‘Iter criminis’: civilidad del arte en Camagüey

‘Commuter drawings’, Jorge Luis Porrata

Temprano en la noche, primero muy espaciadamente, luego como un flujo nutrido, los interesados en el arte iban entrando en la casa de Santa Rosa #26, para ver la exposición Iter criminis, curada por la joven señora de la casa, Isel Arango.

Este 1ro de noviembre de 2019 comenzaba más que un mes del calendario, porque el marco de la exposición, aunque con lejanos antecedentes en la ciudad, resultaba insólito. En La Habana va siendo común que los artistas exhiban en la privacidad de sus domicilios, sin que el lugar limite la calidad de la curaduría o la cantidad de público. Pero en la aldea camagüeyana resulta todavía hoy una osadía mostrar arte en casa como producto de un interés individual, quiero decir, profundamente personal y libremente fundamentado. Sabiéndolo, la curadora titula su exposición como El camino del crimen; pero en lengua sacra latina, pues la intención queda lejos de la transgresión social. Como nos dice en el afiche-programa, se afinca en esta frase de Degas: “un artista debe pintar un cuadro con el mismo sentimiento con el que un criminal comete un crimen”.

Isel Arango ha querido atender al arte del dibujo como un camino, no como una obra cerrada, según nos dice: “como forma de expresión, conocimiento y análisis”. Con una perspectiva muy femenina, le interesa “explorar el intermedio”, no el producto rotundo y final, sino “el subproducto que genera el ejercicio de creación”, entendiendo desde luego que ese subproducto contiene unos méritos de arte muy defendibles, hasta el punto de que pueden ser mostrado para el disfrute del público, tanto por lo que ya entregan como por lo que prometen ofrecer en la obra final. Es una óptica maternal, de matriz elaboradora, no de conquista y triunfo, también abierta al trabajo del tiempo, coherente con la juventud de la mayoría de los once participantes de la muestra.

Licenciada en Historia del Arte, Isel ha sido maestra de jóvenes artistas, y conoce el poder del proyecto juvenil, de la obra en ciernes que muchas veces queda finalmente por debajo de los propósitos primeros, o permanece sin culminar, o aplaza su éxito. Y ha querido atender al dibujo como uno de los vectores de la creación plástica que, por su misma naturaleza, se carga de sentido y de gracia, precisamente por portar unas posibilidades indescifradas pero ostensibles. No recuerdo una intención de este tipo en el sinnúmero de exposiciones de artes plásticas que he visto a lo largo de mi vida. Alguien tenía que descubrir esta orientación curatorial que, a mi juicio, merecería seguimiento y profundización, pues ante todo resulta una línea de investigación de los procesos de la creación plástica y de la relación entre proceso y producto. Por lo pronto, agradecemos esta formulación tan interesante y tan orgánicamente planteada desde esa perspectiva de matriz femenina: la expo careció de palabras liminares, excepto las silenciosas del curioso afiche-programa: un silencio como de actividad creadora, como para estudiar mirando. Y he visto que el público, no sólo los del medio artístico sino también la gente de a pie, recibió con agrado ese silencio, esa tranquilidad indagadora, esa ausencia de imposiciones de pensamiento: el camino del arte es siempre el de la libertad personal, el de la intimidad iluminada. La sala, la saleta y la terraza contaban con mejores luces y mejor ubicación de obras que muchas galerías oficiales, pero se sentía ese respeto por la mirada de cada cual como un requisito del propio tema de la exposición, y, desde luego, como un servicio de civilidad imprescindible.

Una mesa central en la sala estaba cubierta por dibujos de Carlos Alberto Casanova (1974), y fue un acierto comenzar con un autor que nos entrega un dibujo de madurez, paradigmático, capaz de mostrar una cota y unos significados precisamente en las direcciones que interesaban a la curadora. Conocido por sus paisajes contemplativos de extraordinaria factura, Casanova se encuentra en la cima de sus posibilidades como artista, entrando en las ganancias de ese tema del paisaje, que ahora ha abandonado las referencias tradicionales, manteniendo la factura magistral: la vocación contemplativa, de veras religiosa de su pintura, avanza hacia formulaciones novedosas, para lo cual el dibujo se desata como indagación y ensayo, con un impulso imaginativo impresionante. Dibuja incesantemente, y es una lástima que no exhiba sus dibujos: nos enseña la soltura expresiva del autor que ha alcanzado su madurez, en el que el dibujo es vía y es resultado al mismo tiempo. De la contemplación del paisaje presidido por bien vestidos o piñones lecheros, un árbol cuya función en el campo cubano es marcar lindes, Casanova ha pasado a versionar la imagen del árbol en sí, en una variedad desbordada de visiones y soluciones, de la que el dibujo es precisamente una exploración fundamental. El croquis de un Descendimiento de Rubens, me ha interesado siempre más que la obra definitiva al óleo.

