La maña del Cambio

¿Por qué lograban nuevamente retomar mi atención después de haberme dejado padecer en la lona? Porque en el fondo había existido un proceso, una transición, UN CAMBIO. Pero eso no bastaba. Lo crucial es que ese Cambio se daba a nivel de una categoría, la categoría de los contenidos. Sin embargo, la inflexión de sus voces era la misma. Hablaban de ética y del amor de la misma manera como si hablaran de una tostada o de un jamón de pierna.

En cambio, si hubieran partido hablando en forma llamativa, yo habría dicho: “Qué forzados, qué previsibles”. Y habrían terminado siendo un cliché insoportable.

Finalmente deseché las posibilidades de respuesta. Lo rescatable residía en el fenómeno del Cambio (que parte de la Nada al Todo, del Desinterés a lo Interesante). Ese es el mecanismo que debería tener toda obra respetable. Transformar seres aparentemente perdedores en seres interesantes y sobre todo inquietantes, pero durante un transcurso en que los pasados, presentes y futuros de los personajes y de todo el mundo tienen sus direcciones y propósitos bien claros (sueños, proyectos y empeños). Cuando este Cambio se da fuera de la obra, o se pide prestada a la realidad objetiva de los hechos, no hay obra, hay sólo anécdota.

La Especulación y la Promiscuidad

El Cambio no era suficiente. Mi sentido del gusto captaba algo más que no alcanzaba a decodificar, como cuando uno queda atraído por un olor trasgresor que puede ser tan apetitoso como repulsivo. Por más que busqué en mis propias entrañas no pude hallarlo. Era necesario entrevistarme con ellos, porque al final no hay conocimiento posible sin el Otro.

Un día la encontré sola. La abordé. Y le hablé. No hacía nada de frío. Le pregunté cosas, ella no se extrañó tanto como yo esperaba… al final de cuentas yo era un aparecido. Sin embargo, continuó hablando trivialidades, las mismas trivialidades, reiteraba el hecho de tener una tía con problema de estabilidad afectiva, sus molestias gástricas, pero se las arreglaba para darles otro significado, otro volumen, sin estridencias, sin cambios bruscos. Poco a poco caí en cuenta: no se trataba sólo del Cambio Continuo e Imperceptible, se agregaba también la capacidad de dar otra luz al Detalle, a lo despreciable… Y ese proceso se transformaba automáticamente en historia, sin que ellos a priori quisieran realizarla. Simplemente les salía una base dramática-narrativa, y restaba sólo un técnico para transformar esa base en algo literario.

Porque la literatura es Especulación. Ellos especulaban sin saberlo y me ayudaban a mí a especular sobre ellos. Y todos especulábamos, mentalizábamos lo que nos sucedía, generábamos una tensión que ignorábamos pero que nos poseía. Los tres estábamos desarmando el lenguaje, ejercíamos el generoso y noble ejercicio de pensar en espiral. ¿Pero qué consistencia tenía ese especular?

Cualquier profesional sistemático exigiría un método, un objetivo, una estructura: algo importante. Pero ¿qué era lo importante aquí?, ¿cuál era el embrujo? Como ya dije, desde el comienzo al final, todo estaba lleno de trivialidades: comida para perritos, saludos, bostezos, miradas largas, estado del tiempo, tostadas, motores, huesos frontales, tías, mecánicos, deseos, devolución de impuestos… La maravilla residía en llevar a un estado de éxtasis lo despreciable, transformar la cuña en base de sustentación: la tía como factor fundamental en el acto de esperar. ¿Esperar a quién? A una joven que nadie conoce pero que invoca un estado existencial, invoca la correspondencia amorosa, la misma que algún día existió en este matrimonio. La espiral es eterna y se ramifica y en la medida en que se ramifica crea una historia. Con respecto a esto, recomiendo consultar la obra del maestro Pablo Palacio.

Esta dinámica, pues, seguía el principio de la Promiscuidad, porque mezclaba sin misericordia el detalle miserable con lo genérico, lo marginal con lo institucional, la grasa con la carne… y reivindicaba la historia con la vida, la literatura con los sentidos. En el fondo desarmaba el lenguaje para verlo con mayor lucidez. Al desarmar entrábamos en el peladero y con el peladero surgía la angustia, pero también el deseo de sobrevivencia, el construir de otro modo (después de todo, sólo tomamos conciencia de que estamos perdidos cuando nos rodea la angustia de lo desconocido: ahí aparece la lucidez que es pariente del miedo no-paralizante).

¡Qué diferencia existía entre esta experiencia con otras experiencias cotidianas! Recordé un buen ejemplo:

Un coctel donde se entregaban muchísimos premios a muchísimos premiados. Deliciosas historias de otros: cuentos, chismorreos, anécdotas, chistes, todos admirablemente bien contados, con comienzo, medio y finales sólidos. No cabía en ellos el desagrado que causa la sorpresa o la falla. Casi todo el mérito residía en la materia verbal, en lo que se muestra, no en lo que se oculta. Yo veía esto y gozaba de la fábula, de los personajes, de sus devaneos, chascarros e intrigas… pero hubo un momento en que algo positivista comenzó a entrar en mí. Comencé a fijarme en los soportes: en los labios, las mejillas, los ojos, las orejas, las manos de quien contaba, de las inflexiones de sus voces (en fin, el proceso de quien realmente cuenta y de quienes realmente escuchan), y no en el producto, no en los contenidos de la audición. Y me fue quedando claro que LA FÁBULA, LOS PERSONAJES Y SUS ACCIONES HABÍAN SIDO PRETEXTOS, EXCUSAS, FRONTIS… Y lo que realmente valía, trascendía, era aquella procesión que iba por atrás, los despreciados detalles, los subtextos del auditorium, sus deseos y frustraciones. Ahí residía la literatura de la situación y esa literatura exigía un cronista, un nuevo veedor y yo me vi compelido a serlo, a ungirme en el testigo mudo y solitario de la verdadera danza. La verdadera emoción surgía a partir de la fragmentación formada por unidades-ojos, unidades-dedos-nerviosos, unidades-labios, unidades-dientes, unidades-palpitaciones, unidades-ansias. El resto era ruido, propaganda.

