Estuardo; el París teósofo, mago, satánico y ocultista; el París que visita en los hospitales al poeta Paul Verlaine, el París que erige estatuas a Baudelaire y a Barbey D’Aurevilly; el París que hizo la noche en el cerebro de Guy de Maupassant, el París que sueña ante los cuadros de Gustave Moreau y de Puvis de Chavanne; […] el París que resucita al rey Luis II de Baviera en la persona de Roberto de Montesquieu-Fezensac; el París que comprende a Huysmans e inspira las crónicas de Jean Lorrain; el París que se embriaga con la poesía de Leconte de Lisle y de Stephen Mallarmé. […] el París, por último que no conocen los extranjeros y de cuya existencia no se dan cuenta tal vez.

En cuanto a Lezama Lima, una gran parte de su novela póstuma Oppiano Licario se desarrolla en un París que el autor no conoció, y analiza a uno de sus pintores célebres, Henri Rousseau (1844, 1910), conocido como el Aduanero, un pintor cuyos originales, Lezama nunca vio.

Escribió Lezama:

Fronesis había encontrado un apartamento en el centro de la Isla de Francia. Le gustaba, cuando salía de su casa, ir recorriendo las distintas capas concéntricas del crecimiento de la ciudad. Mientras caminaba a la caída de la tarde, volvía siempre a su recuerdo la frase de Gerard de Nerval: el blasón es la clave de la historia de Francia. La suma pizarrosa de los techos, los clavos en las puertas, el olor de un asado desprendido por alguna ventana entreabierta, lo llevaban, a través de sus sentidos, a la comprobación de los fundamentos de la frase de Nerval. Mientras atravesaba aquel laberinto, parecía que al repetir mentalmente el blasón es…, el blasón es…, volviera a la luz sucesiva […]. Durante varios días, el café de la esquina de la casa de Fronesis en París estaba apagado. Sus parroquianos miedosos ni se asomaban por las vidrieras, ni preguntaban a los dueños por la suerte del cafetín. En una barriada parisina, el cierre de un café se extiende como un duelo silencioso.

Comencé estas palabras con el recuerdo de un gran peruano. Ahora quisiera terminarlas con un cubano de origen portugués, un cubano desaparecido, cuyo destino desconocemos. Uno más de los desaparecidos que ha habido a lo largo de nuestra historia. Una historia, sobre todo en los últimos años, de nombres idos a bolina, registrados en el viento, en las estrellas. Quisiera finalizar con alguien que para los cubanos ha simbolizado siempre nuestra perenne ansia de ascensión y de huida. Me refiero a un humilde fabricante de toldos llamado Matías Pérez. Matías Pérez, que vivió en La Habana del siglo XIX, y que era toldero, es decir, se dedicaba colocar los toldos que iban de una acera a otra en las calles estrechas de la ciudad, que se dedicaba a la improbable tarea de mitigar el sol de la isla, la crueldad de la luz de la isla y la furia de las lluvias, tenía, en sus ratos libres, el placer de consagrarse al estudio de la aerodinámica y de los misterios de las levedades del viento. Un día de junio de 1856, en el Campo de Marte, Matías Pérez subió a un globo de su creación. Logró elevarse a las alturas y en ellas desapareció para siempre. Nos dejó una frase rotunda, de la que no podemos prescindir: “Voló como Matías Pérez”. Y nos dejó, por supuesto, un anhelo del que tampoco podemos prescindir: el de la evasión hacia lo remoto, la impaciencia por abandonar la isla (ya que, lo sabemos muy bien, isla al fin, no permite los caminos de la tierra), nos legó la nostalgia, la aspiración por la escapatoria y la desaparición. Es por eso que quiero poner fin a estas palabras con el humilde toldero Matías Pérez. Por su anhelo, claro está, y también porque tuvo el buen gusto de hacer que aquel aeróstato por el que se perdió entre los espacios infinitos de las nubes y los sueños, se nombrara como una ciudad. Amigos míos, que habéis tenido tanta paciencia esta tarde, es hora de saber que se llamaba París el globo en que Matías Pérez desapareció para siempre.

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