Plano del puerto de Monteviedo, Anónimo, 1775

Una crónica de José Martí sobre el devastador terremoto de Charleston en 1886 ha concitado la atención de numerosos estudiosos de su quehacer periodístico. Se trata de la fechada el 10 de septiembre de ese año para el diario La Nación de Buenos Aires, donde apareció en las entregas correspondientes a los días 14 y 15 del mes siguiente, y que podríamos considerar su texto canónico sobre tan lamentable catástrofe, pues hoy se conoce que Martí no escribió sólo un reportaje sobre dicho acontecimiento, sino que, apoyándose en la expresión de sesgo aforístico “decirlo es verlo” del texto de La Nación, buscó y encontró diferentes maneras de “decir” el terremoto, deshojando la experiencia del desastre en varios artículos, e incluso en un poema. A ellos debería añadirse otra crónica al respecto que en varias cartas a su amigo Manuel Mercado asevera haberle enviado para El Partido Liberal de México, la cual no llegó a aparecer allí por razones desconocidas y cuyo manuscrito no se ha encontrado.

Los relatos sobre el sismo que Martí escribe y divulga revelan a un autor que construye varias versiones a partir de la lectura de numerosas fuentes organizadas y elaboradas en tensión con las demandas de diferentes publicaciones y lectores y con su propia agenda política. Es un desafío creativo, al decir de Mónica E. Scarano,[1] que fomentaría su facultad imaginativa y su estilo. En la actualidad trabajamos en el estudio conjunto de todas estas piezas en comparación con las fuentes empleadas por el autor, lo que permitirá entender mejor el proceso de escritura urbana de Martí en la cuidadosa construcción de un proyecto moderno.

En la crónica de La Nación se ha mantenido por décadas una incógnita que algunos han intentado despejar sin éxito: la mención, al final de su segundo párrafo, de “los viajeros infortunados de la barca Puig”, quienes, según apunta Martí, fueron recibidos allí con bondad. Los especialistas del Centro de Estudios Martianos a cargo de la edición crítica del volumen 24 de sus Obras completas, donde dicha crónica se inserta, anotan en relación con la barca Puig lo siguiente:

Posiblemente alguna nave pequeña perteneciente a la Compañía Naviera Puig, de Cataluña. En general, España realizaba parte de su comercio a través de ese puerto. Todos los pasajeros y marinos de los barcos surtos en puerto saltaron alarmados a los muelles y se unieron a los damnificados por el terremoto, aterrorizados por el impacto inicial de los temblores. Pero, en realidad, fueron escasos los daños que sufrieron esos barcos.[2]

Nada más alejado de la verdad histórica que la conjetura expuesta en la oración inicial de la nota citada, la cual se amplía con otras afirmaciones que, aunque tal vez ciertas, nada tienen que ver con la alusión martiana a esa enigmática barca. Nuestras pesquisas al respecto permiten aseverar que la barca Puig remite a un acontecimiento que, uniendo Uruguay, La Habana y Charleston, se circunscribe al ámbito rioplatense, aunque alcanzara también resonancias en México cuando Martí residía allí, así como ratificar y ampliar las conclusiones inconclusas (y valga la aparente paradoja) a que llegara hace más de veinte años el poeta y profesor cubano, residente en Estados Unidos, Oscar Fernández de la Vega (1914-2001), quien en numerosas ocasiones acostumbraba a firmar como Fernán de la Vega.

En 1994, en uno de los pequeños impresos artesanales que elaboraba en su incesante quehacer divulgativo en los Estados Unidos sobre la cultura cubana, incluyó uno titulado ¿Apareció “la barca Puig”? Sí, más o menos, donde explicaba cómo, después de intensas e infructuosas búsquedas por él, otros colegas y estudiantes aventajados, el azar lo había puesto, al cabo de los años, frente a una información que podría arrojar luz en torno a la misteriosa barca: unas referencias sobre un libro que, sin embargo, no se decidió a buscar. Se trataba de la obra de Agustín Nicolás de Vedia Correa, La deportación a La Habana en la Barca “Puig”. Historia de un atentado célebre,[3] información que halló revisando otra de Arturo Scarrone.[4] Al interrumpir su búsqueda, Fernández de la Vega no pudo llegar a conclusiones definitivas. Su pequeño texto culmina con las siguientes palabras: “Al menos, sabemos ya que aquellos ‘desgraciados’ eran deportados, prisioneros, etcétera. ¿Añadimos patriotas y esclavos, perseguidos y fugitivos? Martí conocía bien la historia de los países a los cuales llegaría a representar como cónsul.”[5]

