‘La soledad del atleta’, Mariano Rubio Martínez, 1992

En México, Colonia Educación, la campanilla en alto a
la entrada, el portalón,
lianas, cuidado con el
escalón, la Santa Rita
en flor, ni floripondios
ni maguey, un jardín
(descuidado): cuatro
dogos, olían a chotuno,
hacían la gracia en
las calles de cemento
(resquebrajadas) el
dormitorio tiene la
colección completa de
Clásicos Castellanos,
quiero leerlo todo: no
tener otra existencia.
Leer todo Galdós,
Balzac, Diarios de
Tolstoi, Pepys, volver
a Carpentier pese a
su mierdanga revo: tres
puntos áridos me guían,
día a día, el cuaderno
de apuntes, escribir
poesía, leer a mansalva:
Gracián, todo Proust en
segundas, los poetas
metafísicos, Herbert y
Traherne, se construyó
tres casas para albergar
su biblioteca particular
de cuarenta a cincuenta
mil volúmenes, luna
creciente: perderme
en los entresijos,
escabullirme escondido
en un cuartucho,
colombina, ventano,
los libros por el suelo
pasto de lombrices,
lepismas, yo también
comer papel, boca y
ano, habitar en las
nidadas de carcoma,
no volver a nacer.

Volvieron las guerras de religión, los invasores bárbaros
del norte cruzaron
arrasando las
fronteras, esa
conga viene
arrollando por
todas partes, de
Tang y Song
quedan las artes
y no las partes,
todo se está
desmembrando,
vuelan las astillas,
la metralla, al alba
ya pusieron cuatro
bombas, larga y
continua Kristallnacht:
linchad, haced trizas,
el vidrio está hecho
para pisotear, 1938,
2018 y para siempre.
La muchedumbre
clama, el Zar no se
esperaba aquello, ni
el Gran Kan (Temujin)
imaginó estallaría
como un globo de
Cantolla a causa de
la obesidad: fue un
infarto memorable
con el pito floreado
del Kan incrustado
en la concubina
persa de turno
(entrada en carnes)
desinflándose.

Yo me voy. De la fragua, de la zafra, tapad los calderos,
silenciad los yunques,
sólo preciso una voz
última, corriente, cuatro
versos más entre sencillos
y libres, otra docena de
palabras llanas, que
quede la composición
a medias lograda,
aparezca desparezca
de inmediato, anonimato:
rostro de Dios. No lo vi.
Una cortina de lluvia
torrencial lo tapó. Irme
ladeando, ni contrición
ni enojo, nada que
apuntar ni apuntalar,
ya existí, de mí ni seroja
ni cascajo, me llaman a
merendar, aquí no hay
retraso: corro la silla en
la mesa de la sala, calor
de las cinco pega fuerte,
a la vista galletas de agua
con mantequilla, el vaso de
leche fría, dos cucharadas
de azúcar hasta el día de
hoy con su noche tengo
la dentadura intacta.

JOSÉ KOZER
José Kozer (La Habana, 1940). Es uno de los poetas más prolíficos del mundo contemporáneo. El conjunto de su obra suma cerca del centenar de libros de los cuales el más reciente, Nulla dies sine línea (2016), intenta recogerla en su integridad. Ha ejercido la docencia en algunas universidades y traducido al español a poetas de las tradiciones inglesa y japonesa. A la par de un indiscriminado ejercicio de la lectura, ha llevado una reflexión crítica sobre antiguos y modernos, canónicos y emergentes, de la que dan fe los fragmentos de sus diarios, las entrevistas concedidas y los ejercicios en prosa en parte concitados en volúmenes como La voracidad grafómana: José Kozer (2002) y De donde son los poemas (2007). En 2013 fue galardonado con el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda.
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