Museo de Ciencias Naturales de la Plata

Aunque siempre “cubañejas”, las “Cubañejerías” no se arman sólo en Cuba, sino también en cualesquiera otros sitios donde su redactor tire el ancla de modo temporal. O sea, son “cubañejas”, pero a la vez “andariegas”. Y en este sentido bien podrían haberse llamado “Andarinadas” y serían igualmente fieles al origen de su denominación, ya explicado la primera vez en que aparecieron. Su “cubañejidad”, precisamos ahora, es de firmes esencias identitarias “cubanas”, no de mera referencia geográfica; se fundan esas esencias en sus temas, asuntos, motivaciones, de una bien añejada (aunque su añejo pueda ser blanco y reciente) “cubanidad”, sin “cubaneo” alguno, pero sí con mucha “cubanía”. Estas que presentamos ahora fueron decididas en el madrileño aeropuerto de Barajas, mientras el redactor aguardaba el avión que lo conduciría a Barcelona. En sus arcas digitales viajan con él los valiosos archivos de que se nutre la sección. Mientras comenzaba su redacción, un cuarteto de empleados temporales del aeropuerto –según pudo conocer–, dos hombres y dos mujeres, entretenían a los pasajeros con hermosas canciones tradicionales de Navidad (“Belén, Belén, campanas de Belén”, entre ellas).

Las “Cubañejerías” y su redactor gustan de los homenajes, pues tienen un buen sentido del aprovechamiento de las oportunidades que estos brindan para sacar a la luz sus incontables tesoros. No se les estime, sin embargo, ni a unas ni a otro, oportunistas, sino más bien oportunos. Y homenajeantes y oportunos quieren ser ambos en esta nueva entrega, cuando en los ciento sesenta y cinco años del nacimiento de José Martí le rinden tributo con la reproducción de dos textos suyos desconocidos hasta hoy por los lectores posteriores al momento en que fueron dados a conocer por primera vez. Pueden considerarse (una de las acepciones del vocablo lo permite), inéditos. Ambos aparecieron originalmente, en fecha exacta no precisada, en el periódico El Economista Americano, que en Nueva York escribía casi en su totalidad Martí. De esta publicación, que salió con alguna irregularidad entre 1885 y 1888, sólo se han localizado dos ejemplares completos, uno de ellos no ha mucho en el Instituto Iberoamericano de Berlín por el profesor Jorge Camacho, quien lo reprodujo completo, con un estudio preliminar, en su libro El poeta en el mercado de Nueva York. Nuevas crónicas de José Martí en El Economista Americano (Columbia, Carolina del Sur, Editorial Caligrama, 2016).

Estos ahora ofrecidos como primicias a los lectores de “Cubañejerías” son fruto de la pesquisa personal de su redactor en torno a la presencia martiana en la prensa de Cuba en la década de 1880, que está arrojando resultados harto promisorios conducentes a la demostración de que, contrariamente a lo sostenido hasta ahora por muchos (por no decir todos) estudiosos de su quehacer vital y creativo, cada día son más numerosas las evidencias de que Martí, en vida, no era un desconocido en su patria, aun cuando no escribiese de modo frecuente para publicaciones de la isla. En ellas están apareciendo innúmeras pruebas de que, a más de comentarse con asiduidad sus trabajos y sus actividades, incluidas las de carácter político y revolucionario de orientación separatista y antimperialista, se reproducían textos tomados en lo fundamental de La América y de El Economista Americano. Si bien es cierto que las más de las veces tales textos suyos se publicaban sin indicar el nombre del autor y en ocasiones incluso sin mencionar el título de la publicación de donde eran tomados, es evidente que quienes los seleccionaban para su nueva difusión conocían bien que pertenecían a Martí, por cuanto en ambas publicaciones por lo general se insertaba una nota en que este respondía por todo lo no firmado en la entrega.

