La decadencia de Antonia Eiriz

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‘La cámara fotográfica’ (detalle), Antonia Eiriz, 1959

Bajo el título Felices los normales, tomado del poema homónimo que Roberto Fernández Retamar dedicara a la artista, se inauguró en la galería Galiano, el pasado 30 de enero, una exposición que, sin ser el propósito puntual de sus curadoras, rinde merecido homenaje a Antonia Eiriz. Si logramos pasar de la calidad “media” de las obras presentes en la muestra –supuestamente angustiadas por la influencia de la autora de La Anunciación o Una tribuna para la paz democrática–, el gesto cultural que esta exposición resulta arroja más de una interrogante de interés para el paisaje intelectual cubano, y más específicamente para el gremio de las artes visuales.

¿Qué sentido tiene recordar hoy la obra de Antonia Eiriz, en medio de las transformaciones radicales que está experimentando la sociedad cubana, ahora que se tensan cada vez más las relaciones entre el discurso y la gestión de las instituciones estatales y los intereses de múltiples grupos sociales con medios de intervención pública, en un momento en que los antagonismos ideológicos se polarizan más en Cuba? ¿Por qué volver sobre el legado artístico de Antonia Eiriz? Pasados casi cincuenta años desde que esta mujer ocupara el centro de la visualidad nacional ¿tiene su arte algo que decir a nuestros contemporáneos?

La pintura de Antonia Eiriz fue una explosión en el contexto cubano de los sesenta. En medio de las transformaciones que el evento revolucionario privilegiaba, ella se atrevía a presentar su arte como una negación del optimismo y la jactancia triunfalista de los días primeros del triunfo. Sus creaciones, en ese sentido, eran el equivalente plástico del pensamiento que animaba a artistas e intelectuales como Nicolás Guillén Landrián, Tomás Gutiérrez Alea, Sara Gómez o Heberto Padilla, por sólo mencionar a unos pocos. De ahí que resulte imposible limitar la grandeza o el genio de Antonia a la consistencia estética de su expresionismo. Y ciertamente basta con los valores plásticos de sus cuadros, con el impacto emotivo de su específico pictórico: la tragicidad y la violencia de su figuración, el descentramiento de la composición, la desgarradura física de los lienzos, el informalismo de la pincelada, las combinaciones entre el grosor de las texturas y la importancia de la escena representada, la trabazón profunda entre una iluminación sombría, una estructura espacial marcadamente teatral y una iconografía de un alcance semántico invaluable. La convergencia de todos estos elementos garantiza un registro expresivo preñado de múltiples sentidos.

Pero la verdadera contemporaneidad de Antonia emergía de la capacidad con que supo, como diría Agamben, sostener la mirada en la oscuridad de su tiempo. Antes que sumarse a la celebración, sus creaciones procuraban aprehender ciertos perfiles problemáticos de la época, en lo que fue, sin dudas, un acto genuino de amor. Antonia era una revolucionaria que, desde el régimen de lo estético, procuraba salvar un proyecto ético. El dolor, el drama humano, el sufrimiento que late en sus obras alcanzan a compendiar el abatimiento del ser al interior de los acontecimientos que impactan su mundo inmediato. Mas la real singularidad del lenguaje poético de Antonia reside en cómo penetró “la verdad” propuesta por La Revolución. Es decir, su pensamiento estético nace del programa ideológico que entonces aspiraba a inventar un mundo, pero se configuraba como una suerte de hermenéutica de lo negativo. Estamos hablando de una poética de lo abyecto: una acción plástica que, inscrita en los principios axiológicos de La Revolución, transgredía el régimen discursivo trazado por los grupos hegemónicos. Pensemos nomás en Una tribuna para la paz democrática: cuando Antonia advierte allí los peligros de que la “masa” –entendida como protagonista de La Revolución– deviene un cuerpo social sin identidad al servicio del poder, está conjurando una transgresión sumamente escandalosa. La exhibición de esta pieza era una perturbación pública que atentaba contra la consistencia del sujeto revolucionario.

