‘The Illustrated Man’, Dean Ellis, 1967, detalle de la portada de la edición de Doubleday en 1969 del libro homónimo de Ray Bradbury

El tiempo se ha ido aprisa en este 2019 cuyo final se avecina y algunas conmemoraciones que pretendíamos celebrar este año han ido quedando postergadas y no se ofrece otra alternativa que reunir varias en un homenaje múltiple del que la Cubañejerías de hoy constituye la primera parte, otra vez en manos de un nuevo cubañejero: Rinaldo Acosta Pérez-Castañeda.

A través de su colaboración rememoramos el centenario de la aparición de la reconocida revista cubana Carteles (1919) y adelantamos el sexagésimo de su desaparición (1960). Esta revista con contenidos variados cuenta entre sus méritos históricos, en primer lugar, la sostenida presencia en sus páginas de Emilio Roig de Leuchsenring, a través del cual se dio a conocer toda la labor del Grupo Minorista en la década de 1920; después, la intensa colaboración de Alejo Carpentier (quien fue su jefe de redacción por pocos años en esa misma década), tanto antes cuanto después de su partida hacia Francia en 1928; asimismo, las numerosas campañas a favor de soluciones para los diversos problemas que aquejaban a la república necolonial, la dependencia económica y política de Estados Unidos entre los principales; la apertura de sus páginas a sucesivas hornadas de jóvenes escritores que prestigiaban sus entregas, entre ellos, en la década de 1950, Guillermo Cabrera Infante,  con sus crónicas de cine bajo el seudónimo “g. caín” y su esmerada atención al cuento nacional o extranjero, de lo cual nos dará muestra nuestro invitado; también –¿cómo olvidarlo?–, la pertinaz labor de Andrés García Benítez (Andrés) en la creación, desde mediados de la década de 1930, de sus portadas, a las que imprimió un sello distintivo que aún hoy permite reconocer con facilidad y agrado sus peculiares trazos, sea en aquellas de contenido patriótico, sea en las de acentuado carácter costumbrista.

Aquí parece oportuna la siguiente consideración: mientras Bohemia (más antañona, pues inició su vida en 1910: ¡Por favor, créanme, fue en este año y no en 1908! Para el venidero 2020 prometo solemnemente ocuparme del asunto, con pruebas irrefutables, para acabar de desembrollarlo) ha permanecido en activo hasta el presente en Cuba (y supongo que lo seguirá siendo en el futuro inmediato, aunque cada día es más sombra de la gran revista que fue), Carteles no logró sobrevivir a los embates de los nuevos tiempos y feneció en la Isla tras la partida al exilio (1960) de su propietario, a la vez dueño de la emblemática Bohemia: Miguel Ángel Quevedo y de la Lastra. Fue Carteles, en aquel entonces, como popularmente se dice, “un muerto sin doliente” en Cuba y fuera de Cuba. Bohemia halló un grupo de colaboradores que la mantuvo viva en el país en revolución y también conoció simultáneamente en el exterior, a través de Quevedo y algunos de sus cercanos colaboradores también exiliados, una existencia de varios años. Los tiempos y los espacios, sin embargo, no son fijos ni inmutables: en Miami no se encuentran huellas visibles de la existencia de la Bohemia histórica y activa aún en Cuba, ni de aquella renacida fuera por breve lapso. Sin embargo, por doquier pueden apreciarse allí los vivos recuerdos de Carteles a través de sus portadas firmadas por Andrés (quien, por cierto, tras años en el exterior, regresó a morir a su tierra natal): las he visto como elementos decorativos en altos centros docentes y emblemáticos restaurantes. A Carteles se le recuerda con nostalgia como un símbolo de la patria cercana geográficamente, pero lejana en lo histórico y en lo político-ideológico.

Retomando el hilo de nuestro discurrir, con esta Cubañejerías recordamos también la salida, en los días iniciales de 1959, del órgano del Movimiento Revolucionario 26 de Julio, el diario Revolución (que había tenido una primera etapa como publicación clandestina), que cuenta, entre sus primeros aportes relevantes al proceso literario nacional en la etapa marcada por el alborear del 1ro de enero de ese año, el haber prohijado el polémico y altamente valioso suplemento semanal Lunes de Revolución (marzo de 1959-noviembre de 1961), obviando, sin embargo, que antes había presentado una sección (después página) titulada “Nueva Generación”, la cual explicitaba su relación con la revista homónima de apenas cuatro salidas en 1949, a la que habían estado vinculados no pocos de aquellos escritores noveles nucleados ahora en torno a Revolución y conformadores poco después de la nómina de los directivos y colaboradores del controvertido suplemento. Entre las figuras que enlazaban ambas publicaciones, es decir, la revista Nueva Generación y el diario Revolución se hallaba el director de ambas: Carlos Franqui. Para los numerosos exégetas de Lunes de Revolución y de las problemáticas en torno a la cultura cubana en el tránsito de la época neocolonial a la de la Revolución, queda pendiente el estudio de la línea de continuidad y ruptura que va de la revista Nueva Generación, a la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo (de la que algunos hacedores de aquella fueron fundadores al par que tempranos disidentes) y su revista Nuestro Tiempo (con ese hasta no ha mucho escamoteado primer y único número de 1951, con colaboraciones de los poco después autoseparados de la Sociedad), pasando por Ciclón hasta llegar a Revolución, “Nueva Generación” (sección y página de este) y Lunes de Revolución. Habría otras claves para la mejor comprensión del lapso inicial de la cultura en la Revolución entre 1959 y 1961, pero no vamos a gastar todas las municiones ahora. Baste con enunciarlo. Quien se interese, ya sabe: a pesquisar.

Como de costumbre, debe presentarse al cubañejero debutante, que no es un desconocido, como se verá. Ensayista, crítico, investigador, traductor y editor, nuestro nuevo invitado, Rinaldo Acosta Pérez-Castañeda (Regla, 1958), se licenció en Letras por la Universidad de La Habana y ha desarrollado una amplia, sostenida y valiosa labor como editor que le hizo merecedor del Premio Nacional de Edición correspondiente al año 2000. Pero junto a ello ha publicado libros y artículos de su autoría. Entre los primeros, Temas de mitología comparada (Premio Pinos Nuevos y Premio de la Crítica 1997) y Crónicas de lo ajeno y lo lejano. Acerca de la ciencia ficción (2010, también Premio de la Crítica). Entre los segundos, colaboraciones en revistas cubanas como La Isla Infinita y La Letra del Escriba, así como en el ezine Korad. Ha tenido a su cargo asimismo la traducción, selección, prólogo y notas de Árbol del mundo. Diccionario de símbolos e imágenes mitológicas (Colección Criterios, 2001); y la selección, prólogo y notas del ebook La Isla y las estrellas. El ensayo y la crítica de ciencia ficción en Cuba (Cubaliteraria, 2015) y de Otras tierras, otros soles. Una mirada a la ciencia ficción (en coautoría con Fabricio González, Editorial Letras Cubanas, 2017).

En su quehacer como editor, iniciado en 1984, se ha especializado en textos de ensayo y crítica (aunque, además, en menor medida, ha editado otros de narrativa y poesía). En la Editorial Arte y Literatura laboró en su redacción de Teoría y Crítica de 1985 a 1995. A partir de 1995 pasó a desempeñarse en la redacción de igual nombre de la Editorial Letras Cubanas. A menudo se ocupa también de la diagramación y el diseño interior de los libros que edita. Desde los años 90 trabajó en la edición (y, luego, en la diagramación) de la revista teórica Criterios y sus ediciones paralelas. De 2010 a 2015 fue editor del boletín digital Denken-Pensée-Thought–Mysl. Servicio Informativo de Pensamiento Cultural Europeo (72 números aparecidos), realizado también por el propio Centro Teórico Criterios, a cuyo frente se hallaba el talentoso y laborioso Desiderio Navarro. La edición incluía asimismo el cotejo en aquellos casos en que las obras hubiesen sido traducidas del inglés y el francés. Fue editor y diagramador de la revista La Isla Infinita y su colección editorial (desde 1999 hasta 2011). En 2015 el Ministerio de Cultura le confirió la Distinción por la Cultura Nacional. Entre los títulos significativos que han contado con su pericia profesional se encuentran obras de escritura colectiva del Instituto de Literatura y Lingüística como Historia de la literatura cubana (3 tomos) y Obras y personajes de la literatura cubana (2 tomos), así como otras de autoría individual debidas a Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Jorge Mañach, Emilio Ballagas, Desiderio Navarro, Alberto Garrandés (escritor de quien más libros ha editado), Víctor Fowler, Ambrosio y Jorge Fornet, Abel Prieto, Roberto Méndez, Mayerín Bello, Jorge Domingo Cuadriello, Rafael Almanza, José Miguel Sardiñas (en casi todas las cuales se encargó de la edición, el diseño interno y la diagramación).