Entre las numerosas colecciones de periódicos cubanos de aquellos años atesoradas, aunque no siempre en buen estado de conservación, en la biblioteca del Instituto de Literatura y Lingüística “José Antonio Portuondo Valdor” de La Habana, heredera de los fondos de la más que bicentenaria biblioteca de la Sociedad Económica de Amigos del País, primera con carácter público fundada en la Isla, destacó de inmediato, a los fines de la citada investigación, la del Diario de Matanzas (cuyo primer número apareció el 1ro. de octubre de 1878), que llamó la atención por haber tenido, entre sus primeros directores, a Rafael María de Mendive, el maestro de Martí. Entre enero y marzo de 1879, cuando todavía Mendive era su director (y aún después, pero en ese mes), hay varias referencias al activo quehacer cultural de Martí durante su breve estadía en Cuba tras el Pacto del Zanjón, sobre todo en lo concerniente a su participación en actividades promovidas por el Liceo de Guanabacoa, informaciones que no reseñamos en esta ocasión para no alejarnos demasiado del objeto de estas notas. De la revisión de los numerosos ejemplares encuadernados (y estos sí, por suerte, en bastante buen estado) del Diario de Matanzas de los años 1878-1879, 1882-1884, 1886-1888, puede desprenderse la conclusión inicial de que esta parece haber sido la publicación cubana de la isla que más textos de Martí reprodujo en la década de 1880, con un total de diez –siete de ellos desconocidos hasta el presente.

Del conjunto de trabajos prácticamente inéditos rescatados de varios periódicos de la Isla, que aparecerá con una nota de presentación escrita por quien suscribe en la próxima entrega del Anuario del Centro de Estudios Martianos, este ha autorizado la publicación anticipada de dos de ellos en “Cubañejerías”. Se han seleccionado por su interés los titulados “Un museo americano” (5 de octubre de 1887) y “El negro Rafael” (1ro. de abril de 1888), ambos aparecidos en el Diario de Matanzas con indicación de su fuente: El Economista Americano. No se intentará aportar más elementos para la identificación de la autoría martiana de estos dos textos que el –en apariencia– simple hecho de que apareciesen en esta publicación redactada de principio a fin, hasta donde se conoce, por Martí. En el primero llama la atención el reciclaje de la información realizado por el autor, quien no parte en este caso de un acontecimiento norteamericano digno de reseñarse al público hispanohablante de los países por donde circulaba El Economista Americano, sino que, como si hubiese visto en persona la lejana institución argentina con suma prolijidad descrita y alabada, la presenta como ejemplo del adelanto de una nación latinoamericana, a partir de algún texto leído en un periódico o revista de Estados Unidos, o tal vez de la propia Argentina, pues incluye una cita sobre ella tomada de un gran diario de Buenos Aires (¿La Nación?). Suponemos que esta crónica despertará el interés de muchos y propiciará búsquedas que aclaren la(s) fuente(s) utilizada(s) por Martí para su escritura.

En cuanto al segundo texto, “El negro Rafael”, de menor extensión, va camino de convertirse, acaso por su asunto y brevedad, en uno de los trabajos de Martí más reproducidos en vida de su autor. En Cuba, aparte de su publicación en el Diario de Matanzas, el redactor lo ha localizado en La Voz del Guaso (Guantánamo, 14 de abril de 1888), con ligeras variantes que en notas al pie del artículo se indican en su presentación en el Anuario del Centro de Estudios Martianos. Además, en búsquedas online en la Hemeroteca Nacional Digital de México (HNDM), lo ha hallado, sin señalamiento de autor ni publicación de origen, en El Escolar Mexicano (1ro. de julio de 1888), donde se expresa que ha sido tomado de la Gaceta Oficial de Morelia. Después fue localizado en La Enseñanza Primaria (1ro. de julio de 1907), también de México. La búsqueda online en la HNDM arroja otras numerosas referencias a este destacado maestro boricua del que en varias ocasiones escribiera Martí, pero en publicaciones del siglo XX con acceso restringido, lo que ha impedido saber si se trata de nuevas reproducciones del texto martiano o de otro tipo de alusiones a él. El bello artículo “El negro Rafael” ya está siendo procesado para su inclusión en el tomo correspondiente a 1888 de la edición crítica de las Obras completas de José Martí.

La escuela del maestro Cordero (1890-92), por Francisco Oller
La escuela del maestro Cordero (1890-92), por Francisco Oller

Como se ha expresado antes, en las Obras completas (Editorial Nacional de Cuba, 1963-1965) de Martí pueden hallarse varias referencias a Rafael Cordero Molina, entre ellas unos breves apuntes que tal vez Martí haya utilizado como base para la elaboración del texto, lo cual acaso serviría, junto al ejemplar de la publicación boricua a que alude, para precisar la fecha del cuaderno de fragmentos en que aparecen. Estos apuntes se acompañan, según se lee en nota al pie en el tomo 22 de las Obras completas (p. 249) de “un dibujo del busto de un hombre, posiblemente del maestro Rafael, hecho por Martí”. De acuerdo con fuentes consultadas Rafael Cordero Molina está considerado una de las personalidades más relevantes de la educación en Puerto Rico en el siglo XIX. La casa donde vivió en la parte antigua de San Juan, restaurada por el gobierno de la isla, ha sido incluida en el Registro Nacional de Sitios Históricos de los Estados Unidos. Desde hace unos años se desarrolla el proceso para su beatificación, como parte del cual fue declarado venerable, en diciembre de 2013, por el papa Francisco.

