Instar cierra octubre con Eliecer Jiménez Almeida: más que cine político

Una proyección durante el Ciclo de directores dedicado a Eliecer Jiménez Almeida en INSTAR (Lynn Cruz)

De regreso de exhibir Nadie por el Festival de Cine Latino de Tampa este mes, y de un crowdfunding exitoso para liberar el primer volumen de Corazón azul, junto al director Miguel Coyula, tuvimos otra vez a Lynn Cruz en la salita del Instituto de Artivismo Hannah Arendt (INSTAR) de la Habana Vieja. Es fin de mes y presentó nuevamente, con el garfio de su mirada y de sus preguntas, la muestra de Cine Independiente-Cine Pendiente, que ya llegó a la quinta vuelta en su Ciclo de directores. ¿Cuál fue la manzana prohibida esta vez? Nada menos que el realizador camagüeyano Eliecer Jiménez Almeida, tenido ya por polémico a causa de sus audiovisuales, y a cuyas polémicas disquisiciones pudimos acceder gracias al diálogo continuado durante tres noches con su entrevistadora. Pasión, obsesiones, d/color cubano, imágenes y voces (de lo familiar y lo público) que uno llega a temer que no lo abandonarán jamás; y que hablan por él y desde su cine, reiterándose con la afilada testarudez de un bumerán.

Cineasta y videoartista que emplea la cámara como “bloc de notas”, este director destaca por estar, más que tras el lente de la cámara o del celular, también tras el guion, la fotografía, el montaje y el sonido de sus piezas. Eliecer Jiménez Almeida realizó estudios de Periodismo en la Universidad de Camagüey –aulas de las que, según cuenta, fue expulsado por Toilet-ando sin ganas, y en las que se graduó tras varias apelaciones–. Sus estudios como documentalista transcurrieron en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV) y como tallerista del Instituto Sundance. Independientemente de algunos premios en certámenes del patio, “todo su trabajo ha sido realizado” –de acuerdo con el programa de mano de INSTAR– “fuera de la industria cinematográfica cubana”, y ha sido exhibido, por ejemplo, en el MoMA neoyorkino y en el Ludwig Forum de Aachen, en Alemania. Con él ha recorrido Europa, parte de Asia y América, incluidos los Estados Unidos, donde vive desde hace unos años, y cuyos circuitos académicos han prometido acoger online sus cortos y su largometraje Entropía (2013). Cursa actualmente un Máster en Periodismo + Media, en la Universidad Internacional de la Florida (FIU).

Cartel promocional de la muestra dedicada a Eliecer Jiménez Almeida

En la muestra que se exhibió en INSTAR quedaron fuera, por ejemplo, esa pieza que se internaba por la insalubridad de los baños y que le valdría estudiar a saltos en la universidad camagüeyana, así como En un paquete de espaguetis, donde su deuda cinematográfica con el trepidante Coyula de Memorias del desarrollo se hace patente –en opinión del crítico Antonio Enrique González Rojas, en el libro Voces en la niebla. Un lustro de joven audiovisual cubano (2010-2015)–. El viernes se pudieron ver, curados de modo cronológico, cinco cortos entre documentales (Usufructo, Verdadero Beach: la playa del pueblo, Persona) y experimentales (La faz de las aguas y Arte soy), filmados por 2011 y 2012. El sábado, vimos Entropía, hecho todavía en Cuba. Y el domingo, que hubo varios estrenos, se exhibieron obras producidas por él ya en territorio estadounidense, de 2016 a 2019, también divididas entre la experimentación (Elegía, Semiótica de la mentira, El eterno retorno) y el documento (Para construir otra casa, Mater Dei, Now!).

El nombre de la productora de Eliecer Jiménez Almeida: ikaik films, remite a uno de los espacios en la Isla –el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC)– en los que fue vetado por “el peso” político de su arte. Ese mismo contrapunteo, mudo o rabioso, se halla presente en tantos de los pasajes de la obra suya proyectada en INSTAR, que se afirma en la negación y que justo por ello no se permite olvidar lo que critica, desde la industria cinematográfica estatal o cineastas como Titón y Santiago Álvarez –que ayer reverenció y hoy tacha concienzudamente– hasta algunos jóvenes realizadores, desde el Gobierno cubano hasta sus líderes históricos o actuales, y otros de la oposición que aparecen en sus piezas más incómodas –y de los que se confiesa, de soslayo, lejano en la actualidad.

