Aquiles y Télefo, detalle, bajorrelieve de mármol, siglo I a.C., Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

El volumen 156 de 2006 del Zeitschrift für Papyrologie und Epigraphik abrió con un breve artículo[1] que presentaba la edición de un texto contenido en un papiro excavado en Egipto durante uno de los últimos años del siglo XIX. El artículo venía firmado por Dirk Obbink, catedrático del colegio Christ Church de Oxford y primera figura de la papirología contemporánea, y el texto correspondía a un poema en dísticos elegíacos de una extensión de 28 versos, de los cuales el primero y los tres últimos se daban por ilegibles.

Desde la primera línea, Obbink declaraba sin ninguna vacilación su apuesta por la adscripción autoral del texto: “Arquíloco sólo a duras penas ha sido considerado como un poeta elegíaco. Nadie hubiera sospechado que compusiera un largo poema elegíaco de tema mitológico.” Y continuaba, a boca de jarro: “Ahora las montañas de basura de Oxirrinco han arrojado un papiro con ese poema.”

En efecto, de la obra conservada de Arquíloco sólo alcanza una extensión equivalente el poema en metro yámbico recogido en el Papiro de Colonia, también descubierto en Oxirrinco, publicado en los años setenta y del que próximamente presentaremos aquí una versión.

El tema central de este poema es (y ello no tendría que sorprender a nadie, tratándose de Arquíloco) la fuga en una batalla. Ya la presentación de Obbink lo relacionaba con el célebre (y antiheroico) fragmento 5:

Con mi escudo algún sayo se jacta, después de que en la estacada
     me lo dejara sin querer, arma formidable.
Pero pude escaparme del confín de la muerte. Que le vaya bien
    a aquel escudo: en seguida me conseguiré otro no peor.

El texto conservado comienza, de hecho, enunciando una gnóme (una norma de validez universal) que da por lícita bajo ciertas circunstancias la opción por la fuga, y prosigue aplicándola a una experiencia que involucra directamente al sujeto lírico: presumiblemente una ocasión en la que el poeta-guerrero y sus compañeros hubieron de huir ante un enemigo. Ambos momentos (registro de una experiencia inmediata, su localización en un mapa general de la existencia) son canónicos en la elegía arcaica, y pueden encontrarse en la restante obra de Arquíloco.

Lo novedoso, lo que vuelve perfectamente justificable que el proemio del artículo de Obbink roce sobriamente el registro del sensacionalismo británico, es que casi la totalidad del texto conservado del poema la ocupe un exemplum mítico que tiene como protagonista indudable a Télefo. Y es que se trata del primer recurso de Arquíloco al mito de que se tiene noticia.

Télefo es una figura más bien secundaria en el panteón heroico griego si nos remitimos a la literatura transmitida, pero fue objeto de la atención Píndaro y, si no de Homero, de alguno de esos abigarrados relatos, como la Pequeña Ilíada y las Ciprias, de lo que se ha dado en llamar el ciclo épico (compuestos sin la virtuosa economía que Aristóteles, con ojo de teatrólogo, fue el primero en reconocerle a Homero). Y, sobre todo, parece haber sido un personaje frecuente en la tragedia ática: Esquilo, Sófocles y Eurípides (los tres) compusieron obras concentradas en mayor o menor medida en este héroe de estirpe griega y asiático por adopción.

Ninguna de estas obras trágicas se conserva, pero sí Acarnienses, una áspera comedia de juventud de Aristófanes que contiene la que es, junto al agón en el Hades entre Esquilo y Eurípides de Ranas, una de las parodias trágicas más ingeniosas e hilarantes de la comedia antigua.

El protagonista de Acarnienses, Diceópolis, ha convenido una paz privada en el contexto de las Guerras del Peloponeso, y tiene que enfrentar a un coro de carboneros belicistas. Por asegurarse su benevolencia, acude a Eurípides. Eurípides está en estado de trance creativo, pero finalmente Diceópolis consigue que salga de su mansión con ayuda del ekkykléma (una novedad técnica empleada con profusión en sus tragedias, que permitía que aparecieran los interiores en escena) y que le preste los harapos con los que el poeta había vestido al Télefo suplicante de su obra homónima. Que un héroe trágico vistiera harapos parece haber escandalizado a los puristas atenienses de la tragedia tanto como a los detractores neoclásicos de Shakespeare ese cansancio de sus príncipes al que Erich Auerbach dedicara un ensayo memorable de Mímesis.

