Juan Carlos Flores

Conocí a Juan Carlos Flores dos años antes de su muerte, cuando yo estudiaba en la Facultad de Artes y Letras y él buscaba a alguien que lo ayudara a cotejar su obra poética. Nos ocupamos de esta tarea muy poco tiempo, pues su enfermedad impidió que el trabajo avanzara; sin embargo, fue suficiente para que Juan Carlos me mostrara su Alamar, que es como decir su vida.

De aquellos encuentros obtuve mucha información sobre sus métodos de creación poética, así como sobre sus búsquedas. La intención de experimentar no sólo con el lenguaje, sino también a partir de la estructura poética tradicional, a través de la selección de sus personajes y espacios, fue algo codiciado; sin embargo, la carencia de análisis puntuales que fijen el quehacer de este inmenso poeta, a mi modo de ver poco estudiado y reconocido, me impulsó a indagar en su obra. Esa curiosidad me condujo a dedicarle mi más reciente investigación que intenta sondear la poesía del autor a partir de su selección de espacios y personajes marginales.

Las entrevistas siguientes son el resultado de una pesquisa por entender cuál era el medio editorial en el que estaba insertado Flores; cuáles eran las políticas editoriales, en general, de los años en los que publica; cómo ha sido asimilada su obra por la crítica literaria y, también, por alcanzar una visión más cercana e íntima –ofrecida especialmente por su excompañera Mayra López.

Amanda Chang

Entrevista con Enrique Saínz

[Enrique Saínz es un ensayista y crítico literario cubano. Entre sus trabajos de crítica literaria destacan Trayectoria poética y crítica de Regino Botti (1987), La obra poética de Cintio Vitier (1998), La poesía de Virgilio Piñera (2001) y Ensayos inconclusos (2009). La siguiente entrevista tuvo lugar en La Habana, en junio de 2018.]

Amanda Chang: Juan Carlos Flores es “uno de los poetas más fuertes de la literatura cubana actual” según Reina María Rodríguez, ¿quién fue para usted Juan Carlos Flores?

Enrique Saínz: Juan Flores fue, en mi criterio, una figura desestructurada y con una enorme vocación de ruptura. Fue un hombre en buena medida marcado por el desequilibrio emocional, y no me refiero a la locura, sino a disonancias y heterodoxias en relación con lo que consideramos, así, sin más, un comportamiento normal. Su escritura es expresión de un desequilibrio profundo y durísimo que se mueve en las direcciones que un inconsciente muy atormentado le va dictando. Fue un hombre marcado por obsesiones, reiteraciones, discursos distorsionados, inquietud desasosegada que fue haciendo que él integrara poco a poco una obra que, una vez leída y estudiada, podemos interpretarla como una obra desquiciante; una obra en la que la realidad se muestra con un grado altísimo de hostilidad, de desventura.

Cuando leo a Juan Carlos Flores tengo la impresión de que la realidad se le tornaba evasiva. Él estaba buscando un camino, no lo encontraba y persistía en determinadas frases, alusiones, referencias, pero le resultaba imposible –algo de lo que él era seguramente muy consciente– encontrar una iluminación, un destello, una verdad. Cuando hablo de iluminación no me refiero a una revelación sino a poder mirar, dialogar normalmente con el acontecer.

El acontecer para Flores es un ente roto, completamente deshecho o en vías de deshacerse, de desintegrarse, de cambiar o de hacer mutaciones extraordinarias. Vemos en su poesía un despliegue de angustia, de desasosiego, de inquietud, que no es otra cosa que un despliegue de desarmonía y de la batalla tremendamente violenta y fuerte entre el poeta y un acontecer que él no comprendía, pero en el que quería ahondar.

El proyecto Omni-ZonaFranca significó un espacio de transgresión y de realización artística para muchos. En mi opinión, fue el aparato de respiración artificial de Alamar. ¿Qué puede decirnos de este proyecto? ¿Qué puede recordar de Juan Carlos Flores como uno de sus protagonistas?

Juan Carlos Flores fue una especie de columna vertebral de ese movimiento. No lo conozco mucho, aunque tengo referencias de él. Soy de la impresión de que Flores fue la figura más rotunda, más poderosa, más capaz y, sobre todo, la más inquieta. Conocí a varios integrantes del grupo que tenían inquietudes, necesidad de búsqueda, pero creo que de todos ellos era Juan Carlos el de mayor clarividencia. Era el que más lucidez tenía sobre sí mismo, lo que quería, lo que buscaba, lo que necesitaba. Ese contexto le era propicio aun si él no necesitaba uno. El contexto mayor que lo rodeaba era suficiente –el de los vecinos, amigos, familiares–. Ese grupo lo alimentó pues tenía afinidades con él.

De manera que sentía que allí estaban entendiendo o tratando de entender lo que él se cuestionaba. En alguna medida, en Omni encontraba una necesidad satisfecha, la de saber que no estaba solo en el bregar inmenso que tenía frente a la realidad. Por otra parte, no es sólo el hecho de no estar solo sino de saber que conduces a otros por un camino que tiene puntos comunes con el suyo. Y eso le da la satisfacción de pensar que forma parte de algo, que tiene un discurso que comunica con ellos y que puede ayudarlos a construir el suyo propio.

No sé en qué medida se sintió realizado en ese grupo o en qué medida sintió que faltaban todavía muchas cosas por entender para lograr un conjunto creador; pero a mí siempre me sorprendió mucho al leerlo cómo lograba desentenderse de casi todos los discursos líricos anteriores.

La poética de Flores no tiene nada que ver con Orígenes, ni con la poesía conversacional. Cuando digo que no tiene nada que ver hago la salvedad de la concomitancia misma de la lengua. Él fue capaz de desentenderse de la tradición romántica y proponer otro discurso y con altísima calidad. Hablamos de un discurso fuerte, que te hiere, que te toca. Eso no es frecuente.

En la poesía cubana de inicios del siglo XX hay importantes poetas que intentan buscar un modo de reflejar un orden. Él no pudo llegar a reflejar un orden pero sí intentó reflejar un desorden. Es decir, una manera diferente de decir, de ser, de realizarse, de establecer un diálogo con el acontecer más o menos inmediato; una manera de imponer una voz, que es decir lo que sientes con fervor, con fuerza.

