Fotograma de ‘Roma’ (2018), largometraje de Alfonso Cuarón

Ya estrenaron Roma, la esperadísima octava cinta de Alfonso Cuarón como director. Tengo unas ocho cosas que decir, luego de verla y quedarme perplejo:

1. Por mucho la mejor película mexicana de los últimos, no sé, cinco años por poner un número. Eso es bueno, porque les exige a los cineastas y guionistas a tener más producciones tipo-Roma y menos películas tipo-humor-Derbez-nefastillo.

2. Un acierto, en primer lugar, filmarla en blanco y negro, y no sólo por la fotografía y la composición de la imagen y bla-bla-bla (lo que les encanta alardear a los estudiantes de cine), sino porque los recuerdos siempre tienen ese matiz. La historia se enclava a comienzo de los setenta, pero lo que sorprende es cómo el tiempo parece detenido (por ejemplo, la escena del enfrentamiento entre estudiantes, granaderos y FUA’s –o del MURO–, donde una chica abraza a su novio agredido, recuerda la escena de Naomi y Joel, en septiembre de este año en la UNAM).

3. Lo que más me gustó es que trabaja simbólicamente el agua. Todo el tiempo hay escenas donde los calcetines gotean, la lluvia limpia la colonia Roma, los grifos de la cocina tienen fuga, etc. De hecho, la película se abre y se cierra parecido: el agua que va y viene arrojada por Cleo al comienzo para limpiar el porche de entrada parece una marejada, y la película tiene su clímax justo en la playa (donde convergen el dolor de los niños, de la patrona y el suyo propio por el bebé muerto). Ya lo decía el buen Tales de Mileto, lo que anima todo ser viviente es el agua, y lo que le pasa al agua me pasa a mí.

4. Es una película universal. Es decir, el tema de la asesora del hogar o nana que sostiene emocionalmente a toda una familia funciona aquí, en Chile, en Polonia y en todas partes. Son aquellas personas que de forma silenciosa aguantan, desde las bases, todo el edificio afectivo de una casa, y eso aparece también en las novelas de José Donoso y por aquí y por allá en Tennesse Williams.

5. En ese sentido, era una película pensada para que un solo personaje, el de Cleo, sostuviera toda la historia. Y ahí Yalitza Aparicio se lleva todos, todísimos, los aplausos. Era lo que buscaban los neorrealistas, entre otros cineastas de vanguardia: personas no contaminadas con las técnicas de actuación archisabidas para que mostraran delante de las cámaras mayor autenticidad en la interpretación. La pobre Cleo se quiebra y desborda una sola vez en la película, una sola vez, y es la vez que estamos esperando desde el minuto uno: en la de playa. ¿Y por qué? Porque de venir siendo el sostén emocional de esa familia, sabe por fin que ya tiene una red que la va a sostener cuando ella se caiga.

6. Insisto, es una película universal. Por ahí leí comentarios obtusos que decían que si no eras de la Ciudad de México –es más, que si no habías vivido en la Colonia Roma– no la ibas a entender. Pfff, por favor: las cosas se entienden siempre mejor cuando las observas con la mirada del extranjero curioso (de hecho, las mejores novelas sobre México, por ejemplo, no las escribieron mexicanos: Malcolm Lowry, D. H. Lawrence, Roberto Bolaño, etc.) Es una estupidez evaluar una película en términos de la mímesis con el paisaje y las circunstancias. La película se aguanta sola por el guion y las actuaciones.

7. Otra estupidez que leí por ahí: que no parece una película hecha por un mexicano, sino de Jarmusch o Lars von Trier. No, no. Es una película de Cuarón ciento por ciento: hasta él mismo se alude, por ejemplo, como cineastas cuando muestra a los niños astronautas. Es más: creo que hasta hay guiños a episodios de la novela El salvaje de su otrora partner, Guillermo Arriaga, historia monumental del 2016 que transcurre por las mismas épocas, por las mismas barriadas, con casi los mismos conflictos, al menos en el plano político y social. De hecho, va de lo mexicano a lo universal para retornar a lo mexicano, donde el verdadero punto de contacto social (una casa de clase media) es, por un lado, reflejo de la desigualdad terrible que en términos raciales vive este país desde la colonia; y por otro, la posibilidad de uno de los pocos encuentros sinceros que nos va quedando en este mundo: el amor ambivalente de las nanas de ascendencia indígena por los hijos ajenos, que a su vez ven más en ellas que en sus propias madres a una madre.

8. Y ya, por último: la posibilidad de la lectura feminista tradicional es tan explícita que no vale la pena ahondar por ahí (todo el mundo ya lo hizo y, a mi parecer, con un chauvinismo espantoso: “Siempre estamos solas”). Mejor analizar la certeza, también universal, de que la mujer parece históricamente depositaria del dolor y las tribulaciones, mientras que el hombre a la menor vicisitud fantasea con escapar (o escapa sin más, como el papá de los niños o el novio de Cleo). Esa es una idea potente, monolítica, que tendríamos que descomponer y reconstruir por el bien de nuestro nuevo cine y de nuestras nuevas familias.

FELIPE RÍOS BAEZA
Felipe Ríos Baeza nació en Santiago de Chile, en 1981. Es escritor, periodista y doctor en Literatura. Se ha desempeñado como profesor e investigador en varias instituciones de educación superior, en materias de literatura, cine, filosofía y estética y arte, y es colaborador habitual de Rialta Magazine, entre otras publicaciones. Es autor de la novela Clowns (2016), del volumen de ensayos El desvarío ilustrado. Ensayos de narrativa hispanoamericana contemporánea (2014) y de una decena de libros críticos dedicados a escritores recientes, como Roberto Bolaño, Enrique Vila-Matas, César Aira, Juan Villoro, entre otros.
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