Lo cierto es que Télefo es un héroe un tanto marginal. Y no porque apenas haya sobrevivido registro suyo en la literatura griega, sino por su condición oscilante entre griego y bárbaro, y entre la excelencia guerrera y la convalecencia. Hijo de Heracles y una princesa arcadia, su abuelo materno, según una versión, lo encerró en un cofre y lo lanzó al mar (como Perseo); según otra, mandó asesinarlo, pero en cambio terminó (como Edipo) siendo adoptado por unos reyes extranjeros.

El hecho es que Télefo se cría en Misia, en las costas del norte del Asia Menor, muy cerca de Troya. Allí se convierte en el heredero al trono, y cuando llegan los aqueos, desviados en su expedición hacia Troya, es él quien encabeza al ejército misio. En un primer momento repele a los desorientados invasores, aunque luego es herido por Aquiles y curado sólo años más tarde, por la misma espada que lo había herido, tal como lo había previsto un oráculo (es este el episodio que Eurípides versionó en su Télefo); en recompensa, Télefo revela a los aqueos, que entre tanto habían acampado en Áulide (el escenario del sacrificio de Ifigenia, y de mucha literatura), el camino correcto a Troya.

El poema de Arquíloco presenta a un Télefo en la culminación de su aristeía, antes de ser herido por Aquiles. Y lo hace, por cierto, tomando en préstamo un rasgo muy característico del estilo de Homero. (Pero Homero fue una tradición, un dispositivo poético, un idioma literario altamente estilizado antes de ser el autor de una obra fijada por la filología alejandrina. Dice el legendario M. L. West, a propósito de este poema[2]: “desde la perspectiva de un pario de mediados del siglo séptimo, la escena de la épica debe haber diferido mucho de lo que las modernas historias de la literatura podrían llevarnos a creer. Arquíloco habrá escuchado recitaciones de varios poetas-rapsodas, que vivían en su isla o iban allí de paso, que cubrían una gran variedad de episodios del pasado heroico. Muchos de esos episodios habrán tenido relación con la Guerra de Troya, su prehistoria y sus secuelas, y Arquíloco se habrá familiarizado con los contornos de toda esa historia. Lo que no debemos dar por sentado es que haya escuchado una Ilíada.”)

En “La cicatriz de Ulises”, otro de sus ensayos de Mímesis, Auerbach examina meridianamente lo que llama el relato homérico “de primer plano”, su tendencia a iluminar hasta el resquicio más remoto del material de la narración, que opone a la oquedad descriptiva y al trasfondo como en esfumado de los relatos bíblicos.

Así como, en la Odisea, al reconocimiento de la cicatriz por Euriclea le sigue el relato pormenorizado del accidente de caza en el que el joven Odiseo se la había provocado, aquí nos encontramos con que, luego de que se presenta la fuga de los aqueos (ahí está la pertinencia del recurso a la saga heroica, lo que apuntala la gnóme del poema de Arquíloco con la autoridad del mito), se procede a narrar en retrospectiva las circunstancias que habían desembocado en esa fuga: la llegada por error de la expedición aquea a Misia.

En efecto, este poema ha vuelto a poner a la crítica especializada a debatir sobre la relación de Arquíloco con Homero (un asunto ya tratado en este magazine, con su rigor de siempre, por Helena Maquieira).

Así, para Barker y Christensen[3] se trata de un poema deliberadamente antihomérico que se vale de la dicción de la épica para subvertir sus valores. El poema deconstruye el relato iliádico de la fuga, en el que es sancionada negativamente, y habría sido compuesto para la circunstancia de un simposio, donde es una constante la recreación lúdica de tópicos épicos. Estos autores lo ponen en conexión con los relatos falsos, de similar tono y tema, de Odiseo en la Odisea, también dichos en contexto simpótico (el banquete de los feacios, o el de los pretendientes en Ítaca). Esta idea es interesante porque supone que la influencia entre ambos géneros, tradicionalmente concebidos como absolutamente sucesivos en el tiempo, no es unidireccional, sino que también la elegía puede ejercer una presión estilística y temática sobre la épica.