Ahora podemos aclarar que dicho navío era un barco mercante uruguayo propiedad del catalán Juan Puig y Moré. Después de un motín militar que provocó la dimisión del presidente José Eugenio Ellauri en Uruguay y puso en el poder al general Pedro Varela, el 15 de enero de 1875, el ministro de la Guerra, coronel Lorenzo Latorre, y el de Gobernación del nuevo Gobierno militar, Isaac de Tezanos, ordenaron la deportación anticonstitucional de quince ciudadanos principistas o liberales urbanos, entre los que se encontraban políticos y directores de periódicos, críticos con el nuevo orden. Para llevarlo a cabo el gobierno compró los servicios del mencionado navío, que pasó a denominarse Transporte Nacional Puig en calidad de buque de guerra. Agustín de Vedia (1843-1910) nos explica, en su aludida obra de corte testimonial, que la intención del ministro de gobernación era “sepultarlos en el fondo de un barco ruin, y lanzarlos, a través de los mares, a dos mil leguas de la tierra natal, en las playas insalubres y pestíferas de Cuba”.[6] Para José Pedro Ramírez (1836-1913), director de El Siglo y otro de los desterrados, no era posible “imaginar un buque más sucio, ni un velamen más viejo”.[7] Según aclara Eustaquio Tomé en su prólogo a una reedición de 1965 del libro de Vedia, la embarcación era en realidad un bergantín o brick inglés, que después de un naufragio fue reparado y puesto en condiciones para navegar. Juan Puig también embarcó en esta empresa a su mujer e hijos junto a los quince presos políticos y sesenta militares, por lo que el bergantín no habría de estar tan maltrecho como Vedia y Ramírez lo pintaran. En dicho prólogo Tomé atribuye esa descripción a una “natural exageración y recurso literario, elemento nada despreciable en una obra destinada a impresionar a la ciudadanía”.[8] Lo cierto es, no obstante, que los deportados viajaron en unas condiciones que rayaban en la extrema pobreza.

Charleston llegaría a ser el destino final de la embarcación fletada en Montevideo el 24 de febrero de 1875, pero la intención original –como dijimos– era desembarcar a los presos en Cuba. Después de casi tres meses de viaje (con una breve parada en Cabedelho, Brasil), a los pocos días de la llegada de la barca y sus pasajeros al puerto de La Habana el 30 de mayo de 1875, el Capitán General, Conde de Valmaseda, se negó a aceptar la carga humana “debido a la protesta elevada por el Ministro español en Montevideo”,[9] por lo que se vieron obligados a seguir viaje el 10 de junio, para llegar el 19 a Charleston, donde fueron acogidos bondadosamente por las autoridades, y desde donde los desterrados regresaron inmediatamente a Uruguay. En La deportación a La Habana en la barca “Puig”, Agustín de Vedia y José Pedro Ramírez narran de forma vívida y detallada las penalidades del viaje y critican las circunstancias y a los responsables del atropello que sufrieron ellos y sus acompañantes.

En el citado prólogo a la reedición contemporánea del relato de Vedia, Tomé nos dice:

Agustín de Vedia, hijo de un militar argentino José Joaquín de Vedia, contaba con honrosos antecedentes en ambas orillas del Plata, disponía de una acerada pluma y sus conocimientos en múltiples materias lo convertían en un sociólogo y en un extraordinario publicista. Le pertenece el programa del Partido Blanco cuando se transformó en Partido Nacional, y su producción literaria es numerosa y de mérito.[10]

Miembro de la redacción de La Nación de manera intermitente hasta su muerte en 1910, Agustín de Vedia era sobrino de Delfina María Luisa de Vedia Pérez (1819­1882) –esposa del célebre Bartolomé Mitre (1821-1906), fundador de La Nación–, y por lo tanto primo de Bartolomé Mitre de Vedia (1845­1900), hijo de los dos precitados y a la sazón director del periódico cuando se publica la crónica martiana sobre el terremoto de Charleston. Sin duda, Martí hace un guiño a este último, “amigo antiguo, de corazón caliente y mente alta” –como se había referido a él en su carta del 19 de diciembre de 1882–.[11] Los Mitre, los Vedia y los lectores de La Nación tendrían muy presente en sus memorias el incidente de la barca Puig, no tan lejano en el tiempo.