Había, pues, un Imperio de signos paralelos, y yo me vi embebido en ellos, tomando y sacando cuentas. Y todo fue emocionante hasta que una de las unidades estructurales del relato formal (la dueña de casa) se percató de mi actitud, me sorprendió en el espionaje íntimo. Me sentí desnudo, y me convertí para ella en el verdadero delator, en el testigo de un desfile donde los cuerpos y las almas se paseaban con sus verdades más íntimas a partir de la excusa de la anécdota, o del chiste en cuestión.

La mujer no declaró nada, pero me miró con ojos decidores. Me decía en silencio: “Desgraciado, te aprovechas de mi velada para entrar en las intimidades de mi gente, tu actitud es baja, miserable. ¿Por qué no propones de una vez los temas delicados, íntimos, directamente? Es cuestión de someterlo a discusión, nada más. Pero no. Te vales de la ingenuidad de los otros: ellos piensan que a ti te interesa lo que cuentan, pero sólo te interesa en la medida en que entras en sus rincones, en sus altares, en sus tumbas más sagradas, desgraciado, hijo de puta, pequeño espía. No te voy a decir nada, pero te lo advierto: yo sé que tú sabes, yo sé que te saliste del juego, que estás jugando con armas desleales, y al hacerlo nos dejas en ridículo. Yo sé que estás escribiendo otra historia, estás transformando mi velada literaria en literatura, ¡y no al revés!”

Y la verdad, la dueña de casa tenía razón en su mirada. Para mí hubo un momento en que los gestos ya no eran los mismos, adquirían otros significados. Las sonrisas, al ser vistas por mí en su entera pureza desprendida de la anécdota, se transformaban en muecas, en arrugas con origen común y abertura creciente, y las muestras de ternura eran solamente tiernas, sin volumen. Todo esto resultaba consistente, pero perdía su contextura al volver a escuchar la rutina de fondo, la fábula, el chiste; y al perderla, las sonrisas, la picardía, la ternura, la inteligencia perdían su sentido. Todo se volvía Tonto, y esa mezcla, ese contraste entre Lo Épico de las anécdotas y Lo Tonto de lo oculto causaba una síntesis tremendamente expresiva, en la que yo me embebí hasta narcotizarme.

Esto me hizo ver que la literatura se llena peligrosamente de historias de otros y, más aún, de episodios importantes de otros ya seleccionados, cogidos como unidades perfectamente pulidas, sin aristas, donde todo detalle se elimina, y se selecciona sólo lo que vale la pena. ¿Qué queda de lo miserable que forma parte de la misma esencia de la vida? ¿Qué queda del resabio, la energía degradada, el margen, la fantasía que subyace tras las situaciones y los personajes falsamente ganadores, pre-parados? Nada. Al ungir la anécdota, la fábula como total dominadora, corrompe la literatura pasteurizándola, blanqueándola. Mientras, el creador se transforma en un contador, más que en un especulador –que es su esencia.

Volviendo a la pareja del café, debo decir que ella fue la que me permitió repensar esta situación de los cocteles que para mí habían sido sólo experiencias perturbadoras, nada más. Esta pareja me hizo analizar y sentir el proceso de quienes cuentan y de quien escucha, me excitaron a imaginar sus subtextos, sus deseos y reales frustraciones y no seguir sólo una entretenida historia. Ellos, con su proceso, me enseñaron a metodizar mis perturbaciones. Después de todo, estaban haciendo literatura y yo se la devolvía.

Pero aún había más preguntas:

¿Sería consciente esa pareja de lo que les sucedía? ¿Habían llegado alguna vez a un punto crucial, a un punto límite, a un colmo de la conversación? ¿Quién salía ganando con esta comunicación? ¿Ellos? ¿Un público? ¿Fingían tener un diálogo personal cuando sólo buscaban auditorium?

Sobre todo me intrigaba una interrogante: ¿no resultaba posible que estos personajes al exacerbar su calidad de neutros, fomes, triviales, brillaran por esto y se convirtieran automáticamente en ganadores, sin mediar proceso?, ¿no es esa la característica del sistema cultural en que vivimos, que puede llegar a legitimar, a poner de moda todo, incluso su revés, lo alternativo, lo maldito? ¿Cómo podía retener este fenómeno, manteniendo la honestidad del proceso?

Mejor continuemos.

Continuará…

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GREGORY COHEN

Gregory Cohen (Santiago de Chile, 1953). Escritor, guionista, cineasta, dramaturgo, docente universitario. Es profesor de cátedra en la Universidad Diego Portales, la Universidad de Chile y la Universidad de Humanismo Cristiano. Su largometraje El baño fue exhibido en el Festival de Cannes, y mereció el Premio Especial del Jurado y el Premio Especial del Público en el 8vo Encuentro de Cine Sudamericano de Marsella, en 2006. Su obra literaria ha sido compilada en diversas antologías de poesía, teatro y narrativa. El judío y la pornografía es su tercera novela publicada.

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