Laura Martín, quien es una de las curadoras de Felices los normales, junto a Sandra García Herrera, apunta en las palabras del catálogo, que la exposición es “una invitación a detectar sus influencias [las de Antonia] en la producción artística contemporánea”. Luego, sobre los artistas expuestos, comenta también Martín que “Trazan una parábola atemporal y se interconectan en un hilo común para contar la historia de su tiempo con algunas de las herramientas expresivas que utilizara Antonia en sus obras”. Sin embargo, las obras reunidas en Felices los normales, de creadores mayormente jóvenes, parecen limitar el legado de Antonia a determinados estilemas de su expresionismo o a uno que otro índice de su topografía simbólica. En general, por detrás de la pertinencia estilística de las piezas se hace patente un vaciamiento de sentido. Cuanto falta en ellas, y sobraba en Antonia, es el coraje (la inteligencia) para amenazar el sistema simbólico dominante. Desprovistas de la audacia creativa y el riesgo expresivo que caracterizaron a Antonia Eiriz, aquí priman ensayos visuales bastante pobres, de un imaginario poco competente en su capacidad para dialogar con el contexto. Es lamentable que el artificio visual, salvo quizás un par de obras, evidencie tan poca destreza estilística. Además, resulta un facilismo –lo que habla de las limitaciones de la gestión y el criterio curatoriales– la escogencia mayoritaria de obras pictóricas, puesto que es evidente que la influencia de la artista sobrepasa el uso del soporte.

Antonia fue una artista necesaria. Y lo sigue siendo hoy, en un instante en que necesitamos artistas capaces de involucrarse de forma determinante con su tiempo. Y cuando digo determinante, me refiere a producir un arte menos sintomático, menos rendido a los signos del nuevo tiempo cubano. Necesitamos un arte político, capaz de detectar la oscuridad de esta época. Un arte donde el objeto, su elaboración, implique un extrañamiento respecto a la manera en que se presenta el tiempo histórico. No creo que su importancia emane del vanguardismo de su técnica, sino de la agudeza gnoseológica con que esa técnica, al tiempo que propiciada por ellos, documentaba los estremecimientos de un programa social emancipatorio. Por ese camino creo que se encuentra el mejor legado de Antonia Eiriz. Ella misma lo tenía bien claro. En una de las paredes de la galería Galiano, acompañando la muestra, se leen las siguientes palabras de la artista:

“Cuando me hicieron esos comentarios de que mi pintura era «conflictiva» llegué a creerlo […]. Un día vi todos los cuadros juntos por primera vez en mucho tiempo. Me dije a mí misma: es una pintura que expresa el momento en el que vivo. Si un pintor puede expresar el momento en que vive, es genuino”.

En otras de las paredes de la galería, en un cautivante juego intertextual, se puede leer el extraordinario poema de Retamar que da título a la exposición. Para mí siempre ha sido un enigma la relación existente entre la ideología que soporta este texto y la que soporta la obra de Antonia. Retamar fue un autor preocupado entonces por una escritura nueva que trasuntara la aventura social en que se sumergía el país y, con toda la heroicidad posible, urdió un canto cuasi épico a los personajes que estaban haciendo La Revolución. Felices los normales, el poema, parece favorecer a ese tipo de sujeto absolutamente adherido al programa revolucionario, un héroe de “los que hacen los mundos y los sueños”. ¿Y los otros? La obra de Antonia, sin embargo, parece acusar que se quiera depositar tamaña responsabilidad sobre los hombros de todos; más exactamente, atendía la violencia ideológica con que el entramado sociopolítico exigía una adhesión total de todos.

Aun así, quiero pensar que Felices los normales es una exposición necesaria, porque nos deja ver cuánto necesitamos hoy artistas como Antonia Eiriz.

Un poema de Fuera del juego (Heberto Padilla, 1968) –cuaderno que ganara el Premio UNEAC el mismo año en que se expone Una tribuna para la paz democrática— se titula, precisamente, “Antonia Eiriz”:

Esta mujer no pinta sus cuadros

para que nosotros digamos: “¡Qué cosas más raras

salen de la cabeza de esta pintora!”

Ella es una mujer de ojos enormes.

Con estos ojos cualquier mujer podría

desfigurar el mundo si se lo propusiera.

Pero, esas caras que surgen como debajo de un puñetazo,

esos labios torcidos

que ni siquiera cubren la piedad de una mancha,

esos trazos que aparecen de pronto

como viejas bribonas;

en realidad no existirían

si cada uno de nosotros no los metiera diariamente

en la cartera de Antonia Eiriz.

Al menos, yo me he reconocido

en el montón de que me saca todavía agitándome,

viendo a mis ojos entrar en esos globos

que ella misteriosamente halla;

y, sobre todo, sintiéndome tan cerca

de esos demagogos que ella pinta,

que parece que van a decir tantas cosas

y al cabo no se atreven a decir absolutamente nada.

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