Por otro lado, es probable que Martí hubiese conocido el libro de Vedia a raíz de su publicación en 1875, cuando él residía en México, y por ello rinde tributo también a la empatía que su autor demuestra hacia su oprimida patria en tan apasionante relato:

Pero ¡ay! esta isla privilegiada, que ha merecido llamarse la más preciosa perla de las Antillas, gime bajo el pesado yugo del despotismo colonial. Esa hermana segregada del resto del continente, que no pudo acompañar el movimiento revolucionario de las antiguas colonias españolas, se debate hoy en una lucha tremenda por emanciparse de la tutela extraña ¡Dios proteja la suerte de los pueblos oprimidos! // Extraño destino, que los preciosos bienes de la independencia y de la libertad no se adquieran sino a precio de sangre, de dolores y de sacrificios. Acaso el martirio es el crisol en que se depura la humanidad: el amor y la religión se divinizan por él.[12]

Esta crónica testimonial del desventurado viaje de la barca Puig hasta su destino inicial, La Habana, presenta aún hoy un notable atractivo por la prolijidad de detalles, la amenidad con que está escrita y las dotes expresivas del autor. Sin ánimo de hacer en este momento un comentario exhaustivo sobre la obra de Vedia, sirvan de muestra los pasajes que narran y describen su llegada a la isla. El avistamiento de las costas de Cuba infundió falsas esperanzas en algunos de los deportados, que soñaban con el fin de su travesía: “¡El 16 por fin, se divisó la Isla de Cuba! ¡Estaba allí, a nuestra vista, apenas a algunas millas de distancia, la tierra señalada para nuestro confinamiento; allí iba a terminar nuestra peregrinación por el océano; nuestra prisión en la barca; nuestra angustia de todos los días!”.[13]

Sin embargo, la misma lucidez con que había ido interpretando las causas y las consecuencias del viaje, le impiden a Vedia dejarse llevar por falsas esperanzas:

Entendemos que algunos se halagaron con la idea de que era posible que el coronel Courtin consintiese en arribar a Santiago, prometiéndole que allí tomaríamos el ferrocarril para trasladarnos a la Habana. En cuanto a nosotros, nunca participamos de esa ilusión. ¿Era posible creer que, a dos pasos de coronar su obra, el coronel Courtin se dispusiese a perder un cacho de su corona? Llevarnos a la Habana era su consigna y su gloria. Por otra parte, sólo a ese título obtendría su recompensa. ¡Más vale que se mantuviese inflexible! Los últimos episodios de la deportación autorizan a creer que el desembarque en aquel puerto, tan en contacto con los revolucionarios, nos hubiera sido fatal. Las autoridades de Cuba habrían completado la obra de Tezanos.[14]

En la continuación del viaje por las costas meridionales de Cuba en busca del cabo de San Antonio para enrumbar definitivamente hacia La Habana, Vedia interrumpe su narración para detenerse en “las impresiones que hemos ido y vamos recogiendo en las fuentes de la naturaleza, durante esta larga travesía del océano”,[15] retrasando así la llegada al supuesto destino final de la barca y prolongando la incertidumbre del lector. Las indolentes horas transcurridas sobre la cubierta del barco le permiten extenderse en delicadas y hermosas descripciones del firmamento diurno, vespertino y nocturno, impregnando su relato de una suave nostalgia muy a tono con sus pretensiones de hacernos olvidar por unos instantes las tristes circunstancias de los viajeros:

El cielo de los trópicos nos ha sonreído con los más vivos y animados paisajes […] y desplegaba a nuestras miradas estáticas toda la portentosa magnificencia a que se prestan las combinaciones múltiples, infinitas y fantásticas de la luz, en los celajes del firmamento […]. Al caer el día, las nubes apiñadas en el ocaso, iluminadas por la reverberación del sol, nos ofrecían a veces las perspectivas de una isla encantada. Dibujábanse en el horizonte suaves colinas oscuras, separadas por valles de un tinte violáceo: ríos de plata serpenteaban en el fondo del valle y un puente de oro se destacaba suspendido sobre los abismos […]. Otras veces, alzábanse en occidente montañas elevadas, de cuya cima se desprendían cascadas de fuego, semejantes a islas volcánicas en erupción. En la hora del crepúsculo vespertino, esmaltaban casi siempre el horizonte celajes vaporosos en que […]  aparecían diluidos todos los colores que la fantasía del poeta pudiera idear en sus delirios […]. ¡Y las noches tropicales! ¿Qué expresión podría definir esa majestad apacible, esa silenciosa inmensidad, esa claridad oscura del firmamento, tachonado de millones de brillantes astros y surcado de meteoros, calma celestial de que se impregna el alma, muda y absorta en la contemplación de la naturaleza, sumergida en los deliquios de un sueño poético y brillante?[16]