Ahora bien, Laura Swift ha presentado reparos muy convincentes a esta lectura.[4] La subversión del ethos épico de este poema, argumenta Swift, no sería tan radical, pues también en Homero (también en la Ilíada) la fuga es presentada como problema, y no automáticamente estigmatizada. También allí la fuga puede llegar a ser considerada lícita in extremis. Por ejemplo, cuando se hace notorio que la intervención directa de un inmortal no deja otra opción al héroe épico. Y, en definitiva, lo que encontramos en Arquíloco es, antes que una afirmación sin matices, una justificación de la fuga como último recurso (es significativο el énfasis que pone el poeta, en el primer verso conservado del texto, para denotar cuán extrema es esa condición: θεοῦ κρατερῆς ὑπ᾽ἀνάνκης. Εsto es: “por la poderosa necesidad de un dios”).

Lo que sí resulta innegable es el acento humorístico del poema: pensemos en la reelaboración que hace Arquíloco de la acción homérica de resoplar la furia al referirla tanto a los héroes como a sus caballos. Swift especula que el hecho de que Arquíloco haya elegido, de todo el arsenal bélico que le ofrece el ciclo troyano, un enfrentamiento trabado por simple despiste de los contendientes (“a comedy of errors” lo llama, no sin razón, Obbink) responde a una intención crítica hacia la situación política contemporánea de Paros: tan extraviados como los aqueos en Misia estarían los estrategas parios que habrían provocado la derrota de Arquíloco y los suyos en una batalla ocurrida presumiblemente en ocasión de la colonización de Tasos. Esto confirmaría la ubicación del poema dentro de un contexto simpótico, donde es normal la burla al mando superior entre compañeros de armas.

Por su parte, Nobili[5] lo adscribe al género de la elegía narrativa de tema histórico, de cuya existencia dudaban los estudiosos hasta que apareció en la década de los noventa un poema en metro elegíaco de Simónides dedicado a la batalla de Platea. En ese caso, el contexto de composición y representación del poema sería el de la conmemoración civil (en audiencia general de toda la comunidad, ya no reducido al ámbito más privado y permisivo del simposio) y su extensión original mucho mayor que el fragmento ínfimo que nos habría llegado: la narración del enfrentamiento entre Télefo y los aqueos no sería un exemplum puntual sino que se extendería hacia momentos ulteriores del mito y abarcaría la derrota final de los misios a manos de los aqueos, recorriendo toda la elegía como un largo paralelo al evento contemporáneo al poeta, que sería narrado hasta una victoria eventual de los parios.

Pero, si no hay un consenso unánime, la opinión más extendida (y la más convincente, porque toma en cuenta la composición anular del poema, tan típica de la elegía arcaica griega, que establece un paralelo estructural entre el principio y el final) es que la extensión del poema original no debe haber sido mucho mayor que la del texto propuesto por Obbink.

La estación de la fuga

…si bajo poderosa fuerza de un dios[6]
no hay que llamarlo flojera o vileza,
está bien que nos lanzáramos a huir de males devastadores. Huir tiene su temporada.
También una vez Télefo, el descendiente de Arcas, él solo,
espantó a todo el ejército de los argivos, y no mucho resistieron
esos valientes (tanto los espantaba la suerte de los dioses
a ellos, que iban armados con lanzas). El río Caicos, de buena corriente,
quedó atestado de los que caían muertos, y también
la llanura misia. Sobre la orilla del mar muy estruendoso
eran masacrados por la mano de ese despiadado mortal
los aqueos de buenas grebas, que se dispersaban a la desbandada:
con entusiasmo corrían a embarcarse en las naves que cruzan el mar
estos hijos y hermanos de inmortales, a quienes Agamenón
llevaba a hacer la guerra a Ilión, la sagrada.
Pero en ese momento, desviados de su camino, habían llegado a esta costa
y recalaron en la espléndida ciudad de Teutras;
allí resollaban la furia, lo mismo los hombres que los caballos,
inmensamemente afligidos los ánimos en su desvarío,
pues se figuraban que ya asaltarían la ciudad de los troyanos, de altas puertas,
y en vano pisaban Misia, rica en grano.
Y vino a su encuentro Heracles, clamando por su hijo de corazón bravo, Télefo,
despiadado centinela en la guerra devastadora,
el que excitó en los dánaos la vergonzosa estampida
cuando los enfrentó él solo, complaciendo a su padre…