En la pared de entrada colgaba un enorme boceto a carboncillo, suelto e intenso a pesar del tamaño, de Jenny Hernández Carbó (1982): una interpretación de los misterios de la vida intrauterina desde las ganancias del símbolo. Muy bien enmarcados, los dibujos de Ali Hamouni (1990) deconstruyen el físico de sus animales preferidos, las aves, también con una asociación a las realidades del símbolo, explícitas en los textos que acompañan a los dibujos. Colgando en forma irreverente en una pared, los dibujos de Camila Lobón (1995) destacan por la agudeza de su mensaje social, el despliegue de recursos plásticos y verbales –“Sí se puede pero no se quiere”, dice, comentando una consigna gubernamental– y la gracia y el humor que recorre la serie. Sobre una mesa de la saleta encontrábamos una obra colectiva organizada por Louis Arturo Aguirre (1991): en un catálogo de artistas soviéticos del periódico Pravda sus amigos han intervenido para ironizar y subvertir la propaganda inverosímil, en un ejercicio de verdad y honestidad a veces realmente hilarante. Una ironía más universal se multiplica en las viñetas de Jorge Luis Porrata (1975), uno de los grandes ilustradores cubanos de libros: los textos mueven, como de costumbre en él, a la sonrisa y a la reflexión: es un mundo de la inocencia sabia y despierta. En un ángulo de saleta se abrían los bocetos de Lester Álvarez para su libro La noche en Cuba, selección de textos de importantes escritores cubanos sobre la angustia de tener dos patrias: el país y la angustia. Y un tablet en la pared iba mostrándonos los dibujos del benjamín de la exposición, Alex Deivy Martínez (2000), un caso de dibujo digital concebido como entretenimiento de unos buenos dones para la composición y el color. Sobre una mesa alargada estaban tres libretas escolares que contenían los dibujos del fotógrafo Juan Pablo Estrada (1992), que ahora se revela como un maestro de la ejecución, distribución y significación de la línea. Propuestos como otro tipo de entretenimiento mientras sufre las clases del Instituto Superior de Arte, estos pequeños dibujos son obras terminadas, dibujo puro por la precisión del manejo de la línea y por sus resonancias: al pasar de las fotos al dibujo se mantiene su característica humildad irónica, que con delicadeza y suavidad expone unos temas atrevidos y sublimes. Véase esa serie de figuras de la iconografía religiosa, ángeles y santos, a los que les cuelga una cámara fotográfica, como si quisieran, más que ver, poseer.  Y todo eso en pequeñísimo formato, en unas libretas de escolar.

Después de estas alturas la terraza parecía condenada al abuso. Había un álbum mío de caligrafías: no pedí que se exhibieran y, desde luego, casi nadie las miró. En una pantalla podíamos ver un video del pintor Dashiell Hernández, dibujos y textos como un making of de futuras obras audiovisuales suyas, en la búsqueda de la memoria de la infancia. Antes de instalarse en los Estados Unidos, el autor había presentado una notable colección de sus pinturas en la exposición La ofrenda, también curada por Isel Arango. Después ha emprendido un rumbo nuevo en el video, en el que habrá de andar hasta emular la maestría de aquellos óleos.

Iter criminis ha sido una exposición relámpago, de una sola noche. Inevitable solución, si pensamos que se trata de una pequeña casa en la que hay que seguir viviendo, con una niña además. Va siendo también un recurso para no molestar con la independencia de los curadores y artistas. Hace unos años la propia Isel fue una de las curadoras de la exposición Cualsea, espectáculo de una noche en una casa entonces deshabitada en la que debutó una nueva generación de artistas camagüeyanos, algunos de los cuales repiten su presencia en Iter criminis. Como en aquella ocasión, el género ha triunfado: ahora se ha visto apoyada por una productora, Lianny Montalván, asegurando la eficacia y la belleza de la museografía.

La ciudad debiera estar agradecida a esta curadora cuyo rango en su oficio se encuentra visiblemente por encima de muchos en el país. Ella, sin embargo, está regulada, se le impide salir del país. Algunos acudimos a la cita del viernes con la preocupación de si tendríamos que enfrentar a unas patrullas cerrando Santa Rosa. Felizmente no fue así, y esta victoria del arte ha sido también un éxito de la naciente civilidad cubana. Un espacio dorado de serenidad, pensamiento y servicio fraternal que hemos vivido alegremente, en su condición de profecía y de compromiso.

 

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