Y nada más por el momento, aunque mucho más podría escribirse en torno al tema que nos ha ocupado en esta ocasión. Disfruten ya, pues, los seguidores de “Cubañejerías”, de estas primicias martianas que, como homenaje en un nuevo aniversario del nacimiento de su autor, les obsequian la columna y su redactor.

Desde Vinarós, Castellón, España, a 27 de enero de 2018.

 

UN MUSEO AMERICANO

En la ciudad nueva de la Plata, República Argentina, nacida ayer y ya hoy morada de cuarenta mil habitantes, acaba de levantarse un edificio que fuera honor del pueblo más culto, un Museo Paleontológico, digno por su extensión colosal y plan grandioso de hospedar aquellos fósiles gigantes. Quieren los bellos pórticos magníficas fachadas: los grandes corazones, estímulo y empleo para su grandeza: los caracteres extraordinarios sucesos que los revelen en toda su hermosura: y aquellos huesos, arcos y columnas de un mundo caído, quieren espacio, elevación, orden y luz monumentales. Pues, ahora que comienza a entenderse la divinidad de la naturaleza, y a surgir del culto apasionado de ella una nueva religión, más armoniosa y serena que las antiguas, ¿cuáles, sino esos, son los templos nuevos?

No cuando en salas lóbregas, sin marco propio para su majestad, se amontonan sobre tablones roídos de polilla osamentas mal juntas, sino cuando, como en La Plata, el edificio mismo se va desenvolviendo, sobre su planta elíptica de ocho cuadras, con arte igual al que muestra en sus lances y mutaciones la existencia. Lo informe primero, luego lo más moldeado, luego las formas toscas y gigantescas que al desprenderse de monte y mar tomó la vida. Poner el pie en la primera sala es como ponerlo en el umbral del mundo: de allí las salas [¿crecen?], cada cual con su pueblo misterioso, tal como uno tras otro, y acaso uno de otro, fueron, apareciendo sobre la tierra: allí la luz, como testigo eterno y evangelio de ventura, dice a voces al hombre, cayendo sobre él como cayó sobre aquellos cadáveres, que el fin es la belleza, y él inmortal, y la vida algo más que borrasca, y plato de odio, y horrenda pesadilla: allí la voz adquiere con el eco, imponente vigor y resonancia: “parece –dice una hermosa descripción de un diario argentino– que aquellos enormes megaterios y mastodontes se apoderasen de la voz y la insuflasen con su aliento de titanes para hacerla circular por la bóveda elíptica del claustro: hay allí un olor a eternidad que sobrecoge.”

Allí están en el primer salón las muestras de la tierra primitiva, apenas se secó sobre ella el mar caótico; los saurios formidables y el suelo mesozoico en que vivían; los fósiles primarios y las piedras multiformes que parecen quebradas por el esfuerzo de sus dorsos, al abrirse paso hacia aquellos cielos turbios; por un fémur se ve que una de aquellas osamentas debió medir de quince a diez y siete metros. En la segunda sala están los montes vivos: el megaterio de vértebra troncal; el mastodonte de muelas tuberculares; el único toxodonte conocido, con los dientes combos; el guanaco, ya noble y ligero; el caballo fósil, el calidoterio, el milodonte, el lostodonte, un carapacho de glyptodon de diente estriado, todo hallado en aquella pampa que la naturaleza juzgó digna de guardar, en letras de hueso, su primera historia. Después de la tercera y cuarta salas, con formas ya más finas y breves, de osos, tigres y roedores, preparan seis salas más, donde se irá viendo por qué grados fue afinándose, concentrándose y desviándose la vida desde la época del glyptodon y la ballena fósil hasta el período cuaternario. En el duodécimo salón, junto a la colección graduada de vertebrados, donde se nota el prurito espontáneo de la naturaleza por perfeccionar su forma, se exhibe, como elocuente testimonio de la identidad del mundo y esencial unidad de sus razas, un rico acopio de útiles, adornos y armas de América, de la pampa casi todas, semejantes, cuando no iguales, a las que, no sólo en la misma época, sino en el mismo grado de civilización de épocas distintas, han trabajado los hombres en pueblos que no tuvieron más comunión ostensible con los de artes afines que aquella madre naturaleza que a todos por igual [¿inspira?] –con sus modelos, líneas y combinaciones permanentes– trazos que por asemejarse a su original inmutable, parecen llevados en viajes inverosímiles de un mundo a otro por sobre mares vírgenes o hielos cegadores.

