Hanif Kureishi

Entre el 2004 y el 2005 viví un entreacto particularmente feliz. Venía de algo muy bueno (la escritura de una tesis sobre Cortázar) e iba a algo mejor (mi partida de Chile a España). Pero eso mejor que vendría aún no llegaba, así que me sentía en un limbo ideal. Era de esos pocos intermedios de vida en los que eres inmensamente feliz y tienes conciencia de serlo. Eso es raro, pasa pocas veces. Vivía aún en la casa de mis padres, en mi cuarto de adolescente –qué murakamiano sonó eso–, pero salía por las mañanas a tomar el metro y bajarme en la estación Salvador. Allí, a pocos pasos de la escalera de salida, serpenteando por un sendero de gravilla, de ciruelos y jacarandas, se encontraba el Parque Balmaceda. Y hundido en el Parque Balmaceda, el Café Literario de Providencia, un edificio bello, tan tomado por la vegetación que parecía un templo maya salvado de la depredación colonizadora.

(Paréntesis: El enorme Jean Rollin tenía una locación fetiche, la playa de Pourville-lès-Dieppe, donde ambientó buena parte de sus películas. En Clowns, en Infectados y en varios de los cuentos publicados o impublicables que he escrito, aparece el Parque Balmaceda. Aquí el motivo: ese parque, y en particular el café literario, fueron mi escenografía para esos últimos y felices años chilenos.)

Ese café alojaba una biblioteca rara. Podías no encontrar un ejemplar de Las lanzas coloradas o de El mundo es ancho y ajeno (mejor; como todo hay que decirlo, diré que ambas son intragables), pero en cambio hallabas Una temporada con Lacan, de Pierre Rey –el único ejemplar de Chile, yo creo– y buena parte de los libros del british dream team que filtrara Jorge Herralde al español: Julian Barnes, Ian McEwan, Martin Amis, Kazuo Ishiguro y Hanif Kureishi.

Los pedí prestados a todos. Leí con poco fervor Bajo las sábanas, de McEwan, y, con algo más de interés, Dinero, de Amis, aunque las historias de drogatas que se sienten la gran cosa nunca me han templado. Tumbado en la cama, recuerdo haber tenido una expectativa mayúscula con El buda de los suburbios e Intimidad, de Kureishi, sobre todo por un comentario de Cressida Connolly sobre Kureishi, estampado en la contraportada de la última novela: “[Es] el más inteligente de los «chicos malos» de la literatura inglesa.” No se equivocaba. Empecé a leer y el mundo desapareció. Sus libros eran puro vértigo. Karim Amir, en El buda…, era un personaje que narraba en primera persona las dificultades de ser inmigrante en el Londres de los años sesenta y setenta, así como le ocurriera a Kureishi; que amaba el rock y el punk, igual que Kureishi; que había que comerse la vida a mordiscos grandes y atragantarse con ella antes de cumplir los cuarenta, como lo estaba haciendo Kureishi; pero aun así, era una novela que iba más allá de lo autoficcional. Kureishi parecía haber escrito una de esas tan odiadas “novela del yo”, pero dándole un giro. Y ese giro se convertía en huracán cuando pasaba por tres ejes: la ironía, la automarginación y la inconformidad.

Era una ironía peligrosa, cuasi punk, porque rompía el hechizo de que había un futuro posible; era una automarginación necesaria, porque implicaba empoderarse en los márgenes y desde allí generar un “lugar de enunciación” –inevitable hablar en clave poscolonial con Kureishi–; y era una inconformidad a todo lo que oliera a institucionalidad: la sexualidad normada, los medios, la superestructura política, la familia, la escuela y la universidad –donde, como dijera Deleuze, uno nada más va a aprender consignas y a que lo aplasten.

Me bajé de un saque, luego, Intimidad, y ese libro me voló la cabeza. Junto con Desgracia de Coetzee, Plataforma de Houellebecq, Ocio de Fabián Casas y otros, es uno de los libros los que más relecturas les he dado. Al derecho, al revés, parriba y pabajo. Se trataba de la historia de Jay, escritor y guionista que, a pesar de haber logrado estabilidad en todos los aspectos de su vida –o quizás precisamente por eso–, decide abandonarlo todo. Pero todo: mujer, hijos, trabajo. Esa historia me conmovió duramente a los 23 años, cuando ni siquiera tenía mujer ni hijos, y menos empleo. Me siguió conmoviendo aún más cuando ya tuve todo eso, sobre todo porque te ponía a pensar si realmente tienes algo así. ¿Lo tienes? ¿No será todo esto un préstamo que, como un libro de la biblioteca, vas a querer retener pero igualmente te lo van a pedir de vuelta?