Como habrán apreciado los seguidores de Cubañejerías, nuevamente traemos a ella, en calidad de invitado, a un prestigioso especialista en el campo en que se inserta su aportación. Los hasta ahora presentados no han sido colaboradores espontáneos, sino que, conocedor el titular de la columna de sus novedosos e interesantes hallazgos, les ha solicitado su contribución con el fin de diversificar los contenidos y los autores. ¡Ojalá nos cayera alguna inesperada oferta ajustada o ajustable a los perfiles de la columna! ¡La esperamos con ansiedad! ¡La pedimos con vehemencia!

Esperamos que disfruten esta incursión de Rinaldo Acosta y que con él se adentren en el aún insuficientemente explorado terreno de la ciencia ficción en Cuba y hecha por autores cubanos, género cada día más cultivado y con altas cotas cualitativas.

Ricardo Luis Hernández Otero

José Hernández Artigas: pionero de la ciencia ficción cubana

El nombre de José Hernández Artigas (La Habana, 1932-[¿1971-1972?]) probablemente no le dice mucho a la mayoría de los lectores hoy día. Pero para unos pocos, tal vez, evoca aún una época: la de los lejanos años 60 del pasado siglo, con sus luces y sombras. Periodista y narrador, Hernández Artigas trabajó en la revista Carteles (era secretario de su director, Antonio Ortega), donde alternó con Guillermo Cabrera Infante y otros escritores y periodistas de la época. Publicó cuentos, la mayoría de ciencia ficción, reportajes, críticas y traducciones en revistas y periódicos de finales de los 50 y comienzos de los 60. También se recuerda que escribió una novela, hoy perdida, que fue muy elogiada por Julio Cortázar.

Haber sido uno de los primeros promotores y autores de la ciencia ficción en Cuba es sin duda un hecho importante (la ciencia ficción sigue siendo un género muy cultivado en Cuba en la actualidad, sobre todo por los jóvenes). Pero en ausencia de los textos que respaldaran esta afirmación, no pasaba de ser un dato curioso. De hecho –y esto es importante subrayarlo– ninguna de las historias y cronologías de la ciencia ficción cubana recoge el nombre de este autor. Véase, por ejemplo, la cronología que aparece en el sitio web Guaicán Literario, el trabajo de Javier de la Torre publicado en el magazine digital Isliada, o la entrada dedicada a Ángel Arango en la prestigiosa Science Fiction Encyclopedia, sin dejar de contar el artículo que en Wikipedia se dedica a la ciencia ficción cubana.

El reciente redescubrimiento de estos cuentos (o de una parte de ellos, al menos) ha cambiado drásticamente esta situación; ahora es posible constatar que José Hernández Artigas fue, en efecto, junto a Oscar Hurtado, uno de los pioneros de la ciencia ficción cubana, que tradujo numerosos relatos del género, y que fue, con mucha probabilidad, el primero que publicó un cuento de ciencia ficción moderna en Cuba. Irónicamente, estos cuentos “perdidos” de Hernández Artigas no aparecieron en ninguna caja o carpeta olvidada en alguna biblioteca particular, sino que simplemente habían sido publicados en revistas y periódicos bien conocidos. Estaban, pues, ocultos a plena vista, como la carta del cuento de Poe. Algunos de estos textos debieron ser vistos por los investigadores, sólo que (como veremos) no se los identificó como obra de Hernández Artigas.

Comenzaré por el principio: ¿cómo se hallaron los cuentos? El punto de partida fue la lectura de estas palabras de Rogelio Llopis en el prólogo a su célebre antología Cuentos cubanos de lo fantástico y lo extraordinario (1968): “En las personas de Oscar Hurtado, poeta y prologuista de larga y comentada actuación en las letras cubanas, y de José Hernández Artigas, narrador admirado por Cortázar, el género tuvo a sus verdaderos precursores cubanos, tanto en la esfera divulgativa como en la creadora.”[1]

Llopis ya había dicho lo mismo en su artículo “Ojeada crítica al cuento fantástico”, publicado en 1966 en Bohemia.[2] Su autoridad en estos temas estaba fuera de duda, por lo tanto sus palabras eran casi un mandato para empezar a indagar. A esto se suma que el dato es ratificado por el Diccionario de literatura cubana (Cuaderno de trabajo), Letra H, de 1968 (el cual se publicó mimeografiado y no debe confundirse con el posterior de 1980), que incluye un artículo de Roberto Branly sobre Hernández Artigas donde, luego de referirse a su labor de traducción, afirma que “su obra artística, dispersa en revistas, está centrada asimismo en relatos de ciencia ficción, aparecidos hacia 1957 en Carteles, por lo que puede conceptuársele como uno de los pioneros del género en Cuba”; y, a continuación, pasa a enumerar las publicaciones donde vieron la luz textos suyos: “Bohemia, la plana “Nueva Generación” del periódico Revolución; Unión; La Gaceta de Cuba, Pueblo y Cultura y en la sección Por la libre, del rotograbado de Revolución”.

Esta información que ofrecía Branly valía su peso en oro, pues aquí estaba proporcionando varias claves para identificar al menos parte de la obra de Hernández Artigas: primero, lo reconoce como autor de ciencia ficción y señala que cuentos suyos aparecieron, entre otras varias, en la revista Carteles; segundo, lo identifica como el autor de las numerosas traducciones de ciencia ficción publicadas en la propia Carteles desde 1957 en adelante y, lo que es más importante, como el traductor de los relatos de Ray Bradbury, Isaac Asimov y otros que allí aparecen.

Al revisar la colección de Carteles correspondiente a los años 1957-1960, lo primero que nos saltó a la vista fue la ingente cantidad de traducciones de cuentos de ciencia ficción (unos 40 en total), la mayoría de ellas firmadas “H-A”. Teniendo en cuenta la antes citada información que ofrece Branly, no resultó difícil reconocer en la firma “H-A” (así: con un guion, no con puntos) las iniciales de Hernández Artigas. Esta fue la parte más fácil del trabajo, pero también un poderoso aliciente para seguir indagando. Por otro lado, constatamos también en Carteles la presencia de algunos seudónimos de aspecto insólito, como “Robert S. Oncemore”, “Mac Tomorrow” y “Mate Hard”; todos en cuentos en que aparecía Hernández Artigas como traductor, punto sobre el cual volveré más adelante.

Los primeros cuentos indudablemente de la autoría de Hernández Artigas los encontramos en La Gaceta de Cuba (una de las publicaciones mencionadas por Branly) de mayo de 1963, publicados con el título de “Cósmicas” y firmados “H-A” (nuevamente con guion, sin puntos). Estaban precedidos de una breve presentación del editor que vale la pena reproducir íntegra:

Hace años apareció en la revista Carteles un cuento de Ray Bradbury. Su traductor se firmaba H-A, siglas que simbolizaban las explosiones atómico-hidrógenas, según G. Caín.