Descripciones de similares características merecen el mar y la fauna cubanos, observados desde la borda de la barca:

El mar ha ofrecido a nuestras miradas todas sus bellezas y todos sus horrores; ya se dilatase en llanuras azules, como un inmenso tapiz de Persia, al que los rayos del sol imprimían un lustre tornasolado; ya sus suavísimas ondulaciones se convirtieran en montañas que, entrechocándose furiosamente, se coronaran de espuma. […]. Al cortar las aguas, el buque ahuyentaba a los peces voladores que salen del agua en bandadas y recorren largas distancias […]. Grandes legiones de delfines suelen perseguir a los voladores, obligándoles a emprender la fuga. Los delfines cortan las aguas como flechas en su velocidad y los pequeños peces vuelan en confusión y desorden, en distintas direcciones, cayendo las más veces en las fauces de sus implacables perseguidores. En el mar se desarrolla también ese drama de la humanidad, tan distante de su perfección, en que los débiles suelen ser la presa de los fuertes o de los audaces. El tiburón persigue por su parte a los dorados y otros peces que alimentan su voracidad insaciable.[17]

Después de estas digresiones el relato retoma su curso y la barca continúa bordeando la costa norte del occidente del país en busca de su destino:

El día 30 de mayo, por fin, entrábamos en el puerto de la Habana, después de noventa y cuatro días de navegación. A una larga distancia del puerto, la barca había tenido que pedir remolque, pues luchaba con viento y corrientes contrarias. Nuestros corazones palpitaban de alegría y de temor. Al pasar delante de la fortaleza del Morro que se levanta a la entrada del puerto, como un adusto centinela, el vigía interpeló al capitán por medio de la bocina que hizo llegar hasta nosotros una voz ronca y apenas inteligible. El capitán contestó por medio del mismo instrumento, dando el nombre de la barca y su procedencia. // Al fondear en la hermosa bahía de la Habana, llegaban a nuestros oídos los alegres repiques de las campanas de las iglesias, las armonías de la música, y de tiempo en tiempo, el solemne estampido del cañón. Celebrábase la fiesta del Corpus­Cristi, que se había aplazado para ese día.[18]

La prensa habanera de entonces brindó escasa información sobre la efímera presencia de la embarcación y sus infortunados pasajeros en el puerto. La Voz de Cuba, por ejemplo, difundía en su edición del 1ro. de junio la noticia de su entrada y explicaba que “por no reunir las condiciones exigibles a esta clase de buques se halla detenido y vigilado por la marina de guerra hasta la superior resolución que corresponda”, y en otra nota a continuación, añadía: “Diferentes rumores han circulado hoy en la Habana sobre el buque del Uruguay […] todos ellos faltos de fundamento. En cuanto a ellos, desmintiéndolas rotundamente, sólo diremos que entendiendo en la cuestión las Autoridades, el público debe estar descansado, suspendiendo por ahora toda clase de juicios y comentarios.”[19]

El 11 de junio, un día después de que la barca abandonara el puerto habanero, convoyada por el vapor de guerra Isabel la Católica, vuelve sobre el asunto en los siguientes términos: “Podemos desmentir del modo más terminante los rumores que ayer noche circularon en algunos círculos referentes a visitas de determinadas personas de posición oficial elevada, verificadas según los noticieros a bordo del transporte Puig. Nadie ha visitado este barco ni nadie de los que traía a bordo han tomado tierra.”[20]