Juan Carlos Flores era un hombre profundamente herido por circunstancias personales, sociales y tenía una necesidad grande –como la tenía el grupo Orígenes y los conversacionalistas– de cantar el mundo como lo cantaron, de expresarlo. En su escritura no hay falsificaciones, ni posturas. Yo lo vi, en dos o tres ocasiones, leer su poesía. Se subía encima de una mesa, declamaba, inclinaba la cabeza y te miraba. Te cuestionaba desde la distancia y también muy cercanamente. Había algo de teatralidad, de performance, de puesta en escena. Era un intento que estaba integradísimo a su poética de decir que la vida no era necesariamente como la pensábamos sino que era también la obsesión, la ruptura, lo desecho, lo marginado, lo que no nos han enseñado que esté en el centro. Y ese es un discurso que le viene naturalmente y del que él es esclavo más que todo. Es un impulso que rige su vida, su comportamiento. En esa línea, puso fin a su vida al decidir romper con la vida toda, no ya con la escritura solamente.

Para Duanel Díaz la verdadera experimentación que llegó a la literatura cubana a través de Diáspora(s) (1997-2002) vino de la mano de Carlos A. Aguilera, Pedro Marqués de Armas, Rogelio Saunders, Sánchez Mejías y Ricardo Alberto Pérez, pues para ellos escribir significaba erosionar. Según este autor el radicalismo de Diáspora(s) dejaba a un lado un tipo de poesía “civil” más en la línea de Padilla. Juan Carlos Flores se suscribe, en opinión de Díaz, a esta última línea. Sin embargo, a partir de su segundo poemario Distintos modos de cavar un túnel (2003) Flores, más que erosionar, pretende socavar toda una tradición poética cuestionándola incluso a través de sus silencios. ¿Qué cree usted al respecto?

La poética de Juan Carlos Flores está en la línea de Diáspora(s), él es un diaspórico; si no plenamente consciente o coetáneo, un diaspórico por naturaleza. Los discursos y las propuestas teóricas de los poetas de Diáspora(s) son extraordinarios. Los textos de Carlos A. Aguilera, de Pedro Marqués de Armas, por ejemplo, asumen la tradición aunque se vuelven contra ella.

El grupo Diáspora(s) no tuvo la construcción de un ideal a alcanzar, sino que nació de un discurso del caos del que fueron hijos; el caos creador, el personal, el histórico, el caos social, el de la propia naturaleza humana. A partir de ahí, intentaron un discurso en el que la realidad no tuviese una teleología –como sí lo intentó Orígenes–, sino un continuo deshacer y reconstruir, de romper y volver a edificar. Fue como si hubiese que comenzarlo todo porque lo que se había tenido como historia experimental, como historia factual, era el horror, el desastre que conduce a los infiernos históricos que se padecieron a lo largo de siglos, que conduce a la inquietud, a la nada, al vacío. Ellos no proponen un discurso sobre la nada, sino que intentan comunicar un cuestionamiento a la propuesta de nuestros pensadores.

No sé si los diaspóricos valoraron el término plenitud y qué significado tiene para ellos y para Juan Carlos Flores. En mi opinión, la plenitud si bien no es visible, ni palpable, al menos es un motivo de búsqueda o de cuestionamiento o de recriminación. Y de ahí nace un discurso con una ruptura del lenguaje, de adjetivización, con asociaciones inauditas que le son comunes a Flores, Sánchez Mejías, Marqués de Armas. Es el horror cotidiano que deja de ser una imagen idealizada de ancianos y niños felices para convertirse en personajes igual de comunes y cercanos en una realidad dura, hostil.

La vida es una experiencia de temer, una experiencia terrible que el poeta observa, sobre la cual intenta construir algo aun cuando sabe que tiene que destruirla. Hay un caos ahí, en la valoración del poeta a propósito de la realidad, del acontecer, de la historia, de la ruptura, de las sensibilidades, de la justicia. Todo está sometido al cuestionamiento.

De ahí que Carlos A. Aguilera reúna en una antología a los poetas de la “clase muerta”. Esta es una antología fundamental en la evolución de la lírica cubana. Este grupo que incluye a Juan Carlos Flores pone la poesía cubana a la altura –en términos de preocupaciones, de estética– de la gran poesía de nuestro siglo.

Unamuno dijo que se escribe desde el dolor y Borges tiene una frase en esta línea de pensamiento que expone la imposibilidad de la escritura en un estado de felicidad. Es decir, si se tiene un diálogo profundamente amoroso con la vida, no se logra escribir. El dolor es el que te obliga, el que te impulsa, el que te mueve a escribir. En este sentido, tanto Flores como los diaspóricos entran en la poesía desde la desarmonía.

Por su parte, los románticos padecen una gran desarmonía, y en Orígenes también la había. Pero en estos últimos hay una voluntad de edificación, una voluntad teleológica que en Juan Carlos Flores no existe o está oculta y decepcionada. Por eso dentro del grupo es una figura, si no ortodoxamente reconocido como diaspórico, como voz discrepante y de ruptura, una figura prominentísima.

¿Cuáles fueron los vínculos de Juan Carlos Flores con los integrantes de su generación?

Las lecturas, la impronta del medio social, las problemáticas personales en ese entorno social: frustraciones cotidianas, dificultades para la realización material de su vida, dificultades para el diálogo de la vecindad. Todos estos elementos le son comunes y marcaron las vidas de todos ellos.

En efecto, hay una relación innegable en cuanto a experiencias personales, que no significa que sean necesariamente las mismas, sino que parten de un mismo espacio y realidad. La impronta del medio social tuvo una importancia vital en la conformación de su visión del mundo.

Para continuar enumerando, el diario vivir, las dificultades históricas, el contexto histórico nacional, latinoamericano, universal, todo eso formaba un grupo importante de presencias, o de líneas, de sugerencias, para emprender un camino… el diálogo del conocimiento directo entre los diasporistas o diaspóricos y Flores.

Unos y otro tenían un diálogo personal, se conocían, tenían amigos comunes. Todo ese conjunto de hechos y de realidades fue integrando en ellos una visión muy parecida con propuestas que integraron una manera de pensar y de aprehender la realidad.

Si tuviera que mencionar una antología que recoge por primera vez o que muestra por primera vez esa generación, ¿sería Retrato de grupo, o hay una anterior a esta?

Podría ser Retrato de grupo. Habría quizás que hacer algún cambio, pero el tiempo te permite ver quién está fuera de la antología y quién no debería estar. En ese momento de pronto no te das cuenta. Habría que estudiar la antología y ver si falta alguien. O, incluso, encontrar en un mismo poeta que merece estar, otros caminos.

La intertextualidad es una constante en la poesía de Juan Carlos Flores, unas veces declarada y otras no; este es un recurso explotado principalmente en su primer poemario Los pájaros escritos (1994). ¿Cuál considera que sea el motivo de la insistencia de los poetas primerizos en replicar/avalar sus lecturas?