εἰ δὲ………………………..θεοῦ κρατερῆς ὑπ᾽ἀνάγκης
οὐ χρὴ ἀναλκείην καὶ κακότητα λέγειν,
πήματ᾽ εὖ εἵμεθα δῆια φυγεῖν φεύγειν δέ τις ὥρη
καί ποτε μοῦνος ἐὼν Τήλεφος Ἀρκασίδης
Ἀργείων ἐφόβησε πολὺν στρατόν, οὐδ᾽ ἔτι μεῖναν
ἄλκιμοι, ἦ τόσα δὴ μοῖρα θεῶν ἐφόβει,
αἰχμηταί περ ἐόντες. ἐϋρρείτης δὲ Κάϊκος
πιπτόντων νεκύων στείνετο καὶ πεδίον
Μύσιον, οἱ δ᾽ἐπὶ θῖνα πολυφλοῖσβοιο θαλάσσης.
χέρς᾽ὑπ᾽ἀμειλίκτου φωτὸς ἐναιρόμενοι
προτροπάδην ἀπέκλινον ἐϋκνέμιδης Ἀχαιοί
ἀσπάσιοι δ᾽ἐς νέας ὠκυπόρους ἐσέβαν
παῖδες τ᾽ἀθανάτων καὶ ἀδελφεοί, οὗς Ἀγαμέμνων
Ἶλιον εἰς ἱερὴν ἦγε μαχησομένους.
οἱ δὲ τότε βλαφθέντες ὁδοῦ παρὰ θῖν᾽ἀφίκοντο,
Τεύθραντος δ᾽ἐρατὴν πρὸς πόλιν ἐξέπεσον,
ἔνθα μένος πνείοντες ὁμῶς αὐτοὶ τε καὶ ἵπποι
ἀφραδίηι μεγάλως θυμὸν ἀκηχέδατο
φάντο γὰρ ὑψίπυλον Τρώων πόλιν εἰσαναβαίνειν
αἶψα μάτην δ᾽ἐπάτεον Μυσίδα πυροφόρον.
Ἡρακλέης δ᾽ἤντησε βοῶν ταλακάρδιον υἱόν,
οὖρον ἀμείλικτον δηΐωι ἐν πολέμωι,
Τήλεφον, ὃς Δαναοῖσι κακὴν τότε φύζαν ἐνόρσας
ἤρειδεν μοῦνος, πατρὶ χαριζόμενος.


Notas:

[1] Dirk Obbink: “A New Archilochus Poem”, Zeitschrift für Papyrologie und Epigraphik, Bd. 156, 2006, pp. 1-9.

[2] M. L. West: “Archilochus and Telephos”, Zeitschrift für Papyrologie und Epigraphik, Bd. 156, 2006, pp. 11-17.

[3] Elton T. E. Barker & Joel P. Christensen: “Flight Club: The New Archilochus Fragment and Its Resonance with Homeric Epic”, Materiali e discussioni per l’analisi dei testi classici, n. 57, 2006, pp. 9-42.

[4] Cfr. Laura Swift: “Archilochus the «Anti-Hero»? Heroism, Flight and Values in Homer and the New Archilochus Fragment”, The Journal of Hellenic Studies, vol. 132, 2012, pp. 139-155; Laura Swift: “Telephus on Paros: Genealogy and Myth in the «New Archilochus» Poem”, Classical Quarterly, vol. 64, n. 2, 2014, pp. 433-447.

[5] Cecilia Nobili: “Tra epos ed elegia: il nuovo Archiloco”, Maia, vol. 61, n. 2, 2009, pp. 229-249.

[6] He seguido el texto reconstruido por Obbink salvo en dos ocasiones: en el final del verso 6, donde adopto la lección propuesta por Magnelli por encima de las más socorridas de Obbink (οἱ δὲ φέβοντο) y West (οὐδ᾽ἐγένοντο), para evitar la redundancia de la primera (“estos se espantaron”) y la contradicción implícita en la segunda (“no fueron [valientes])”; y en el primer hemistiquio del último verso, donde sigo a West (ἤρειδεν μοῦνος en lugar de ἤρειδε πρόμαχος).

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