Jorge Mañach
Jorge Mañach

Renovarse o morir: tiempo llevaban las CUBAÑEJERÍAS sin ofrecer señales de vida. Como tal vez algunos hayan supuesto, y acaso otros deseado, no estaban “ni desaparecidas ni muertas”, sino en el doloroso tránsito hacia otro alumbramiento. Algo retardado, es cierto (tengan en cuenta la avanzada edad del gestante), más por indecisión sobre qué aportar en una nueva entrega que por falta de interés de su autor por darle continuidad al empeño, al que desea sumar como colaboradores a quienes se interesen en sus orientaciones pesquisatorias y en sus perfiles temáticos. CUBAÑEJERÍAS y su creador-redactor quieren aprovechar en esta vuelta a su reducto habitual las amplias muestras de simpatía que sus tres primeras apariciones han despertado entre lectores de disímiles procedencias profesionales y latitudes. Hay quien en mensaje ha aludido ya a algo así como una confraternidad de la que formarían parte tod@s bajo la denominación de “cubañejer@s”. Asimilando tal posibilidad, se invita a la formación del “Círculo Internacional de Cubañejer@s” (CIC), que serviría para dinamizar y colectivizar la sección con la atención a solicitudes, por parte de sus integrantes, de autores y temas que desearían ver recogidos en ella, para enriquecerla y diversificarla, siempre y cuando el creador-redactor poseyese muestras en sus archivos o tuviese posibilidad real de rastrearlos exprofeso en sus habituales fuentes de información, no importa cuán extraña pudiese parecer la solicitud; así como, incluso, podrían remitir “cubañejísimos” materiales de su conocimiento o en su posesión, presentados por ell@s mism@s o por el creador-redactor, según convinieran entre ambos, lo que l@s convertiría, siempre que se aceptase su propuesta, en colaboradores explícit@s de la sección (o columna) y daría a esta una dimensión de interactividad que la haría más provechosa para tod@s. Queda hecha la invitación. Criterios y adhesiones a nombre del creador de la sección: Ricardo Luis Hernández Otero: rhotero46@gmail.com. Y sin más pasamos al tema o asunto que nos convoca en esta ocasión.

Menos de un lustro resta ya para el centenario de la Protesta de los Trece, acontecimiento que desde su ocurrencia en La Habana el 18 de marzo de 1923 ha sido estimado como parteaguas entre el un poco desvaído y escéptico quehacer de los intelectuales y artistas en la etapa inicial del devenir republicano del país y el inmediatamente posterior pleno de ansias de renovación y cambio del status quo. Muchas han sido las aproximaciones a tan singular hecho, la mayor parte de las veces meras repeticiones a partir de las mismas fuentes y, sobre todo, enfatizando siempre la figura del líder indiscutible del movimiento cívico-patriótico que abrió: Rubén Martínez Villena. De participantes del relieve de Juan Marinello y José Zacarías Tallet se conocen y reiteran testimonios muy posteriores, posiblemente teñidos por la pátina que el paso del tiempo había sedimentado sobre los recuerdos. Sin embargo, de algunos que enrumbaron posteriormente su ciclo vital hacia otros destinos fuera de la Isla, aunque no siempre del todo borrados de la rememoración anual, sí en ocasiones han sido subsumidos, es decir, “ninguneados” en un genérico “entre otros”.

Entre estos últimos destacamos, en esta CUBAÑEJERÍAS, la aún hoy controvertida figura de Jorge Mañach, del cual presentamos tres olvidados artículos referentes al hecho, a sus relaciones espacio-temporales con acciones de similar cariz cívico-patriótico estrictamente coetáneas y al decurso inmediatamente posterior de los acontecimientos en torno al mismo. Téngase presente al leerlos que, aunque Mañach no era en estricto sentido cronológico el benjamín del conjunto de “protestantes”, sí había sido posiblemente el último de ellos en incorporarse a las actividades de aquella joven hornada de intelectuales, escritores y artistas, por sus largos años de estancia como estudiante fuera del país, donde su firma, sin embargo, era ya conocida desde el lejano 1916. Esta inserción de Mañach en un grupo que, aunque heterogéneo, se había mayormente formado al calor de los estudios universitarios y de otras actividades de índole cultural y bohemia en La Habana, al menos desde 1918, tal vez ayude a explicar sus frecuentes encontronazos y discrepancias con el resto. Préstese atención, en el tercer artículo, al modo de referirse a Martínez Villena (“Rubén”, “nuestro Rubén”), que al reiterarse en la conocida polémica entre ambos en 1927 molestaría sobremanera al autor de La pupila insomne.