En mi opinión, tiene que ver con la admiración, con lo que significaron sus lecturas anteriores. Las lecturas de la juventud te acompañan siempre en el despegue inicial en el camino literario. Son las que nos llenan la cabeza de anhelos, de inquietudes, de vida, las que nos dan vitalidad y son las mismas que te impulsan a expresarte como poeta. Es decir, puede haber sido una suerte de iluminación, de revelación que te muestra tu capacidad propia para transmitir tu experiencia. De ahí que nazca entonces una relación afectiva muy grande, porque este o aquel escritor te condujo al acto sagrado de escribir.

Luego, esa presencia en el primer, el segundo, el quinto y el sexto poema que escribes es, primero, un testimonio de la fuerza que tuvo en ti; segundo, un testimonio de agradecimiento: tu intención es lograr de algún modo inmortalizarlo en tus palabras; y, en tercer lugar, es la posibilidad de que los demás vean que has empezado por un buen camino, o que has cultivado tu espíritu, tu sensibilidad.

De esta manera, muestras tus cartas credenciales y, al mismo tiempo, agradeces iniciar por un camino que te abrió “tu” maestro. Puede no ser un gran clásico pues, a veces, la impronta de un autor te sorprende por lugares insospechados. Por ejemplo, Quevedo, Góngora y Dante son gigantes literarios; sin embargo, la iluminación puede venir por un poeta de tercera línea. Lorenzo García Vega decía que no le gustaban los padres de continentes, esos poetas grandiosos que abarcan siglos. Él prefería a otros mucho menores.

El homenaje y la intertextualidad se tocan en ese sentido. La intertextualidad es más profunda, no solamente la presencia de un texto más o menos velado en otros sino también la conformación de una visión del mundo que es, sobre todo, la capacidad que tiene luego el poeta de hacer de eso que primeramente lo impactó se ramifique y crezca iluminando zonas desconocidas. Como ejemplo, podemos mencionar el caso de Fayad Jamís. En sus inicios está Neruda con Veinte poemas de amor y una canción desesperada. El logro de este poemario fue construir un texto que comunicó determinada vivencia y experiencia, que deslumbró a Fayad y lo condujo a escribir su primer poemario.

La inspiración, la intertextualidad puede venir por otras vías también, la de la secreta afinidad: cuando escribes un libro de poemas eres esclavo de tus lecturas, incluso las pasajeras, pero también la necesidad de agradecer, la conciencia de ir por el camino correcto, que en ese momento te parece el tuyo –y lo es–, aunque después sea modificado.

Este primer poemario muestra, además, una obsesión con las aves y lo marino como metáforas de la libertad. Es también un texto radicalmente distinto a los otros, menos experimental, más dado a la reflexión amorosa, literaria, incluso política. ¿A qué cree que se deba ello?

Creo que se debe a una necesidad de volcar las experiencias más cercanas. Para ese momento, su visión del desastre, de los márgenes, del horror, de la desestructuración de la realidad no eran lo que tenía más cerca. Evidentemente, la vivencia más cercana era la búsqueda de la libertad.

Los pájaros aparecen, entonces, como misterio, como diálogo o presencia en una intemperie, en un vacío. Este es un dato importante: la presencia del pájaro, el pájaro que vuela y hacia dónde lo hace. Hay quizás una búsqueda inconsciente para llegar a la experiencia de un vacío total, de uno que no está presente en la reflexión filosófica, pero que está punzando en su cabeza como una necesidad de búsqueda. Es el pájaro como habitante de un vacío total. Ahí hay un remanente romántico en su deseo de libertad. Es un centro creador que ha dado a Occidente maravillas.

Vegas Town, su último poemario concebido, no ha sido publicado en Cuba –o en ningún otro lugar, según tengo entendido–, sin embargo, cuenta con los audios grabados por el propio autor con financiamiento de la embajada española en Cuba. Este poemario se circunscribe desde el título mismo a un espacio determinado, como mismo había hecho antes en sus obras anteriores –en aquellos casos referidos a Alamar–; sólo que en esta ocasión el espacio es abiertamente declarado. ¿Qué podría decirme con respecto a la selección de los espacios de Flores, los que, según mi opinión, son la materia viva de su poesía?

Los espacios y los personajes de Flores son la constancia de un conflicto profundo que tiene el poeta con su realidad. Es decir, son otros textos que se sobreponen como reafirmando la propuesta esencial de su discurso. Hemos hablado de la marginalidad, del poeta al margen y sus personajes y esos espacios nos permiten apreciar no una búsqueda o idealización de la realidad sino, precisamente, una especie de confesión o de drama en el que el poeta se entrega –digamos así–, nos hace evidente dónde está uno de los centros que debe ser tenido en cuenta a la hora de valorar su poesía.

Como todo poeta que tiene preocupaciones de este tipo, hay una suerte de indeterminación en espacios y personajes; son como símbolos, como declaraciones de principios. Es una especie de confesión explícita que tiene tanta fuerza como el significado propio del discurso lírico.

El discurso lírico en Juan Carlos Flores no es especialmente complejo pero está siempre esgrimiendo signos, señales. Y la primerísima señal son esos personajes y esos espacios que luego se van a desplegar en obsesiones, reiteraciones, en carencias o con selecciones de léxico. Espacios y personajes son la médula conceptual de su poética. Yo no veo en su poesía la intención de construir un entorno que reproduzca un ideal, sino que se trata de una renuncia a una realidad impuesta. De ahí que sus personajes sean, en mi opinión, inapresables, muy difíciles de asir. Son entelequias que uno no entiende cómo se relacionan con una posibilidad de manifestación en la realidad.

Pienso, además, que hay una voluntad de fusión de valores. Hablaba antes de desjerarquización: el bonzo y la prostituta son perfectamente intercambiables. No sólo en la poesía de Flores, sino en la vida real. Hay una anécdota muy ilustrativa: el bonzo está feliz y contento de poder barrer el patio del templo. Esto para él es una especie de gratificación; es la evidencia de la necesidad de transformación. El bonzo es el barrendero. El barrendero es el bonzo. La prostituta es una excelsa muchacha. La excelsa muchacha, en el fondo, es una prostituta. Hay un intercambio de valores éticos y de valores de realización personal que te hablan de un rasero común que atraviesa toda la historia de la cultura occidental. El muerto de la realeza y el muerto miserable. Se trata de un intercambio de identidades. Por ello, Flores insiste en aquellos personajes que más explicitan el dramatismo, que más rápidamente te tocan, te convencen, te hieren, te compulsan en tu intento de encontrar un sentido a la realidad. El paisaje es la belleza clásica, es el paisaje romántico, pero es también el paisaje de los bombarderos de la Segunda Guerra Mundial y el exquisito rey que lee la poesía más culta es el pordiosero cuyo cuerpo será comido por gusanos.