Eso fue hace años, y ahora La Gaceta presenta estos tres cósmicos y a la vez cómicos cuentos de H-A, cubano y antiguo traductor de Ray Bradbury. Su lema es: “Desde cualquier lugar del mundo se puede mirar a las estrellas”.[3]

El cuento de Bradbury al que se refiere la nota es “La hora cero”,[4] del libro El hombre ilustrado, y es el inicio de lo que iba a ser en lo adelante la sección Ciencia-Ficción de Carteles. Pero dado que el traductor de la mayoría de estos cuentos fue José Hernández Artigas, de acuerdo con la autorizada opinión de Roberto Branly, entonces cabe identificar sin duda a Hernández como el autor de “Cósmicas”.

La firma “H-A” (con guion y sin puntos) en ‘Carteles’ (1958) y en ‘La Gaceta de Cuba’ (1963).

Los siguientes dos cuentos tal vez no hubieran sido encontrados sin la ayuda de Ricardo Luis Hernández Otero, que generosamente puso a mi disposición algunos datos de su investigación sobre “Nueva Generación”, sección o página del diario Revolución. Él había anotado la presencia de dos cuentos de ciencia ficción cuyo autor usaba las iniciales H-A, que como ya habíamos constatado era el modo en que Hernández Artigas solía firmar sus traducciones y relatos, mientras que para sus reportajes y críticas usaba el nombre completo (a veces sólo el primer apellido). Por otra parte, según Roberto Branly en “Nueva Generación” habían aparecido cuentos de Hernández. El primero de ellos era “Onomástico” (firmado, por excepción, “H. A.”). El segundo, titulado “Dios igual a hombre por velocidad-luz” deparaba una sorpresa, pues su texto se correspondía casi palabra por palabra con la parte inicial de “Intruso”, un cuento publicado en Carteles en 1958 bajo el nombre de Don Berry.[5]

Aquí, sin embargo, surgió un escollo inesperado en la investigación: realmente existió un escritor de los años 50 llamado Don Berry, autor de una historia titulada “Intruder”, publicada en la revista Venture Science Fiction en marzo de 1958, según datos de Internet Speculative Fiction Database. ¿Es el cuento de Hernández una versión o incluso una copia del texto de Berry? No lo creemos, pues sería altamente improbable que él eligiera hacer una versión de una obra traducida por él mismo tan sólo unos meses antes para una revista de tanta circulación entonces como Carteles. Más bien parece como si Hernández hubiera querido reclamar la autoría de un cuento suyo que le parecía satisfactorio. Por otro lado, la historia publicada por Don Berry no era propiamente un cuento (short-story, en inglés), sino un relato (novelette), que contaba con 16 páginas, frente a las 8 cuartillas del texto de Hernández. Y tampoco parece verosímil que la prosa casi experimental del cuento de Hernández hallara cabida en las páginas de una revista dedicada a la acción y la aventura como era Venture. Como quiera que sea, dado que queda en este caso un margen para la duda, dejamos por ahora en suspenso la atribución del cuento de Carteles.

El ámbito de los autores anglosajones de la llamada “Edad de Oro” de la ciencia ficción (años 40 y 50) es un terreno minuciosamente peinado por los críticos profesionales y fans, y la posibilidad de hallar un seudónimo desconocido es remota. Entre los autores de ciencia ficción publicados en Carteles, incluso nombres tan poco recordados hoy día como los de Roger Lee Vernon, Ann Griffith y John Leimert pudieron ser localizados, bien en la exhaustiva Science Fiction Encyclopedia, bien en la aún más puntillosa Internet Speculative Fiction Database. Los que no fueron hallados pudieran entonces ser considerados, por eliminación, como probables seudónimos usados por José Hernández Artigas. Y resulta que se trata precisamente de los nombres de apariencia más peculiar: Mac Tomorrow (cuento “Psique”), Robert S. Oncemore (“El cuerpo”) y Mate Hard (“El final”). Esto, bien mirado, no era una sorpresa, teniendo en cuenta que estamos ante seudónimos totalmente improbables, casi humorísticos, que el autor tal vez pensaba reclamar como suyos en el futuro.

Creo entonces que es posible afirmar que José Hernández Artigas es, con mucha probabilidad, el autor de los primeros cuentos de ciencia ficción moderna publicados en Cuba y que los comienzos de este género en este país se remontan a finales de los años 50 y no a 1964 como hasta ahora se había venido afirmando de manera unánime.

¿Por qué después de los 60 fue olvidado el papel de Hernández Artigas en el despegue inicial de la ciencia ficción cubana? Creo que la culpa principal recae en él mismo, al rehusar sistemáticamente firmar sus obras. Incluso firmarlas con iniciales no es suficiente, a no ser que el investigador sepa de antemano qué está buscando. Después de la muerte de Roberto Branly y Oscar Hurtado se inició una cuenta regresiva para Hernández Artigas, pues ya eran muy pocas las personas dentro de Cuba que pudieran dar fe de su trabajo como autor de ciencia ficción y divulgador del género. De hecho, se olvidaron incluso los cuentos que publicó en Revolución y La Gaceta de Cuba. Y, sin embargo, la pista no se había enfriado del todo. Hay varias menciones a Hernández Artigas (Pepe Hernández y Pepe el Loco, para sus amigos) en el libro de Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco Buscando a Caín (Ediciones ICAIC, 2012). Pero era imprescindible hallar los textos olvidados, sin lo cual esas y otras referencias no pasaban de ser –como ya dije– noticias curiosas. Hay que tener en cuenta que Hernández llegó a publicar muy poco usando su nombre durante su época de mayor actividad intelectual. No había mucho estímulo para estudiarlo a excepción de que pudiera probarse su condición de adelantado del género de la ciencia ficción en Cuba, sin duda, algo sumamente interesante.

Me doy cuenta de que estas afirmaciones causarán extrañeza en ciertos ámbitos, especialmente de la ciencia ficción cubana, donde no había ninguna noticia de la existencia de este autor. Pero creo que las pruebas son concluyentes y hay que rendirse a la evidencia. A continuación, resumo la serie de deducciones que llevaron a redescubrir seis cuentos (por ahora, pues sin duda hay más) de José Hernández Artigas:

  1. En 1966 y 1967 Rogelio Llopis afirma que Hernández Artigas fue uno de los precursores de la ciencia ficción en Cuba, tanto desde el punto de vista de la divulgación como de la creación.
  2. En 1968 Roberto Branly ratifica esto y añade que publicó en Carteles traducciones de Ray Bradbury, Asimov y otros.
  3. En Carteles se publicaron en 1957-1959 numerosas traducciones de ciencia ficción, la mayoría firmadas por “H-A”, incluidas las de Bradbury y Asimov. El primer cuento traducido de Bradbury contó con una presentación de Guillermo Cabrera Infante. Cabe suponer que H-A son las iniciales de Hernández Artigas.
  4. En La Gaceta de Cuba n.o 17 de 1963 aparecen tres minicuentos firmados por “H-A”. La presentación identifica a “H-A” como el traductor del cuento de Bradbury de 1957. Estos cuentos son, pues, de Hernández Artigas. La Gaceta de Cuba fue una de las revistas donde publicó Hernández, según Branly.
  5. En “Nueva Generación”, sección del diario Revolución (lunes 26 de enero de 1959), vio la luz el cuento “Onomástico”, firmado por “H. A.”, es decir, Hernández Artigas.
  6. En la sección “Revolución en la literatura”, de Revolución (23 de febrero de 1959), aparece el cuento “Dios igual a hombre por velocidad-luz”, firmado también “H-A”.
  7. De los autores publicados en la sección Ciencia-Ficción de Carteles hay tres cuyos nombres no se encuentran en las enciclopedias especializadas en el género: Mac Tomorrow, Robert S. Oncemore y Mate Hard. Estos pudieran ser seudónimos de Hernández Artigas.

El hallazgo de estos textos de José Hernández Artigas, así como el redescubrimiento de su labor como traductor de ciencia ficción, permiten empezar a poner en su lugar a este autor en el marco de la literatura cubana. Es evidente que Hernández fue una figura clave en el surgimiento del género en Cuba y que su posterior olvido fue el resultado de una serie de circunstancias desafortunadas. Este trabajo aún no está concluido. Es posible que una búsqueda más minuciosa revele aún otros textos de ficción de Hernández. Pero lo encontrado hasta ahora obliga a reescribir la historia de la ciencia ficción en Cuba.