Así, Eliecer se/nos introduce en una caja de resonancias, de hitos (musicales, políticos, personales, deportivos, noticiosos, fílmicos…) no solamente cubanos, pero que le hablan generalmente y sin parar a Cuba, desde momentos clave del devenir socio-histórico. Y con un par de obras que, según Miguel Coyula, funcionan como díptico cinematográfico (Entropía y El eterno retorno) nos invita a su propia jam session (auditiva y visual), a ratos, enloquecedora, hipnótica y adictiva, como la subjetiva de tantos videojuegos. A ese dúo acercaría yo, por el montaje, Semiótica de la mentira, que se construye a partir de la pesquisa de las contradicciones “dialécticas” entre discursos de varias épocas de Fidel Castro Ruz, y –aunque más monotemático y monorrítmico, dado el apego al referente que remeda– su Now!, que en lugar de las luchas raciales de los Estados Unidos se enfoca sobre la documentación de la violencia ejercida contra los ciudadanos cubanos que han disentido, en marchas y manifestaciones públicas, de lo que Eliecer considera el des-gobierno de la Isla durante las seis décadas que lo obcecan, tanto como a otros creadores a los que ha dado voz en sus audiovisuales. Me refiero al camagüeyano Rafael Almanza, quien llama en Persona a “limpiar” la constitución cubana de lo que impida alcanzar “la dignidad plena del hombre” proclamada por José Martí; al fallecido poeta Jorge Valls, preso político al que Eliecer –quien no lo conoció– dedica Elegía –un corto que debería verse en relación con Los amagos de Saturno, el documental de Rosario Alfonso Parodi sobre Humboldt 7–; o al pintor Humberto Calzada, residente en Miami, cuyos sueños corporizados en la representación continua de las casas cubanas se asemejan a la añoranza patente y confesa de Eliecer por su Vertientes natal.

Trazando una dicotomía simplificadora, que nos permita organizar la muestra y hablar de las dominantes de esta obra cinematográfica, se podría decir que las incursiones de Eliecer están marcadas por el ansia de documentar su realidad y la historia política cubana, tanto como por una experimentación que roza el videoarte –como bien hizo notar la última noche la artista Camila R. Lobón–. Las piezas vistas, que abarcan ocho años de trabajo, se mueven de lo familiar (con Usufructo, Persona y Mater Dei, dedicadas a su padre, a su hermano y a su madre, respectivamente) a lo nacional (Arte soy, Entropía, Now!, Semiótica de la mentira, El eterno retorno y también Persona, que se halla en el parteaguas de ambas obsesiones). Sus mensajes enfatizan a veces en el individuo y otras en concentraciones ideológicas más o menos multitudinarias, de signos opuestos; cuando no se abren, desde un ejemplo local, a reflexiones de carácter global como lo insincero del héroe inmarcesible (Arte soy), el celo por los recursos naturales (La faz de las aguas) o la raída pero concreta existencia de los paisajes que no pertenecen al turismo internacional (Verdadero Beach…).

En cuanto a la forma, es innegable que del free cinema y de un realismo a ratos lírico y la mar de las veces sucio, que linda con el expresionismo (como en Persona, donde homenajea a la Antonia Eiriz de La anunciación, a través de su madre empotrada en la máquina de coser), Eliecer se ha movido hacia una fragmentariedad posmoderna de hibridación intertextual e intermedial. Esto hasta cargarse cada vez más de mordacidad e ir aumentado sus velocidades por minuto en la edición de las imágenes que congrega, en un concierto que emula la música electrónica y el hacer de los DJs, al empastar referentes universales y localistas, que él ha ido ama(n)sando, según cuenta, desde que comenzó a circular el paquete en Cuba, y cuyos límites ha podido dilatar viviendo en los Estados Unidos.