En ese sentido, es una ruptura de las jerarquías con el canon occidental que pretende encumbrar una especie de toma de conciencia de tus verdaderos valores. Este motivo tiene una ascendencia bíblica también. En la Biblia hay numerosas alusiones, por ejemplo, cuando se habla de las siete etapas de la iglesia cristiana en el Apocalipsis. Hay una caracterización de cada etapa y crees que eres escogido y no sabes que eres un miserable y un menesteroso. O en “los últimos serán los primeros, los primeros serán los últimos”. Es decir, existe un signo trágico para todos. La prostituta es condenable socialmente pero cuando hurgas y raspas, como dice el propio Evangelio, “las prostitutas van delante de nosotros en el reino de los cielos”. Su corazón no ha sido tocado. En el reino de los cielos no hay jerarquías.

En Juan Carlos Flores se da una especie de fusión de múltiples elementos de la realidad pero sin planos de inferioridad o de superioridad. Todos en algún momento somos otra cosa. Rimbaud decía en un poema extraordinario: “Yo soy otro”. Eso tiene que haberle llegado al poeta de Alamar.

En su poesía se rompen los cánones establecidos; el romanticismo estaba lleno de cánones que imponían fórmulas. En Flores las cosas cambian de planos, de función, de orden, de significación y, de pronto, la liberación es un hecho anhelante pero también la destrucción, su antítesis. Y por eso incluye al bonzo que barre los pisos y a la prostituta con la dignidad que le da su poesía. Yo sí creo que hay jerarquías pero no son las que hemos construido nosotros con la cultura y los predominios económicos.

Volviendo al tema del espacio, en mi opinión, tienen una carga extraordinaria, visible desde momento mismo en el que se abre uno de sus libros. Distintos modos de cavar un túnel, por ejemplo, propone desde el título unas “distintas maneras” de indagación, de búsqueda que incluyen muchas posibilidades. Ese túnel –creo que está claro– es la existencia, es la vida, es el trayecto que debemos recorrer a lo largo de esta.

Este poemario es una especie de antítesis con Los pájaros escritos en cuanto al espacio. En uno se habla de lo abierto y en el otro de la estrechez de lo subterráneo. En la poética de este momento de Flores se evidencia un aprisionamiento, un sufrimiento por la estrechez de su realidad, por lo angosto de ese camino.

En este sentido, como plantea en el título del poemario, existen distintos modos de cavar el túnel; es decir, las posibilidades son muchas para llegar a un objetivo. Y esa diversidad de posibilidades evidencia la ardua búsqueda del poeta como preocupación. El túnel sería, más que existencia obligada, existencia sin alternativa. No está permitido dejar de cavar. Para este momento ya había abandonado la visión inicial de Los pájaros… y va entrando en lo que podríamos llamar el contenido trágico de la vida. Allá lo vislumbró de alguna manera, pero aquí es su experiencia no sólo única sino además última. El propio andar es como una condena, un aprisionamiento que se presenta de manera diferente, porque el que cava el túnel es él mismo y, en la misma medida en la que las alternativas cesan, dejan de tener significado. El autor se va moviendo en una dimensión denigrante, sufriente, insoportable, y entonces nace un poemario como este.

Yo no recuerdo si en su poesía está presente el laberinto –creo que no–, pero un túnel en construcción es peor que un laberinto. El laberinto ofrece la esperanza de encontrar la salida. Resulta asfixiante también, pero el andar es de otro tipo. El túnel nos hace pensar en la falta de luz, la estrechez, la proximidad de la naturaleza propia con ese entorno rugoso. El laberinto te permite caminar; el túnel no. En el laberinto es posible andar a ciegas, pero hay caminos de otra naturaleza. El túnel ofrece sólo un camino horizontal, que no te permite cambiar de posición, y es la entrada a un padecimiento que puede no tener final.

¿Cuál es su posición con respecto a las evidencias de coloquialismo en la poética de Flores?

Los pájaros… es un poemario coloquialista, a diferencia de sus libros posteriores. En general, en su poética existe una apertura en el afán de romper con la esbeltez o con cierto esplendor verbal y misterio que estaba en Orígenes. Cintio y Lezama están llenos de misterio. Él, al romper con esa estética, desciende a otros planos en los cuales se sitúa relativamente cerca del conversacionalismo. Imagino que tiene que haber leído a Fayad Jamís, a Rolando Escardó, que son muy conversacionalistas. Existe, también, una relación cercana en el tiempo entre el Flores que inicia su obra con Los pájaros escritos y el conversacionalismo. Luego se interesará por otras problemáticas y el conversacionalismo será menos evidente. Pero en el momento en el que él escribe Los pájaros…, de algún modo, esta poética es una ruptura, un lenguaje otro, una manera distinta de ver las cosas, de sentirlas, de sufrirlas. Y el poeta alamareño, que todavía no ha entrado en su gran drama personal, se expresa en el modo que encuentra de ser libre, de moverse en un espacio abierto. En ese poemario está presente una buena dosis de conversacionalismo, y de romanticismo también.

Cuando empieza a volcar sus primeras impresiones se nota una cercanía muy grande con los discursos que lo precedieron y que lo enseñaron de alguna manera a relacionarse con la palabra y con la poesía. Por entonces esa era una de las fórmulas que tenían los poetas, el diálogo afectivo con un acontecer que era el suyo, porque él era un hombre popular. Tenía una buena dosis de cotidianidad terrible, absolutamente aplastante. Ese acercamiento a la realidad es también una fuente de angustias, de sufrimiento.

Esa cercanía afectiva, trágica, impactante, dura que sostiene con la realidad le entrega al mismo tiempo un coloquio, una oportunidad de diálogo que es poesía conversacional, sólo que con un rasgo trágico. Es a lo que llamamos incultura, el diario vivir que no está matizado por saberes, el enfrentamiento con la escasez, el miedo, la angustia. La manera que tenía de conversar con las personas, sus performances, lo separan mucho de Orígenes, pero al mismo tiempo, aunque no esté el conversacionalismo como método de escritura, aparece como presencia, como drama, como angustia. Por eso en Los pájaros escritos hay una evidencia más fuerte que se va disolviendo después en los libros sucesivos.

El contragolpe te habla de una batalla, de un suceder que tiene una profunda esencia dramática, trágica. Orígenes no dialogó así con la realidad, por ejemplo, pienso en la parte de la poesía de Cintio en la que hay un acercamiento al prójimo. Los origenistas vivían alejados de todo esto, pero Cintio en algún momento se da cuenta de que ese hombre cotidiano, el trabajador que sale a la calle a buscarse la vida, la mujer de todos los días, son elementos incuestionables de la poesía; sólo que en la manera en la que él lo ve hay un rango, un ascenso. Pero es el mismo hombre de la tragedia de la historia.

