Más que en esos “peores y mejores de los tiempos” con que Dickens representó la Revolución francesa, vivimos donde “la confusión ha hecho su obra maestra”, como presentó Shakespeare el momento en que Macbeth, adicto ya al poder y a la historia, asesinó al noble buen rey Duncan mientras dormía, y repartió por igual la culpa y el terror.

Cosas caen a pedazos: el eje no sostiene;
Pura anarquía que anda suelta por el mundo…

Así describía Yeats la Revolución rusa en su “Segundo Milenio”, en 1921. Pero en 1968 todavía

La marea tinta en sangre se desata, y en todas partes
La ceremonia de la inocencia se ve ahogada…

Hace tres semanas, en estas mismas páginas, no sólo la confusión creó otra obra maestra, sino que un ceremonial de inocentes naufragó en vituperios. El cubano Heberto Padilla, quizás el único poeta revolucionario de su país y por ello mismo un perseguido –entre otras muchas cosas, por defender un libro mío y mi memoria en público, pero también porque “un gobierno no quiere escritores, sólo quiere amanuenses”, como dice Solzhenitsyn– me atacó bestial, tal vez después de leer a Marx. Mi delito, haber revelado en el extranjero que le acosaban, rompiendo por primera vez la barrera del silencio, ese acuerdo de caballeros rojos y rosados con respecto a la injusticia creada (en Cuba) en nombre de la justicia. Creí devolver a Padilla el favor literario y humano y he aquí que he cometido un crimen sin nombre, una abyección (cf. Evtuchenko contra Sinyavsky y Daniel: “Estoy de acuerdo con lo que se hizo con ellos… ¿Es que vamos a permitir lavar nuestra ropa sucia fuera de casa?”).

En Cuba, al poner en pie a Marx han parado de cabeza a Martí. Fue José Martí quien dijo de otra tiranía: “Presenciar un crimen en silencio es cometerlo”. Ahora cometer un crimen (en Cuba) es decir que se lo presenció. Esta confusión tropical son los sueños de la razón que come el loto de la Historia. Malos son los tiempos en que la pesadilla se nos presenta como el único sueño posible, cuando nos imponen el caos como un Nuevo Orden. Entonces la política es una rama de la metafísica, la religión por otros medios, y el comunismo resulta uno de los avatares del mal.

No queda más escolio que la escatología. O tal vez leer ese texto como un libreto para el teatro de la crueldad política. A pesar mío, sin embargo, tengo que tomar literalmente la palabra escrita a Padilla, porque –él lo sabe mejor que nadie– quod scripsi, scripsi.

“Creo innecesario aclarar que escribo estas líneas con plena libertad”, dice Padilla en La Habana un día de septiembre. Pero yo recibí esta carta fechada el 27 de ese mes: “He sabido que la UNEAC, luego de haberte expulsado por traidor, «invitó» a Padilla a que te «respondiera», y que él lo va a hacer en una forma bastante peligrosa para su salud.” No tanto, no tanto, corresponsal –a no ser que la plana en Primera Plana no sea la primera–. Escribe un tal “E. R. G.” en Triunfo de Madrid, en noviembre: “Se asegura que Padilla se defendió en carta directa a Cabrera, impugnatoria de aquellas declaraciones, carta que no fue publicada.” (¿Dónde no fue publicada? El siglado español se cuida de aclararlo, pero no de mentir cuando dice que yo “deserté de la diplomacia cubana”). “Una nueva carta –aún no aparecida, pero que insertará seguramente Índice— reitera su oposición teórica a Cabrera, aunque no renuncie a su amistad.” Tal vez otro índice de sacristía revele este misterio religioso. Si no es que antes Padilla se confiesa saboteador de autobuses o incendiario de cañaverales. ¿Por qué no? Después de todo, Bujarin era un filósofo y en los procesos de Moscú “con plena libertad” confesó “haber envenenado todo el trigo de Ucrania”.