La Protesta de los Trece, que cada año es rememorada en la prensa nacional cubana como un hecho de especial relevancia en el devenir de la república anterior a 1959, que se presenta como modelo de actuar cívico en la defensa de los intereses del pueblo y de la Patria, tiene aún muchas aristas pendientes de estudio y análisis, pues no sólo no fue un hecho aislado, como en parte manifiestan estos textos de Mañach, sino que tiene antecedentes bien cercanos en el tiempo que es necesario hurgar a través de la prensa, no para restarle significación, sino para contextualizarla mejor y darle mayor realce aún, para afianzarla como modelo de actuar ciudadano en cualesquiera circunstancias en que un derecho o un bien del pueblo sea vulnerado o mal administrado. Con la publicación de estos textos olvidados de uno de sus protagonistas, escritos al calor del suceso, esperamos despertar la atención con vistas a su ya bastante próximo centenario. Queden, entonces, con estos olvidados textos de Jorge Mañach, del cual estamos conmemorando los 120 años de su nacimiento y de quien en futuras entregas ofreceremos nuevos materiales de sumo interés.

Desde Alamar, La Habana, 7 de agosto de 2018

La abuela y el benjamín

Era una abuelita blanca.

Era una de esas abuelitas arrellanadas en su butacón, frente a una ventana por donde ven pasar la vida. Apenas hablaba ya, la viejuca. Sólo de vez en cuando, muy triste, se le escapaba del pechecillo combo –como buche de ave– un hondo suspiro de desesperanza, ante los desmanes de los nietos.

¡Los nietos! En ellos había cifrado la viejecita todas sus ilusiones. La sabiduría y la mediación ecuánime de ella habían conquistado, para la familia, independencia y honor. Y ella, la abuelita blanca, había dejado a su prole este legado, ungido de mimos y esperanzas.

Luego, fue una historia vulgar. La de siempre.

El modernismo mediocre invadió las voluntades con su fiebre de oro, con su descuido de ideales, con su cinismo arribista, con su preocupación de exotismo, de bienestar y de mando plebeyo; e iniciando en aquella casona, santificada por mil heroísmos, un lento desplome de dignidades, los nietos se hicieron prósperos a costa de todo. Latía aún, allá en lo hondo, la conciencia familiar; pero con un latido tan tenue, tan de las últimas fibras, que ya no lograba sacudir la voluntad buena de los nietos… Sólo un último vástago, apenas salido de la adolescencia, se revolvía a las veces, romántico y airado, contra aquel divorcio entre la voluntad y el dictado íntimo.

La viejecita lo había mirado todo, melancólica e inerme, desde su rincón, junto a la ventana. Por sus ojillos desvaídos habían pasado alternadamente luces efímeras de indignación y de frustrada esperanza. ¡Qué en balde! ¡Su vejez sólo se confortaba en una evocación melancólica de idealidades antiguas y muertas!

* * *

Pero he aquí que, un buen día, cuando menos se esperaba, los labios trémulos de la anciana hicieron un gran grito de dolorida protesta. Lo senil cobró de súbito lozana robustez. El bastón valetudinario se alzó en un gesto de disciplina. En toda la casa, que los nietos gobernaban, había un hondo estremecimiento, como si latiera rápida y vital al fin, aquella conciencia que se moría.

Y el último vástago, que era la nueva generación, corrió a erguir su vigor mozo junto a las canas de la abuelita blanca.

* * *

La Sociedad Económica de Amigos del País acaba de hacer un “llamamiento a los cubanos”.

Esto, a los ciento treinta y un años de noble vida. ¿Quién habló de vetusta inutilidad contemplativa, de senil anquilosis? Militancia quiere decir aptitud y disposición para la protesta.

Como en la fábula de la blanca viejuca, habrá un gesto de auxilio juvenil. Ella ha hablado a todos los nietos; los últimos, por lo menos, estarán con ella.

Y es que ya hacía tiempo que los benjamines venían aprestando su moceril voluntad de reivindicación. Sólo no lo han visto los que no han querido verlo, o los que piensan que estos movimientos renovadores han de ser pintorescos y estentóreos, tener un nombre raro y portar camisetas negras o sansculottes. La teatralidad siempre, que es como decir el lirismo huero y la oratoria.

