Joaquín Edwards Bello
Joaquín Edwards Bello

El día de su suicidio, una aletargada tarde capitalina de febrero de 1968, era domingo y estaba en su casa de la calle Santo Domingo abajo, cerca de la Quinta Normal. Pidió a su esposa que le fuera a comprar un diario para alejarla del ruido del balazo que pensaba descargarse con el potente revólver que le había regalado su padre, firmemente agarrado con la mano derecha. El impacto abriría un agujero fatal en su atiborrada cabeza, llena de historias, anécdotas, personajes, relatos, viajes, palabras y sueños. Así puso fin a sus días y noches don Joaquín Edwards Bello, nacido en 1887, en Valparaíso, la ciudad del viento.

Joaquín Edwards Bello fue un cronista, novelista, fabulador y apasionado crítico, severo y sin contemplaciones, aunque jamás exento de ironía y humor, de la indolencia cívica de los chilenos. Contaba que en sus años parisinos –porque adoraba a París tanto como a Valparaíso– sus amigos artistas le preguntaban a monsieur Jacques de qué país provenía y Edwards Bello no se arrugaba al responder:

―De Chile.

Acto seguido surgía la pregunta imposible de contestar:

―¿Es eso posible?

Por esos años, los veinte del siglo pasado, el músico Acario Cotapos, mejor bohemio que compositor, sugirió vender Chile a los gringos, que compran todo, y con ese dinero adquirir un país más chico, más barato y menos agitado cerca de la capital de Francia. Don Joaquín odiaba y amaba en forma simultánea tanto a mujeres que circundaban en su vida y su corazón como a amistades, lugares y hábitos individuales y sociales. Era un escritor riguroso y disciplinado, además de investigador. Donó al Archivo del Escritor de la Biblioteca Nacional su colección de recortes de prensa en torno a la literatura chilena, destinado a los curiosos y a los investigadores. Conservaba con pasión lo que en Chile se bota.

Veía a Valparaíso, su ciudad natal, como una nave arrastrada por los vientos que la sumergían en el océano con sus casas tambaleantes en los cerros y un tiempo después emergía intacta cuando sus habitantes la requerían de vuelta.

Edwards Bello publicó su novela El inútil en 1910 y provocó un remezón en la sociedad chilena de la época, al punto que su joven autor huyó a Brasil, para ocultarse, debido a la audacia de su protagonista, él mismo, viajero, ludópata, seductor. Siguió con la literatura, el vicio impune, los viajes, los amores y los libros, publicando sin tregua en especial en la legendaria editorial Zig-Zag. Era, además, adicto a los juegos de azar, perdió en los naipes fortunas y retazos de su vida de soñador. Su novela La chica del Crillón, 1935, provocó otro enredo social en el Santiago de los años treinta. Nada escapaba a su mirada de cronista, las costumbres, la arquitectura, el lenguaje, los modos de vivir y de morir de la gente que él miraba y, en el fondo, amaba, pero era un amor no exento de crítica y de pasión por algo mejor, más sólido, auténtico y humano.

Contaba que, de pequeño, viajaba con su padre a la capital y se alojaban en el hotel Oddó, ubicado en las calles Ahumada y Huérfanos, pero los años y la creciente expansión de Santiago lo echaron abajo. Desapareció como lo hizo su padre, los faroles de gas, los tranvías y las calles adoquinadas. No obstante, el célebre escritor alcanzó muchas veces a alojar en el mismo cuarto que ocupaban con su padre, ahora llegaba solo y mayor proveniente del puerto y al día siguiente, la tarde de un domingo destartalado, regresaba a Valparaíso a refugiarse en una mesa solitaria del Bar Inglés, escribía en un cuaderno las notas de su crónica del jueves siguiente y se marchaba a su casa para redactarla a máquina, tambaleándose por el viento negro que sacudía su abrigo de viudo, ebrio de recuerdos y de brindis remotos, de naipes, de carreras de caballos, de dineros ganados y perdidos en manos del viento del azar.

Fue un obsesivo del puerto, al que inventó, describió y destruyó en su monumental novela Valparaíso, subtitulada como ciudad del viento. Sin embargo, puso fin a su vida en Santiago, en la mañana de un día de febrero de 1968, enfermo, cansado y triste.

Mientras su esposa, Marta Albornoz, la Mayita, caminaba de regreso para preparar el almuerzo, con el diario que le había encargado Joaquín en su mano, sintió cerca de su casa volar asustadas las palomas que ella alimentaba con migas de pan en el balcón. Encontró a Joaquín en el sillón cercano a su escritorio.

El humo del disparo ascendía al cielo del cuarto.

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FELIPE RÍOS BAEZA
FELIPE RÍOS BAEZA

La más cálida bienvenida a Mario, enormísimo cronopio, a este proyecto de pura gente luminosa.