Jesús Díaz

El joven y talentoso narrador venezolano Rodrigo Blanco Calderón ha escrito en su cuenta de Twitter: “Esta novela es de las mejores de los años 90. No tiene nada que no tenga Los detectives salvajes y en más de un sentido la precede. En Caracas, yo la conseguí en el FCE. Se titula Las palabras perdidas (1992), del cubano Jesús Díaz.” Sonará exagerado o sacrílego a los bolañistas, pero estoy de acuerdo con él.

Muchos de los elementos de la marca Bolaño están en aquella novela de Díaz: el provincianismo del mundillo letrado latinoamericano, las rivalidades artísticas llevadas casi al grado de competencia deportiva, las revistas como utopías de una república de las letras, la promiscuidad de literatura y política, la persecución policíaca del arte y, sobre todo, la Guerra Fría, metafóricamente captada en la imagen de la plataforma giratoria de la torre Ostánkino en Moscú.

Como es sabido, aquella ficción intentaba reconstruir los años del primer Caimán Barbudo, a través de tres personajes, el Rojo, el Gordo y el Flaco, que corresponden a escritores reales de la generación de los sesenta: Luis Rogelio Nogueras, Guillermo Rodríguez Rivera y el propio Jesús. A esos tres se sumaba un cuarto, el Rubito, delator y metafísico. Como hemos anotado en otro lugar, más allá del tópico de las relaciones entre arte y poder, la novela era una fuerte intervención a favor del necesario vínculo entre tradición y memoria en una literatura nacional. El título que, según Díaz, jugaba con otro, de un célebre poemario de Fina García Marruz, Las miradas perdidas (1951), contenía toda una indagación sobre el destino difuso de las palabras del pasado.

Alguna vez, almorzando con Jesús en su apartamento de Madrid, le dije que no podía dejar de relacionar aquel título y su propia novela con una canción de Silvio Rodríguez, recogida en su disco Mujeres (1978), que está cumpliendo cuatro décadas. La canción se titula “¿A dónde van?”, y en sus primeros versos entrelaza palabras y miradas perdidas: “¿a dónde van las palabras que no se quedaron?/ ¿a dónde van las miradas que un día partieron?/ ¿acaso flotan eternas como prisioneras de un ventarrón?/ ¿o se acurrucan entre las hendijas buscando calor?/ ¿acaso ruedan sobre los cristales cual gotas de lluvia que quieren pasar?/ ¿acaso nunca vuelven a ser algo?/ ¿acaso se van?/ ¿y a dónde van?/ ¿a dónde van?”

Recuerdo haberle dicho a Jesús que esa era mi canción preferida de Silvio. A lo que Jesús respondió: “también la mía”. Luego, seguramente, hablamos de su amistad con Silvio, tema al que volvimos varias veces en nuestras muchas conservaciones en aquellos años de Encuentro. Nunca olvidaré la falta de rencor con que Jesús hablaba de tantos amigos suyos, que le dieron la espalda a principios de los años noventa, justo cuando apareció su novela, largamente censurada en la isla. Un distanciamiento que, a partir de Encuentro, a mediados de la década, se volvió, en algunos casos –creo que no el de Silvio– estigmatización.

Lo que no recuerdo haberle dicho a Jesús es que cuando conocí a Silvio, en Varadero, allá por el año 1982 o 1983, a través de mi padre, que era muy amigo de Raulito Roa, pareja por entonces de María, la hermana de Silvio, le dije que su canción que más me gustaba era “¿A dónde van?” No sé si fue lo que sucedió realmente o es una fantasía más de mi memoria, pero me parece que Silvio respondió: “también la mía”.

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