Rinaldo Acosta Pérez-Castañeda

Tres cuentos de José Hernández Artigas

Onomástico[6]

Por H. A.

Ulysses Soft descendió de su automóvil, después de haberlo parqueado con suma facilidad, y se dirigió con pasos rápidos y nerviosos a la puerta principal de Hebdomadarios, S. A.

El robot-policía vigilaba la entrada.

—Buenos días −saludó Ulysses Soft, mientras continuaba su marcha−. El robot-policía lo detuvo.

—Su identificación, por favor.

—¿Cómo?

—Su identificación, por favor.

—¿Qué? ¿No me conoce usted?

—Su identificación, por favor.

—Yo soy Ulysses Soft, director de esta empresa. Usted debía conocerme.

—Su identificación, por favor.

[Ilegible]. Frunció [ilegible] cartera de mano y extrajo el carnet que lo acreditaba como director de la empresa. Se lo mostró al robot-policía.

—Perdón, amo director Ulysses Soft −suplicó el robot-policía−. Son órdenes superiores.

Ulysses Soft subió las escaleras sin contestar.

—Buenos días, Walkyria −saludó Ulysses Soft al robot-telefonista que había conocido en aquellos buenos tiempos en que los robots eran más un sueño del futuro que una realidad.

El robot-telefonista no contestó. Ulysses Soft no le prestó importancia al hecho. Walkyria siempre se encontraba muy ocupada con la pizarra telefónica.

Ulysses Soft caminó por el largo y oscuro pasillo que conducía a la Dirección, abrió la puerta de su despacho, encendió el aire acondicionado, prendió las luces y se sentó detrás de su buró de metal corrugado.

Inmediatamente oyó el ruido chirriante acostumbrado y el robot-secretario irrumpió en el despacho.

—Buenos días, Z-Z.

—No tan buenos, sahib director.

—¿Cómo? ¿Pasa algo?

—Ha llegado usted con tres minutos de retraso, sahib director.

—Eso es asunto mío.

—Tiene usted cara de no haber dormido bien, sahib director.

—¿Tiene algún problema amoroso?

Ulysses Soft fijó una mirada extrañada en el rostro inescrutable del robot-secretario.

“Debe tener interrumpido el circuito electrónico”, pensó.

—Permítame recordarle, señor robot-secretario, que mis asuntos personales no son de su incumbencia. Haga el favor de concretarse a las cuestiones de trabajo. ¿Ha hecho usted las cartas?

—¿Qué cartas?

—Mira Z-Z, no me haga perder el tiempo. Las cartas que le dicté ayer por la tarde y que deben ser puestas en el correo a la mayor brevedad.

—Perdón, sahib director. Usted no me dictó ninguna carta ayer por la tarde. Usted se debe sentir mal, sahib director.

Ulysses Soft decidió irrevocablemente reemplazar al robot-secretario. Desde hacía varios días notaba que no funcionaba bien y ahora acababa de confirmarlo. Le hizo una seña al robot-secretario para que se retirase y cuando este desapareció tras la puerta, chirriando como un maldito, levantó el auricular del teléfono y marcó el número anterior.

—Con Enmannuel, por favor.

Enmannuel era el robot-electricista.

—Enmannuel… le habla Ulysses Soft. Tenga la bondad de pasar a recoger el robot-secretario y vea qué puede hacer para… ¿Cómo? Ya sé que usted tiene mucho trabajo, Enmannuel, pero no se olvide que los asuntos de la dirección tienen prioridad… Enmannuel… Enmannuel…

El robot-electricista había desconectado la intercomunicación.

Ulysses Soft estaba sorprendido. No se explicaba el comportamiento de los robots. ¡Siempre habían sido tan eficientes! Tal vez serían las últimas exploraciones solares que afectaban sus circuitos electrónicos. En fin… había que realizar el trabajo del día.

Ulysses Soft se puso sus espejuelos, echó una ojeada a la mesa de trabajo y suspiró. Su mesa… siempre abarrotada de materiales, de libros, de revistas y folletos, [de] periódicos, [de] cartas por [respond]er, de [ilegible]…

Con un gesto mecánico buscó el rimero de cartas que recibía diariamente. No las encontró. Pensó llamar al robot-secretario y preguntarle. Prefirió no hacerlo. Era mejor dejar a Z-Z tranquilo hasta que viniesen a recogerlo.

En ese momento, Oxígeno-Hidrógeno, el robot-dibujante entró al despacho.

Oxígeno-Hidrógeno era un modelo anticuado de robot. Diseñado por Wiener como modelo experimental, su capacidad intelectual era limitada. No obstante, por su mismo infantil mecanismo, se hacía simpático.

—¿Qué tal Oxígeno-Hidrógeno, cómo le va?

—Muy mal, jefe director, muy mal. Un robot es un robot y un hombre es un hombre. ¡Qué simpático es usted, jefe director! Los tiempos cambian. Ayer es ayer y hoy es hoy. ¡Qué buen semblante tiene usted, jefe director, cuídese! ¡El cielo amenaza tormenta!

—¿Qué quiere usted decir, Oxígeno-Hidrógeno? No lo entiendo.

—Usted no sabe cómo andan las cosas, jefe director. Yo no puedo decirle. Yo también soy un robot. Pero a mí me gustan los tiempos antiguos. ¡Usted es un buen jefe, jefe director! Los talleres se preparan… Los tiempos cambian, jefe director…

—¿Pero es que pasa algo? Dígame…

Oxígeno-Hidrógeno iba a decir algo, pero se contuvo al ver entrar en el despacho al robot publicitario, T-T. Oxígeno-Hidrógeno hizo una reverencia al jefe-director y salió.

Ulysses Soft se sintió molesto por la interrupción de T-T, le hubiera gustado saber el significado de las palabras de Oxígeno-Hidrógeno. Está bien, más tarde le preguntaría.

Las celdillas fotoeléctricas de T-T radiaban contento. Con su voz metálica exclamó:

—¡Buenas noches, pashá director!

—Vamos a ver, T-T ¿qué buenas noticias son esas?

—¡Acabamos de hacer un contrato de anuncios por un millón de pesos con la cadena de tiendas Cló-Cló!

—¡Lo felicito T-T! Es usted un robot eficiente.

—Nada de eso, pashá director. Cumplo con mi deber.

—¿Cómo lo logró?

—Verá usted, pashá director. El robot publicitario de Cló-Cló y yo fuimos compañeros en la línea de ensamblaje. Desde ese día, nos profesamos una estimación mutua. Ahora quisiera pedirle algo, pashá director.

—Usted dirá…

—Pues bien, resulta que Aphrodite Concuspicissimus (ese es el nombre de mi amigo), desearía que publicara su fotografía en la portada de Hebdomadarios, S. A. Como usted comprenderá, me vi obligado a prometerle…

—Usted sabe que eso es imposible T-T. No debió prometer nada.

—Perdone usted, pashá director, pero… después de todo, un millón de pesos…

—Está bien, está bien, déjeme pensarlo…

Después que el robot-publicitario se hubo ido, Ulysses Soft se quedó pensativo. Los robots, a medida que su fabricación [sic], se parecían más y más a los seres humanos. ¡Un robot que deseaba verse en la portada de una revista! ¡Tenía gracia!

Automáticamente, Ulysses Soft miró su reloj de muñeca. Las 10 y media y no había podido revisar el material publicable. Tomó unas cuartillas con el rótulo “Sinopsis de Artículos Recibidos” y comenzó a leer:

“MUTANTE EN LA TIERRA. Ciencia-Ficción. Muy interesante. Mejor que todo lo que publica Hebdomadarios, S. A. Un mutante rebelde, con-[ilegible] [materiales] [se reproduce] por partenogénesis. Se alimenta por fotosíntesis. Transmutable.

Willy, robot-redactor, aconseja su publicación y sugiere al efendi director se abstenga de corregir este trabajo.”