Y concluye la nota de un modo que calificaríamos de irónico: “Y con esto y desear un feliz viaje al Puig, queda terminado este incidente.”[21] Más escueto se mostró al respecto el Diario de la Marina.[22] Sin embargo, el testimonio de Vedia menciona numerosos movimientos hacia y desde la ciudad, así como de la barca Puig hacia otras naves surtas en puerto, en busca de una solución que no volviera a poner en peligro la vida de los viajeros. Los deportados incluso llegaron a ser trasladados al vapor Juniata, con destino a Estados Unidos, del cual fueron regresados a la barca Puig. Finalmente se refiere a la actitud de Valmaseda y de una multitud asomada a la rada habanera para ver la salida de la embarcación:

El remolcador atracó al costado de la barca y la arrastró hasta el fondeadero del vapor de guerra Isabel la Católica, que distaba apenas sesenta metros de la orilla, lo que nos permitió contemplar al capitán general, Conde de Valmaseda, quien asistía desde su balcón a la fiesta que se había preparado a sí mismo y a la muchedumbre que bordaba [sic] el puerto. ¡Escena propia para divertir las inclinaciones de un déspota absoluto o los ocios de una plebe degradada! Media hora después el Isabel la Católica salía remolcando a la barca de D. Juan Puig cortejada por los silbidos y los improperios del populacho.[23]

La prensa mexicana, por su parte –y esto es importante para la contextualización en torno a la barca Puig que venimos realizando–, se hizo eco tanto de los incidentes ocurridos en Montevideo como de las noticias que llegaban desde La Habana, ampliando la limitada información recibida. Sin ninguna duda Martí habría leído estos reportes, puesto que él mismo se refiere al golpe de Estado perpetrado en Uruguay (que daría lugar al destierro en la barca Puig) en una nota publicada en la Revista Universal el 20 de mayo de 1875.[24] Igualmente, El Eco de Ambos Mundos ofrecía el 2 de julio un breve resumen de las causas de la deportación junto con la lista de los nombres de los quince deportados y señalaba: “como entre estas [personas] se encuentran algunos periodistas que varias veces han demostrado sus simpatías por la insurrección cubana, el Ministro español ha manifestado al Gobierno que se prohibirá su desembarco en la capital de Cuba, por lo que es probable que sean conducidos a los Estados Unidos”.[25]

En su crónica, el mismo Vedia vierte una opinión similar cuando declara que al negarles el descenso a tierra “se invocaba como un peligro para el Gobierno español de Cuba, el desembarque en ese suelo de una quincena de ciudadanos cuyas opiniones y naturales simpatías por la causa de la emancipación de nuestra hermana de las Antillas, debían ser conocidas”.[26]

Pero más relevante aún resulta la carta enviada desde La Habana a El Monitor Republicano por su corresponsal habitual, D. Clarencio (pseudónimo que corresponde al español radicado en la ciudad José E. Triay), quien se extiende a la hora de comentar los acontecimientos y los rumores relacionados con la barca Puig, anclada durante más de diez días en el puerto habanero. Coteja incluso la información publicada en un diario de Madrid, puesto que en Cuba sólo se podrían discutir dichos acontecimientos “si la prensa cubana desempeñara su oficio como debería hacerlo, o más bien, si hubiera aquí prensa periódica, en vez de diarios de anuncios y noticias”.[27] Esta carta sobre los sucesos de la barca Puig le sirve a su autor como excusa para defender su postura antiindependentista, frente a las acusaciones que le ha “dirigido un sueltista de la Revista Universal”,[28] quien indirectamente le achaca su culpabilidad en los fusilamientos de Juan Clemente Zenea y los ocho estudiantes de Medicina. No es peregrino pensar que se refiriera a José Martí, quien publicaba en la Revista Universal sus encendidos textos, a veces de forma anónima, en defensa de los insurrectos cubanos. En medio de esta polémica, D. Clarencio se burla de aquellos independentistas como Martí –aunque sin aludirlo explícitamente–, que “desde países extranjeros riñen descomunales batallas en pro de su ideal, con igual éxito que la famosa del caballero de la triste figura con los molinos de viento”.[29] Finalmente, Martí pudo conocer de la llegada de la barca Puig a Charleston también a través de los periódicos mexicanos El Siglo Diez y Nueve (donde aparece publicada la noticia el 2 de julio) y La Iberia (que la ofrece unos días más tarde, el 13 de julio).