Juan Carlos Flores estaba muy relacionado con el hombre trágico. Él lo era y sus vecinos, que no tienen que comer, que sólo tienen un bombillo como fuente de iluminación en su casa, también lo son. Eso es coloquialismo en una expresión a ras de tierra. Eso lo hizo tener un diálogo, más o menos velado, con el conversacionalismo, sin sublimaciones.

Si tuviera que resumir en unas pocas palabras el valor de la obra de Juan Carlos Flores, ¿cuáles serían?

Acaso su más alto valor es el enriquecimiento que nos trae. Leer su poesía es, primero, tener la constancia de que ahí hay un poeta. Luego, saber que se trata de un poeta de una extraordinaria autenticidad. Y eso te hace pensar que tienes la posibilidad de dialogar a través de sus textos con una persona muy valiosa, ética –literaria y socialmente hablando–, que estaba mostrando su enorme capacidad de sufrimiento, de vivencia y eso es para mí un estímulo, una gratificación. Sobre todo cuando veo que esa persona siente pasión por la palabra escrita, por grandes poetas, por la belleza al mirar al pobre, al menesteroso; porque ahí también radica el sentido de la belleza. Lograr el diálogo con esas personas, traerlas a los textos, es una forma de hablar con ellas, de intentar redimirlas.

Entrevista con Mayra López

[Mayra López es traductora, intérprete y profesora cubana. Actualmente vive en Austin, Texas. Fue durante mucho tiempo la esposa de Juan Carlos Flores y su representante literaria. La siguiente entrevista es resultado de un intercambio de correos entre La Habana y Austin, Texas, EE.UU., durante el mes de agosto de 2018.]

Amanda Chang: Juan Carlos Flores es “uno de los poetas más fuertes de la literatura cubana actual” según Reina María Rodríguez, ¿quién fue para usted Juan Carlos Flores?

Mayra López: Juan Carlos Flores y yo tuvimos una relación que duró cuarenta años de principio a fin, con períodos de mayor cercanía y otros de distanciamiento. De hecho, después de mi padre y mi hermana menor, es la relación más larga de mi vida. Nos conocimos siendo niños. Asistimos a la misma escuela primaria en Alamar. Fuimos amigos en la adolescencia, sostuvimos un romance secreto cuando él escribía Los pájaros escritos y trabajaba en la Quinta de los Molinos a finales de la década de 1980. Luego, tomamos caminos diferentes y nos vimos de manera esporádica por más de una década. En el año 1999 comenzamos a vivir juntos y nos divorciamos en el 2012, aunque continuamos viviendo juntos hasta el 2013.

Juan Carlos es una de las personas más importantes de mi vida. Fue quien me enseñó a disfrutar de la buena música, pintura, danza y cine. También creo que es una de las personas que más me ha querido y a su lado (por desgracia) pude conocer las profundidades del dolor humano. Pienso que es la persona más brillante y más auténtica que he conocido.

El proyecto Omni-ZonaFranca significó un espacio de transgresión y de realización artística para muchos. En mi opinión, fue el aparato de respiración artificial de Alamar. ¿Qué puede decirnos de este proyecto? ¿Qué puede recordar de Juan Carlos Flores como uno de sus protagonistas?

Juan Carlos fue fundador de Omni-ZonaFranca, algunos allí lo reconocen como su maestro de poesía. Fue una gran experiencia para él, todos aprendieron mucho y se divirtieron; crecieron como poetas y Juan Carlos se fue haciendo menos necesario como líder del grupo. Un tiempo después de que comenzamos a vivir juntos se alejó del proyecto y retomó la escritura de su poesía en solitario aunque nunca perdió el vínculo con él. Participaba en los festivales y tuvo una estrecha amistad con algunos de ellos, como Amaury Pacheco, hasta el final.

Para Duanel Díaz la verdadera experimentación que llegó a la literatura cubana a través de Diáspora(s) (1997-2002) vino de la mano de Carlos A. Aguilera, Pedro Marqués de Armas, Rogelio Saunders, Sánchez Mejías y Ricardo Alberto Pérez, pues para ellos escribir significaba erosionar. Según este autor el radicalismo de Diáspora(s) dejaba a un lado un tipo de poesía “civil” más en la línea de Padilla. Juan Carlos Flores se suscribe, en opinión de Díaz, a esta última línea. Sin embargo, a partir de su segundo poemario Distintos modos de cavar un túnel (2003) Flores, más que erosionar, pretende socavar toda una tradición poética cuestionándola incluso a través de sus silencios. ¿Qué cree usted al respecto?

A Juan Carlos le molestaba que dijeran que hacía un tipo de poesía “civil” porque creía que hacía mucho más, aunque la civilidad es un elemento innegable en su obra. Según sus relatos, tenía una relación difícil con algunos de los miembros de Diáspora(s), sin embargo, mantuvo trato y amistad con todos ellos.

Durante años se dio a la tarea de recuperar y redimensionar el poema en prosa y crearse una voz poética singular alejada de la poesía de Los pájaros escritos, donde es tan visible la influencia de la tradición poética.

¿Cuáles fueron los vínculos de Juan Carlos Flores con los integrantes de su generación?

Juan Carlos fue un gran amigo de Almelio Calderón, Jorge Alberto Aguiar, Antonio José Ponte, Pedro Marqués de Armas, Damaris Calderón y algunos otros. Con otros miembros de su generación sostuvo una relación tensa y distante. En general Juan Carlos no frecuentaba los círculos literarios, le aburrían profundamente y sólo gustaba de hablar de poesía con algunas pocas personas.

La intertextualidad es una constante en la poesía de Juan Carlos Flores, unas veces declarada y otras no; este es un recurso explotado principalmente en su primer poemario Los pájaros escritos (1994). ¿A qué cree que se deba la insistencia de los poetas primerizos en replicar/avalar sus lecturas?

Creo que Los pájaros… es el libro de juventud de Juan Carlos, en una época en que vivía y respiraba poesía, leía, hablaba y escribía de poesía todo el tiempo y era inevitable que todo eso marcara su escritura. En libros posteriores hay también intertextualidad, más sutil y disfrazada a veces, a Juan Carlos le gustaba jugar con eso.

Su primer poemario muestra además una obsesión con las aves y lo marino como metáforas de la libertad. Es también un texto radicalmente distinto a los otros, menos experimental, más dado a la reflexión amorosa, literaria, incluso política. ¿A qué cree que se deba ello?