Para los que duden de la posibilidad de una encarnación del alma es(c)lava en el trópico, puedo citar una tirada de Haydée Santamaría, directora de la Casa de las Américas y heroína de la Revolución, quien reveló este secreto de estado totalitario al poeta Pablo A. Fernández y a mí, recién llegada de Rusia: “En la URSS no hubo ni un solo artista en la cárcel. ¡Nunca! Ningún creador fue jamás puesto preso. ¡Pero ni uno! La camarera Fursteva me explicó que los artistas abstractos y los escritores decadentes burgueses que fueron encarcelados, fue por ser agentes del nazismo.” Perdonen que me ría al transcribirlo. No es tanto que Yeyé Santamaría pronunciara Uhr en vez de URSS ni que en la misma conversación confesara que ella creía que Marx y Engels eran una sola persona (“Ustedes saben, como Ortega y Gasset”), sino que recuerdo la mirada ladeada que cambiamos PAF y yo; imaginen a los dos ladrones oyendo decir a Cristo, “Señor, un poco más de flechas y de clavos, S. V. P.”, y tendrán una remota idea de la incomodidad que produce en dos pecadores verse obligados a rodear para siempre una santa con una misión en la tierra.

Pero sé que puedo hacer chistes y parodias por el gusto de jugar con las palabras, mientras que Padilla usa las palabras porque es su vida la que está en juego. Cierto. No menos cierto que yo elegí este libre albedrío, mientras Padilla escoge la Historia y la esclavitud. Aunque puedo asegurarles a los lectores (no a Padilla: él bien lo sabe: “El socialismo es tristeza”, solía decir, “pero abriga”) que la libertad tiene más riesgos que la servidumbre. Uno de sus peligros es saber que libertad de palabra puede significar esclavitud de imprenta. No lo digo por los gajes del oficio de hombre libre, que alejan del destino literario como la velocidad acerca el punto de llegada: en razón inversa. Digo la ausencia de una imprenta libre. Eso que Alejo Carpentier expresó con esprit (y acento francés): “¿Asilarme en Francia? ¡Idiota! ¡Como si yo no supiegra que el escritor que se pelea con la izquierda está perdido!”

El teorema de Alejo fue resuelto días atrás por mi editor catalán. Carlos Barral leyó mi entrevista para escribirme una carta que quiere ser insultante y es solamente torpe. Más que torpe, ebria de celo revolucionario. Este jefe (de empresa) que ha decidido defender el comunismo en la Muy Fiel Isla de Cuba hasta la última peseta ajena y hasta el último cubano, descubría que mi inglés es “de inmigrante” (no lo será así que pasen cinco años: será entonces inglés “de naturalizado”) en el mismo párrafo que escribía Tópica en vez de Topeka! Esta es la última carta que me escribirá Barral como Tres tristes tigres fue mi primer y último libro para (Seix-) Barral; el sentimiento de asco es mutuo. Pero quiero tocar esa viscosidad ahora para citar el final que es una coda: “Comunico esta carta… a la Casa de las Américas, a los que seguramente extrañaría mi silencio”. Una vez más tiene razón Orwell: “No hay que vivir en un país totalitario para dejarse corromper por el totalitarismo.”

Dice Padilla de mí: “Asumiendo el papel de todo contrarrevolucionario que intenta crearle una situación difícil al que no ha tomado su mismo camino…” No sólo el “papel de todo contrarrevolucionario”, también de todo “revolucionario” en otra ruta, ya que fue Lisandro Otero quien acusó a Padilla de “contrarrevolucionario disfrazado” (Le Monde, noviembre 5) que trata de “suscitar en nuestra patria problemas checoslovacos… y quiere poner en contradicción al escritor y al poder revollucionario”. Otero, versión posible ahora de Zhdánov en Cuba, solicita luego con voz de fiscal: “Hay que actuar contra estos elementos.” ¿No será que la palabra contrarrevolución se usa en Cuba como decía Jarry que usaban los filósofos la metafísica: para hacer invencible lo invisible? (¿o será tal vez para hacer vencible lo visible?) ¿Pero quién fue el “contrarrevolucionario” (según Padilla) que puso en dificultades a un “contrarrevolucionario” (según Otero) creándole una “situación difícil”?

Las “dificultades de Padilla” no comenzaron con (por culpa de) mi entrevista (Primera Plana, 16 de agosto de 1968) ni mucho menos. Pensar que es así sería admitir la vanidad de creer que un “cúmulo de falsedades” (como ha decidido la izquierda llamar a mis declaraciones, demostrando que la derecha es la única capaz de decir la verdad hoy) haya podido por sí solo colocar a una “avanzada del progreso” en lo que el columnista de Triunfo llama “una crisis grave”. Tampoco empezaron estas dificultades por la polémica acerca del ingreso de mi novela TTT en el Index castrista, dirimida por Padilla un año atrás con Lisandro Otero, quien con su rampante ortodoxia actual trata inútilmente de borrar su pasada asociación con la alta burguesía cubana. Ni siquiera comenzaron a perseguir a Padilla cuando publicó un poema en la misma antología de Ruedo Ibérico en que Retamar se declara “hombre de transición” para emoción de “A. R. G.” y el poshlost comunista y carcajada de todo el que conoce a Retamar, hombre de transacción si los hay. Este poema de Padilla se llama “En tiempos difíciles” y allí alguien (la voz de la conciencia revolucionaria, el Partido, Fidel Castro o lo que sea) le pide que se entregue todo él, y cuando el poeta lo ha dado todo todo, anatómicamente hablando TODO: “Le explicaron después que toda esta donación sería inútil sin entregar la lengua.”