Tanto El buda de los suburbios como Intimidad tienen subrayadas páginas completas, que es el único modo de humanizar un libro. Aún tengo frescas algunas Kureishi-quotes:

[…] a pesar de todo, la depresión y el odio que sentía hacia mí mismo, ese constante deseo de mutilarme con cascos de botella rotos, esa especie de crisis de aturdimiento y de sollozos, esa sensación de que el mundo acabaría por aplastarme, persistían con fuerza. Y no obstante, sabía que no iba a enloquecer.

[…] herir a alguien es un acto de involuntaria intimidad. Seremos conocidos peligrosos con una historia en común.

[…] debería reflexionar sobre qué es lo que me gusta de la vida y de la gente. De lo contrario me arriesgo a convertir el futuro en un erial, eliminando toda posibilidad antes de que nada pueda fructificar. Es fácil matarse sin morir. Por desgracia, para alcanzar el futuro uno tiene que vivir el presente.

Luego de casi quince años leyéndolo, por fin, en el marco del segundo Hay Festival que se celebró aquí en Querétaro, se me hizo conocerlo. La pasé mejor que en el primero, en parte porque asistí a todos los eventos donde Kureishi intervino. Habló sobre los cincuenta años del Sgt. Pepper’s, y se comió vivos a los otros panelistas –entre ellos Joselo, de los tacubos, cuyo retraso mental se hizo evidente en las respuestas–. Habló sobre adaptación cinematográfica, junto a Lionel Shriver y Guillermo Arriaga, en una charla muy equilibrada (pura matemática: cuando pones inteligencia con inteligencia, el resultado suele ser bueno). Finalmente, charló sobre su vida, pasión y obra con una muy tibia Gabriela Jáuregui –la niña de labios bonitos, la memoriosa de las cosas–, a la que también se zampó con todo y zapatos. La conclusión fue obvia: Kureishi, sin exageraciones, y recordando a Connolly, es una de las mentes más brillantes y atractivas de este tiempo.

Y aquí la anécdota del título (que sí, ahora que lo releo parece frase de fantasía erótica, pero no). Cuando acabó la primera conferencia y Kureishi ya estaba de espaldas, nos subimos al escenario una chica de pelo púrpura y yo, y le gritamos: “¡Hanif!”, con la esperanza de que nos firmara nuestros libros. Una joven del staff, que le servía de traductora y que empezó a llevárselo tras bambalinas, nos dijo que las firmas serían en la segunda planta, que la siguiéramos. Y entonces, bajamos los cuatro por unas escaleras hacia un backstage cero glamoroso, pasamos por puertas y rejas, entre escobas y paneles, y llegamos a un pequeño elevador. Allí nos metimos como pudimos. Y entonces, a centímetros de distancia, me vi cara a cara con Kureishi. Ahí, justo, ahí, estaba con The Buddha of Suburbia en el mismo ascensor, en un evento raro en una ciudad que se parece al planeta Marte. Y pude fijarme en las imperfecciones de su frente y de su nariz. Y lo único que atiné a decirle fue, en mi inglés chisporroteado, si era su primera vez en México. “Oh, yeah”, se limitó a responder, y empezó a contestarle un whatsapp a su hijo, en un iPhone negro, todo madreado.

En mis ejemplares de El buda… y de Intimidad estampó simplemente mi nombre, una H y una K. Ya se sabe: a los escritores hay que leerlos, no conocerlos. Pero esa forma de conocerlo me supo a revelación, un satori involuntario.

“El mundo es una falda que quiero levantar”, señalaba Jay al comienzo de Intimidad. Justo con esa sensación uno sale de la lectura de cualquier libro de Kureishi.

FuenteLa Broma Infinita
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FELIPE RÍOS BAEZA

Felipe Ríos Baeza nació en Santiago de Chile, en 1981. Es autor de las novelas Clowns (3 Norte, 2016) e Infectados (en prensa). Estudió la licenciatura en Periodismo y Comunicación Social, en Chile, y el doctorado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, en Barcelona, España. Se ha desempeñado como profesor e investigador en varias instituciones de educación superior, en materias de literatura, cine, filosofía y estética y arte. Ha escrito y coordinado, además, libros críticos dedicados a autores contemporáneos, como Roberto Bolaño, Enrique Vila-Matas, César Aira y Juan Villoro, entre otros.

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