Pero los indicios han sido bien claros y bien serios. En estas mismas columnas, ha recogido el glosador la significación íntima que le parecía tener aquella que se creyó algarada estudiantil y que hoy se llama rectificación universitaria. Luego, subrayó la intención nacionalista del movimiento folklórico, que buscaba hacer patria merced al movimiento del espíritu propio. Y en fin, ha poco tuvo oportunidad señalada de apuntar a la existencia de un “romanticismo oculto”, “una vasta corriente subterránea de aspiración ideal”, que ya anda por los brotes.

El otro día, con ocasión de un “homenaje” feminista a la grande uruguaya Paulina Luisi, la “juventud intelectual”, haciendo violencia a la honda simpatía que le inspiran las actuales gestiones libertarias de nuestras mujeres, tuvo cierto gesto de censura personal que ya es de dominio público.

Entre aquel gesto y este “llamamiento” imprevisto de la Sociedad Económica no había enlace calculado. Pero ciego estará el que no vea, entre ambos, una afinidad involuntaria y recóndita, una similaridad de intención, que les viene de esta sorda impaciencia en que tiembla el alma nacional.

Abuela, abuelita blanca, los benjamines, por lo menos, están contigo.

(Diario de La Marina, edición de la tarde, 22 de marzo, 1923, p. 1, columnas 6-7)

Lo del procesamiento

Es una delicia el estar procesado.

No digo que lo sea también el ir luego a la cárcel, mesón promiscuo. Pero el estar procesado es, en sí, una delicia, sobre todo si es por “injurias”.

Hay, en primer lugar, aquella oportunidad de revisión íntima, que da siempre, a un hombre de mediano pudor, el contacto con esa sanción organizada conocida por “la Justicia”. Uno se pregunta si en realidad ha hecho bien o habrá hecho mal; ejerce su criterio moral y social sobre sí mismo; y si uno tiene la postura de llegar rigurosamente a la conclusión de que ha hecho bien, experimenta entonces la fruición inefable del pequeño martirio. ¡Qué gusto da ser un poco mártir –un martircito– en la época de los apóstoles!

Luego, hay la expectación: aquella leve intranquilidad curiosa, aquel no saber netamente a qué atenerse, aquel ritmo con que circulan por el ánimo las corrientes alternas del humor óptimo, y del humor pésimo. ¿Cómo parará esto? ¿Qué hará ahora la parte contraria? Es un ajedrez espiritual: una aventura incierta, como la vida. Para quien odie las atroces perspectivas fijas (¡qué ser más triste sería una locomotora si tuviese alma!), vivir así, a la expectativa de lo externo, pero movido siempre de la vocación interior, es de una voluptuosidad acendrada.

En nuestro caso, claro está que hay una coincidencia de circunstancias amables y propiciadoras. Todo ello está revestido de cierto romanticismo: el hecho de que seamos trece (13) los procesados; el hecho de que aquello fuese un “gesto cívico”, aunque ahora se le quiera rebajar a la categoría villana de “injuria” personal; el hecho de nuestro “divino tesoro”; el hecho de que los trece jóvenes seamos de los que llaman, por mal nombre, “intelectuales”, y que entre nuestros trece apellidos, los haya que son ilustres o sonados. Todo esto acentúa el aspecto martirológico.

¡Y ser romántico cuando soplan auras de cinismo! ¡Y exponerse a “la sombra”, cuando hay tantas panzas patrióticas que eructan sus aprovechamientos bajo el sol!

Sí, en esta satisfacción íntima de la propia gallardía está la delicia; no en el comentario ajeno. La simpatía suele ser muy adulterada. Los más dicen:

―¡Hombre, no estuvo mal el gesto de esos muchachos, eh! Conviene que la juventud enseñe los dientes…

Pero en lo hondo piensan: “¡Bah! Una niñada… una salida de tono… Hay que ver que es muy molesto que a uno lo detengan al empezar un discurso… Y total: el doctor Regüeiferos no es ni mejor ni peor que los demás; y es una persona de edad, caballeros; y había mujeres allí…” Se pone un énfasis aparentemente simpático, pero malévolo, protector, peyorativo en el fondo, al referirse a nuestra juventud. Creen que no debían hacernos nada: ¡pobrecitos, no sabíamos lo que decíamos! A lo sumo, tíresenos de las orejas, o dennos palmeta en los artejos, para que no lo repitamos; pero ¡procesarnos! Es tomarlo demasiado en serio…

Hemos llegado ya a aquel nivel de moral colectiva en que hay que defender piadosamente lo cívico, llamándolo romántico y lo romántico tachándolo de locura o de lirismo juvenil e irresponsable. Se recalca nuestra mocedad para explicar y disculpar el que hayamos osado sentirnos ciudadanos y expresar nuestro criterio.