Esta temeridad (que en un país no totalitario sería retórica de poema de Blas de Otero o Nicanor Parra, pero cercana al suicidio en Cuba) la cometió Padilla en un número-homenaje a Darío de la revista Casa (mayo de 1967), para el que se requisaron poemas. Como con las críticas encargadas por El Caimán sobre la novela del comisario Otero, Padilla “no se ajustó a lo pedido” con su poema, y aunque Retamar intentó pers(uad/egu)irlo, él insistió en la publicación. Pero los peligros de Padilla no se iniciaron entonces. Como los males crónicos, solamente se agravaron.

Fue el mismo mal que contrajo (Padilla y todo intelectual verdadero) cuando se hizo juicio privado (primero el veredicto, después la sentencia, luego la vista del juicio: en la Biblioteca Nacional en 1961, con Fidel Castro de juez/fiscal/jurado) al corto P.M., de Sabá Cabrera, inocente ensayo de free cinema realizado en un país que comenzaba a demostrar que el mero adjetivo libre induce en los totalitarios la necesidad biológica de cometer crímenes contra su nombre en su nombre: Liberté, combien de crimes… A partir de ahí, de las deleznables “Palabras a los intelectuales” (pronunciadas después de arrojar Castro su habitual pistola sobre la mesa, en gesto de gángster en pourparler: obsceno pero en carácter) como colofón, se prohibió P.M., se creó la atroz Unión de Escritores, se clausuró Lunes de Revolución, se hicieron sistemáticas las persecuciones a escritores y artistas por supuestas perversiones éticas (vg. por pederastia: presos Virgilio Piñera, José Triana, José Mario, destruido el grupo El Puente, Raúl Martínez echado de las escuelas de arte junto con decenas de alumnos ejemplares, allí y en las universidades, Arrufat destituido como director de la revista Casa, etc.) cuando en realidad se les castigaba por desviaciones estéticas (i.e., Sabá Cabrera, Hugo Consuegra, Calvert Casey, GCI, exilados; Walterio Carbonell, sociólogo y viejo marxista de raza negra, primero expulsado de la UNEAC por decir que en Cuba no había libertad de expresión y ahora condenado a dos años de trabajos forzados… por organizar una rama cubana del Poder Negro; Luis Agüero, uno de los mejores escritores jóvenes, condenado junto con miles de cubanos anónimos a trabajar en ese Cordón de La Habana –que tanto emociona a los poetas compañeros-de-viaje y a los turistas del socialismo– por el crimen sin nombre de solicitar la salida del paraíso obrero, etc.), y la Revolución cubana, como todas las revoluciones traicionadas, convirtió la esperanza en espera –y la física en metafísica y la ideología en escatología medieval o en la otra escatología.

Es curioso que Padilla en su carta no admita lo que hasta un viejo comunista profesional proclama. Saverio Tutino, antes corresponsal de LʼUnitá, escribe en Le Monde hablando de las angustias de Padilla –y de Antón Arrufat, ni siquiera mencionado en mi entrevista– excomulgado por la iglesia ortodoxa cubana: “la revelación de (estas) divergencias marca el fin de la tregua de diez años entre la Revolución y el mundo artístico”. Curiosa y más-que-curiosa esta coartada por el reo Padilla a sus inquisidores (“(yo estaría) de parte… del más torpe de los procedimientos” contra GCI), cuando aún L’Express (24 de noviembre de 1968) llama a este fenómeno que hace llorar emodonado al poshlost y al Walshlost, “un stalinismo con sol”.