Los planos deformados por la lluvia –que remiten a los charcos de La faz de las aguas, y que se explican por otros efectos pesadillescos– nos colocaron finalmente el domingo ante una pieza como El eterno retorno, veintisiete minutos claustrofóbicos, filmados en el único espacio del coche de un pequeño tren que recorre el downtown miamense, donde –al decir de Lynn Cruz–: “el silencio de la ciudad desfigurada por un lente impresionista se rompe con un ruido estruendoso que proviene de la cabeza de Jiménez Almeida, atrapada en una retórica más allá de las 90 millas que lo separan ahora de la Isla”. Este fue el corto suyo que más me impresionó de las jornadas compartidas con, lamentablemente, poquísimos asistentes, acaso menos mermados por las noches teatreras de octubre y por algún aguacero, que por el halo prohibitivo que gravita sobre la obra de Eliecer y sobre el propio Instituto. Independientemente de las diferencias e incluso de las aquiescencias que nos acercan (en concreto, su rechazo de la violencia, su sed de eticidad, su reclamo de libertad y vida decorosa para Cuba, ya no en cómo instrumentalizar este reclamo), Entropía y sobre todo El eterno retorno, junto a otras escenas del resto de las piezas, me convencieron de que, al margen de todo lo que nos tendría días y noches –como a él y a Lynn, y a hasta peor– discutiendo encarnizadamente por nuestro pedazo de verdad, como aves de rapiña eufóricas por la sangre y la carroña…, vale la pena no ya escribir sino contemplar y meditar la obra de Eliecer Jiménez Almeida.

Asimismo, habría que pensar, a partir de la estela de la vida y la obra de este cineasta –que se me antoja enclaustrada en la añoranza, acorralada por voces e imágenes que se repiten de un corto a otro, en un sistema de interesantes relaciones que llega a entusiasmarnos y a agobiarnos, porque comparte la entropía que denuncia–, en las existencias (de individuos y países) que no hallan salida, y que como en una noria vuelven, sin mayores cambios, sobre los mismos acertijos, como quien da vueltas una y otra vez alrededor de las mismas preguntas, sin respuesta. En el síndrome que creo que padece –como el de tantos que se autotitulan “exiliados”, esos que, como señaló al analizar El eterno retorno, una de las más perspicaces de la sala, se niegan a mirar más allá del carril por el que han elegido trasegar–, encuentro un aire de familia con el de cierta retórica nacional. La que está llena de fantasmas, bestias feroces, tabúes y sacralizaciones; la de verdades de ayer repetidas hasta vaciarse y parecer mentiras. Ni la rabia ni la obstinada repetición ni los fundamentalismos, del signo que sean, nos harán más libres, digo yo.

Ojalá Eliecer halle un punto de fuga que lo deje huir del veneno de la serpiente que se muerde la cola, y fluir con su genialidad hacia otros temas, otros espacios, “otros dioses, otras cruces, otras voces, otras luces” –como dice una canción del último disco de Carlos Varela, que está por salir–. Lástima tener que agradecer a los estragos de su biografía (miseria familiar, muerte del hermano en “salida ilegal del país”, pervivencia de los males de la historia nacional) la tajada de arte que nos entrega, entreverada con sus preocupaciones, más que políticas, cívicas. Ojalá el viaje en el tren de El eterno retorno y otras conmociones a las que nos abre este corpus pudieran ser vividos por el público que, atrapado en esta o cualquier orilla por el exceso de nostalgia, de autofagia y de autotelia, existe fuera del mínimo círculo de INSTAR y de los circuitos universitarios de los Estados Unidos. La cualidad auditiva de esta pieza me hace soñar con una emisión radiofónica, con un concierto en algún cine bajo las estrellas, incluso en un trencito de los parques de diversiones o de las ciudades con metro. No pienso en esta función desde lo lúdico, sino como terapia de choque, como salto en el estómago que despertara algo en alguien más. Se ve bien que la utopía –como en Eliecer, a su manera– no ha dejado de vivir en mi casa…

JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la Siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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