El mar fue un elemento fundamental en la vida de Juan Carlos. Cuando se mudó a Alamar vivía muy cerca del mar y del río, se escapaba de la escuela para irse a nadar, a veces se quedaba a dormir en la noche cerca del mar. Años más tarde, cuando se sentía muy mal, un paseo por el mar podía cambiarle el día. Le encantaba nadar y para ser un fumador empedernido podía nadar bastante bien. Su mar preferido era el de invierno, conservo muchas fotos de paseos por la costa de Alamar. A veces se metía al agua con ropa porque no resistía la tentación.

Después de terminar Los pájaros…, Juan Carlos pasó años decidiendo cómo escribir porque sabía que no quería repetir un libro como este primero, y regresa una década después con sus bloques, sus ladrillos, como denominó sus poemas en prosa.

Para muchos es una gran interrogante sus largos silencios entre la aparición de una obra y otra. De hecho, entre su primer libro y los posteriores media más de una década. Unos lo acachan a sus problemas de salud; otros a la crisis económica y los déficits en las imprentas, incluso, a una búsqueda particular en la expresión. ¿Cuál sería su versión en todo caso?

La respuesta es una combinación de todas ellas. Los pájaros… se publica cuando comienza la crisis editorial en Cuba, durante años casi no se publicó nada y él no era de los favorecidos para que lo tuvieran en cuenta. Por otra parte, su salud se vio muy afectada en ese tiempo y esto tenía consecuencias en su posibilidad de escribir o de preservar su obra. Hay un libro entre Los pájaros… y Distintos modos… del que mandó el único ejemplar que tenía a un concurso en México, quedó finalista, como no se publicó el libro, perdió el manuscrito y nunca tuvo copia de él.

Cuando Juan Carlos regresó a mi vida en 1999, Distintos modos… era sólo un montón de papeles estrujados y rotos que llevaba de un lado a otro. Pasamos más de un mes ante una computadora organizando el libro. Juan Carlos no usaba ni computadoras ni máquinas de escribir ni salvaba sus poemas hasta que comenzó a vivir conmigo, muchos textos se perdieron.

Si tuviera que resumir en unas pocas palabras el valor de la obra de Juan Carlos Flores, ¿cuáles serían?

Su autenticidad y rigurosidad. Juan Carlos nunca escribió para agradar a nadie, tanto en temas como en forma arriesgó todo y apostó por su poesía. Muchos de los que lo reverenciaron cuando ganó el premio UNEAC se habían burlado años antes de sus poemas en bloque y de sus repeticiones y a él no le detuvo esto, aunque le dolía, por supuesto.

Revisaba sus poemas hasta el cansancio, organizaba sus libros con paciencia y precisión, siempre pensaba que podía mejorarlos aún más.

Creo que Juan Carlos nos mostró como pocos poetas los rasgos y los signos de una época, las honduras que puede alcanzar la miseria humana y una idea diferente de ser libres.

Entrevista con Juan Nicolás Padrón

[Juan Nicolás Padrón es un poeta, ensayista, editor e investigador cubano. Fue editor de poesía en la Editorial Letras Cubanas y ejerció como director del Instituto Cubano del Libro y subdirector del Fondo Editorial Casa de las Américas. La siguiente entrevista tuvo lugar en La Habana, en junio de 2018.]

Amanda Chang: Juan Carlos Flores es, según Reina María Rodríguez, “uno de los poetas más fuertes de la literatura cubana actual”, ¿quién es para usted Juan Carlos Flores?

Juan Nicolás Padrón: Creo que leí por primera vez la poesía de Juan Carlos Flores en una antología de Víctor Fowler, Antonio José Ponte y otros coautores llamada Retrato de grupo. Por aquella época la Asociación Hermanos Saíz tenía una publicación llamada Naranja Dulce, y recuerdo que allí también aparecieron poemas suyos, pero su estatura como poeta me la reveló el cuaderno que recibió el Premio David de la UNEAC en 1990: Los pájaros escritos, que tuvo que esperar hasta el año 1994 para su publicación, gracias a la generosa contribución del argentino Aurelio Narvaja, quien impulsó el proyecto de la colección Pinos Nuevos para escritores cubanos inéditos en el momento más crítico del llamado Período Especial, cuando apenas se imprimían libros porque no sólo no había nada para confeccionarlos (papel, tinta o electricidad), sino casi nada para vivir.

Cuando leí Los pájaros escritos supe que me encontraba frente a uno de los mejores textos, no sólo de la colección, sino de esos años, por su alto nivel creativo, y porque, arriesgando lo espontáneo de la sinceridad, lograba un discurso explayado y repleto de referencias culturales con altos rendimientos artísticos; se trataba de una sensibilidad rebelde, de gran fuerza expresiva, y parecía extraño encontrar en el primer cuaderno de un autor poemas que marcaban un estilo y que no tenían parecido a otros contemporáneos. Tiene razón Reina en calificarlo como “uno de los poetas más fuertes de la literatura cubana actual”, y creo que su fortaleza se define en su enérgica y franca pasión para desplegar, dentro de una gran variedad de referencias culturales, un discurso muy provocativo y rebelde que movía a la reflexión y reafirmaba un fuerte sentido de identidad con su microsociedad.

No conocí personalmente a Flores, pero lo seleccioné para algunas antologías que me pedían y no se realizaban, pues el Período Especial era especialísimo para soñar. Para la revista de la Casa de la Poesía en Rhône-Alpes, de Francia, me solicitaron veinte poetas cubanos entre 1980 y 2000; de ellos, seleccionaron trece, entre los cuales se encontraba Juan Carlos Flores. Eso mismo hicieron con otros especialistas, que coincidieron o eligieron otros poetas; fui el más afortunado en la cantidad de poetas elegidos, pero no sabía que ese era su método y nunca se pusieron de acuerdo conmigo para avisarles a los autores definitivamente seleccionados. Publicaron sus textos en español y francés. Un buen día salió el libro Poésie cubaine. Creo que Juan Carlos se enteró por alguien y se molestó porque no le avisaron, con razón; pero yo me enteré después que él. Nunca me dijeron qué poetas habían decidido publicar y alguien me dejó el libro en Casa de las Américas en un momento en que no me encontraba en Cuba.

El proyecto Omni-ZonaFranca significó un espacio de transgresión y de realización artística para muchos. En mi opinión, fue el aparato de respiración artificial de Alamar. ¿Qué puede decirnos de este proyecto? ¿Qué puede recordar de Juan Carlos Flores como uno de sus protagonistas?