* * *

¡Nuestro criterio! ¿Pero es que tiene beligerancia nuestro criterio? ¿Qué derecho es el nuestro a opinar, si no tenemos de resguardo una rotativa más un acta de representante?

Porque esto, y no otra cosa constituye la pretensa injuria. Aquella tarde, en la Academia de Ciencias, Rubén Martínez Villena se puso de pie en los momentos en que iba a hacer uso de la palabra, no el Secretario de Justicia, sino el ciudadano Dr. Regüeiferos.

Rubén es un poeta; pero es hombre comedido que sabe de todos los escrúpulos humanos y sociales. Pidió la palabra suavemente. La palabra le fue suavemente concedida. Rubén se sirvió de ella para decir sus respetos al Club Femenino de Cuba, cuya era la amable hospitalidad en aquellos momentos; y para protestar luego, en forma de caballero, contra la actuación de “ciertos funcionarios tachados por la opinión pública”.

El Doctor Regüeiferos se sintió, naturalmente, aludido, aunque su nombre no se pronunciara. Un manifiesto, publicado al día siguiente en el Heraldo de Cuba, con algunas adulteraciones, puntualizaba y solidarizaba la protesta, evitando que se le aplicase maliciosamente al ilustre autor de “Sacrificios” [sic] aquel sabroso refrán de que “Quien se pica…”

Ahora bien, la actuación de un funcionario puede tacharse de mil maneras: de inmoral, de torpe, de equivocada. Sólo una tacha, a lo que me parece, es susceptible de que se le considere injuriosa: la de inmoralidad. ¿Por qué se pica el insigne autor de “Sacrificios” [sic]?

* * *

Pero es una delicia, créanme ustedes.

(Diario de La Marina, edición de la tarde, 5 de junio, 1923, p. 1, columnas 6-7)

Nosotros 13

El fiscal –no sé exactamente qué fiscal: un fiscal, un señor fiscal– dizque acaba de presentar un escrito de conclusiones en la causa que se nos sigue, a mí y a otros doce compañeros mártires, por el supuesto delito de injurias al doctor Regüeiferos.

Pide para cada uno de nosotros el Ministerio Público la pena máxima que prescribe la ley; a saber, ciento ochenta días de prisión –prisión correccional, a lo que imagino–. Y como se ha venido diciendo, reiterada y cómodamente, que no hay lugar a que nadie nos defienda, puesto que todos los trece procesados en cuestión somos “publicistas”, fuerza es que nos dediquemos, lector, a abogar en la propia causa.

* * *

No espere nadie, empero, que yo me desate en injurias contra el doctor Regüeiferos. El doctor R. (perdóneme el Señor Secretario la abreviatura en gracia a la economía), el Dr. R. no ha hecho en todo este pleito sino reaccionar como cualquier hijo de vecino. También los hijos del pueblo tienen su corazoncito, como dice la zarzuela, y no es lógico inferir que porque un señor S. de J. ande falto del amor propio que caracteriza a los demás mortales.

Yo, francamente, hasta admiro la reacción del Dr. R. Los gobernantes aquí, y particularmente en este período de confusión que atravesamos, nos tienen acostumbrados a todo lo contrario. Se les suele importar un comino la censura ajena. Representantes del pueblo, una vez apoltronados en el poder, se mofan de la pobre plebe constituyente e ingenua: acogen el epigrama o la impugnación iracunda con un tic impudoroso, una risita sardónica o esa pétrea impavidez que el pueblo ha dado en llamar, paradójicamente, “velocidad de cara”.

El Dr. R. no. El Dr. R. no tiene velocidad facial. Aquella tarde trágica de la Academia de Ciencias, cuando Rubén (ya le llamamos así a secas: como al de Nicaragua) declaraba suave y enfáticamente ante el Dr. R. que “un grupo de jóvenes intelectuales cubanos protestaba contra ciertos funcionarios tachados por la opinión pública”, aquella tarde, digo, el Dr. R. se puso pálido primero, luego se sonrojó, luego se indignó. Esto dice bien de [sic] Dr. R.