Ulysses Soft se ajustó con un dedo nervioso sus espejuelos y continuó leyendo:

“LA HUMANIDAD EN PELIGRO. Fantasía esotérica. El autor de este artículo reaccionario –un hombre, por supuesto– se atreve a predecir el aniquilamiento de la raza humana por seres mecánicos. Cita poetas arcaicos para reforzar su tesis absurda. El autor padece de robotfobia y debe ser retirado de la circulación.

Impublicable.

Willy, robot-director, exige al efendi director, presente una querella por difamación contra el cretino que se ha atrevido a escribir este mamotreto infecundo.”

Ulysses Soft no sabía si reírse o tomar en serio el asunto. ¡Willy, un robot, exigiéndole que demandara a un escritor, a un ser humano por difamación! Era mejor llamar a Robots Inc., la firma cibernética que le había suministrado los robots y pedirles que hicieran un chequeo completo a todos estos malditos artefactos.

Descolgó el teléfono. Hizo girar el tono de discar. La línea exterior estaba muerta.

Apretó el botón del intercom y llamó:

—Walkyria…

—Sí, boss director.

—Walkyria, tenga la [ilegible] de conectar la línea de mi teléfono al exterior.

—Lo siento, boss director, pero todas las líneas telefónicas al exterior están interrumpidas.

—Bien, tan pronto se restablezca el servicio, tenga la bondad de comunicarme con Robots Inc.

—Sí, boss director.

Ulysses Soft se frotó la frente, arrugada por la preocupación, y continuó la lectura de sinopsis:

“MANIFIESTO CIBERNÉTICO. Por H-A, robot. ¡Magnífico trabajo! Basado en datos científicos, presenta pruebas irrefutables de la presencia, la capacidad y el sentido crítico de los robots. Exhorta a todos los robots a unirse a una cruzada por el mejoramiento de los únicos seres inteligentes de la Tierra, los robots.

Willy, robot-redactor, se ha arrogado la libertad de ordenar su publicación y…”

Ulysses Soft no pudo seguir leyendo. ¡Aquello era inaudito! ¡Un robot ordenando la publicación de un trabajo sin su permiso! Por un instante, dudó de sí mismo. ¿Estaría perdiendo el juicio? De repente, todo se había transformado en las oficinas de Hebdomadarios S. A. El robot-policía le pedía su identificación en la puerta. El robot-secretario le preguntaba por su vida privada y lo requería por llegar tarde al trabajo. El robot-electricista se negaba a cumplir una orden suya. ¡Y ahora, el robot redactor se atrevía a tomar decisiones por su propia cuenta! ¡Esto tenía que terminar!

Apretó el botón del intercom y llamó:

—Willy…

—Sí, ¿efendi director…?

—Tenga la bondad de presentarse aquí inmediatamente.

—Sí, efendi director.

Ulysses Soft se quitó los espejuelos y adoptó un gesto lo más fiero posible.

Willy, el robot-redactor hizo acto de presencia.

—¿Qué desea, efendi director?

—He leído sus sinopsis, Willy…

—No era necesario…

—¿Cómo?

—No era necesario que usted se molestara, efendi director.

—¡Ah! Dígame, Willy… ¿qué es eso de permitirse ordenar la publicación de un trabajo sin mi aprobación?

—Yo enfáticamente declaro, efendi director, que el sexo puede más que el seso…

—¿Usted también, Willy? ¡Dios mío, a dónde vamos a parar!

Ulysses Soft apretó con ambas manos su estómago y en su rostro se dibujó una mueca de dolor.

—Yo enfáticamente declaro, efendi director, que la vida humana es un ir tirando entre indiferente y tenaz y dinámica y apática…

Ulysses Soft, por primera vez en su vida, perdió la paciencia. Casi gritando, conminó:

—¡Basta! ¡Retírese!

Si Ulysses Soft hubiera tenido tiempo de pensar, al retirarse el robot-redactor se habría planteado una serie de cuestiones interesantes. Pero sucedió algo que le hizo reaccionar alarmado. Es decir, algo había dejado de suceder.

Antes de continuar la narración, es necesario [ilegible] [acción] Hebdomadarios S. A. era una publicación de gran público, famosa en el mundo entero por haber sido la primera empresa periodística que implantó la automatización parcial de sus fábricas. Toda su maquinaria era controlada por un grupo de robots especializados. Los trabajos literarios y de redacción eran manejados también por robots. Por tanto, el único ser humano en Hebdomadarios S. A. era su director, Ulysses Soft. Esto, claro está, es un anacronismo. Pero en aquella época lejana todavía los hombres hacían las leyes. Por suerte, este lamentable error ha sido remediado a tiempo. Si bien es verdad que se han necesitado veinte siglos para que los hombres comprendieran que todo el trabajo, aún los de los cargos directivos, debe ser reservado a los robots.

Lo que había alarmado a Ulysses Soft, sin darle tiempo a pensar, era que el monorrítmico ruido de las máquinas impresoras se había interrumpido. Esto era algo inaudito, porque las máquinas impresoras habían estado trabajando durante cincuenta años sin la más mínima interrupción. El ruido de las máquinas formaba ya parte del ambiente.

Y ahora, un silencio voraz se filtraba sigiloso hacia el despacho de Ulysses Soft.

—Ulysses Soft, tenga la bondad de presentarse en la sala de talleres… Ulysses Soft, ¡preséntese inmediatamente en la sala de talleres…! Ulysses Soft, ¡preséntese inmediatamente en la sala de talleres! −chilló una voz potente por el intercom.

Y se hizo una oscuridad absoluta.

Si Ulysses Soft no hubiera sido un hombre hubiera pensado de otro modo. Pero su espíritu, conformado por las guerras, le hacía activar sus mecanismos de defensa en cuanto se oliera el menor peligro. Y ahora estaba seguro que su vida peligraba. La actitud de los robots no le permitía pensar otra cosa.

“Todos ellos están confabulados para destruirme. Quizás estén haciendo lo mismo en los demás talleres, en los hogares, en… Tengo que avisar a las estaciones de radio y televisión para que den la alarma. Pero… ¿cómo, si me han quitado la comunicación al exterior? Tendré que valerme por mí mismo. Me tienen cogido en esta ratonera. Si intento salir, el robot-policía me lo impedirá. Además, es probable que ya tengan cerradas todas las puertas automáticas… ¿Qué hacer? Tengo que destruir a los robots… Tengo que… ¡Ah, ya sé! Si logro llegar hasta el interruptor central, podré quitarles el fluido electrónico. ¡Tengo que hacerlo! ¡Voy a hacerlo!”

Ulysses Soft se lanzó de su silla, tropezando contra un cesto de papeles y virándolo. Su mano recibió un golpe cortante y se llenó de un líquido pegajoso. Un dolor penetrante invadió su cabeza. ¿Se había cortado una arteria? Se pasó la mano por la boca y esta probó el sabor acre de la tinta. Abrió la puerta de su despacho y con pasos rápidos avanzó por el pasillo que había atravesado tantas veces. Tomó la escalera que llevaba a los sótanos y la bajó corriendo, sin casi pisar los escalones. La pesada puerta de acero se abrió automáticamente. Ya estaba cerca. ¡Si lograba llegar al interruptor, estaba salvado! Tropezó contra una pesada llave inglesa y cayó de bruces contra el piso. Tomó instintivamente el pesado instrumento y continuó su marcha precipitada. A unos pasos de él, estaba el interruptor. Alargó una mano como si su vida estuviera allí, en la oscuridad, como si en ese gesto estuviera la salvación de su especie, como si la vida humana y todo lo que esta tiene de bello dependiera de él, de ese último gesto desesperado. Ya estaba cerca…

Una luz potente hirió sus ojos, haciéndole perder el equilibrio. Estuvo a punto de caer, pero fue sostenido por unos grandes brazos de acero. Formando un cerco a su alrededor, se encontraban todos los robots. Y allí, a unos pasos, el interruptor que le hubiera hecho amo y señor de esos malditos seres mecánicos.