Sé que Omni-ZonaFranca se fundó en Alamar por un grupo de creadores, fundamentalmente poetas, que incorporaban el performance a sus discursos, un ejercicio artístico que se realizaba fuera de Cuba desde mucho antes, pero que en la Isla no tenía muchos antecedentes y no se entendía por parte de las autoridades, y menos como los que se estaban diseñando en ese momento allí. No soy muy receptivo a la poesía declamada, aunque forme parte de un performance, pues prefiero su lectura y asimilación en silencio antes de llevarla a algún espectáculo, que significa una mediación; prefiero hacer mi propia lectura; es un problema mío y no de los tantos declamadores y performers que existen en el mundo. Sin embargo, considero que lo performático tiene rendimientos escénicos y artísticos importantes, aunque en sentido general prefiero primero leer el texto en solitario y en silencio. Por eso, nunca estuve allí, como casi nunca estoy en ninguna lectura.

Alamar para mí fue un error urbanístico aunque haya sido una salida emergente para muchos que no tenían vivienda. Apenas se puede encontrar allí una dirección por la dislocación de sus edificios, generalmente iguales; además, los servicios comerciales, sociales y culturales eran exiguos para la cantidad de pobladores que alberga; prácticamente se concibió como una ciudad-dormitorio. A mí me parece lógico que los residentes de allí encontraran entonces una manera de encaminar sus proyectos culturales, como “espacios de transgresión y realización artística”, como dices; resultó coherente que se potenciara un sitio en el que se mezcló transgresión y arte, donde durante algún tiempo se desatendieron el arte y la literatura.

Me enteré de que Juan Carlos Flores participaba o era protagonista de ese proyecto, pero nunca vi esos espectáculos, no sólo porque no me interesaban mucho, sino porque he ido muy contadas veces a Alamar.

Para Duanel Díaz la verdadera experimentación que llegó a la literatura cubana a través de Diáspora(s) (1997-2002) vino de la mano de Carlos A. Aguilera, Pedro Marqués de Armas, Rogelio Saunders, Sánchez Mejías y Ricardo Alberto Pérez, pues para ellos escribir significaba erosionar. Según este autor el radicalismo de Diáspora(s) dejaba a un lado un tipo de poesía “civil” más en la línea de Padilla. Juan Carlos Flores se suscribe, en opinión de Díaz, a esta última línea. Sin embargo, a partir de su segundo poemario Distintos modos de cavar un túnel (2003) Flores, más que erosionar, pretende socavar toda una tradición poética cuestionándola incluso a través de sus silencios. ¿Qué cree usted al respecto?

Creo que la antología que posiblemente legitimó a Diáspora(s) fue Dossier. 26 nuevos poetas cubanos. Mapa imaginario, de Rolando Sánchez Mejías, de 1995. Es probable que Rolando fuera quien más se ocupó, en aquella época, en darle visibilidad a este grupo. El libro lo auspició Jean-Louis Pandelon como consejero cultural y lo financió la embajada de Francia en Cuba con la aceptación del Instituto Cubano del Libro, aunque no siempre con la complacencia de algunas autoridades. Rolando prologó el dossier, que incluyó a los poetas que mencionas en la pregunta, como los que hacían “poesía como experiencia de escritura”. El mapa general rechazaba el método diacrónico y generacional bajo el cual se habían ordenado y construido una buena parte de las antologías hasta ese momento y proponía un espacio sincrónico y, más que temático, con una proyección escritural como espacio imaginario poético, independientemente de la edad o de la fecha de publicación. En la primera sección se encontraban poetas tan diferentes como Norge Espinosa y Arístides Vega, y en esa región asignada por Rolando se encontraba la poesía de Juan Carlos Flores formando parte de lo que Sánchez Mejías ubicaba cerca del “origen” o “pathos nostálgico” de Cuba y de su pasado, una “Arcadia” o “provincia como virtualidad”.

Esa división me pareció subjetiva e inútil; en realidad, se trataba de tres secciones casi sin diferencias porque era un grupo de poetas afines por su tendencia a la ruptura en el lenguaje y por la forma de asumir la literatura y la cultura en los temas que cada uno trataba, no siempre con la misma calidad, y tampoco con todos los poemas, como es natural y lógico en cualquier grupo, como lo demostró el implacable tiempo. Considero que Duanel tiene razón en considerar experimental los mencionados, pero incluiría otros de otras secciones.

Nada de esto, ni antes ni ahora, descalifica otros discursos poéticos. Diáspora(s), a mi modo de ver, no “dejó a un lado” la poesía civil de Heberto Padilla o la de otros autores cubanos, como Roberto Fernández Retamar, o de otros poetas fuera de Cuba, que todavía hoy publican con esa manera de hacer poesía. Ellos hicieron también “poesía civil”, pero de otra manera. Además, nunca lo nuevo desplaza totalmente lo anterior, ni jamás la “dictadura de las rupturas” ha perdurado eternamente ni en el propio poeta que las proclama, y va perdiendo efectividad cuando se convierte en retórica.

Distintos modos de cavar un túnel es una propuesta que presenta un cuestionamiento moral sobre la habitual práctica de la recepción poética; más que desde la creación del poeta, este discurso intentaba influir sobre el consumo y, quizás por ello, presenta una experimentación diferente al primer texto, creo que más audaz.

¿Cuáles fueron los vínculos de Juan Carlos Flores con los integrantes de su generación?

No conozco su vida ni sus relaciones de amistad con los otros poetas, pero sí encuentro afinidad con otros miembros de su promoción, más que “generación”, pues considero que este último es un término más amplio y requiere de otros análisis. Por ejemplo, lo considero cercano en el uso de referencias a Almelio Calderón, o a ciertas transferencias culturales realizadas por Rolando Sánchez Mejías, o a algunas amalgamas entre vida y lecturas que realizaba Antonio José Ponte, o al uso desbordado, casi bíblico, semejante al discurso de Heriberto Hernández; incluso, algunos temas son muy afines con muchos de esta promoción y de la anterior, especialmente en la búsqueda obsesiva de una ruptura.

Su primer poemario muestra además una obsesión con las aves y lo marino como metáforas de la libertad. Es también un texto radicalmente distinto a los otros, menos experimental, más dado a la reflexión amorosa, literaria, incluso política. ¿A qué cree que se deba ello?