“La revolución no es un lecho de rosas”, declama el poeta. Claro que no, es un lecho… de Procusto, capaz de cortar hasta la lengua entregada si “no se ajusta a lo pedido”. Después de escribir en septiembre la carta-encargo de la UNEAC, después de atacarme amedrentado el cimarrón político por los ladridos de la jauría, por decir yo que él era perseguido, después de hacer confesión (escrita) y contrición (publicada), el pecador Padilla está más lejos que nunca de las puertas del cielo del creyente. Verde Olivo, semanario del ejército cubano, lo acusa de “múltiples delitos” –entre los que está haber malversado divisas del Estado socialista.

Pero todavía hay más. Padilla ganó hace poco el concurso de poesía de la UNEAC –que comportaba un viaje al extranjero–. Este organismo estatal intentó rechazar (y por tanto influir en) el veredicto del jurado internacional. Cuando lo aceptó finalmente, fue publicando este repudio previo: “por entender que ideológicamente se manifiesta fuera de los principios de la Revolución cubana, se acordó… expresar su absoluta inconformidad con esta obra”. Añadiendo, además: “Este acuerdo se hace extensivo a Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat”. Ahora, después de entregar Padilla no sólo la lengua sino la dignidad y el pudor del poeta, la UNEAC (¿por qué sonará ese nombre a graznido de urraca?) publica su libro de pomas, Fuera del juego, convenientemente prologado. He aquí algunas de esas margaritas no para sino de puercos:

“Padilla tiene la vieja concepción burguesa de la sociedad comunista (y) trata de justificar –(con) ficción y enmascaramiento– su notorio ausentismo de su patria en los momentos difíciles en que esta se ha enfrentado al imperialismo y su inexistente militando personal; convierte la dialéctica de la lucha de clases en la lucha de sexos (sic), sugiere persecuciones y climas represivos, identifica lo revolucionario con la ineficiencia y la torpeza; se conmueve con los contrarrevolucionarios y con los que son fusilados por sus crímenes contra el pueblo y sugiere complejas emboscadas contra sí que no pueden ser índice más que de un arrogante delirio de grandeza o de un profundo resentimiento…”

Y no le llaman paranoico (y lo internan en un manicomio, al uso ruso) porque un Estado-policía es la mejor cura contra la paranoia: no hay manía de persecución posible allí donde la persecución es manía.

En aquellos golpes (de pecho) que no abolieron el azote oficial, Heberto Padilla, al hacer donación de su lengua, sugiere que en otro septiembre ardiente (“en 1965, cuando regresó a Cuba”) yo también rendí lo que Quevedo llamaba “la sin hueso” al Creador. No hay que insinuarlo cuando yo lo admito. Sí, doné mi lengua en Cuba entonces y hubiera dado otras partes blandas de mi cuerpo (una oreja renuentemente vangoghiana, por ejemplo, y la otra), lo hubiera dado todo –hasta la vida– con tal de escapar de ese paraíso con culpa ad hoc (cf. Che Guevara citado por Verde Olivo, o el monstruo alabando a Frankenstein: “la culpabilidad de nuestros intelectuales y artistas reside en su pecado original: no son auténticamente revolucionarios… Las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original…” –o que se preparen) y librarme de esa Urhdalía, de ese Juicio de Marx. Entonces recomendé a mis amigos que camuflaran sus pecas históricas con disculpas cosméticas y maquillaje de contrición –pero siguieran cuanto antes el sabio consejo de Francesco Guicciardini, contemporáneo y amigo de Maquiavelo, dado hace 500 años: “Ninguna regla es útil para vivir bajo un tirano sanguinario y bestial, excepto quizás una, la misma que en tiempos de la peste: huye tan lejos como puedas.”

Mi crimen, lector incauto, candidato, no fue crear o apoyar o encubrir sino denunciar la infamia, revelar quién comió el loto de los intelectuales, advertir que la roja manzana está emponzoñada, levantar la cabeza y ver desnudo al déspota que nos describen como un buen rey vestido de luces de promisión. Si esta desvelación equivale a un acto contrarrevolucionario, a herejía, a traición o lo que sea, me es igual. Hace rato que yo asumí esa culpa. Quiero, sí, decir que considero a Heberto Padilla infinitamente menos cómplice que a todos esos huéspedes políticos con equipaje de excusas, que pasan sus vacaciones en el triste trópico y cuando no describen una sociedad de miserias como el País de Cocaña (de azúcar), regresan imitando a la trinidad simia: nada vieron, nada oyeron, nada dicen, porque “grande es la verdad, pero todavía mayor, desde un punto de vista práctico, es el silencio de la verdad” (Aldous Huxley, Brave New World).