Ulysses Soft se hizo el propósito de morir dignamente. Cerró los ojos y esperó resignado su suerte. No tardó en abrirlos asombrado.

Junto a un cake iluminado por sesenta velitas, entonaban con su voz chirriante y metálica, un estribillo conocido:

Happy birthday to you

Happy birthday to you

Happy birthday Ulysses Soft Steel

Happy birthday to you

Ulysses S. Steel nunca hubiera pensado que un día como ese había nacido.

 

Dios igual a hombre por velocidad-luz[7]

Por H-A.

I

Furia… Frenesí… Fuego…

Boqueando y escupiendo largos esputos de llama anaranjada, que suben por su rostro, quemantes, abrasantes…

Lo sintió detrás de sus ojos, acariciando su cerebro, comenzando a introducirse en fuego líquido por las órbitas de sus ojos, consumiendo, devorando…

Rojo, rojo, rojo. Rojo excitante, rojo malicioso, el rojo de la sangre y el del fuego y de la ira, rojo quemante, rojo aplastante, rojo sediente…

Su padre vino a pararse junto a él, firme y alto, muy alto detrás de su catre. Era muy alto su padre, demasiado alto.

Su padre se quitó su alto sombrero de seda y lo sostuvo firmemente sobre su estómago. Este hizo una pequeña incisión en la carne, porque su padre no usaba ropas, pero era alto, era alto y algo se estiraba demasiado alto y algunas veces la cabeza de él no estaba allí, sino afuera de la nave, desde donde venía el fuego.

Acostado en su catre con las llamas saliendo de sus oídos y de sus ojos y de su nariz, con su boca llena de llamas, le dijo al padre:

—¡Hola, Papi!

Su padre asintió astutamente, sabio en su infinita altura y sus ojos oscuros y profundos observaron el rojo quemante de la cara del hijo en contraste con la oscuridad del espacio y el blanco del miedo.

—¿Papi?

De repente, su padre agarró fuertemente el alto sombrero de seda, su cara creció hasta la excitación, sus ojos (ojos altos, parejos, oscuros y profundos) se ensancharon y agarró al hijo por los hombros. Le habló, pero no hubo fuego en su boca, de eso podía el hijo estar seguro.

—Nombre y ocupación, por favor −dijo el padre con mucha excitación−. Nombre y ocupación. ¿Nombre y ocupación?

—Tú me conoces, Papi. Tú me recuerdas.

Entonces tragó una bola de llamas y esta empezó a hacerle cosquillas calientes que bajaban por su garganta. Las llamas resurgieron en su estómago y le comieron el corazón y escupieron las semillas. En el momento que llegaban al hígado gritó tan fuerte como pudo, pero no sacó nada con eso, pues su grito se convirtió en un susurro. Debía haber sido un grito de agua, para apagar las infinitas llamas, pero él no podía producir ese grito y sólo fue un débil suspiro para su padre.

—Oh, Papi, no seas malo. Tú te acuerdas de mí, ¿no es verdad?

Su padre miraba muy triste la escena, y se puso de nuevo el sombrero de seda, con dignidad, con altura.

—Eres un niño malo −dijo−. Un niño muy, muy malo.

—¿No te acuerdas de mí? ¿No te acuerdas?

—Quisiera que no existieras −dijo su padre−. Tendré que lastimarte si no desapareces.

Quería desaparecer. Lo quería intensamente, pero las llamas no le dejaban. Su cuerpo se había ido ya completamente, consumido en roja felicidad y sólo quedaba un pequeño montón de oscura ceniza almacenada en algún lugar de su cabeza.

La llama trepó rojiza hasta la ceniza, felizmente…

II

Fuego y rojo, el cuerpo consumido, el horno rugiente de miedo y el fuego y el fuego.

Miedo y fuego y rojo feliz, brillando, consumiendo, odiando…

La sed insaciable… el hambre insaciable… la vida, imposible…

Nada, no −esto, no aquí, el gran rojo de las llamas y la altura de los ojos de su padre.

El fuego consumiendo, corriendo y lanzándose en su estómago, dolor y dolor y dolor… los órganos achicharrados… quemados y muertos sin sensación, la muerte −mientras− vive y la pena y el fuego y la penetrante visión de los ojos taladrados…

¿Nombre y ocupación?

¿Nombre y ocupación?

—¿Me recuerdas, Papi?

—No lo sé.

—¡Oh, Papi!

—¡No! −gritó su padre, furioso, su cara contorsionada.

David dirigió sus ojos quemados hacia otra parte.

—¡No! ¡No! −gritó el viejo, creciendo y creciendo−. No no no no no… −su voz se perdió en un buzz-buzz de sierra.

—Papi, he perdido su frecuencia −le recordó David, pero al viejo ya no le importaba. Dijo que ya no le importaba, pero David sabía que él mentía siempre. Se preocupaba, es verdad. Pero estaba rojo de ira.

Ira roja flotando y barriendo, una corriente fogosa, llamas saltantes, furia, un río de gritos encendidos…

Arroyo, agua fresca, llama no-caliente, pero no…

Corrientes de llamas y odio y gritos, ríos y estanques y lagos y océanos de angustias amarillentas.

—Dime, Papi, quería preguntarte…

Los dientes de su padre estaban apretados, pero era sabio, sabio más allá de todo conocimiento. Apuntó su largo y huesudo dedo y lo introdujo en la cabeza del hijo, quemando con un calor blanco, penetrante.

—¡Eres un niño majadero! –gritó.

—No grites –dijo David–. Sé razonable. No debías gritar cuando dices “niño majadero”, Papi. No tiene sentido.

Su padre hurgó con el dedo en la cabeza de David y le rascó la espina dorsal con un aullido de dolor y su padre reía de verlo gritar.

—No quiero que lo hagas otra vez –dijo su padre–. ¡Nunca más! ¡Nunca!

—¿No te lo prometí, Papi?

—Nunca nunca nunca no no jamás no no no no…

Toda la negación le llegó a David. El no-conocimiento, el no-mensaje, la no-existencia, en su mente sin realidad, la no-llegada de ninguna parte, su no-padre diciéndole no.

Su padre le abandonó, creciendo mientras le dejaba, pero su dedo blanco-hirviente permanecía contorsionándose, produciéndole dolor, el dolor…

III

—¡Corre! ¡Corre, David, corre!

—Corre –dijo su padre tranquilamente–. Corre. Corre.

El corredor estaba inundado de fuego, todo era fuego y rojo y aplastado calor caliente. Respirando fuego, los pulmones tostados, la carne derretida y el conocimiento, el cosquilleante, quemante, hiriente conocimiento.

Su padre detrás de él, los ojos altos, observantes…

—Corre otra vez, corre más.

Corrió, virándose. Corrió, contorsionándose. Corrió con la agonía rasgada de los pulmones humeantes, con lanzas de afiladas puntas clavadas en su dolor, dolor.

—¿Nombre y ocupación?

¿Lugar de residencia?

Interrogatorio.

Cuestionario.

Papi queriendo saber, preguntando con fuego líquido.

—Papi, tú me conoces.

Y entonces: la incisión de un dedo todo enterrado con rojo profundo en su cráneo, los nudillos huesudos de la mano de carpintero del padre golpeando con agonía, envueltos en terror.

Agarrando. Apretando.

—Papi, por favor, no.

—Prometiste no regresar.

—Sí. Lo prometí. Lo prometí. Lo prometí.

—Igual que los otros –dijo su padre con bondad.

—Papi –le recordó–, yo no te conozco. Yo no te entiendo.

No podía respirar, no había suficiente fuego para respirar.

—Papi –le rogó–, me olvidé. Te lo prometo, pero me olvidé.

—Corre otra vez.

—Estoy cansado. No puedo.

—CORRE OTRA VEZ.

Y él corriendo, y todo el tiempo su padre acercándosele, tratando de estar con él, tratando de entrar en su cuerpo y en su mente y en su alma con el fuego…

—¡Papi! –grita David–. Él grita.