Enseguida, nosotros redactamos para el Heraldo de Cuba una suerte de manifiesto lírico en que justificábamos nuestro flamante “gesto”. El Heraldo de Cuba, al día siguiente, publicó ese manifiesto adulterándolo a su guisa, a tenor con las actitudes peculiarísimas de ese diario de oposición.

* * *

Parece, empero, que la versión del Heraldo no fue lo que airó al Dr. R., sino la personal y directa, aunque urbanísima, alusión de nuestro Rubén en la Academia. Y su ira fue decorosa y pertinente también, porque allí había señoras y no se puede pedir humanamente que el Dr. R. se resignara a sufrir merma en el concepto femenino.

Así pues, tras la indignación vino la querella; tras la querella, nuestra deliciosa obligación respectiva de ir todos los lunes al Juzgado a dejar trece orondas firmas; y tras todo esto, la traslación de la causa a la Audiencia, y el escrito del señor Fiscal pidiendo poco menos que nuestras líricas cabezas.

¿Cómo culpar al Dr. R.? En su lugar, cualquiera hubiese hecho lo mismo. El derecho a la indignación es uno de los más primordiales derechos; de su ejercicio libre en la República, el S. de J. debe ser el primero a dar ejemplo.

* * *

Claro está que lo deplorable de todo esto es que el Dr. R., refrendando un decreto presidencial que no queremos calificar, diera lugar a que trece cubanos nos sintiéramos cívicos y dispuestos a la asonada aquella. Pero así fue.

De donde resulta que nosotros ejercitamos un derecho: el de protesta ciudadana; y el Dr. R., a su vez, otro derecho: el de protesta personal. El Señor Fiscal entiende, por lo visto, que este derecho debe privar sobre aquel: que la indignación del Dr. R. debe sojuzgar la nuestra.

¿Y vamos a indignarnos nosotros por esto también? Esa es una opinión del docto y legalísimo Señor Fiscal…

* * *

Se ha hecho muy sabrosa comidilla acerca del asunto. El Dr. R., justo es decirlo, tiene algunos amigos; nosotros, los trece (13), también los tenemos. Y unos y otros, animados de conmovedora magnanimidad, han cambiado dimes y diretes, insinuaciones y consejos para que el Dr. R. y nosotros hagamos las paces.

―Vea, doctor, que son trece muchachos “bien”; sólo que…

―Vean, caballeros: que el doctor es una buena persona. Algo condescendiente, si acaso; pero un hombre honrado…

Tantas han sido las oficiosas embajadas, los mimos y las zalemas, las atenuaciones y los eufemismos traídos y llevados, que entre unos y otros nos han puesto al Dr. R. y a los 13 en la situación clásica de los dos enamorados vueltos de espalda en un sofá por cualquier nubecilla de verano.

Pero nosotros 13 seguimos en nuestros trece. Nosotros entendemos que nuestra indignación cívica está por encima de la indignación particular del eximio dramaturgo. Nosotros no queremos “dejar mal” al buen público que nos ha llamado “idealistas” e “intelectuales”: si idealistas, somos aún demasiado jóvenes; no estamos aún lo bastante preparados para ciertas transigencias intelectuales, queremos que triunfe la verdad debidamente arbitrada. ¿No le interesa esto igualmente al Dr. R.?

En fin, si nuestro mísero sino, nuestro décimo-tercio sino es la condena, tanto peor para el prestigio de la patria.

(Diario de La Marina, edición de la tarde, 12 de septiembre, 1923, p. 1, columnas 6-7)

Por RICARDO HERNÁNDEZ OTERO

RICARDO HERNÁNDEZ OTERO
Ricardo Luis Hernández Otero (La Habana, 1946) es investigador y profesor universitario. Por cuatro décadas laboró en el Departamento de Literatura del Instituto de Literatura y Lingüística de Cuba. Sus campos de especialización comprenden aspectos como la prensa cubana, el vanguardismo y la obra de José Martí, entre otros. Es coautor, con J. Domingo Cuadriello, de Nuevo diccionario cubano de seudónimos y autor de las compilaciones Escritos de José Antonio Foncueva, Revista Nuestro Tiempo, Crónicas [de Excelsior] de Alejo Carpentier, Sociedad Cultural Nuestro Tiempo: resistencia y acción, Mirta Aguirre: España en la sangre; España en el corazón. Actualmente integra el Comité gestor que prepara la reaparición de la Revista de Literatura Cubana.

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