Retomando el testimonio de Vedia, finalmente la infausta barca Puig enrumbó hacia Charleston, a donde llegó el día 19 de junio, después de sobrevivir un huracán que puso en peligro la vida de sus ocupantes. Vedia, eufórico y agradecido, lanza justos elogios a la nación que los acogerá para liberarlos: “Sí, allí estaba la patria de Washington, de Franklin, de Lincoln, de todos esos hombres grandes, no porque se elevaran en pedestales sangrientos, no porque deslumbraran con el oropel de las glorias militares, sino porque fueron los más genuinos representantes de una democracia basada en el más escrupuloso respeto de la libertad humana”.[30] Más adelante continúa:

Sí, allí estaba el país en que el hombre se siente más soberano de sí mismo; en que no impera la arbitrariedad de los mandatarios sino el culto de la ley; en que la justicia es el más firme baluarte de la libertad […] en que, parodiando la expresión de un publicista, se desarrolla una democracia pacífica, moral e ilustrada, que brilla como un faro inextinguible, proyectando sus rayos sobre uno y otro continente.[31]

Prosiguiendo con el relato menciona, como haría Martí al comienzo de su crónica, al fuerte Sunter: “Algunas horas después avistamos el célebre fuerte Sumpter [sic] que se levanta a la entrada del puerto, y cuyos cañones, del más vasto calibre tronaron con tanto furor en la última guerra”.[32] Finalmente, logrando evitar la forzosa cuarentena que se imponía a cualquier navegación que llegara de La Habana, desembarcaron en Charleston y regresaron poco después a Uruguay.

Habría que recordar también que en 1884 Martí fue nombrado cónsul interino del Uruguay en Nueva York, en sustitución de su buen amigo Enrique Estrázulas, quien en sus palabras era “uno de los hombres a quienes más quiero y estimo […] en quien he aprendido a querer al Uruguay”, según le confiesa en su carta del 21 de octubre de 1885 a Alejandro Magariños Cervantes.[33] Es más que probable que la Revolución tricolor haya sido tema de conversación entre Estrázulas y Martí.

Por todo lo expuesto hasta ahora, no cabe duda entonces de que el suceso de la barca Puig era bien conocido por Martí y que la simple mención de Charleston se lo trajera a la memoria, con todas las connotaciones del caso que hemos develado en este trabajo. Por ello tal vez no pudo evitar, once años más tarde, aludirlo en su crónica, donde establece paralelismos sociales y políticos con la Cuba contemporánea. Si el suceso de la barca Puig le sirve a D. Clarencio para hacer comentarios sobre la guerra en Cuba, su mención en la crónica de Martí revela una pista para interpretarla desde los anhelos independentistas de su autor.

Conviene hacer aquí una breve comparación entre los textos de Vedia y de Martí en referencia a Charleston. A su llegada, Agustín de Vedia alaba el orden perfecto de la ciudad de Carolina del Sur, ejemplo de civilización frente a la barbarie que han experimentado los desterrados. Apenas once años más tarde Martí ve en el terremoto, como bien expone Susana Rotker, la herramienta que la naturaleza dispone para igualar “a las clases sociales, a las razas, a los hombres”,[34] a la vez que, como apunta más adelante, “el orden perfecto del comienzo, el de las casitas blancas y la prosperidad brindada por la civilización y el triunfo de los blancos sobre los negros, es el que va a ser destruido”;[35] es decir, Martí “va a recurrir a la Naturaleza para darle un vuelco a todo el sistema de representación”, pues consideraba que “la Naturaleza haría volver a su cauce una realidad que él –por el contrario– sentía desordenada, heterogénea, en crisis”.[36] Ambos textos coinciden, sin embargo, en que Charleston se convierte en un lugar donde la liberación es posible: para Vedia supone el final de su prisión flotante y su regreso a Uruguay; para Martí, la metáfora de una crisis inevitable que llevaría a una reestructuración del orden político y social en Cuba.


Notas

[1] Cfr. Mónica E. Scarano: “Decirlo es verlo: literatura y periodismo en José Martí”, Decirlo es verlo: literatura y periodismo en José Martí, Estanislao Balder, Mar del Plata, 2003, pp. 13-31.

[2] José Martí: Obras completas. Edición crítica, Centro de Estudios Martianos, La Habana, t. 24, p. 214, nota 5.

[3] Agustín de Vedia: La deportación a La Habana en la Barca “Puig”. Historia de un atentado célebre, Impreso especial para obras de Pablo E. Coni, Buenos Aires, 1875.