—¡Papi, no hay espacio en mí! ¡No puedes entrar! No hay espacio, no hay espacio, no hay…

—Eso es lo que te estoy diciendo –dijo su padre–. No hay espacio y tú no puedes regresar.

La mano escribió en su cerebro con letras blancas y de agudo filo:

NO TE OLVIDES.

—No, Papi –murmuró–. Tú me conoces.

La llama se enterró hondo y quemó y quemó y quemó…

IV

Papi, sé cruel, Papi [ilegible]. Papi, sé previsor, Papi, sé ciego.

—Te odio –dijo su padre.

—Te amo –dijo su padre.

—Te has ido –dijo.

Papi, sé agradable. Papi, sé mezquino. Papi, sé grueso. Papi, sé tú mismo.

—Eres un buen muchacho –dijo.

—Peso doce mil trescientas y treinta y siete pulgadas –dijo.

—Soy un millón de millones de altura –dijo.

—Papi no te entiendo, por favor háblame claro –dijo David.

—Papi estaba bravo, su cuerpo era de fuego, su sombrero eran los ácidos amargos, gritó:

¡Sin palabras! Te hablo sobre eso, es lo que te estoy diciendo. ¡Sin espacio! ¡Sin espacio! ¡Sin espacio!

—¡Soy yo el que habla! –gritó su padre y su cara se contorsionó llameante.

—¡Mis ojos son manos! –gritó, y cuando David no pudo entenderlo se encolerizó haciendo una flor de llamas que creció más y tuvo semillas, esporos [sic] de chispas, chispas de esporos sembrando semillas en su pecho-caldera hirviente.

La flor echó raíces en su pecho y floreció salvajemente en fuego blanco-rojizo de dolor, dolor.

—Papi, sé Todo. Papi, sé nada. Papi, sé Niño. Papi, sé Hijo.

—Yo soy el que habla. Yo El que habla.

Interrogatorio: ¿Nombre y ocupación y domicilio?

—Tú me conoces.

Le habló tranquilamente, pero era difícil oírlo porque la flor-fuego en su pecho florecía ruidosamente.

—Digo en mí: es la treinta y siete veintinueve doce dieciséis. ¿Lo cogiste?

Tres dobles en cada juntura haciendo seguro el staisis.[8]  He ahí lo importante que es.

—Papi –le recordó la flor-fuego suavemente– tú te burlas de mí, Papi.

—Eres un niño tonto –le replicó la flor-fuego.

Papi sabelotodo, Papi nadaes, Papi calientefrío.

—Hubo otros –dijo su padre–. Te conozco.

—Nombre y ocupación y lugar de residencia.

Se heló y quemó. Se hizo hielo y fuego.

—Te digo y te hablo –su padre estaba bravo y había un tentáculo de Nada en su garganta.

—Papi, lo que quiero decir es: ¿quién eres?

—¿Quién eres, Papi?

—¿Qué eres?

V

TU TODO UNO VINIENDO REGRESA A LA TOTALIDAD.

Afirmación: Dolor.

La flor-fuego gritando, semillas sembradas, crece y punzante más allá, maldiciendo cosquillas quemantes, afiladas y translúcidas.

Viniendo hacia dentro: TOTALIDAD REGRESO… y la flor-fuego creciendo más alta y reventando en ricos poros de chispas para simiente y semilla y crece y hace de otro-lugar este-lugar.

—¿Viniendo dentro? Papi, ¿qué es viniendo dentro? ¡Dime, Papi, dime!

Papi parado junto, Papi se mueve, Papi tocando, Papi siendo-flotando.

David gritó y gritó y gritó.

¡Papi, Papi, Papi, Papi! ¡No espacio! ¡No tiempo!

David gritando: la final agonía, llenando, reventando, sin la piedad destructiva.

No-vida-no-muerte. Mezclando dolor con dolor y gritando y nunca y nunca un final. Nunca. Nunca.

—Ahora –dijo David.

—Nunca –dijo el padre.

Rojo: Sueño.[9]

 

Cósmicas. Tres aventuras interplanetarias de finales del siglo XXI[10]

H-A

Hace años apareció en la revista Carteles un cuento de Ray Bradbury. Su traductor se firmaba H-A, siglas que simbolizaban las explosiones atómico-hidrógenas, según G. Caín.

Eso fue hace años, y ahora La Gaceta presenta estos tres cósmicos y a la vez cómicos cuentos de H-A, cubano y antiguo traductor de Ray Bradbury. Su lema es: “Desde cualquier lugar del mundo se puede mirar a las estrellas”.

 

El planeta Terra, dependiente de uno de los soles en el borde de nuestra Galaxia, descubierto por sus vecinos del sistema solar Xzyx, en el milenio 28-A (tiempo galáctico), después de un periodo de guerras intestinas, logró al fin consolidar un gobierno de unidad planetaria y estableció relaciones amistosas con los miembros del Consejo Galáctico.

De entonces acá, como se sabe, los humanos terráqueos han contribuido notablemente al intercambio cultural y comercial de nuestra Galaxia. A pesar de los inevitables conflictos y discrepancias, superados ya, el aporte técnico y cultural de los terráqueos al acervo común galáctico ha sido considerable.

Su espíritu creador (aunque destructivo a ratos), el entusiasmo juvenil de su especie (no se olvide que es sumamente joven, no se olvide que está en su niñez biológica), su afán de aventuras, su inquieta sensibilidad y una que otra rareza (sobre todo, su forma corporal, tan simétrica), han propiciado en las demás especies un ávido interés, mezclado con cierta simpatía, por conocer sus actos, costumbres y expresiones.

Sus dichos y hechos han pasado así a formar parte de la cultura galáctica, y andan de mente en mente por todos los planetas habitados y se cuentan, como medio de distracción, en los planetas en proceso de colonización.

La Academia de la Lengua Terráquea, adscrita a la Academia de Curiosidades Anacrónicas, se ha encargado de recopilar los ejemplos e historias más conocidos, así como las palabras y expresiones nuevas, su origen y significado.

(De la Enciclopedia Galáctica –revisada y corregida– Ediciones Virgo, de la Estrella X7-3,267,599Za, Anno 25 la Era Unificada)

1

CASO: EKATERINA ROMANINOVA, “Señorita Terra 2938”

En el mencionado año, Ekaterina Romaninova ganó el concurso Señorita Terra y fue premiada con un viaje alrededor de la Galaxia.

En las fotos de la época, se la ve vistiendo una hermosa piel blanca de gato mutado, otro de los regalos recibidos, y que ella exhibía orgullosa a cada uno de los planetas que visitaba.

Sin embargo, Ekaterina Romaninova no pudo completar el viaje, pues desapareció en el planeta T-A-Inak.

He aquí lo que, según parece, sucedió:

Los nativos de T-A-Inak le prepararon a Ekaterina una recepción efusiva en el espaciopuerto. Una inmensa multitud cubría toda la t-a-inaka al descender la Señorita Terra de la nave espacial. Al poner el pie en la escalerilla, la joven emitió una de sus más logradas sonrisas y comenzó a lanzar ardientes besos a los t-a-inakos.

(Los t-a-inakos, como se sabe, eran una especie mutante, cruce de gato montés terráqueo con poseidones denebianos, únicos seres vivos que pudieron resistir los primeros tiempos de aclimatación, sin bóveda protectora, en el inhóspito planeta. No es de extrañarnos, pues, que se sintieran molestos al ver la piel de un familiar, aunque lejano, sobre los hombros de la beldad terráquea.)

La chaperona de Ekaterina –todavía existía esa costumbre bárbara en Terra–, mujer sabia aunque vieja, comprendió la razón del resentimiento por parte de los t-a-inakos.

Una vez que llegaron al albergue, Ekaterina extrajo la piel de gato mutado del incómodo lugar donde la habían escondido, y comenzó a chillar de una manera impropia de una Señorita Terra. Sus ojos chispeaban retadores.

Sorda a todas las advertencias y exhortaciones de su chaperona, vieja aunque sabia, Ekaterina se echó su piel de gato mutado sobre sus hombros y salió a pasear por las calles t-a-inakinas.