Los dos salones últimos, con sus cien esqueletos allí juntos para el estudio comparado de la antropología, ponen ante los ojos la semejanza cercana del hombre al antropoide, y las variedades de este y del hombre mismo, por donde Darwin, saltando de la semejanza a la derivación sin tener en cuenta el desarrollo aparejado de lo intelectual y lo corpóreo, pudo pensar que el hombre vino, en lo animal al menos, del perfeccionamiento natural del bruto que parece antecederle inmediatamente en la escala de la vida. Como flores de hueso adornan aquella cátedra muda donde enseñan los siglos, ochocientos cráneos.

Y al decir adiós a las salas solemnes, donde de tanto testimonio mortal surge una penetrante luz de aurora, salta a los ojos el mérito de la fábrica en que en límite estrecho parecen aquellos mundos desvanecidos dormir con natural reposo. Medallones cavados en el techo aguardan los bustos de los hombres que han visto mejor en los talleres hostiles de la tierra; y las pinturas que adornan la grave rotonda de dos pisos que sigue al peristilo bello, no son copias tibias de mitos académicos o deidades paganas, sino aquellos ríos por donde navegan plantas fuertes que pretenden sustentar a un hombre, aquella cumbre por donde, bronce vivo, pasó San Martín cuando iba a libertar a un pueblo.

 

EL NEGRO RAFAEL

Revisando periódicos de la isla de Puerto Rico –la tierra infeliz donde aún somete el gobierno a tortura a los hombres–, hallamos en un mismo número de Puerto Rico Ilustrado, dos retratos: uno es el del cura Cayetano Galeote, que asesinó al obispo de Madrid: el otro es el del “Maestro Rafael”, el negro de alma angélica que por incontrastable vocación consagró toda su vida a la enseñanza. Ni Vijil del Perú, ni Varela del Uruguay, ni Luz Caballero de Cuba tenían en el rostro más bondad, con ser educadores eximios, que la que revela el rostro de este amable negro. Los ojos llenos de piedad miran debajo de sus finas cejas blancas. Ennoblece la cara, de óvalo perfecto, una leve barba canosa. Un gorro, semejante a la mitra de los obispos armenios, ciñe la bella cabeza. La camisa, de tela burda, deja ver buena parte del cuello.

Cuando ya Rafael Cordero tenía veinte años, en 1810, no había escuelas públicas en Puerto Rico, ni corría de cuenta del gobierno enseñar a leer y escribir a una colonia que tenía más de ciento cincuenta mil habitantes. Rafael era tabaquero de oficio; pero como de adentro oía la voz que le mandaba enseñar, abrió escuela gratuita, y desde su tablero de hacer tabacos, mientras juntaba la tripa y extendía la hoja daba clase de lectura, escritura y doctrina religiosa a los niños blancos y negros, ricos o pobres, que rodeaban su mesa de trabajo. Y murió de 78 años, enseñando. Cuando acababa su tarea de tabaquero, salía a hacer visitas por las casas, donde oían siempre con cariño las palabras discretas y elocuentes con que exhortaba a los padres a mirar por la educación de los hijos. Y tenía tal manera de tratar a los niños, que los más callejeros oían sin mofa las razones con que les convidaba a aprender con él la letra y la cartilla. Coronó su vida cuando la Sociedad Económica le dio en premio de su virtud cien pesos, y él no los empleó en agrados propios, sino que con la mitad vistió y calzó a los niños más pobres de su escuela, y repartió un domingo la otra mitad entre los pobres del pueblo, rodeado de sus alumnos. Pestalozzi no hizo más. Cuando murió Rafael, sus discípulos blancos y negros, lo llevaron en hombros, y acompañó su féretro todo lo que tenía de honrado Puerto Rico. Un hombre así salva una ciudad. No hay que preguntar, cuando se ven esas cosas, como es la luz de las estrellas.

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