[4] Cfr. Arturo Scarrone: Apuntes para un diccionario de seudónimos y de publicaciones anónimas, Imprenta Nacional, Montevideo, 1934.

[5] V. O[scar] F[ernández de la] V[ega]: ¿Apareció “la barca Puig”? Sí, más o menos, F. H, Nueva York, 1994, p. [6].

[6] Agustín de Vedia: ob. cit., p. 81.

[7] José Pedro Ramírez: “[Testimonio]”, en Agustín de Vedia: ob. cit., p. 65.

[8] Cfr. Eustaquio Tomé: “Prólogo”, en Agustín de Vedia: La deportación a La Habana en la barca “Puig”. Historia de un atentado célebre, Biblioteca Artigas, Montevideo, 1965, p. XII.

[9] Agustín de Vedia: Ob. cit., p. 183.

[10] Eustaquio Tomé: ob. cit., pp. XVIII-XIX.

[11] José Martí: ob. cit., t. 17, p. 352.

[12] Agustín de Vedia: ob. cit., p. 167.

[13] Ibídem, p. 163.

[14] Ibídem, p. 164.

[15] Ibídem, p. 171.

[16] Ibídem, pp. 172-173.

[17] Ibídem, pp. 174-176.

[18] Ibídem, p. 178.

[19] La Voz de Cuba, La Habana, 1ro. de junio de 1875, p. 2, col. 8.

[20] La Voz de Cuba, La Habana, 11 de junio de 1875, p. 2, col. 7.

[21] Ídem.

[22] Cfr. Diario de la Marina, La Habana, 1ro. y 11 de junio de 1875, p. 2, col. 5.

[23] Agustín de Vedia: ob. cit., p. 207.

[24] José Martí: ob. cit., t. 4, p. 162.

[25] El Eco de Ambos Mundos, México, 2 de julio de 1875, p. 2, col. 1.

[26] Agustín de Vedia: ob. cit., pp. 184-185.

[27] D. Clarencio: “Extranjero. Correspondencia particular del Monitor”, El Monitor Republicano, México, 19 de junio de 1875, p. 2, col. 2.

[28] Ídem.

[29] Ídem.

[30] Agustín de Vedia: ob. cit., p. 222.

[31] Ibídem, pp. 222-223.

[32] Ibídem, p. 224.

[33] José Martí: ob. cit. t. 23, p. 170.

[34] Susana Rotker: “Caos y armonía. «El terremoto de Charleston»”, Fundación de una escritura: las crónicas de José Martí, Casa de las Américas, La Habana, 1992, p. 240.

[35] Ídem.

[36] Ibídem, p. 236.

RICARDO HERNÁNDEZ OTERO
Ricardo Luis Hernández Otero (La Habana, 1946) es investigador y profesor universitario. Por cuatro décadas laboró en el Departamento de Literatura del Instituto de Literatura y Lingüística de Cuba. Sus campos de especialización comprenden aspectos como la prensa cubana, el vanguardismo y la obra de José Martí, entre otros. Es coautor, con J. Domingo Cuadriello, de Nuevo diccionario cubano de seudónimos y autor de las compilaciones Escritos de José Antonio Foncueva, Revista Nuestro Tiempo, Crónicas [de Excelsior] de Alejo Carpentier, Sociedad Cultural Nuestro Tiempo: resistencia y acción, Mirta Aguirre: España en la sangre; España en el corazón. Actualmente integra el Comité gestor que prepara la reaparición de la Revista de Literatura Cubana.
DIEGO DEL POZO
Diego del Pozo San José. Profesor asistente de Español en la Universidad de Towson, en Maryland, desde 2014. Licenciado en Literatura Inglesa y Lingüística por la Universidad de Valladolid en España, tiene una maestría y un doctorado en Español por la Universidad de Georgia. Por cinco años trabajó como lector en la Universidad de Georgia, donde atesoró una amplia experiencia en programas de estudios en el extranjero en La Habana, Argentina, Trujillo (Perú), Valencia y Sevilla (España), amén de organizar el festival de cine latinoamericano de la Universidad de Georgia. Su investigación se centra en el teatro y el cine español y latinoamericano contemporáneo, prestando especial atención a la producción teatral cubana de finales del siglo pasado Actualmente trabaja, junto al profesor Ricardo Luis Hernández Otero, en la crítica teatral de Calvert Casey.
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