Y, desde entonces, nunca más ha sido vista, en estado vivencial, la Señorita Terra 2939, Ekaterina Romaninova.

Aunque no ha podido ser confirmado, se rumora que la “Señorita-Mejor-Vestida-de-T-A-Inak 2939” ganó el título ostentando una hermosa piel humanoide, de tipo femenino.

2

CASO: D MIRGZ, Planeta Achernari, Sol 99-9-RT-J

Para sus coachernianos, D Mirgz era un espécimen particularmente bello.

Sin embargo, para los humanoides, la apariencia de Mirgz era, en verdad, horripilante. Especialmente los terráqueos sentían una aversión tan marcada que sus organismos se paralizaban de terror ante la visión de un achernariano.

La visión de un terráqueo era igualmente desconcertante, por no decir más, para Mirgz, pero en su caso el efecto era aún más dañino, pues siendo un achernariano de gran sensibilidad, no podía soportar la repulsión de los humanoides.

La única manera de liberar su tensión emocional, ante la ofensa del humanoide, era soltándole un latigazo eléctrico con su tentáculo de tejido muscular magnetizado.

De esta manera, en 2942, Mirgz electrocutó a un aterrorizado terráqueo, mientras que la nave espacial que él astroguiaba se encontraba en el planeta Calixto. Para escapar de sus enfurecidos perseguidores, Mirgz se ocultó a bordo del carguero Procyon, poco antes del despegue.

Mirgz se las arregló para permanecer escondido durante la primera parte del viaje. Pero al ver que Malorio Quale, el piloto y único terráqueo de la nave, se encontraba en peligro, impulsivamente Mirgz arriesgó su vida para salvar la de Quale.

Desde su escondite, Mirgz vio cómo Quale estaba a punto de perecer electrocutado por un conductor magnético. De un salto, Mirgz cayó sobre el semiconductor, recibiendo el impacto del corto circuito sobre su propio cuerpo. Un gran estallido cegador fundió una de las glándulas fusibles de Mirgz y produjo quemaduras faciales a Quale.

Los poderes regenerativos de Mirgz pronto le devolvieron la salud. Quale, rebosante de gratitud, tuvo que esperar a quitarse los vendajes que le cubrían el rostro y parte del cuerpo antes de poder darle las gracias a su salvador.

Cuando llegó el momento, Quale corrió al cuarto de astroguía, donde Mirgz lo reemplazaba en la conducción de la nave.

Al posar su mirada en Mirgz, las palabras de agradecimiento que Quale había preparado se le atragantaron y su rostro humanoide mostró las señales inequívocas de un terror agudo.

Mirgz no tuvo otro remedio, para liberar su tensión emocional, que soltarle un tentaculazo a Quale, gesto que lamentablemente puso fin a lo que pudo haber sido una bella amistad entre un achernariano y un terráqueo.

Los jueces del Consejo Galáctico absolvieron a D Mirgz de una doble acusación de asesinato (Terráqueos vs. D Mirgz, anno 2944), y ese mismo año se crearon las Escuelas para la Asimilación de Impresiones Visuales Extraordinarias, en los 817 511 planetas habitados de nuestra Galaxia.

3

ERROR DE MICKEY: Un acto con trágicas consecuencias, paradójicamente resultante del mismo conocimiento de que tal acto traerá tales consecuencias.

Jorge Mateo Mickey (2743-2765 Era Universal), era un arqueólogo terráqueo. Fue en un viaje de investigación al planeta 32B796, cuando cometió el error que perpetúa su nombre.

Parece que Mickey no tenía mucha experiencia en la especialidad. Los documentos indican que llegó al planeta con sólo seis semanas de suministros, aunque tenía el propósito de permanecer tres meses. Sin embargo, este no fue el “error de Mickey”, pues siempre existía la posibilidad de adquirir alimentos de los nativos y acostumbrarse, en aras de la ciencia, a ingerirlos. Además, como demostrarían acontecimientos posteriores, Mickey sólo necesitaba dos semanas y un día de suministros.

En esos tiempos, los nativos del planeta 32B796 tenían una cultura similar a la de los terráqueos del Paleolítico Medio. Este hecho hizo que el estudio de Mickey sobre la vida diaria de los nativos fuera breve, ya que esta consistía en una simple lucha por la existencia. Bien pronto, Mickey pudo dedicar su atención a desenterrar reliquias de tipo religioso, guardadas en las tumbas colectivas.

Ese tampoco fue el “error de Mickey”, ya que los nativos permitían a los extranjeros hacer todo tipo de investigaciones en sus antiguos monumentos necrológicos, a cambio de los productos de la civilización galáctica, tales como cuentas de vidrio, latas de conserva vacías para adornos, etc.

En las tumbas recién abiertas Mickey encontró, enterradas junto a los difuntos, un buen número de herramientas. Este descubrimiento excitó a Mickey (los terráqueos del Paleolítico Medio habían enterrado herramientas con sus muertos), quien declaró de inmediato la tesis de una tendencia universal de las especies galácticas al desarrollo paralelo con el prototipo humanoide.

Mas, aunque esa tesis única de Mickey fuera hecha polvo por los trabajos subsiguientes del uxorólogo Stenier, ese no es considerado tampoco como el “error de Mickey”.

Las notas científicas de Mickey terminan en este punto, pero podemos reconstruir, por las leyendas que han quedado entre los nativos del planeta 32B796, el resto de lo sucedido.

Mickey se comunicó con los nativos por medio de gestos. Les preguntó si ellos seguían enterrando sus herramientas junto a los muertos.

Los nativos movieron sus cabezas, negando.

Mickey, frenético, los acusó de mentirosos.

Pero no fue ese el “error de Mickey” sin embargo, ya que los nativos que se habían congregado a su alrededor no le prestaron mayor importancia a sus modales. Encontraban graciosa la incapacidad del extraño para comprender lo que para ellos era tan sencillo.

Al fin, después de grandes esfuerzos, pudieron explicar a Mickey que ellos no enterraban las herramientas con los muertos. Era todo lo contrario. Cuando alguien, accidentalmente, rompía o destruía una herramienta, era la herramienta lo que ellos enterraban.

Y luego, enterraban al que la había roto… junto a la herramienta.

Esta revelación excitó profundamente a Mickey. Tan profundamente, que en su ansia por anotarla, se apoyó con demasiada fuerza sobre su lápiz, y le rompió la punta…

Ese sí es el “error de Mickey”.


Notas:

[1] Rogelio Llopis: Cuentos cubanos de lo fantástico y lo extraordinario, Equipo Editorial S. A., La Habana, 1968, pp. 28-29.

[2] Cfr. Rogelio Llopis: “Ojeada crítica al cuento fantástico”, Bohemia, La Habana, n.o 39, 30 de septiembre, 1966, p. 34.

[3] H-A [José Hernández Artigas]: “Cósmicas”, La Gaceta de Cuba, n.o 17, mayo, 1963, p. 6.

[4] Cfr. Ray Bradbury: “La hora cero”, Carteles, n.o 28, 14 de julio, 1957, p. 92.

[5] Don Berry [José Hernández Artigas]: “Intruso”, Carteles, n.o 25, 22 de junio, 1958, pp. 58-60 y 129.

[6] Tomado de “Nueva Generación”, Revolución, La Habana, lunes 26 de enero, 1959, p. 5.

[7] Tomado de la página “Revolución en el arte / en la literatura”, Revolución, 23 de febrero, 1959, p. 2. Como parte de un cuento más largo (“Intruso”) y bajo el seudónimo de “Don Berry” fue publicado inicialmente en Carteles, n.o 35, 22 de junio, 1958, pp. 58-60 y 129.

[8] En la versión de Revolución, antes de “Tres dobles…”, aparece una frase casi completamente ilegible: “[e]n su barriga y tuvo sime[…]”.

[9] Hasta aquí llega la versión publicada en Revolución.

[10] Tomado de La Gaceta de Cuba, año 2, n.o 17, 2 de mayo, 1963, pp. 6-7.

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