El poeta siempre se localiza entre el mar, los pájaros y la naturaleza en sentido general, a pesar de que su poesía tiene el encantamiento del misterio y del enigma de su experiencia vital, junto a esas constantes intervenciones de lo intertextual. Sus personajes, marginados, marginales o al margen, locos, borrachos, perdedores, desposeídos, relegados, desconocidos… son objeto de la atención de su arte, y posiblemente aquí haya radicado una experimentación poco visible entonces. En su obra poética, por lo general, no hay paisaje porque apenas se describe; su proyección es antirromántica y se vincula directamente con Natura, al aire, las plantas, la luz y, sobre todo, al mar y los pájaros, pero el conjunto se funde con lecturas de libros o imágenes conocidas y escenas e historias de su vida o la de los que están en los márgenes. Naturaleza, arte y vida se amalgaman en una poética antidescriptiva, pero sin prescindir del escenario natural, salpicado de lecturas en que se cuenta alguna dramática historia de vida, o algún episodio de la suya.

Los pájaros constituyen un hilo transversal de las tres secciones con que cuenta este libro, articulado como un viaje en el espacio-tiempo y en la memoria leída y vivida. Pájaros y mar permanecen como escenario, a veces con un aliento bíblico que se va y regresa, y desaparece y reaparece, atendiendo y fijando historias amorosas, personajes secundarios, y hasta invisibles, y otorgando una fantasía poética tan real que supera la realidad, con sus zonas enigmáticas y, en ocasiones, obsesionadas no sólo con la reflexión amorosa o política, sino con la muerte, pero sin demostrarlo tanto –como sí lo hizo evidente Ángel Escobar, otro poeta suicida–, porque Juan Carlos lo intentaba disimular y hasta evitaba profundizar el tema de la muerte, que de vez en cuando le afloraba.

Para muchos es una gran interrogante los largos silencios de este autor entre la aparición de una obra y otra. De hecho, entre su primer libro y los posteriores media más de una década. Unos lo achacan a sus problemas de salud; otros a la crisis económica y el déficit en las imprentas, incluso a una búsqueda particular en la expresión. ¿Cuál sería su versión en todo caso?

No todos los escritores tienen el mismo ritmo de escritura, y mucho menos de publicación, pues esto último no depende sólo de él. No pocas veces las dificultades para dar a conocer una obra resultan desestimulantes para continuar escribiendo, todavía con más razón, si nos estamos refiriendo a un período en que apenas se publicaba. Posiblemente estas dos razones sean importantes. No sé si sus problemas de salud influyeron o no en el ritmo de sus publicaciones, pues, como dije, no conozco bien su vida.

Sin embargo, a Juan Carlos Flores lo publicaron en algunas antologías: en 1995 Norberto Codina lo incluyó en Los ríos de la mañana, una selección de la poesía de los ochenta –dedicada a Raúl Hernández Novás– que recoge unos veinte poetas de la promoción que publica más en los noventa. Incluso antes hay una edición bilingüe –español/alemán– de 1988, al cuidado de Jorge Luis Arcos, que recoge unos treinta poetas del período inmediatamente posterior a la generación de los años cincuenta, llamada La isla poética, en la que también se publican algunos poemas de Juan Carlos. Fueron seleccionados textos suyos en recopilaciones muy amplias, como Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX, también de Arcos. No fue un desconocido por esos años.

Por otra parte, no hay por qué exigirles a los creadores publicar constantemente. Juan Rulfo se inmortalizó en la literatura latinoamericana con sólo dos libros. Augusto Monterroso, en su fábula “El zorro es más sabio”, se refería a ello: después de publicar dos libros excelentes, le preguntaban al Zorro por qué no publicaba otro y este pensaba: “En realidad lo que estos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer.” Y no lo hizo.

Algunos críticos afirman que el provincianismo de la literatura cubana la hace girar sobre su propio eje, puesto que la literatura cubana gira en torno a lo cubano. Duanel Díaz se pregunta si ello en sí mismo podría considerarse una limitación. ¿Qué cree usted al respecto?

No creo que la obra poética de Juan Carlos Flores sea provinciana, aunque alguna literatura cubana lo pueda ser. En su caso, los temas o asuntos que aborda son universales, las citas y alusiones son de cualquier parte, las relaciones y planteamientos desbordan el contexto nacional; sus personajes, la problemática que tienen, los conflictos dramáticos en que están inmersos, así como su mirada, provocaciones, rebeldía… pertenecen al acervo de la poesía de todos los tiempos y de cualquier lugar, y se pueden leer fuera de los contextos cubanos en que fueron escritos y resemantizarse para volver sobre pájaros diferentes e intentar seguir cavando túneles en condiciones distintas. Si bien algunas obras literarias cubanas tienen esa limitación a que se refiere Duanel, no creo que sea el caso de Juan Carlos Flores.

Vegas Town, su último poemario concebido, no ha sido publicado en Cuba –o en ningún otro lugar, según tengo entendido–, sin embargo, cuenta con los audios grabados por el propio autor con financiamiento de la embajada española en Cuba. Este poemario se circunscribe desde el mismo título a un espacio determinado, como mismo había hecho antes en sus obras anteriores –en esos casos referidos a Alamar– sólo que en esta ocasión es abiertamente declarado. ¿Qué podría decirme respecto a la selección de los espacios de Flores y que, según mi opinión, son la materia viva de su poesía?

Resulta muy importante el espacio habitado en Flores y que él mismo definió como “habitaciones condenadas” en la última sección de su primer libro; esto no quiere decir que tenga una limitación, pues no pocas veces el artista que parece más local puede resultar el más universal, pues el ser humano tiene una semejanza impresionante en cualquier parte donde viva. Lo importante radica en sustraer las esencias de sus relaciones con el medio y sus semejantes, y construirlas en un discurso que pueda ser consumido por el mundo. Parece también que su proyecto se dirigía con fuerte intencionalidad hacia lo performático. Por tanto, si esta obra se publica con audio, y ojalá de manera audiovisual, si es posible, sería como si proyectáramos lo que él estaría haciendo posiblemente ahora mismo. Me parece que sería el mejor homenaje a su legado. Por lo que he sabido, tuvo amigos entrañables y seguramente ellos estarían dispuestos a colaborar.

Si tuviera que resumir en unas pocas palabras el valor de la obra de Juan Carlos Flores, ¿cuáles serían?

Si tengo que sintetizar su poética, puede resumirse usando dos versos suyos: “La libertad, timón hacia la poesía, / la poesía, timón hacia la libertad”. Juan Carlos Flores es un poeta auténtico y su última búsqueda poética fue con su vida hacia lo que consideraba la libertad total: la muerte. Entonces su valor esencial está en que su poesía se igualaba a su vida de manera idéntica; de pocos poetas se puede afirmar que poesía y vida sean lo mismo.

avatar
1 Comment threads
0 Thread replies
0 Followers
 
Most reacted comment
Hottest comment thread
1 Comment authors
Art Recent comment authors
más reciente más antiguo más votado
Art
Art

Great piece!